Compromiso total X (3ª parte)


Autor: William MacDonald

Cuando Cristo está en control, Él nos libra de desperdiciar nuestras vidas en trivialidades. Y, a veces, el tipo de compromiso que se asume, lleva al cambio en la carrera de una persona.


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PE2239 – Estudio Bíblico
“Compromiso total” X (3ª parte)



¿Cómo están amigos? He aquí otro ejemplo: Tres creyentes estaban sentados alrededor de una mesa, disfrutando de una comida y hablando sobre ocupaciones y vocaciones. Uno le preguntó al doctor: “¿Cuál es el tema de su tesis?” Él contestó: “El límite hidrodinámico para el proceso totalmente asimétrico de exclusión simple con parámetros de velocidad no constantes”. Luego de recuperarse de la sobrecarga verbal, el tercero preguntó: “¿Cuál es la diferencia que marcará?” El doctor, un discípulo de Jesús espiritual y comprometido, pensó un minuto. Pareció una larga pausa. Luego dio esta memorable respuesta: “Mi incapacidad para contestar tales preguntas es la razón por la que he decidido abandonar ese campo.”

Muchos han hecho un cambio de carrera, porque han sentido que se estaban enredando demasiado en las cosas de esta vida. El Dr. Alexander Maclaren escribió:

“En el tiempo de Pablo no existían los ejércitos permanentes, los hombres eran convocados de sus ocupaciones comunes y eran enviados a pelear. Cuando se oía el llamado repentino, el arado quedaba en el surco, y el tejido en el telar, el novio salía corriendo dejando a su novia, y quien estaba de duelo desde junto al féretro. Todas las industrias se paralizaban mientras que los hombres de la nación estaban en el campo.”

Guy H. King agregó sus comentarios al de Maclaren:

“No podía permitirse enredarse con intereses civiles, cuando supuestamente todas las energías debían estar dedicadas a la guerra. En ese momento, se debía renunciar a todo lo que pudiera perjudicar el servicio. Tal sacrificio debería verse también en el soldado de la cruz. Puede que se encuentre con que tiene que dejar ciertas cosas, ciertos intereses, ciertos hábitos, ciertos entretenimientos, y aun ciertos amigos – no porque estén mal en sí mismos, sino porque son una trampa, un enredo para él; se interponen en el camino de su éxito como soldado. No criticará a sus compañeros cristianos si ellos no encuentran daño alguno en esas cosas – no es su asunto criticar; aunque cuando se le pregunte, tiene la libertad de dar su opinión, y explicar la razón por la que las evita. Cualquier cosa que interfiera y no nos permita ser lo mejor que podemos ser para Él, debe ser sacrificado – aunque para otros no sea dañino, aunque sea atractivo para nosotros; aunque sea algo tan preciado como una mano, un pie, o un ojo (como leemos en Mt. 18:8 y 9). Tiene que quedar claro que hay muchas cosas en esta vida que para el soldado cristiano son simples deberes, cosas familiares, asuntos sociales, temas de negocios, cosas que tienen que ser atendidas – y hechas de la mejor manera por el simple hecho de que es cristiano. Pero, el punto yace en la palabra “enredo”; ahí descansa el énfasis. Cuando algo, por más que sea legítimo, se convierte en un motivo de enredo, debe resolverse de manera severa y sacrificial.”

Nos preguntamos, entonces: ¿Qué es lo que debemos Hacer?

Cuando una persona está convencida de que recibió una palmada divina en el hombro, debe compartirlo con los líderes de la iglesia. Ningún hombre es capaz de juzgar eficazmente su propio don espiritual o su adecuación al servicio. Los líderes sabrán si se está escapando del trabajo, si ha sido un fracaso en todo lo demás, si está desempleado y ve esto como una solución.

Como ya hemos visto, en casi todos los verdaderos llamados de Dios, existe cierta medida de resistencia, un sentido de impropiedad humana. Moisés lo experimentó, y Jeremías. Pero la insistente voz de Dios apaga las dudas. Hay sólo un rumbo hacia el cual ir, y es hacia adelante.

