La palabra profética y el sentido de la vida


Autor: René Malgo

¿Qué tiene que ver la profecía bíblica con el sentido de la vida?
Toda persona lleva dentro de sí el “recuerdo” del Edén y de Dios. Y eso explica muchas cosas, o mejor dicho, todo…

 


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PE2164 – Estudio Bíblico
La palabra profética y el sentido de la vida



Amigos oyentes: ¿Qué tiene que ver la profecía bíblica con el sentido de la vida? ¡Todo! La palabra profética de la Biblia no solamente nos revela lo que Dios hará en el futuro, sino también lo que Él ha hecho en el pasado cuando “fundó la tierra” (como vemos en Job 38:4). Sin la firme palabra profética que como lámpara “alumbra en lugar oscuro” (como nos dice 2 P. 1:19), tampoco sabríamos de dónde venimos.

Génesis 1:26 y 27 nos muestra que los seres humanos hemos sido creados a imagen y semejanza del Dios trino. “Entonces Jehová Dios (Yahvé – el Eterno) formó al hombre del polvo de la tierra, y sopló en su nariz aliento de vida, y fue el hombre un ser viviente” (leemos en Gn. 2:7). Y cuando el Dios eterno creó al primer hombre a Su imagen y le sopló la vida, también puso eternidad en su corazón, como lo afirma Ecl. 3:11: “Todo lo hizo hermoso en su tiempo; y ha puesto eternidad en el corazón de ellos, sin que alcance el hombre a entender la obra que ha hecho Dios desde el principio hasta el fin”.

Fritz Rienecker constata que Dios creó al primer ser humano de la fina tierra “del campo fértil del Edén, en su parque paradisíaco”. Dios creó al ser humano del polvo de una tierra anterior al primer pecado, cuando aún todo era bueno. Y con el ser humano creado a imagen de Dios, Él declaró que la creación, que hasta ese momento había sido “buena”, ahora era “muy buena”. Porque ahora vivía una criatura eterna en la creación aún tan fresca, una criatura que podía tener comunión con el Dios eterno, y que en armonía con Él podía reinar sobre la creación. Y eso era “muy bueno”.

Pero, entonces llegó el pecado, la rebelión. Incentivado por la serpiente, que es Satanás, la criatura creada a imagen de su Dios, con la eternidad en el corazón, cuestionó a su Creador eterno (según Gn. 3:1). El ser humano pecó y murió, si bien no de inmediato físicamente, pero sí espiritualmente. Desde entonces, todo ser humano, por naturaleza, está muerto en el pecado (como nos dice Ef. 2:1 al 3). Pero, la eternidad en el corazón quedó allí. Según la Biblia, cada persona pecadora aún sigue siendo creada a imagen de Dios (según Stg. 3:9). El ser humano fue desterrado del Edén, del “paraíso”, y de la directa comunión con el Dios eterno – y, desde entonces, la eternidad en su corazón funciona más bien como un recuerdo de tiempos mejores, ahora muy remotos.
Los primeros seres humanos tuvieron que abandonar la tierra de la cual fueron creados. Y tuvieron que dejar atrás a Aquél, por quien fueron creados. Alguien lo expresó de la siguiente manera: “El dolor no es que hayamos sido desterrados del paraíso; sino que lo hayamos poseído.”

La palabra profética de la Biblia nos muestra que la eternidad está en el corazón de cada persona; porque cada uno proviene de Adán, el primer ser humano, y es creado a imagen de Dios. Toda persona lleva dentro de sí el “recuerdo” del Edén y de Dios. Y eso explica muchas cosas, o mejor dicho, todo…

¿Por qué será que el ser humano tan a menudo está inquieto? ¿De dónde vienen la añoranza o la nostalgia, o simplemente el descontento? ¿De dónde vienen nuestras apetencias y demandas? La respuesta no es tan sólo: “del pecado”. El pecado es, ante todo, nuestra reacción equivocada a estos sentimientos. La respuesta, más bien, es la eternidad en nuestros corazones.

