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Autor: Eduardo Cartea Millos

Se está por escribir el último capítulo en la experiencia de Josafat, y el resultado de la vida de este personaje de la Biblia nos deja la lección de lo que debe y lo que no debe hacer un creyente en Cristo. Una vez más, en la curva sinuosa de su vida, pasando por momentos de zozobra, enredándose en alianzas con aquellos que no debería y solo rescatado por la misericordia de Dios.


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PE2564 – Estudio Bíblico
Josafat, un héroe con pies de barro (24ª parte)



Antes de caer el telón

¿Qué supones que es un cristiano “normal” hoy en día? Si hiciéramos esta pregunta a un grupo de creyentes, probablemente un gran porcentaje de ellos nos digan: una persona que tiene altos y bajos, que crece y, sin embargo, pasa por periodos de sequedad espiritual; que peca, porque “es de carne y hueso”, y sin embargo trata de seguir adelante “como puede”; que lee la Biblia, pero no siempre; que ora, pero no tanto como debería, etc. ¿Eso es un cristiano normal, según la Biblia? ¿Ese es el estándar que las Escrituras nos presentan para un hijo de Dios del siglo XXI?

Se está por escribir el último capítulo en la experiencia de Josafat, y el resultado de la vida de este personaje de la Biblia nos deja la lección de lo que debe y lo que no debe hacer un creyente en Cristo. Una vez más, en la curva sinuosa de su vida, pasando por momentos de zozobra, enredándose en alianzas con aquellos que no debería y solo rescatado por la misericordia de Dios. En Israel reina Joram, el hijo de Acab. No fue peor que su padre, porque sacó las estatuas que aquel había erigido en Samaria, en el templo del dios pagano de Canaán como leemos en 1 Reyes 16:31, 32. Sin embargo, si leemos unos capítulos antes en el 12:28 al 31 vemos que siguió adorando a los becerros de oro que Jeroboam había levantado en las ciudades de Bet-el y Dan.

2 Reyes 3:1 nos relata que: “Joram hijo de Acab comenzó a reinar en Samaria sobre Israel el año dieciocho de Josafat rey de Judá; y reinó doce años. E hizo lo malo ante los ojos de Jehová, aunque no como su padre y su madre; porque quitó las estatuas de Baal que su padre había hecho. Pero se entregó a los pecados de Jeroboam hijo de Nabat, que hizo pecar a Israel, y no se apartó de ellos«. Siglos antes, Moisés se había espantado cuando el pueblo, apañado por la displicencia de Aarón, los había fabricado y adorado, a imagen de los dioses de Egipto, mientras él estaba en el monte recibiendo las instrucciones para la construcción del Tabernáculo. Tres mil hombres cayeron aquel día, y, si no fuera por la intercesión de aquel varón de Dios, todo aquel pueblo idólatra hubiera sido consumido por la ira divina.

Así que, para Joram, meramente un cambio: dioses cananeos en vez de dioses de Egipto. ¿Cuál es la diferencia? La Biblia es clara, y dice: “se entregó a los pecados de Jeroboam hijo de Nabat, que hizo pecar a Israel, y no se apartó de ellos”. El rey de Moab, tributario del rey de Israel, se rebela y Joram invita a Josafat, rey de Judá a acompañarle a la guerra, junto con el rey de Edom, otra nación pagana. La respuesta de Josafat, repitiendo la expresión dicha años antes a Acab fue: “Iré, porque yo soy como tú; mi pueblo como tu pueblo, y mis caballos como los tuyos”. No consulta a Dios y no tiene en cuenta el carácter apóstata del rey de Israel. Es pacificador, pero indolente. Es dispuesto a ayudar, pero es ligero, superficial, no mide las consecuencias ni para él, ni para el pueblo que representa.

Encontramos en el verso 10 al 13 de 2 de Reyes 3, que cuando, yendo por el camino del desierto les falta agua, el rey paganizado reacciona como “una persona del mundo”, se queja y culpa a Dios por estar pasando por esa necesidad. Leemos que “Entonces el rey de Israel dijo: ¡Ah! que ha llamado Jehová a estos tres reyes para entregarlos en manos de los moabitas. Entonces Eliseo dijo al rey de Israel: ¿qué tengo yo contigo? Vé a los profetas de tu padre, y a los profetas de tu madre. Y el rey de Israel le respondió: no; porque Jehová ha reunido a estos tres reyes para entregarlos en manos de los moabitas”.