Entonces, ¿cuál es la conclusión? ¿Qué es mejor, una ocupación secular o el trabajo cristiano a tiempo completo? La respuesta es que no hay nada mejor que estar en el lugar que Dios elija, dondequiera que eso sea.

Pero, ¿cómo podemos saberlo? Hay sólo una manera. Es entregarnos al Señor sin reservas. Significa volver nuestras vidas a Él, no sólo para salvación sino también para el servicio. Significa presentar nuestros cuerpos a Él como un sacrificio vivo. Cuando cambiamos nuestra voluntad por la Suya, después es Su responsabilidad mostrarnos exactamente lo que quiere que hagamos. Y cuando Él nos lo muestre, la dirección será tan clara que negarse sería desobedecer conscientemente.

Amy Carmichael dice:
Lo escuché llamar: “¡Ven sígueme!”
Eso fue todo.
Mi oro terrenal se opacó,
Mi corazón fue tras de Él,
Me levanté y Lo seguí—
Eso fue todo.
¿No lo seguirías
Si Lo escucharas llamar?

No obstante, hay un problema potencial que a veces se levanta cuando en el horizonte se vislumbra un cambio de carrera. El llamado viene fuerte y claro a uno de los cónyuges del matrimonio, pero la otra persona no lo escucha. Como el caso de una pareja que ha estado sirviendo en el extranjero por quince años. Ahora Glen (sólo los nombres son ficticios) siente que ha llegado el momento de regresar a casa. Pero Gwen todavía sigue sintiéndose fuertemente llamada a la obra misionera. Ella ha sido una obrera sobresaliente, se ha perfeccionado en el idioma, se ha identificado con las personas y, de hecho, se siente más en casa en el campo misionero que en su país. ¿Y qué iba a hacer? ¿Cómo resolverían este aparente conflicto? (En este caso, ella se sometió a la dirección de su esposo.)

El conflicto podría darse de la otra manera. Podría ser que Roy sienta que el Señor le está guiando al servicio tiempo completo, pero Ruby no comparte su visión. El instinto de nido es fuerte; ella es controlada por la necesidad de seguridad para ella y sus hijos. Ella no encuentra paz en perturbar el status quo. Es torturada por temores y dudas.

Al buscar una solución para el problema, es importante conocer el grado de falta de compromiso del cónyuge reticente. Si es la esposa y ella está dispuesta a seguir a su esposo, eso es suficiente autorización para que él siga adelante. Sé de una mujer que no sentía que Dios la llamaba a ser misionera, pero estaba dispuesta a ser la esposa del misionero.

Sin embargo, si la esposa se opone tercamente, sería una locura que él hiciera movimiento alguno. Son una carne (como está escrito en Ef. 5:31). Y él no debe usar Efesios 5:22 (“Las casadas estén sujetas a sus propios maridos, como al Señor”) como un arma para obligarla a someterse. Debe respetar su juicio e intuición espiritual, reconociendo que puede ser la manera que Dios use para salvarlo de un desastre espiritual. Y si ella cambiara de opinión involuntariamente, no sería una buena ayuda para él.

Lo mejor que él puede hacer es continuar en oración. Dios es capaz de traer un cambio. Lo ideal, por supuesto, es cuando ambas partes en un matrimonio están totalmente comprometidas a trabajar cooperativa y alegremente en cumplir la voluntad de Dios. El hombre debe orar que el Señor ponga esa unidad.

Si no sucede, entonces debe permanecer en su trabajo actual sin recriminaciones, reconociendo que éste es el camino dispuesto para él. El Señor le recompensará por su deseo, aun cuando no haya sido capaz de verlo cumplido. Mientras tanto, debería involucrarse con su pareja en el servicio local.