Mark Buchanan lo expresa de la siguiente manera: “La añoranza – este sentimiento duradero de que algo falta – mayormente es mal diagnosticado y por eso, también, es tratado equivocadamente. (…) Durante toda nuestra vida nos aferramos a las cosas equivocadas, vamos a los lugares equivocados y comemos la comida equivocada. Tomamos por demás, dormimos por demás, trabajamos por demás, tomamos demasiadas o muy pocas vacaciones – todo con la débil esperanza de que esto finalmente nos satisfaga y sacie nuestra hambre. (…) La sorpresa es ésta: Dios nos ha hecho así. Él nos ha hecho así para que siempre estemos añorando algo – que siempre estemos hambrientos de algo que no podemos conseguir; que siempre estemos echando de menos algo que no podemos encontrar; que siempre estemos insatisfechos con aquello que recibimos; que siempre tengamos un vacío imposible de saciar, un vacío que nada pueda llenar; y que tengamos una inquietud indomable que ningún descubrimiento puede satisfacer. El anhelo en sí es sano – un tipo de compás dentro nuestro que nos señala la dirección correcta.”

Somos criaturas del paraíso y del Dios eterno; es totalmente normal que nunca nos sintamos realizados. C.S. Lewis lo dice así: “Si descubrimos en nosotros mismos una necesidad que no puede ser satisfecha con nada en este mundo, entonces podemos deducir que hemos sido creados para un mundo diferente.”

Nuestro origen se encuentra en un mundo mejor, el paraíso, y nuestro objetivo es un mundo mejor, el paraíso. De eso testifica la eternidad en nuestros corazones, y de eso testifica la palabra profética de la Biblia. La añoranza en nosotros clama en voz alta: “Quiero ir a la presencia de Dios, a Su mundo, a Su reino, a Su presencia.”

¿Por qué a veces tenemos recuerdos radiantes de tiempos antiguos, de nuestra niñez, de nuestra juventud, y deseamos volver allí? ¿De dónde viene la nostalgia? ¿Por qué podemos estar tan inquietos? ¿Por qué nos gustaría salir de viaje? ¿Por qué simplemente nos gustaría poder desenchufarnos? ¿Por qué a veces simplemente nos gustaría dejar todo como está, y salir huyendo? ¿Por qué existen momentos en nuestras vidas que desearíamos que nunca pasen? ¿Por qué podemos enfrascarnos tanto en nuestros pasatiempos? ¿Por qué podemos estar tan desesperados por ciertos alimentos? ¿Por qué nos aferramos a nuestros cónyuges, o a nuestros hijos? ¿Por qué preferiríamos estar sólo con nuestros amigos o pandillas? ¿Por qué nos resistimos tanto a los cambios? ¿Por qué nos enfrascamos en nuestro trabajo? ¿O por qué tan a menudo estamos pegados a la tele? ¿Por qué huimos al mundo de la fantasía de los libros, los juegos de computadora, o las películas? ¿Por qué soñamos despiertos? ¿Por qué podemos llegar a enviciarnos con ciertas cosas?

Porque siempre queremos aferrarnos a aquello que nos trasmite un sentir de felicidad, y no lo queremos soltar. Pero, el autor de Eclesiastés dice que todo en esta tierra tiene su tiempo. No podemos retener nada, por más que queramos hacerlo. Nuestras añoranzas y deseos son síntomas, síntomas de nuestro anhelo de Dios mismo y de Su paraíso. De modo que, si también como cristianos sentimos una cierta insatisfacción punzante, no deberíamos asombrarnos, sino dejarnos estimular… dejarnos estimular, como nos exhorta Col. 3:1 al 3, a buscar aquello que está arriba.

Nosotros, los creados, sólo encontramos el sentido de la vida en nuestro Creador; no en nuestro trabajo, no en nuestros pasatiempos, no en nuestro cónyuge, no en nuestros hijos, no en nuestros amigos. Esas son cosas lindas, pero pasajeras, que Dios nos ha obsequiado para temerle, buscarle y amarle a Él.

Agustín lo puntualiza, en una plegaria a Dios: “Porque hacia Ti nos has creado, e intranquilo está nuestro corazón hasta que descanse en Ti.” El Rey David sabía esto. Por eso, también dijo: “Dios, Dios mío eres tú; de madrugada te buscaré; mi alma tiene sed de ti, mi carne te anhela, en tierra seca y árida donde no hay aguas.”

