Jonás – el profeta que no debería existir (2ª Parte)

Jonás – el profeta que no debería existir 
(2ª parte)

Autor:  Samuel Rindlisbacher

  El autor se pregunta: ¿qué tiene que ver la profecía con el evangelio? La palabra profética, ¿tiene relevancia en relación con las buenas nuevas? ¡Veamos cuales son las respuestas, basadas en la Palabra de Dios!


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PE1902 – Estudio Bíblico
–  Jonás – el profeta que no debería existir (2ª Parte)



  Estimados amigos, decíamos en el programa anterior que: Jonás tenía un mensaje que proclamar que a muchos no les venía bien. ¿También a los asirios había que predicarles la Palabra de Dios? ¡Imposible! Ellos eran conocidos por su impiedad ¿Y debían predicar la salvación de Dios a esa gente? No, ¡eso era demasiado! A un profeta que predicaba la salvación de Dios a gente así, solo se le podía hacer una cosa: Tacharlo de las memorias y negar su existencia. La conclusión trágica, entonces, es: ¿Un profeta de nombre Jonás, hombre de Galilea? ¡Jamás ha existido!

La élite religiosa del momento lo tenía claro: Dios los había escogido a ellos. Les había puesto Dios como luz para los impíos. Todas esas bendiciones, los sedujeron y los llevaron al orgullo espiritual. Eso fue lo que, en definitiva, no les permitió percibir su misión divina frente a los impíos. Ya que en Is. 49:6, a través del profeta, Dios les había dicho:“Te di por luz de las naciones, para que seas mi salvación hasta lo postrero de la tierra”.

Cuando Pablo llamó la atención, al clero de aquel tiempo, por este hecho, se produjo la siguiente reacción:“Pero viendo los judíos la muchedumbre, se llenaron de celos, y rebatían lo que Pablo decía, contradiciendo y blasfemando. Entonces Pablo y Bernabé, hablando con denuedo, dijeron: A vosotros a la verdad era necesario que se os hablase primero la palabra de Dios; mas puesto que la desecháis, y no os juzgáis dignos de la vida eterna, he aquí, nos volvemos a los gentiles. Porque así nos ha mandado el Señor, diciendo: Te he puesto para luz de los gentiles, a fin de que seas para salvación hasta lo último de la tierra”(así nos relata Hch. 13:45 al 47). Dios puso a Israel por bendición para los gentiles, por luz para las naciones y por testimonio del Dios viviente para el mundo entero. Pero ni Jonás, ni Jesucristo, ni tampoco el apóstol Pablo les resultaban útiles. Ellos pensaban que los mensajes de esas personas les robaban su postura de preeminencia y su exclusividad.

En Jonás 1:3 leemos acerca de la huida de Jonás:“Y Jonás se levantó para huir de la presencia de Jehová a Tarsis, y descendió a Jope, y halló una nave que partía para Tarsis; y pagando su pasaje, entró en ella para irse con ellos a Tarsis, lejos de la presencia de Jehová”. Seguramente existieron diversas razones para esta huida: Temor a los asirios – después de todo: ¿A quién le gusta ir a su propia ejecución? Su pensar elitista: “Nosotros somos el pueblo de Dios, ¿qué quieren estos incrédulos?” O, sencillamente, su aversión frente a la voluntad de Dios. No conocemos las razones de Jonás. Pero, ¿no nos hace recordar a nuestra propia vida? ¿Siempre somos obedientes a Dios y a Su Palabra? ¿No es verdad que también nosotros tenemos la tendencia a cerrar nuestros oídos interiores? A veces hay cosas en nuestra vida que Dios trae a nuestra mente para que le prestemos atención. ¡Pero no, no dejamos que nos diga nada! Quizás el Espíritu Santo nos está diciendo que existen ciertos patrones de comportamiento que deberíamos descartar, y sin embargo no lo hacemos. Sin duda, en nuestra vida hay pecado. Dios nos exhorta a deshacernos de él y aún así continuamos cargándolo. Tenemos la tendencia a señalar a Jonás. Sus objeciones y temores, su huída, su represión, su comportamiento indebido y su enojo. Pero, nosotros, ¿lo hacemos mejor?

Jonás fue desobediente frente al mandato de Dios. Eso tarde o temprano tiene consecuencias. Su desobediencia desencadenó las fuerzas de la naturaleza, y puso en peligro al barco y su carga, como leemos en Jonás 1:4:“Pero Jehová hizo levantar un gran viento en el mar, y hubo en el mar una tempestad tan grande que se pensó que se partiría la nave”. Terceros inocentes también fueron afectados, lo leemos en el vers. 5:“Y los marineros tuvieron miedo, y cada uno clamaba a su dios”,y hubo pérdida de bienes materiales:“y echaron al mar los enseres que había en la nave, para descargarla de ellos”. Sí, la desobediencia de Jonás, finalmente, lo llevó al borde de la muerte:“Y tomaron a Jonás, y lo echaron al mar”(leemos en el v. 15).“Pero Jehová tenía preparado un gran pez que tragase a Jonás; y estuvo Jonás en el vientre del pez tres días y tres noches”(nos dice finalmente el ver.17).

