Ser cristiano, ¿es un asunto público o privado? (1ª parte)

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Autor: Wilhem Busch

La vida cristiana, como la moneda, tiene dos caras: el aspecto privado, que trata de la experiencia personal de salvación y la consagración diaria; y el aspecto público, que se relaciona con la vida de iglesia y el dar a conocer a otros la esperanza en Jesucristo.


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PE2377 – Estudio Bíblico
Ser cristiano, ¿es un asunto público o privado? (1ª parte)



¡Hola, amigo! Espero que te encuentres bien. Quisiera comenzar el pensamiento de este programa con una frase que quizá te resulte extraña: “El verdadero cristiano tiene dos caras como la moneda”. ¿Suena extraño, verdad? Pero es así; el verdadero creyente tiene dos caras: un lado completamente privado y otro completamente público. Y si a un cristiano le falta uno de estos dos aspectos, algo va mal.

Amigo, hablemos primeramente de la cara privada del cristianismo. Y para ilustrarlo quiero empezar contándote una historia. En el Siglo XIX vivió en el norte de Alemania un potente predicador: Johann Heinrich Volkening. Este predicador fue llamado una vez para visitar a un campesino muy rico que poseía una granja enorme y era un hombre íntegro y trabajador. Pero el campesino odiaba a Volkening desde el fondo de su alma, detestaba que él siempre lo acusara de ser pecador. Aquel día llamaron a Volkening porque este granjero estaba a punto de morir. Se acercó, pues, a la cama del campesino, lo miró largo tiempo en silencio y después le dijo: “Temo, temo mucho por ti. Tal como estás, aún no puedes ir al cielo, sino directamente al infierno.” Dicho esto, se dio la vuelta y se marchó. Menuda rabia le entró al enfermo: “¡¿Y ese quiere ser pastor?! ¿Es eso amor cristiano?” Entonces llegó la noche y el campesino tan gravemente enfermo no podía dormir. Su conciencia le daba punzadas: “¡No vas camino al cielo, sino al infierno! ¿Y si eso era verdad?” Y se recordó de un montón de pecados. No había honrado a Dios y en ocasiones había engañado a otros sagazmente. En las noches que siguieron le invadió un miedo terrible. Se puso muy nervioso, porque de pronto vio que había mucha culpa en su vida y que no era un hijo de Dios ni mucho menos. Ahora, en serio, quería dar media vuelta y convertirse. Así que al cabo de tres días volvió pedir que llamar a Volkening. Era ya bastante tarde, pero él acudió inmediatamente. Con gran inquietud el campesino le dijo: “Pastor, creo que tengo que dar media vuelta y convertirme.” “Sí,” replicó Volkening, “en la vejez se camina con más prudencia. ¡Cuando ven las orejas del lobo, claman, pero eso es un arrepentimiento por emergencia, es un arrepentimiento muerto! Así no puede ser.” Dicho esto, se dio la vuelta y se marchó. Si grande fue su enfado la primera vez, ahora fue mayor todavía. ¿No habría sido mejor que este pastor hablase amablemente con el campesino? ¿No veía que era muy probable que muriera pronto? Pero Volkening era un hombre muy cercano a Dios y sabía lo que decía. Aún pasaron otros tres días hasta que el campesino entró en una angustia terrible. Ahora sabía de seguro: “¡Tengo que morir!”. Durante toda su vida había despreciado al Salvador que murió por él. Había desechado a Aquel que en su amor estaba delante de él. Ahora se veía al borde del infierno y estaba completamente desesperado, por lo que otra vez mandó llamar al pastor. Cuando vino Volkening se encontró con un hombre que había comprendido lo que señala gálatas 6:7: “No os engañéis; Dios no puede ser burlado: pues todo lo que el hombre sembrare, eso también segará”. Volkening acercó una silla a la cama y le preguntó: “¿Verdad que vas al infierno?”. “Sí, al infierno.” Entonces Volkening le dijo: “Ven, vayamos ahora al Gólgota. ¡También por ti murió Jesús!”. Y entonces le habló con las palabras más tiernas y dulces de cómo Jesús salva a los pecadores, pero que no lo hace hasta que nosotros mismos nos vemos como pecadores.

Primeramente hay que terminar con eso de: “Yo vivo honradamente y no le hago mal a nadie”; es necesario estar en la verdad, entonces Jesús nos puede salvar. El campesino comprendió, de repente, que Jesús había muerto en la cruz también por él. “¡Él ha pagado por mis pecados! ¡Él puede darme gratuitamente la justicia que me justifica delante de Dios!”. Finalmente Volkening se retiró de aquel lugar con completa tranquilidad, confiando en el versículo bíblico que señala que: “Todo aquel que invocare el nombre de Jesús será salvo.” Al día siguiente se encontró con un hombre que tenía paz con Dios. “¿Cómo le va, vecino?” Y el campesino le contestó: “¡Me ha recibido por Su gracia!”.