Jonathan Edwards declara: “Dios es el bien supremo de la criatura sensata, y el gozo en Él es la única alegría que puede satisfacer nuestras almas. Ir al cielo para gozarse en Dios, es infinitamente mejor que las cosas más agradables aquí. Padres y madres, esposos, esposas, hijos, o la comunión con amigos terrenales, solamente son sombras. El gozo en Dios es lo esencial. Todo eso son sólo fulgores aislados, pero Dios es el Sol. Son sólo riachuelos, pero Dios es la fuente. Son solamente gotas, pero Dios es el océano.”

La palabra profética muestra que somos peregrinos en este mundo, extranjeros en una tierra extraña, sin derecho a ciudadanía, sin una ciudad de permanencia, sino de camino a la ciudad futura permanente del cielo. Eso es lo que, en definitiva, nos recuerdan todas nuestras añoranzas e insatisfacciones en nuestro corazón. Cada ser humano – lo perciba conscientemente o no – añora ese mundo perfecto del cual fue creado, y a Dios por quien fue creado. Y si Lo buscamos a Él y a Su reino, Él tampoco se avergonzará de ser llamado Dios nuestro, como lo expresa la carta a los Hebreos (cp. 11:13 al 16).

Detrás de las exclamaciones bíblicas “Maranata”, “Venga Tu reino”, y “Ven, Señor Jesús”, se encuentra la eternidad en nuestro corazón, la añoranza del regreso de Dios y de Su paraíso, el anhelo de la resurrección y la restauración de todas las cosas, el deseo de la fuente de la vida. Por eso, dentro nuestro suspiramos (como dice 2 Co. 5:2 al 4), y por eso suspira la creación entera con nosotros (Ro. 8:22) – hasta que Jesucristo venga otra vez, trayendo consigo el paraíso restaurado.

La palabra profética de la Biblia nos habla de que sólo encontramos el sentido de nuestra vida cuando creemos en Jesucristo, porque Él es el único que puede librarnos de nuestros pecados y que puede hacernos aptos para la restauración del paraíso (perdido).

“El que da testimonio de estas cosas dice: Ciertamente vengo en breve”, así nos dice Ap. 22:20. Y nosotros a eso sólo podemos decir: “¡Amén; sí, ven, Señor Jesús!”

Sanando las heridas del alma

¿Cual es el secreto para curar las heridas del alma?… ¿habrá algo que el tiempo no sane?… Si tu estás o conoces a alguien que las heridas del alma no la dejan en paz, escucha el programa y aprendamos juntas…


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EA623 – Entre Amigas –
Sanando las heridas del alma



Receta: Tarta de verduras


Entrevista a Alejandra de Ferace

Próximamente la transcripción de la entrevista

Arrepentimiento y vuelta al Señor (1ª parte)


Autor: Esteban Beitze

Cuando somos vencidos por la tentación, ello se debe a dos causas: o no somos sinceros en nuestro deseo de obtener la victoria e hicimos pacto con el enemigo, con el pecado; o somos sinceros, pero todavía no hemos aprendido que no podemos lograr la victoria por nuestra propia fuerza de voluntad. ¿Cuál es la clave para tener una vida de victoria?

 


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PE2152 – Estudio Bíblico
Arrepentimiento y vuelta al Señor (1ªparte)



Amigos, ¿cómo están? Comenzamos con una pregunta: Si hemos caído ¿cuál es el camino para la restauración?

Un buen ejemplo es David. Después de adulterar, intentar engañar, ocultar su pecado y matar a Urías, llega el momento en que el pecado sale a la luz. Lo bueno es que no se excusa, no contraataca, sino que lo reconoce y se arrepiente. Hizo una profunda oración de arrepentimiento y de regreso al Señor (la cual podemos leer en Salmos 51:1 al 13).