Josafat, que conoce la verdad y a los verdaderos siervos de Dios, los profetas, recomienda ir a ver a Eliseo, el profeta que vivía, como su antecesor Elías, “en la presencia de Dios”. Cuando descienden a entrevistarse con el siervo de Dios, este se enoja fuertemente y, sabiendo quien es Joram y cuáles sus inclinaciones religiosas, le manda a consultar a sus dioses paganos. Solo la consideración hacia Josafat hizo que Eliseo accediera a consultar a Dios sobre el devenir de la guerra. De lo contrario, ni se asomaría para ver al rey de Israel. Es notable el pedido de Eliseo de llamar a un tañedor, es decir a un músico, para que interpretando sus melodías en el arpa (o algún otro instrumento musical), no solo aquietara el mal humor del profeta, sino que también dispusiera su alma para interceder por el pueblo de Dios.

Sin duda, la música adecuada serena, motiva, prepara el corazón para experiencias espirituales. Así ocurrió con Saúl, con David, con Josafat, como ya vimos, en el conflicto contra Moab, Edom y Amón. Así ocurrió cuando el rey Salomón inauguró el Templo para Dios. La gloria de Dios llenó la casa en medio de las alabanzas, los cantos y las músicas instrumentales de los levitas de las familias de Asaf, Hemán y Jedutún. Hoy en día hay mucha música que no serena, sino excita; que no eleva el espíritu, sino mueve los sentimientos. El parámetro es Efesios 5:18, 19 y Colosenses 3:16: “cánticos espirituales”. Y solo habrá cánticos espirituales cuando surgen de vidas espirituales en las cuales “la palabra de Cristo mora en abundancia”. El emocionalismo es peligroso y solo produce sensaciones que nada tienen que ver con la obra del Espíritu. El ministerio de la música no es tarea de creyentes carnales, sino espirituales. Solo esta clase de cristianos promoverán la verdadera alabanza en la congregación.

Me parece oír al Señor decir muchas veces con Amós 5:23; “Quita de mi la multitud de tus cantares, pues no escucharé las salmodias de tus instrumentos”; o con las propias palabras de Jesús a los fariseos en Lucas 16:15: “Vosotros sois los que os justificáis a vosotros mismos delante de los hombres; más Dios conoce vuestros corazones, porque lo que los hombres tienen por sublime, delante de Dios es abominación”.

Eliseo, inspirado, no solo les asegura que tendrán agua suficiente para todos, sino que, además vencerán en la contienda. Para Dios, les dice, eso “es cosa ligera”. Cosa sencilla. Una pequeña muestra de lo que Dios puede hacer. Sin duda, el poder de Dios es suficiente para darles lo que necesitan y también la victoria que buscan. Cuán grande y abundante es la providencia divina para aquellos que le buscan y le obedecen. Moab fue vencido, más por la intervención divina que por la estrategia humana. Ni el sacrificio humano del hijo del rey de esa nación a Quemos, el abominable dios de Moab, revirtió la derrota que sufrió contra Israel y Judá.

Una vez más, la misericordia de Dios amparó a un hombre que no hizo lo que agrada al Señor. El telón cae sobre la vida de Josafat. Leemos en 2 Crónicas 21:1: “Durmió Josafat con sus padres, y lo sepultaron con sus padres en la ciudad de David. Y reinó en su lugar Joram, su hijo”. Tenía el mismo nombre que el hijo de Acab, pero no solo el nombre, sino también las costumbres paganas, la idolatría, la conducta pecaminosa de lo peor de aquel pueblo. Se casó con Atalía, tan perversa como su madre Jezabel, mató a sus hermanos y a varios varones principales de Israel, y siguió el camino de los peores reyes, envuelto en el paganismo y el culto a los dioses cananeos. Triste continuidad del reinado de Josafat, quien dio muchos regalos a sus hijos, pero no fue capaz de imprimir en ellos el temor a Dios y el amor a Su persona y Su palabra.

Para cerrar ésta extensa serie de estudios sobre la vida de Josafat compartimos el pensamiento del Apostol Pablo en 1 Corintios 10:11 y 12: “Y estas cosas les acontecieron como ejemplo, y están escritas para amonestarnos a nosotros, a quienes han alcanzado los fines de los siglos. Así que, el que piensa estar firme, mire que no caiga”.

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