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Autor: Eduardo Cartea Millos

La fe de Abraham era de tal magnitud que iba confiado, esperando en la provisión de Dios para él. ¿Cómo lo haría? No importa. Dios proveería de alguna forma, pero ellos irían, adorarían y volverían juntos. ¿Cuál fue el resultado? Una inmensa gratitud a Dios. Una absoluta certeza de su fidelidad.


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PE2852- Estudio Bíblico
Cuando Dios llama dos veces (7ª parte)



La confianza de la obediencia

Hola amigos. Una vez más nos internamos en una historia

subyugante que narra la Biblia. La historia de Abraham, un hombre que recibió uno de los siete “dobles llamados” de parte de Dios. Y este llamado no fue para anunciarle prosperidad, o mayor salud, o felicidad. Fue un llamado a la obediencia. Fue un llamado a probar cuán cierta era su fe. Pero, sí, fue un llamado que trajo bendición no solo a su vida, sino a la vida de muchísimos a través de la historia. Inclusive a la suya, estimado oyente, y a la mía.

Ahora, siguiendo el relato del capítulo 22 del libro del Génesis, Dios le pidió que sacrificara a su hijo Isaac y Abraham no dudó en hacerlo. Se levantó resueltamente muy de mañana, junto a su hijo, puso leña sobre un asno y escoltado por algunos sirvientes, se puso en marcha hacia el lugar que Dios le iba a indicar. Luego de una caminata de tres días, divisó el lugar. Y entonces, leemos –acompáñeme, si le es posible con la lectura: Génesis 22, versículo 5: “Entonces dijo Abraham a sus siervos: Esperad aquí con el asno, y yo y el muchacho iremos hasta allí y adoraremos, y volveremos a vosotros”.

¿Cómo “volveremos”? ¿No iba a sacrificarlo? ¿Volvería trayendo sobre sus hombros a su hijo muerto…, o descendiendo con él juntos por la ladera del monte?

Mire, “La fe no demanda explicaciones; la fe descansa en las promesas”. Abraham sabía íntimamente que no iba a volver con su hijo muerto. Abraham obedeció a Dios y le obedeció sencillamente porque era obediente y confiaba en su Dios. La obediencia confía en Dios y en sus promesas.

Descansar en las promesas de Dios es vital en la vida del creyente. Tener la certeza de que Dios es fiel, que no falla, que no cambia. Que sus promesas en Cristo son “sí” y “amén”. Abraham sabía esperar en Dios.

Es un dulce descanso cuando esperamos en el Señor. Una antigua canción lo expresa bellamente:

Todas las promesas del Señor Jesús
son apoyo poderoso de mi fe;
Mientras viva aquí cercado de su luz,
siempre en sus promesas confiaré.

Todas sus promesas para el hombre fiel
el Señor, en sus bondades cumplirá;
Y confiado sé que para siempre en él
paz eterna mi alma gozará.

Todas las promesas del Señor serán
gozo y fuerza en nuestra vida terrenal;
Ellas en la dura lid nos sostendrán
y triunfar podremos sobre el mal.

Grandes, fieles,
las promesas que el Señor Jesús ha dado;
Grandes, fieles, en ellas para siempre confiaré.

La fe de Abraham era de tal magnitud que iba confiado, esperando en la provisión de Dios para él. ¿Cómo lo haría? No importa. Dios proveería de alguna forma, pero ellos irían, adorarían y volverían juntos.

Y así comenzaron a subir la cuesta del monte Moriah. Era un lugar muy especial. Sería muy probablemente el lugar donde David le compraría a Arauna, el jebuseo, el lugar donde se levantaría el templo. Pero sería, aún más adelante, el lugar donde el verdadero Isaac, Jesús, el unigénito del Padre, para quien no habría sustituto alguno, sería colgado para morir en una cruz de vergüenza y maldición.

Es la primera vez que en la Biblia se menciona la adoración. Y ¡miremos en qué circunstancia! Ante el sacrificio de un hijo. Nos queda como reflexión, entonces, que adorar es más que una acción. Es rendir a Dios todo en la vida, en una actitud voluntaria de gozosa obediencia. Cueste lo que cueste. (¡Qué fácil es decirlo!, ¿verdad?)  Pero es posible. Abraham lo hizo y aunque le costó, su obediencia fue una verdadera actitud de adoración.

J. B. Meyer lo expresa de esta forma:

“Miraba a su Dios en el momento en que demandaba una dádiva tan grande como un ser que no merecía otra cosa sino adoración. El sentimiento más sublime que puede llenar el corazón del hombre, dominaba toda su naturaleza, y le parecía que su tesoro más costoso y caro no era demasiado grande para darlo al Dios grande y glorioso que era el único objeto de su vida”.

En esta frase del v. 5 está la cúspide de la fe: “adoraremos y volveremos a vosotros”. No es otra cosa más que el triunfo de la fe. De una fe racional, no ciega. Abraham no era un fanático. Era un creyente racional en un Dios racional. Si le había prometido descendencia desde Isaac, y él tenía que matarlo, la única forma de que Dios cumpliera con su promesa era resucitándolo. Qué confianza, descanso, certeza produce una fe así. ¡Oh, que la tuviéramos! Así sucedió con Jesús, el autor y consumador de la fe.  Por su fe, teniendo en cuenta “el gozo puesto delante de él sufrió la cruz, menospreciando el oprobio, y se sentó a la diestra del trono de Dios”.