Por lo tanto, la solución es: vuelve al Señor. Arrepiéntete de tus pecados y faltas y Él hará nuevas todas las cosas. Una vez un joven que había caído en pecado sexual con su novia, me preguntó qué tenía que hacer. Si lo confesaba, iba a poner en evidencia también a la novia, quedaría mal con la familia y la iglesia. Obviamente siempre surge el miedo al qué dirán de los demás, y a las consecuencias, si se confiesa el pecado. Pero, la Biblia es clara al respecto. Salomón, inspirado por el Espíritu Santo escribió en Prov. 28:13: “El que encubre sus pecados no prosperará; mas el que los confiesa y se aparta alcanzará misericordia”. Tu vida puede tener brillo otra vez. En vez de amargura, Dios te quiere dar paz y gozo. Vuelve al Señor y Él lo hará.

Por lo tanto, si diste lugar al pecado en tu vida, arrepiéntete. Arrepentirse significa pedir perdón al Señor por el pecado y luego ir en la dirección contraria. Es nombrar al pecado concientemente. Por ejemplo: “Señor, yo mentí… yo robé… yo forniqué… Me arrepiento de mis pecados y te pido que me limpies con la sangre preciosa de Cristo”. La Biblia dice, en 1 Jn. 1:9, que: “Si confesamos nuestros pecados, él es fiel y justo para perdonar nuestros pecados, y limpiarnos de toda maldad”.

Luego, acepta el perdón de Dios. Si realmente te arrepentiste y pediste perdón al Señor, Él ya te ha limpiado “de toda maldad”. Ya eres limpio. Tus pecados ya han sido perdonados. Dale gracias a Dios por esta preciosa realidad.

Después, muestra frutos de arrepentimiento. El arrepentimiento genuino se demuestra también en un cambio de rumbo. Ya no sólo no se comete el pecado, sino que luego se hace justamente lo opuesto. Por ejemplo, Pablo señala varias actitudes negativas que tenían los efesios, pero que luego de la conversión ya no las tenían. Pero, no sólo no debían cometer más lo pecaminoso, sino que tenían que estar enfocados en hacer lo bueno. Así leemos en Daniel 1:8: “Por lo cual, desechando la mentira, hablad verdad cada uno con su prójimo; porque somos miembros los unos de los otros… El que hurtaba, no hurte más, sino trabaje, haciendo con sus manos lo que es bueno, para que tenga qué compartir con el que padece necesidad. Ninguna palabra corrompida salga de vuestra boca, sino la que sea buena para la necesaria edificación, a fin de dar gracia a los oyentes. Quítense de vosotros toda amargura, enojo, ira, gritería y maledicencia, y toda malicia. Antes sed benignos unos con otros, misericordiosos, perdonándoos unos a otros, como Dios también os perdonó a vosotros en Cristo. Pero fornicación y toda inmundicia, o avaricia, ni aun se nombre entre vosotros, como conviene a santos; ni palabras deshonestas, ni necedades, ni truhanerías, que no convienen, sino antes bien acciones de gracias. Porque sabéis esto, que ningún fornicario, o inmundo, o avaro, que es idólatra, tiene herencia en el reino de Cristo y de Dios. Nadie os engañe con palabras vanas, porque por estas cosas viene la ira de Dios sobre los hijos de desobediencia. No seáis, pues, partícipes con ellos. Porque en otro tiempo erais tinieblas, mas ahora sois luz en el Señor; andad como hijos de luz”. Vivamos con el mismo propósito de aquel adolescente que, aunque lejos del hogar de sus padres y en un ambiente hostil y perverso, decidió vivir honrando a Dios: “Y Daniel propuso en su corazón no contaminarse…”

