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Autor: Eduardo Cartea Millos

Entre el último versículo del capítulo 18 de 2 Crónicas, y el primero del capítulo 19 algo pasó. El Espíritu Santo no ha querido comentarlo, pero, sin duda, algo, y muy serio, pasó por la mente, los sentimientos y la voluntad de Josafat. Estaba en manos del alfarero para aprender una gran lección.


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PE2554 – Estudio Bíblico
Josafat, un héroe con pies de barro (14ª parte)



Volvió y lo hizo de nuevo

Quiero introducir el estudio bíblico de hoy con la lectura del capítulo 19 de 2 de Crónicas. Los primeros versos nos relatan lo siguiente:

Josafat rey de Judá volvió en paz a su casa en Jerusalén. Y le salió al encuentro el vidente Jehú hijo de Hanani, y dijo al rey Josafat: ¿al impío das ayuda, y amas a los que aborrecen a Jehová? Pues ha salido de la presencia de Jehová ira contra ti por esto. Pero se han hallado en ti buenas cosas, por cuanto has quitado de la tierra las imágenes de Aserá, y has dispuesto tu corazón para buscar a Dios.

Habitó, pues, Josafat en Jerusalén; pero daba vuelta y salía al pueblo, desde Beerseba hasta el monte de Efraín, y los conducía a Jehová el Dios de sus padres. Y puso jueces en todas las ciudades fortificadas de Judá, por todos los lugares. Y dijo a los jueces: mirad lo que hacéis; porque no juzgáis en lugar de hombre, sino en lugar de Jehová, el cual está con vosotros cuando juzgáis. Sea, pues, con vosotros el temor de Jehová; mirad lo que hacéis, porque con Jehová nuestro Dios no hay injusticia, ni acepción de personas, ni admisión de cohecho.

Puso también Josafat en Jerusalén a algunos de los levitas y sacerdotes, y de los padres de familias de Israel, para el juicio de Jehová y para las causas. Y volvieron a Jerusalén. Y les mandó diciendo: procederéis asimismo con temor de Jehová, con verdad, y con corazón íntegro. En cualquier causa que viniere a vosotros de vuestros hermanos que habitan en las ciudades, en causas de sangre, entre ley y precepto, estatutos y decretos, les amonestaréis que no pequen contra Jehová, para que no venga ira sobre vosotros y sobre vuestros hermanos. Haciendo así, no pecaréis. Y he aquí, el sacerdote Amarías será el que os presida en todo asunto de Jehová, y Zebadías hijo de Ismael, príncipe de la casa de Judá, en todos los negocios del rey; también los levitas serán oficiales en presencia de vosotros. Esforzaos, pues, para hacerlo, y Jehová estará con el bueno”.

Desciende a casa del alfarero”. Esa fue la orden que Dios le dio a Jeremías en el capítulo 18 verso 2. Tenía que enseñarle una gran lección. Y Jeremías fue para ver al alfarero trabajar en las ruedas. El artesano toma un trozo de barro y con gran habilidad comienza a darle forma. Se ve magnífica después de varias horas de trabajo. Casi está lista. Y, de pronto… ¡ay!, lo que menos se esperaba… Se rompe en sus manos.

¿Qué hará? Piensa Jeremías. ¿Se fastidiará y arrojará contra el suelo? ¿la desechará por inservible? ¡No! Para su sorpresa, toma con cuidado la arcilla fresca aún y la vuelve a amasar hasta tener nuevamente la pasta en sus manos para darle la forma deseada. Leemos que el Alfarero “Volvió y la hizo otra vasija, según le pareció mejor hacerla”. El diseño de su mente esta vez se plasmó en el trozo de arcilla informe, ¡y esta vez, sí! la terminó con su arte y la puso sobre el anaquel. Admirable obra.

Jeremías entendió la lección, cuando el Señor le dijo en el verso 6: “¿No podré yo hacer de vosotros como este alfarero, oh casa de Israel?, dice Jehová. He aquí que como el barro en la mano del alfarero, así sois vosotros en mi mano, oh casa de Israel”. Ah, ¿qué hacer con Josafat? Es como un trozo de arcilla que no tomó la forma deseada. Se echa a perder… Pero, el divino Alfarero no lo desecha. Vuelve y lo hace de nuevo. Josafat tiene una nueva oportunidad.