Es posible que un cónyuge no sólo prohíba que el otro cambie, sino que se oponga firmemente a involucrarse de cualquier forma en el servicio cristiano. Éste es el peor de los casos. A no ser por intervención divina, la vida se vuelve una coexistencia pasiva. La única opción es la continua oración.

Considerando el tema de las carreras, y para terminar, tenemos que recordar una pregunta indagatoria que hizo Michael Griffith: “¿Qué tendremos para mostrar de nuestra vida? ¿Será medida por sus pequeñas recompensas y éxitos, algunos certificados de educación, algunos trofeos de plata por proezas atléticas, algunas medallas, algunos recortes de periódicos, promoción de nuestra profesión, estatus en la comunidad, una buena jubilación, una nota en el obituario, y un funeral concurrido? ¿Eso es todo lo que habrá significado nuestra vida?”

Hay un camino de vuelta a Dios (6ª parte)


Autor: William MacDonald

Hay un fenómeno típico de la vida cristiana que se llama: recaída. La comunión es un débil hilo. La recaída tiene consecuencias, tiene un costo. Pero… como veremos en este mensaje… ¡hay un camino de vuelta a Dios!


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PE2192 – Estudio Bíblico
Hay un camino de vuelta a Dios (6ª parte)



¿Cómo están amigos? Habíamos hablado en el programa anterior de cuando llega el momento en que la persona recaída tiene que tomar la gran resolución de volver a Dios.

Cuando la persona que ha pasado por una decadencia espiritual, vuelve a la comunión con Dios, comienza un difícil proceso que se extiende hasta alcanzar la seguridad de haber sido perdonada.

Es maravilloso ser restaurado al Señor. Sin embargo, eso no significa que no vaya a haber problemas en adelante. Algunos creyentes, después de haber vuelto a la comunión con Dios, pasan tiempos terribles de duda y hasta de depresión. ¡Encuentran difícil creer que han sido verdaderamente perdonados!

Examinemos algunas de las dificultades comunes a las que hacen frente.

En primer lugar: ¿Cómo puedo saber que Dios me ha perdonado?
Lo puedes saber por la Palabra de Dios. Él ha prometido una y otra vez perdonar a los que confiesan y abandonan sus pecados. No hay nada tan seguro en el universo como la promesa de Dios. Para saber que Dios te ha perdonado, has de creer en Su Palabra. Presta atención a lo que dicen estas promesas:

«El que encubre sus pecados, no prosperará; mas el que los confiesa y se enmienda alcanzará misericordia» (Proverbios 28:13).
«Yo deshice como una densa nube tus rebeliones, y como niebla tus pecados; vuélvete a mí, porque yo te redimí» (Isaías 44:22).
«Deje el impío su camino, y el hombre inicuo sus pensamientos, y vuélvase a Jehová, el cual tendrá compasión de él, y a nuestro Dios, el cual será amplio en perdonar» (Isaías 55:7).
«Venid y volvamos a Jehová; porque él ha desgarrado, y él nos curará; él hirió, y él nos vendará» (Oseas 6:1).
«Si confesamos nuestros pecados, él es fiel y justo para perdonarnos nuestros pecados, y limpiarnos de toda iniquidad» (1 Juan 1:9).

En segundo lugar, quizás dices: Sé que me perdonó cuando fui salvo, pero cuando pienso en los terribles pecados que he cometido como creyente, me es difícil creer que Dios me pueda perdonar por ellos. ¡He pecado a pesar del gran privilegio y de la luz espiritual que tenía!

Piensa en David: Él cometió adulterio y asesinato; sin embargo, el Señor lo perdonó (como lo vemos en 2 Samuel 12:13).
Pedro negó tres veces al Señor; a pesar de esto, el Señor le perdonó (lo leemos en Juan 21:15 al 23).

El perdón de Dios no se limita a los inconversos. Él promete también perdonar a los recaídos. En Oseas 14:4 dice:
«Yo sanaré su apostasía, los amaré de buen grado; porque mi ira se apartó de ellos».