Esta historia a menudo es cuestionada. Pero, Jesús mismo la confirmó en Mt. 12:40, diciendo:“Porque como estuvo Jonás en el vientre del gran pez tres días y tres noches, así estará el Hijo del Hombre en el corazón de la tierra tres días y tres noches”. En su libro, sumamente recomendable, “Un Especialista en Ciencias Naturales en el Púlpito”, el prof. E. Wilder-Smith se refiere a esta temática: “Hace ya mucho tiempo que el encuentro del profeta Jonás con el pez es objeto de burla de los incrédulos. Siempre se supone que fue una ballena la que lo tragó y luego lo escupió, lo que por supuesto no es muy probable, ya que las ballenas comunes tienen un esófago demasiado angosto. Lo particular en esta historia es que el Señor Jesucristo, sin más, citó el encuentro de Jonás con el pez como un hecho. Esto conlleva ciertas consecuencias. Si la historia es un cuento, y aun así Jesús la considerara como históricamente verdadera, entonces, necesariamente, el Hijo de Dios se habría equivocado. Como consecuencia, deberíamos decir que Él no es infalible, y, entonces, no podríamos concebirlo como quien es para nosotros hoy. En ese caso, habría errores en Él, y Él habría en realidad mentido al declarar que Él era la verdad incorporada. ¡Me parece imposible que Jesús sea uno con el Padre y, al mismo tiempo, propague errores!”

Tenemos solo dos opciones: O creemos la historia de Jonás incondicionalmente y la aceptamos, o la cuestionamos – y con eso también a Jesucristo. La consecuencia sería que también tendríamos que tirar por la borda Su Palabra, la Biblia, Su redención y Su promesa de salvación. Sólo es posible lo uno, o lo otro. ¡Todo o nada! Para Jesucristo, el acontecer en el libro de Jonás era real, y era un acontecer verídico e histórico. Tan real, que incluso lo utilizó para hablar de Su propia muerte y resurrección. Diversos informes de personas que vivieron situaciones similares y sobrevivieron, documentan que la historia de Jonás y el pez es muy posible. Entre ellos, es especialmente digno de mención el siguiente testimonio: “En 1892, el barco ballenero ‘Star of the East’ se encontraba en las cercanías de las Islas Malvinas. La tripulación logró arponar una ballena grande, pero el animal se precipitó contra el barco, repartió coletazos a diestra y a siniestra, haciendo que el buque zozobrara y la tripulación cayera al agua. Mientras los hombres trataban de alcanzar el barco principal, el animal atacó de nuevo, haciendo desaparecer a uno de ellos. Como el animal, poco después, volvió a aparecer, pudo ser capturado. Cuando lo descuartizaron, encontraron en el estómago del animal al hombre desaparecido, inconsciente, pero vivo. Su piel estaba muy amarilla, sus ojos y oídos fuertemente afectados y él estaba totalmente fuera de sí. Recién semanas después pudo sanar. De cualquier modo, James Bartley, que así se llamaba, nunca volvió a tener su parecer normal. Su piel siguió siendo amarillenta, arrugada, y con el aspecto de un pergamino antiguo.”1

A causa de su desobediencia, Jonás se enfrentó a un viaje verdaderamente infernal. Si durante ese tiempo estuvo conciente en todo momento, no lo sabemos. Pero en los instantes en que lo estaba, con seguridad hizo una cosa: ¡oró! En Jonás 2:3 al 6, leemos: “Me echaste a lo profundo, en medio de los mares, y me rodeó la corriente; todas tus ondas y tus olas pasaron sobre mí. Entonces dije: Desechado soy de delante de tus ojos; mas aún veré tu santo templo. Las aguas me rodearon hasta el alma, rodeóme el abismo; el alga se enredó a mi cabeza. Descendí a los cimientos de los montes; la tierra echó sus cerrojos sobre mí para siempre”. En su desesperación, Jonás clamó al Señor: “Cuando mi alma desfallecía en mí, me acordé de Jehová, y mi oración llegó hasta ti en tu santo templo. Los que siguen vanidades ilusorias, su misericordia abandonan. Mas yo con voz de alabanza te ofreceré sacrificios; pagaré lo que prometí. La salvación es de Jehová” (así leemos en los vers. 7 al 9).

Y en ese momento de angustia, Jonás pudo experimentar el significado del pasaje del Sal. 50:15: “E invócame en el día de la angustia; te libraré, y tú me honrarás”. ¡Amén!

 

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