Por último, no le des lugar a las acusaciones de Satanás. Hace unos días en un campamento, una joven vino para hablar conmigo. Tenía 20 años y confesó que a los 15 había tenido una hija, como consecuencia de andar lejos de Dios. Muchas veces oró pidiéndole perdón, pero una y otra vez venían sobre ella sentimientos de profunda culpa, desazón y desesperación, que luego terminaban en crisis depresivas. Éste es uno de los ataques favoritos de Satanás. Se lo conoce como el “acusador de los hermanos” (según Ap. 12:10). Primero incita al pecado, y luego cuando lo cometemos, no nos deja en paz mostrándonos todo lo malo que hemos hecho y lo miserables que somos. Pero, una vez que nos hemos arrepentido de nuestro pecado y le hemos pedido perdón a Dios por ellos, podemos estar absolutamente seguros que nos ha limpiado, perdonado y nos ve santos y justos. Pablo exclama lleno de gozo: “¿Quién acusará a los escogidos de Dios? Dios es el que justifica. ¿Quién es el que condenará? Cristo es el que murió; más aun, el que también resucitó, el que además está a la diestra de Dios, el que también intercede por nosotros”. No dejes que Satanás te engañe. Si te volvieran a aparecer dudas respecto al perdón de Dios después de haberlo pedido, pídele a Dios perdón por dudar de Su promesa, que Él es fiel y justo para perdonarte y limpiarte de toda maldad. Dile al Señor que te ayude a dejar la culpa donde está, en lo más profundo del mar. No trates de hacer recordar a Dios cosas que Él mismo, siendo omnisciente, ha declarado no querer recordar más. Testifica a otros del gran perdón de Dios, y de cómo Él te ayudó a superar y salir después de una gran derrota a la victoria con el Señor. Cada vez que el diablo te haga acordar tu pecado, agradece a Dios por Su perdón en Cristo el cual es mayor que el pecado. Vive con gozo el perdón del Señor.

Veamos, entonces, como podemos EVITAR Y VENCER LA TENTACIÓN
Ya vimos los pasos descendientes que siempre son el preludio de una caída. Por lo tanto, para vivir firme y no caer en las tentaciones tienes que:

  • Estudiar, meditar, memorizar y aplicar la Biblia a tu vida cada día. Lo mejor es dedicarle un tiempo y hora fija cada día para ello. Por mi experiencia personal, el mejor tiempo es temprano a la mañana. Allí todavía no suena ningún teléfono, y generalmente no hay interrupciones ni imprevistos. La cuestión es que, como dice Pablo en Colosenses 3:16 “La palabra de Cristo more en abundancia en vosotros…” Estudia la Biblia pidiéndole a Dios te hable, y pon en práctica lo leído. Al tenerla presente y aplicarla, tendrás puesta toda la armadura de Dios con la cual podrás vencer todos los ataques del enemigo (de la cual nos habla Ef. 6:10 al 18).
  • En segundo lugar, e íntimamente ligado con lo anterior, se encuentra la oración. No empieces el día sin la oración. No tomes decisiones sin orar. Ora para que el Señor te cuide de la tentación, y si viniera, ora para no pecar. Ora específicamente para que el Señor te ayude con tus puntos débiles. En Colosenses 4:2 Pablo, inspirado por el Espíritu Santo, nos exhorta: “Perseverad en la oración, velando en ella con acción de gracias”. Además, no te olvides de reconocer y adorar a Dios por lo que es y hace. ¡Cuánto más grande se te vuelve Dios, tanto más esperarás de Él!

El camino a la restauración (4ªparte)


Autor: Esteban Beitze

Tu vida se convirtió en una farsa, en una pantalla. Tu conciencia te acusa. Tu vida está llena de amargura. ¿Habrá solución?
Si hemos caído ¿cuál es el camino para la restauración?
Encuentra las respuestas al escuchar este esperanzador mensaje, acerca de la triste realidad de las caídas!!

 


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PE2151 – Estudio Bíblico
El camino a la restauración (4ªparte)



Cómo están amigos? Habíamos hablado de la profunda tristeza que invade después de la caída en el pecado. Pero, existe otra tristeza profunda del alma, que es la que lleva al arrepentimiento. En el caso de Pedro, gracias a Dios, fue esta última. Él se arrepintió profundamente de su pecado, su orgulloso corazón fue quebrantado. Buscó el perdón del Señor y lo encontró. Por lo tanto, si todavía no lo has hecho, ¡acepta a Cristo como tu Salvador y Señor de tu vida ahora! ¡Deja que te limpie de tu pecado y te salve para toda la eternidad! Si ya eres creyente y pecaste, vuelve arrepentido a Cristo. Puedes estar seguro que Él te perdonará.