¿Ves? Así fue el nuevo nacimiento de un campesino orgulloso. ¿Y a qué me refiero con “nuevo nacimiento”? Mira, una noche vino a Jesús un letrado y le dijo: “Maestro quiero discutir contigo sobre problemas religiosos.” A este le contestó el Señor Jesús: “¡De discutir nada! El que no nazca de nuevo, no puede entrar en el reino de Dios.” “¿Cómo?” le preguntó el hombre, “¡No puedo volver a ser un niño pequeño y entrar otra vez en el vientre de mi madre para nacer otra vez!”. Pero Jesús continuó y le explicó: “el que no naciere de agua y del Espíritu, no puede entrar en el reino de Dios”, esto se encuentra en Juan 3:5. Este es el lado privado de la fe cristiana: entrar por la puerta estrecha para obtener la vida eterna, nacer de nuevo mediante el gran milagro de Dios.

Lo que estoy diciendo, amigo, no son asuntos teológicos sin importancia, sino se trata de tu salvación eterna. ¡Créemelo! Parte del nuevo nacimiento es dar la razón a Dios y admitir que estoy perdido y que mi corazón es malo, es anhelar a Jesús, el único Salvador del mundo. El nuevo nacimiento implica confesarle sinceramente a Jesús: “He pecado contra el cielo y delante de Ti”, implica creer que “Su sangre me limpia de todo pecado”. Él paga por mí y me da Su justicia que es la única que Dios aprueba. El nuevo nacimiento implica entregarse completa y decididamente a Jesús, es la única manera para entrar en el reino de Dios, y trae consigo que el Espíritu Santo te diga: “Dios te ha recibido”. Los que han sido hechos hijos de Dios lo saben: si me estoy ahogando y alguien me saca del agua, después sé segurísimamente que he sido rescatado, pues estoy en tierra firme y respirando tranquilamente.

A esto me refiero con el “lado privado de la fe cristiana”. Cada uno tiene que experimentar personalmente que ha pasado de muerte a vida. Pero el nuevo nacimiento no es el final, sino solo el principio del cristianismo privado. Lo muy personal y privado de la fe cristiana continúa. Desde que me convertí he tenido una cosa bien clara: “¡Quiero, sin falta, oír todos los días la voz de mi amigo!” Así empecé a leer la Biblia. Muchos piensan que solo los pastores o los estudiosos pueden leer la Biblia, pero no existe tal limitación: todos los que han comenzado una vida con Jesús, una vida como creyentes, deben leer la Biblia en su casa, porque no pueden vivir sin oír la voz del Buen Pastor y no pueden estar sin hablar con Él. ¿Cómo está tu tiempo diario de lectura, amigo? ¿Y tu tiempo de oración? ¡Habla con Jesús! ¡Él está ahí y Él lo oye! Encomiéndale tu día, cuéntale tus preocupaciones. Esto también pertenece al lado privado de la fe viva.

Otra cosa que pertenece a este lado privado es que diariamente crucifiquemos nuestra carne y sangre, amigo. En mi vida he hablado con muchas personas y se puede decir que todas tenían algo de qué lamentarse, quejarse o algún motivo para acusar a otro por su propia desgracia. Créeme que en el momento en que tengas su cuarto de hora tranquilo con Jesús, él te mostrará que tú mismo es el motivo de toda la miseria en la que te encuentras. Su matrimonio va mal, porque no vive consciente de que Dios todo lo ve. Su negocio no va bien, porque no camina en la presencia de Dios. Cuando empiezas a tener este rato tranquilo con Jesús, aprendes a crucificar tu naturaleza todos los días, y entonces todo a su alrededor se embellece.

Otro aspecto clave de la privacidad del cristiano, es el gozo. Por donde miras falta la alegría, pero en el momento que vives el nuevo nacimiento experimentas lo que significa el texto de Filipenses 4:4: “Regocijaos en el Señor siempre. Otra vez digo: ¡Regocijaos!”. ¿Recuerdas también lo que dice Malaquías 4:2? “Mas a vosotros los que teméis mi nombre, nacerá el Sol de justicia” (Jesús) “y en sus alas traerá salvación. Y saldréis, y saltaréis como becerros de la manada”. ¡Qué forma de expresar esta verdad tan bella! Lamentablemente encuentro pocos creyentes saltando como becerros de alegría por su Salvador. ¿De dónde viene tal falta de gozo? ¿Serán verdaderos cristianos? Yo mismo quiero experimentar más y más el gozo del Señor. Pero, para tener ese gozo hay que tomar en serio el evangelio y no conformarse con un mero barniz de cristianismo. Y esta es la cara privada de la fe cristiana. ¿Es ser cristiano un asunto privado? ¡Sí que lo es! ¡Sumamente privado!

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