David, siglos después, dijo: “No ofreceré a Dios holocausto que no me cueste nada”.

Y llegaron a la cumbre del Moriah, cargando la leña, el fuego y el cuchillo. Menos el cordero, todo. Y la pregunta del obediente Isaac resonó con toda lógica: “¿Dónde está el cordero para el holocausto? Y respondió Abraham: Dios se proveerá de cordero para el holocausto, hijo mío”.

La prueba iba a llegar al extremo. Edificar el altar, lentamente, piedra sobre piedra. Poner la leña que habían cargado juntos subiendo la ladera del monte. Aunque la revelación bíblica no lo dice, tal vez, Abraham abrazó a su hijo silencioso, despidiéndolo con el corazón quebrantado, con las lágrimas corriendo por sus mejillas, y mirándole con sus ojos empañados, sin pronunciar palabra, en una mezcla de fe y dolor profundo, le desveló el secreto había guardado hasta ese momento: “Tú, Isaac, eres el cordero”. Así que ató a su hijo, tomó el afilado cuchillo en su mano temblorosa, presto a levantarla y luego descargarla implacablemente sobre aquella extraña víctima.

¿Matar a su hijo? ¿A su único hijo? ¿Al hijo de la promesa? ¿A la alegría de su corazón? Sorprendentemente decimos: Sí. Porque sabe que Dios proveerá. “Por la fe, Abraham, -dice la Biblia- cuando fue probado, ofreció a Isaac, y el que había recibido las promesas ofrecía su unigénito… pensando que Dios es poderoso para levantar aun de entre los muertos, de donde, en sentido figurado, también le volvió a recibir”.

Aun si estuviera muerto, Dios le iba a resucitar y volverían juntos a descender del monte. ¡Extraordinario! ¡Qué hombre! ¡Con razón, a pesar de sus fallos, es llamado “amigo de Dios”!

En ese clímax de la prueba, la voz del ángel de Jehová, que no es otro que el Cristo pre-encarnado, resonó desde el cielo. Esta vez no como la voz de Dios en el susurro de la noche, sino en potentes acentos: “¡Abraham, Abraham!”.El doble llamado de Dios para un hombre que aprobó el examen. Que demostró obediencia absoluta. Que manifestó una fe inquebrantable. “No extiendas tu mano sobre el muchacho, ni le hagas nada, porque ya conozco que temes a Dios, por cuanto no me rehusaste tu hijo, tu único”.

Dicho en otras palabras: “No tienes que tocar a tu hijo. Has superado la prueba. Ya he visto que me temes tanto que no me negarías ni siquiera a tu único hijo. Ahora sé que tu compromiso es total”.

Y, entonces, Isaac descendió del altar para ver subir un carnero y ser ofrecido en su lugar. La emoción habrá embargado los corazones. Un hondo suspiro de alivio, una profunda paz que inundó todo el ser. Una inmensa gratitud a Dios. Una absoluta certeza de su fidelidad. Y seguramente recibió a su hijo, como resucitado, con un abrazo pleno de dicha. Una risa casi perdida fue transformada en una risa de felicidad.

Abraham llamó a aquel lugar: “Jehová Jireh”, que significa “El Señor proveerá”, o tal vez mejor, “El Señor verá”.  Cuando confiamos en el Señor decimos: “El Señor lo verá”. Como decir: “Dios mismo se encargará del cordero”.

Así que, si Dios se encarga, yo voy donde él me diga. Yo haré lo que él me mande. Yo dejaré lo que él me pida. Él lo verá. Él sabe lo que hace. “Quedaos quietos, y ved la salvación del Señor”, es una frase repetida en la Biblia.

¿Dónde provee Dios? En el lugar que él indica. Si Él nos dice: “Vete al lugar que yo te diré”, allí nos proveerá lo necesario para nuestra vida. Y le adoraremos. 

Un día, en el sabio consejo de Dios, el cielo proveyó un Cordero. Ya estaba destinado desde antes de la fundación del mundo, pero fue provisto cuando llegó el cumplimiento del tiempo. Dios “no escatimó ni aún a su propio Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros”. Y ese Cordero fue al Gólgota, cargando el madero donde fue crucificado. Un día, el Calvario le vio clavado entre dos malhechores, herido, burlado, despreciado. Pero no fueron los hombres los que le dieron muerte por ellos mismos. Dice la Biblia en Isaías 53 que “Dios quiso quebrantarlo, sujetándolo a padecimiento”. Como un eco, responde Hechos 2: “a éste, entregado por el determinado consejo y anticipado conocimiento de Dios, prendisteis y matasteis por manos de inicuos, crucificándole”. El Unigénito del Padre no fue sustituido por un cordero. ¡Era el Cordero!

En silencio, adoramos a Dios…

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