Lo extraordinario de esta historia, es que no terminó con la amargura de Pedro. El Señor le dio una nueva oportunidad. Apenas resucitó y se presentó a las mujeres – las primeras testigos de ello – les dijo que avisaran de este acontecimiento a los discípulos y a Pedro (así lo leemos en Mr.16:7). O sea, ya anticipaba el hecho que lo había perdonado y que comenzaría de nuevo con él, lo que se ve en forma maravillosa en Juan 21:15 al 19. Esto lo que el Señor busca. Dios le dio una nueva oportunidad a Pedro. Y este pecador arrepentido, se convirtió en el líder de la nueva Iglesia y en un instrumento de lo más útil en las manos del Señor.

Una vez hablando sobre este tema en un encuentro de jóvenes, y llegando a este punto, vi a una joven que estaba deshecha en llanto. Al final de la reunión fui a hablar con ella. Carla me contó que se sintió absolutamente identificada con la caída de Pedro. Cada paso descendente, ella también lo había dado. Hacía mucho que había entregado su vida al Señor y era muy activa en la iglesia. Disfrutaba mucho lo que hacía. Allí se puso de novia con un joven creyente. Como descuidó la comunión con el Señor por medio del estudio de la Palabra, la oración, el compromiso con la obra, se creía muy firme y le dio lugar al ocio. También los demás pasos descendentes se fueron dando a un ritmo cada vez más vertiginoso hasta caer en el pecado sexual. Esto obviamente, también se fue repitiendo. Su vida se volvió llena de miedo y reproches. Al final, como no podía ser de otra forma, todo salió a la luz y también perdió el ministerio que tanta alegría le había dado desarrollar. Lo bueno de esta historia es que no quedó allí. Profundamente arrepentida le pidió perdón al Señor, se sujetó a la disciplina de la iglesia y buscó la restauración. Mientras escribo estas líneas ya fue restaurada completamente y es, otra vez, una joven feliz. Ésta es una de las tantas cosas asombrosas de Dios. Él empieza de nuevo. Nos da otra oportunidad.

El profeta Jeremías, llorando por la destrucción de Jerusalén y cautividad del pueblo como consecuencia de sus pecados, en Lam. 3:19 al 32, ora esperanzado: “Acuérdate de mi aflicción y de mi abatimiento, del ajenjo y de la hiel; Lo tendré aún en memoria, porque mi alma está abatida dentro de mí; Esto recapacitaré en mi corazón, por lo tanto esperaré. Por la misericordia de Jehová no hemos sido consumidos, porque nunca decayeron sus misericordias. Nuevas son cada mañana; grande es tu fidelidad. Mi porción es Jehová, dijo mi alma; por tanto, en él esperaré. Bueno es Jehová a los que en él esperan, al alma que le busca. Bueno es esperar en silencio la salvación de Jehová. Bueno le es al hombre llevar el yugo desde su juventud. Que se siente solo y calle, porque es Dios quien se lo impuso; Ponga su boca en el polvo, por si aún hay esperanza; Dé la mejilla al que le hiere, y sea colmado de afrentas. Porque el Señor no desecha para siempre; Antes si aflige, también se compadece según la multitud de sus misericordias”.

Aunque el pueblo fue llevado cautivo y sufrió durante 70 años, Dios lo hizo volver a su tierra. Reconstruyeron el templo y la ciudad, y Dios los restauró. Y además, unos 500 años después, les envió al Mesías prometido.

Por medio de la historia de Pedro, de Israel y tantas otras, podemos observar que la misericordia de Dios permite un nuevo comienzo. Obviamente, no tenemos que tomar este hecho como excusa para pecar a la ligera. Todo pecado tiene consecuencias, muchas de las cuales son irreversibles. Dios perdona, restaura y empieza de nuevo con el que pecó, pero las marcas, recuerdos, castigos, vergüenza y consecuencias del pecado las tiene que llevar cada uno.

¿Por qué es tan difícil vencer las tentaciones?

Seguramente ya te habrás hecho esta pregunta. Realmente es impresionante estar enfrentando la tentación. Quedamos como embelesados por algo que conocemos como dañino. Nuestro corazón empieza a latir con más fuerza. El calor invade el cuerpo. En nuestros pensamientos hay como una nebulosa. Queremos salir, pero todo nuestro ser se resiste y se vuelve un torbellino descontrolado.