Si Dios pudo perdonarnos cuando éramos Sus enemigos, ¿será menos misericordioso ahora que somos Sus hijos?
Romanos 5:10 nos dice: «Porque si siendo enemigos, fuimos reconciliados con Dios por la muerte de su Hijo, mucho más, habiendo sido reconciliados, seremos salvos por su vida».

Los que temen que Dios no los pueda perdonar, están más cerca del Señor de lo que piensan, porque Dios no resiste a un espíritu quebrantado (como leemos en Isaías 57:15). Él sí resiste al soberbio y al rebelde, pero no despreciará al hombre verdaderamente arrepentido.

En tercer lugar, quizás te digas también: Sí, pero, ¿con cuánta frecuencia perdonará Dios? Cometí cierto pecado, y Dios me perdonó. Pero lo he hecho varias veces desde entonces. Seguramente Dios no me va a perdonar indefinidamente.

Esta dificultad recibe su respuesta de manera indirecta en Mateo 18:21 y 22: «Entonces se le acercó Pedro y le dijo: Señor, ¿cuántas veces perdonaré a mi hermano que peque contra mí? ¿Hasta siete veces? Jesús le dijo: No te digo hasta siete veces, sino aun hasta setenta veces siete.» Aquí el Señor enseña que debemos perdonarnos unos a otros, no solamente siete veces, sino setenta veces siete, es decir, sin poner límites.

Ahora bien, si Dios nos enseña a perdonarnos indefinidamente, ¿cuántas veces está Él dispuesto a perdonarnos? La respuesta es evidente.

Entender esto no debería inducirnos al descuido, ni alentarnos a pecar. Por el contrario, una gracia tan maravillosa es la razón más poderosa por la que el creyente no debería pecar.

Tal vez, mi problema es que no me siento perdonado.
Nunca ha sido la idea de Dios de que la seguridad del perdón venga a través de los sentimientos. En un momento uno podría sentirse perdonado, y al siguiente podría considerarse tan culpable como siempre.

Dios quiere que sepamos que hemos sido perdonados. Por eso, Él ha basado la certidumbre del perdón en lo más seguro del universo: Su propia Palabra. Su Palabra, la Biblia, dice en 1 Juan 1:9 que si confesamos nuestros pecados, Él nos perdona.

Lo importante es haber sido perdonado, independientemente de que lo sintamos o no. Una persona podría sentirse perdonada sin serlo. En tal caso, sus sentimientos le engañarían. En cambio, alguien podría estar verdaderamente perdonado y no sentirlo. Solamente en base a una suprema autoridad, la persona arrepentida puede saber con seguridad que ha sido perdonada: Esta autoridad es la Palabra del Dios vivo.

En quinto lugar, quizás sigas diciendo: Temo que al apartarme del Señor, haya cometido el pecado imperdonable. La recaída no es el pecado imperdonable. En realidad, hay al menos tres pecados imperdonables mencionados en el Nuevo Testamento, pero pueden ser cometidos sólo por incrédulos.
(a) Es imperdonable atribuir al diablo los milagros de Jesús, que fueron llevados a cabo por el poder del Espíritu Santo. Es como identificar al Espíritu Santo con el diablo, lo cual es blasfemar contra el Espíritu Santo. (Se esto nos habla Mateo 12:22 al 32).
(b) Profesar ser creyente y luego repudiar totalmente a Cristo es un pecado para el que no hay perdón. Es el pecado de apostasía mencionado en Hebreos 6:4 al 6. No es lo mismo que negar a Cristo; Pedro lo hizo y fue restaurado. Es el pecado cometido concientemente de pisotear al Hijo de Dios, considerando Su sangre como inmunda, y ultrajando al Espíritu de gracia (según Hebreos 10:29).
(c) Morir en incredulidad, también es imperdonable (como se menciona en Juan 8:24). Es el pecado de rehusar creer en el Señor Jesucristo, el pecado de morir en rebeldía contra Dios y sin fe en Él.