Entre el último versículo del capítulo 18 y el primero del capítulo 19 algo pasó. El Espíritu Santo no ha querido comentarlo, pero, sin duda, algo, y muy serio, pasó por la mente, los sentimientos y la voluntad de Josafat. ¿Qué ocurrió en la batalla por la reconquista de Ramot de Galaad? ¿Se recuperó la ciudad? ¿Venció el ejército de Israel sobre el de Siria? Fue una derrota, pues leemos en 1 Reyes 22:36 que, después de haber sido herido Acab, “a la puesta del sol salió un pregón por el campamento, diciendo: ¡Cada uno a su ciudad, y cada cual a su tienda!”. Y en el verso 17 ya lo había anticipado Micaías, el profeta. Murió Acab y el pueblo quedó esparcido “como ovejas sin pastor”. Fue una vergonzosa retirada. Una batalla perdida. Una empresa frustrada. Una alianza inútil. Ramot de Galaad, la antigua ciudad de refugio, quedó en manos de Siria.

¡Qué pena que Josafat hubiera caído en semejante fracaso! Pero, es así: Cuando su mente se nubló, cuando el discernimiento espiritual se perdió por el camino, Josafat se identificó plenamente con Acab, y, comprometido por su parentesco, decidió ir a la guerra con el rey pagano, hizo una alianza con el incrédulo, y así le fue.

Ahora, es notable que esta historia se repite vez tras vez. No somos capaces de aprender de los fracasos de los demás. Tenemos la tendencia de querer experimentar por nosotros mismos, aunque sepamos que a otros les haya ido mal.

Josafat fue un hombre fiel, aunque de carácter débil, lo que le trajo aparejado cometer algunos errores que, no solo fueron duras experiencias para él, sino que, además, fueron desgracia para su pueblo y su posteridad. Si recordamos, Josafat había tomado algunas medidas muy sabias para limpiar el país de la flagrante y corrompida idolatría cananea, siendo fiel a la ley de Dios y al mismo tiempo logró conquistar a los pueblos vecinos, dando estabilidad y prosperidad a Israel.

Pero, cometió un grave error, según vimos en el capítulo anterior: permitió que su hijo Joram contrajera matrimonio con Atalía, la perversa hija del perverso rey Acab. Y esto le envolvió en un compromiso casi fatal para él. Una serie de peldaños descendentes, en términos espirituales, los hemos mencionadio ya: la identificación, independencia, insensibilidad, insensatez; le llevaron a unir sus ejércitos a los de Acab y entrar en guerra contra un reino del norte de Israel, y casi perder la vida en la batalla. Acab fue muerto por una flecha enemiga, y la batalla fue perdida.

Dios mostró hacia él su misericordia, no solo librándole de una muerte segura, sino, a pesar de haberse enojado, tuvo en cuenta sus buenas obras. Josafat se recuperó de su error, y tomó en el reino de Judá algunas acciones muy sabias. En efecto, entre el capítulo 18 y el 19 hubo un cambio en la actitud de este buen rey. Algo cambió en su vida. Seguramente, el peligro de muerte en el cual se halló, la certeza de haberse excedido en su relación con un hombre impío como Acab, produjo en él un sentimiento de pesar, y un arrepentimiento sincero.

Esas palabras del capítulo 19:1 de 2 Crónicas: “Volvió en paz a su casa en Jerusalén”, que cumplieron la profecía de Micaías en el verso 15 del capítulo anterior, pueden indicarnos un tiempo de reflexión y restauración en su vida. Fue una llamada de atención, una acción disciplinaria de Dios, necesaria para hacerle volver en sí, reconocer su error y “hacer las primeras obras”.

Así ocurrió, siglos después, con Pedro, cuando después de su vergonzosa negación, se encontró en la playa del mar de Tiberias con Jesús. El canto del gallo y la mirada del Salvador en el frío patio de la casa del sumo sacerdote habían quebrantado su corazón, le habían hecho llorar amargamente, y ese fin de semana fue para él un tiempo de profunda reflexión y arrepentimiento.

Y aquella mañana, cuando llegó a la playa después de haberse lanzado al agua desde su barca milagrosamente llena de pescados, con la convicción que en la orilla estaba “el Señor”, y después de la cordial invitación del Maestro: “Venid, comed”, su corazón se tranquilizó y se preparó para el examen final. Aquellas tres preguntas que calaron hondo en su alma: “¿Simón, hijo de Jonás, me amas?”. La bondad maravillosa de su Salvador y Señor le había traído nuevamente a la comunión, al gozo de su amistad.

Un creyente espiritual, sincero, no es impecable, pero cuando cae, se vuelve a Dios, y Dios, en Su misericordia, lo perdona y utiliza para bendición. Así lo hizo el alfarero, como vimos, en la visión de Jeremías. La vasija de barro se arruinó en sus manos, pero el alfarero no la desechó. La volvió a hacer otra vasija, “según le pareció mejor hacerla”. Dijo alguien: “Dios no se pone a llorar ante nuestra vasija rota. Simplemente se pone a hacerla de nuevo”. Pero, debemos estar en las manos del alfarero. No en otro lugar.

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