O. Hallesby, en su libro “Más allá de la religión”, describe de una forma acertadísima lo que sucede en todo nuestro ser al estar enfrentado con la tentación. Afecta cada área de nuestra personalidad.

  • Afecta los sentimientos: se inflama un furioso deseo por las cosas prohibidas. Son lo más importante e imperdible.
  •  Afecta el intelecto: debilita nuestro poder de discernimiento. Nuestra capacidad normal de discernir los valores desaparece y el pecado se ve cada vez menos peligroso y serio. Las personas más inteligentes pueden cometer los hechos más necios, de los cuales a menudo, se arrepienten toda la vida.
  • Afecta la voluntad: todas nuestras buenas resoluciones tomadas se paralizan, se derriten como cera frente al calor.
  • Afecta los pensamientos: tratamos de defender la actitud. No nos preocupa defender la verdad, sino nuestros propios deseos en el asunto. Hay una simulación interior y nos auto-engañamos. Nos negamos a reconocer que lo quisimos deliberadamente y aún buscamos a quién acusar del hecho.

¿Cuál es, entonces, el camino para llegar a la restauración?

Después de meditar en lo anterior, quizás te das cuenta que te estuviste alejando del Señor. Dejaste de lado la lectura de la Palabra de Dios y la oración. Te creías muy firme y capaz de lidiar con la tentación con tus propias fuerzas. Quizás tú también te encuentres calentándote las manos, sintiéndote bien en un grupito que sabes que no te conviene. Cambiaste la iglesia por amigos del mundo o creyentes mundanos, y te fuiste enredando cada vez más en los lazos del diablo. Puede ser también, que ya te encuentres en caída libre hacia el pecado o que ya lo hayas cometido. Quizás ya estás cosechando los tristes frutos de la amargura. Quizás tú también estuviste negando al Señor, directa o indirectamente, por callarte acobardado, por participar de cosas que no te convenían, dándole lugar al pecado en tu vida, y procurando disfrazarlo. Tu vida se convirtió en una farsa, en una pantalla. Tu conciencia te acusa. Tu vida está llena de amargura. ¿Habrá solución? ¡Gracias a Dios, sí la hay!

Si hemos caído ¿cuál es el camino a la restauración?
Un buen ejemplo es David. Después de adulterar, intentar engañar, ocultar su pecado y matar a Urías, llega el momento en que el pecado sale a la luz. Lo bueno es que no se excusa, no contraataca, sino que lo reconoce y se arrepiente. Hizo una profunda oración de arrepentimiento y de regreso al Señor (de la cual leemos en el Salmo 51:1 al 13).

Por lo tanto, la solución es: ¡vuelve al Señor! Arrepiéntete de tus pecados y faltas y Él hará nuevas todas las cosas. Una vez, un joven que había caído en pecado sexual con su novia, me preguntó qué tenía que hacer. Si lo confesaba, iba a poner en evidencia también a la novia, quedaría mal con la familia y la iglesia. Obviamente, siempre surge el miedo a lo qué dirán los demás, y las consecuencias si se confiesa el pecado. Pero, la Biblia es clara al respecto. Salomón, inspirado por el Espíritu Santo, escribió: “El que encubre sus pecados no prosperará; mas el que los confiesa y se aparta alcanzará misericordia” (Pr. 28:13). Tu vida puede tener brillo otra vez. En vez de amargura, Dios te quiere dar paz y gozo. ¡Vuelve al Señor y Él lo hará!

Predicando en la Cárcel (4ª Parte)

 Predicando en laCárcel
 Entrevistaa Marcelo Magnato (4ª  parte)

Marcelo Magnato, joven pastor en Uruguay. Comparte connosotros su experiencia en el ambiente carcelario. Nos brinda varios aspectos,independientemente del lugar del mundo que esté la cárcel, que se vive en estasituación. ¿Qué lo motivó?¿cómo es la dinámica?…


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 TA 204 – TemasActuales
Predicando en la Cárcel (4ª parte)



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