La diferencia entre un verdadero creyente y uno que no es salvo, es que el primero puede caer siete veces, pero se vuelve a levantar:
«Por Jehová son afianzados los pasos del hombre, y él aprueba su camino. Cuando cayere, no quedará postrado, porque Jehová sostiene su mano», dice el Salmo 27:23 y 24.
«Porque siete veces cae el justo, y vuelve a levantarse; mas los impíos se hundirán en la desgracia» (Proverbios 24:16).

En sexto lugar, alguien dirá: Creo que Dios me ha perdonado. Pero yo no puedo perdonarme a mí mismo.

Para cualquiera que haya recaído (¿y hay acaso algún creyente que no haya pasado por esto en algún grado?), esta actitud es bastante comprensible. Con mucha agudeza y claridad sentimos nuestra absoluta indignidad y fracaso.

Sin embargo, esta actitud es irracional. Si Dios me ha perdonado, ¿por qué he de permitir estar acosado por sentimientos de culpa?

La fe se aferra al perdón, lo acepta como un hecho y olvida el pasado, excepto lo suficiente como para que sea una sana advertencia para no apartarse otra vez del Señor.

Un Dios Que No Se Rinde (2ª parte)

Un Dios Que No Se Rinde 
(2ª parte)

Autor: Norbert Lieth

  La mayoría de nosotros admiramos a las personas que, en su paciencia y amor, no pierden la esperanza y constantemente se esfuerzan en amar y continuar, a pesar de los obstáculos. Algunos pequeños ejemplos humanos pueden servir como referencia de nuestro gran Dios, quien no ha abandonado a la humanidad a través de miles de años.


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PE1999 – Estudio Bíblico
Un Dios Que No Se Rinde (2ª parte)



Estimados amigos, después de veinte años, Dios volvió a hablar a Jacob y le dijo: “Vuélvete a la tierra de tus padres, y a tu parentela, y yo estaré contigo” (así leemos en Gn. 31:3). Jacob regresó a la tierra prometida con su familia. Pero, cuando regresó, el problema Esaú, de quien había huido, aún se encontraba allí. El miedo lo venció; Esaú parecía querer matarlo. Parecía que enseguida perdería todo. Pero, cuando Jacob llevó a su familia a través del vado de Jaboc y quedó sólo, sucedió lo siguiente que leemos Gn. 32:25 al 32:

“Y cuando el varón vio que no podía con él, tocó en el sitio del encaje de su muslo, y se descoyuntó el muslo de Jacob mientras con él luchaba. Y dijo: Déjame, porque raya el alba. Y Jacob le respondió: No te dejaré, si no me bendices. Y el varón le dijo: ¿Cuál es tu nombre? Y él respondió: Jacob. Y el varón le dijo: No se dirá más tu nombre Jacob, sino Israel; porque has luchado con Dios y con los hombres, y has vencido. Entonces Jacob le preguntó, y dijo: Declárame ahora tu nombre. Y el varón respondió: ¿Por qué me preguntas por mi nombre? Y lo bendijo allí. Y llamó Jacob el nombre de aquel lugar, Peniel; porque dijo: Vi a Dios cara a cara, y fue librada mi alma. Y cuando había pasado Peniel, le salió el sol; y cojeaba de su cadera. Por esto, los hijos de Israel, hasta el día de hoy, no comen del tendón que se contrajo, el cual está en el encaje del muslo; porque tocó a Jacob este sitio de su muslo en el tendón que se contrajo”.

Fue Dios mismo quien luchó con Jacob. ¿Dónde existe un Dios de ese tipo, que se deja vencer?

Pero, justamente a través de esto, volvió a ganar a Jacob para Sí. Dios se deja vencer para ganar. ¿No es ésa una huella que señala a la cruz? Jesucristo se dejó vencer, en cierto sentido, para ganarnos a nosotros. ¿Realmente es posible que el Todopoderoso, aparentemente, se deje vencer para así poder vencer sobre nosotros? ¿Por qué Dios se involucró en esto en el Jaboc y en el Gólgota? ¿Por qué será que el Todopoderoso, por ejemplo, no se quedó tranquilamente en Su trono, destruyó a Jacob con un movimiento de su dedo y siguió la historia con uno de los hijos de Jacob? Si Él hubiera hecho eso, ¡no sería Dios! En lugar de eso, dejó Su trono, y entró en una lucha hasta que los huesos gimieron, y mostró ser el supuestamente vencido.

Al salir el sol, Jacob pasó el Jaboc para reunirse nuevamente con su familia. Cuando sus familiares lo vieron, quizás hayan exclamado asustados: “¡Pero, si estás herido! ¿Qué ha sucedido, te has accidentado o has sido atacado?” Y Jacob quizás lo haya negado con señas, diciendo: “¡No, no! ¡He sido bendecido!”

¿Cuántas veces hemos defraudado, actuado con engaño y nos hemos aprovechado de alguien más débil? Materialmente quizás hayamos ganado algo, pero espiritualmente sólo habremos perdido. Queremos huir de nuestra culpa, según el lema: “El tiempo ya lo juzgará”, pero también fuimos engañados, y años después volvimos a encontrarnos frente a frente con la culpa. Pero, Dios no se rinde con nosotros, no Le somos indiferentes. El viene a nuestra tierra, lucha con nosotros, se deja vencer, hasta que finalmente Le pedimos: “¡Señor, bendíceme!”

Probablemente todos conozcamos la historia del hijo pródigo de Lucas 15: el hijo quiere su herencia antes que muera su padre. En otras palabras: “¡No te mueres con suficiente rapidez!” ¿Qué le sucede con el padre? Le es indiferente. Lo abandona. Luego abandona el camino que sus padres le han enseñado, y va exactamente en dirección opuesta, hasta que finalmente termina con los cerdos, se acuesta con los cerdos, come lo que comen los cerdos, y huele como huelen los cerdos. ¡Cuántas veces nos sucede lo mismo: primero uno se rebela contra los padres y exige sus derechos. Luego, uno se va al mundo, vive en él, reside en él. Pronto uno huele como el mundo, a alcohol y nicotina, uno habla como el mundo y se comporta como él. Uno ha copiado a los amigos mundanos!

Ahora, el hijo pródigo vuelve en sí y se pone en camino, regreso al hogar. No lo hace porque ame tanto a su padre, o porque lo extrañe. No, nuevamente hace un cálculo, que es el siguiente: “He gastado todo, perdido todo. Me va peor que a los empleados de mi padre. Por lo tanto, vuelvo a él.” Y, de algún modo, sabe que puede volver a contar con el padre.

El recibimiento del padre muestra que él nunca perdió las esperanzas en cuanto a su hijo. Lo esperó y lo esperaba. Y cuando el hijo finalmente viene, lleno de piojos y oliendo como un cerdo, lo que a los ojos de los judíos es mil veces más repugnante que todo lo demás, el padre corre hacia él y lo abraza, a pesar de la mugre, y lo besa: “Y levantándose, vino a su padre. Y cuando aún estaba lejos, lo vio su padre, y fue movido a misericordia, y corrió, y se echó sobre su cuello, y le besó” (leemos en Lc. 15:20).

Alguien dijo una vez que el padre era un terrateniente, un patriarca. Los patriarcas no corrían, ellos deambulaban. Pero, este patriarca ató su túnica para poder correr mejor y poder darle la bienvenida a su hijo perdido. Él no tuvo vergüenza de que se le vieran las piernas desnudas. No le importó lo que pensaran los demás. Aquí, otra vez, vemos una huella que lleva a la cruz: A Jesús le quitaron las ropas, incluso la túnica que llevaba debajo. Él estuvo colgado en la cruz con muy poca ropa (Jn. 19:23). Era el Dios hecho hombre, el que quiere investir al ser humano con Su justicia, quien estaba colgando allí en la cruz. ¿En qué habrá pensado Jesús al contar la historia del hijo pródigo?

A pesar de que Dios no nos necesita de ninguna manera, Él, en Su amor, se une mucho más a nosotros, que lo necesitamos tanto, de lo que nosotros nos unimos a Él. Siempre hablamos de entrega, pero Dios se entrega a nosotros – y Él nunca nos deja de lado.

Un principio similar vemos en el apóstol Simón Pedro: “Dijo también el Señor: Simón, Simón, he aquí Satanás os ha pedido para zarandearos como a trigo; pero yo he rogado por ti, que tu fe no falte; y tú, una vez vuelto, confirma a tus hermanos” (leemos en Lc. 22:31 y 32). Satanás había comparecido ante el trono de Dios, y había pedido tener poder sobre Pedro, para sacudirlo como se sacude el trigo en el cernidor. Pero, Jesús no lo abandonó. Él sabía que Pedro Lo negaría tres veces, y aun así no lo soltó. Más adelante, Pedro fue el discípulo que, totalmente resignado, lloró amargamente y volvió a su antiguo oficio de pescador. Pero, Jesús lo esperó en la orilla y volvió a establecer la relación.

Dios nunca es sorprendido por nuestra debilidad, nuestro fracaso o nuestro pecado, porque Él lo sabe todo. Kurt Schneck, lo expresa de la siguiente manera:

“Dios, soy demasiado tonto para ciertas cosas.” Dios dice:  “Maravilloso, yo siempre lo supe, yo soy sabio.”

“Tengo un corazón frío, todo me pasa de largo.” Dios dice: “Yo ardo en misericordia.”

“Soy tan indiferente.” Dios dice:  “Yo soy apasionadamente comprometido.”

“Dios, soy demasiado joven.” Dios dice: “Yo soy antiquísimo.”

“Dios, soy demasiado anciano.” Dios dice: “Yo soy eternamente joven.”

No existe absolutamente nada en tu vida, en tu corazón, donde puedas decir: “Aquí hay un embotellamiento”, donde Dios no diga: “Y justamente en ese embotellamiento actúo Yo. Todo lo que tú no eres y no tienes, Yo hago que sea.”

¿Aún podemos refrenarnos ante este Dios que tanto lucha por nosotros? Quizás uno u otra, ahora piense: “Todo esto suena bien, era para Adán y Eva, para Noé y Abraham, Jacob, el hijo pródigo y Pedro. Pero, ¿quién me da la garantía de que también me ayude a mí?” Dios se la da, porque Él “quiere que todos los hombres sean salvos y vengan al conocimiento de la verdad. Porque hay un solo Dios, y un solo mediador entre Dios y los hombres, Jesucristo hombre” (así nos dice 1 Ti. 2:4 y 5). ¿No demostró Jesús en la cruz, que Él se refiere a todos y que Dios no nos ha abandonado?

“Ahora nuestros corazones le pertenecen totalmente al Hombre del Gólgota, quien en amargos dolores y agonía de muerte, vio el misterio de Dios…”

 

La Solución a tu Verdadero Problema

La Solución a tu Verdadero Problema

Autor: Herman Hartwich

  ¿Cuál es el verdadero problema de las personas? Falta de dinero, falta de pareja, el trabajo? Descubra escuchando este programa cuál es LA SOLUCIÓN A TU VERDADERO PROBLEMA, de la mano del Pr Herman Hartwich.

 


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PE1996 – Estudio Bíblico  – La Solución a tu Verdadero Problema



Qué tal amigos! Felices estamos de llegar a sus hogares entregándoles la palabra de Dios. Qué cosa esta sociedad! Está viviendo muy superficialmente. Se le quita la sensibilidad a través de los consejos de los psicólogos, de la terapia. Y, hay algo que no podemos evitar, que no podemos sacar de nuestro cuerpo de nuestra mente, de nuestro espíritu. Y hay cosas que deseamos poder solucionar y que as podemos arreglar con distintas herramientas. Por ejemplo temas de salud. Y, teniendo en cuenta ciertas normas, nosotros podemos ir sobrellevando ciertas cosas. Cada uno de nosotros tiene una lucha interna, real en la casa, con uno mismo, con la familia, en el trabajo en el estudio, como empresario. En el ámbito donde nos movemos ellas están allí actuando en nuestra parte intelectual. Y, si somos sinceros podemos expresar todas nuestras frustraciones en alcanzar todos nuestros anhelos pero, vayamos a la palabra de Dios.

En Mateo capítulo 9, un hombre estaba paralítico pero no podía ir por sí mismo a la presencia de Jesús y este tenía 4 amigos, que lo llevaron en camilla y como la gente estaba allí amontonada en la casa donde Jesús estaba, fueron por el techo, sacaron algunas tejas y bajaron la camilla allí, adonde estaba la presencia misma de Jesús. Jesús en ese momento le dijo: ten ánimo hijo, tus pecados te son perdonados. Muchos de los escribas allí presentes decían para sí: este blasfema. Pero Jesús que conocía bien los pensamientos de ellos les decía ¿Por qué piensan mal en sus corazones? Porque qué es más fácil decir? Ve, tus pecados te son perdonados o levántate toma tu lecho y anda? Pues para que sepáis que el Hijo del Hombre tiene potestad en la tierra para perdonar pecados (dice entonces al paralítico): Levántate, toma tu cama, y vete a tu casa.
Él se levantó y se fue a su cama. La gente se maravilló. Y glorificó a Dios.

Capaz que para este hombre lo más importante en la vida era volver a caminar. Quizás para ti, lo más importante es, solucionar un tema económico. Un problema de salud, un problema de familia. Un problema de separación un juicio real, un problema tremendo. Estos problemas son evitables o solucionables en su mayor parte. Pero hay un problema a reconocer que es el problema de tus pecados. Muchas personas tienen excelente salud, brillante estilo de vida, excelente preparación académica, pero no obstante, no tienen el perdón de pecados. Personas que tienen todo, no pueden dormir porque no tienen sosiego en su alma, hay temor constante, a que sepan lo que siento. Si nuestras almohadas hablaran, rebelarían lo que sus dueños padecen. Amigos, el perdón de los pecados es fundamental en la vida. Aunque carezcas de dinero, si tienes el perdón de pecados eres un hombre o una mujer dichosa. Puedes hacer mucho por la gente pero si no tienes el perdón de pecados, entonces nada tiene importancia. Muchas personas tienen que escuchar que hay perdón de pecados en Jesucristo. Hay remisión de pecados. El derramamiento de la sangre de Jesucristo ha hecho que seamos perdonados de nuestros pecados. Para obtener ese perdón San Juan dice: Si confesamos nuestros pecados el es fiel y justo de perdonarnos de toda maldad. La biblia habla de otro tipo de confesión como ir a la iglesia y confesarnos. Lo único que quita nuestra culpabilidad de nuestros pecados es Jesucristo, y confesarle a él, Hay que venir humildemente a él. Allí donde tu estas, cierra tus ojos. Cuando cierro los ojos me miro para adentro y me miro tal cual soy. Isaías veía cuán sucia era su vida. Mirando para adentro vas a ver que no eres tan puro, tan santo como creías que eras. Tu ahora puedes decirle al Señor: Estoy en tu presencia. Reconozco que soy pecador y reconozco que tengo que experimentar el perdón de mis pecados. Solo la sangre de Jesucristo puede limpiarme de mis pecados. Te pido que me perdones, acepto tu perdón. Ayúdame a vivir una nueva vida y gracias por hacerlo una realidad en mi vida. Amen.
Amigo si has hecho una oración así, vas a experimentar la liberación de la carga del pecado. Vas a necesitar crecer en tu fe como cristiano. Necesitas ir a un lugar donde se predique la Biblia, se enseñe la Biblia y te enseñen a caminar como una verdadera o un verdadero hijo de Dios. Que Dios te bendiga.