Cuando Dios llama dos veces: Modelo de pastor (23ª parte)

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Autor: Eduardo Cartea Millos

Descubrimos en el profeta Samuel condiciones de cómo escuchar la voz de Dios. Vemos en su conducta ejemplos de un pastor, de un líder espiritual.


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PE2868- Estudio Bíblico
Cuando Dios llama dos veces (23ª parte)



Modelo de pastor

Hola. Estamos viendo con usted la vida de Samuel. Uno de aquellos que recibieron el doble llamado de Dios. Y ese llamado fue

a una vida de servicio consagrado, a tan corta edad –tal vez, no más de 6 ó 7 años– fue el comienzo de una vida llena de virtud moral y de altura espiritual. Por cierto –dice James Smith– “es maravilloso que el “Anciano de días” pudiera dar a conocer Su voluntad a un niño”.

Debemos estar dispuestos a oír la voz de Dios. Tal vez estas sugerencias nos ayuden a pensar cómo debemos escucharle:

Con expectación. Dice Jeremías 33.3: “Clama a mí y te responderé y te mostraré cosas grandes y maravillosas que tú no conoces”. Seguramente tiene Dios propósitos para nuestra vida. Debemos esperar en él.

Nos recuerda aquella famosa frase del gran misionero William Carey: “Espera grandes cosas de Dios. Intenta grandes cosas para Dios”.

Con quietud. Estamos llenos de ruidos. Ruido de televisión demasiado encendida; de internet demasiado visitada; de redes sociales, demasiado frecuentadas; de actividades, demasiado ocupadas. Necesitamos oír a Dios como Elías, en el sonido de una suave quietud. En el silencio de la oración, de la meditación personal, diaria. En la paz de Su presencia.

Con paciencia. Dios nos llama muchas veces. No cesa en llamarnos porque nos ama, porque tiene propósitos para nuestra vida,

porque muchas veces somos duros y torpes. Porque al divino alfarero le toma tiempo moldear una vida. Porque muchas veces hacemos promesas que luego, como Pedro, se nos olvidan y pasan como el viento que se lleva la arena. Y el Señor, sin reproches nos espera para volver a llamarnos, hasta que le oigamos y entendamos lo que quiere de nosotros.

Con obediencia. Samuel tenía un mensaje muy duro para decir a Elí. No era fácil decirlo. Pero, con la sencillez de un muchacho, le expresó claramente lo que Dios le había encomendado. Obedecer a Dios implica muchas veces decir lo que no quisiéramos decir. Pero cuando Dios llama, y habla, debemos estar dispuestos a decir lo que Él quiere que digamos. Isaías cuando recibió el llamado por Dios, después de aquella grandiosa visión del trono, la comprensión de su propia indignidad, y después de recibir el perdón y la limpieza divinos, oyó el mensaje que el Señor le encomendaba. No era demasiado grato decirle al pueblo lo que no estaban dispuestos a escuchar. Lo mismo le pasó a Jeremías, a Jonás, a Juan el Bautista, y a la mayoría de los profetas. Y Samuel tenía un mensaje de juicio para aquel a quien servía desde su más tierna infancia. Pero el siervo de Dios “no debe ser popular”. Debe ser veraz. Debe amonestar “con paciencia y doctrina”. 

Samuel dedicó su vida a Dios. Los hijos de Elí deberían haber heredado el ministerio de su padre. Pero ellos estaban dilapidando su privilegio y su vida, hasta provocar que Dios decidiera “hacerlos morir”. El cuidado del templo y el sacerdocio habían quedado en manos de un niño verdaderamente consagrado. Y Dios le utilizó grandemente. Dice 1 S. 3.19-20: “Y Samuel creció; y Jehová estaba con él, y no dejó caer a tierra ninguna de sus palabras. Y todo Israel, desde Dan hasta Beerseba, conoció que Samuel era fiel profeta de Jehová. Y Jehová volvió a aparecer en Siló; porque Jehová se manifestó a Samuel en Siló por la palabra de Jehová”.

Samuel fue un hombre extraordinario. Fue creciendo en edad, en santidad, en aceptación y en responsabilidad. La Biblia nos dice que: “El joven Samuel iba creciendo, y era acepto delante de Dios y delante de los hombres”. A través de los capítulos que narran su vida, puede verse la estela de un hombre que cumplió la expectativa del doble llamado recibido.

“Su vida parece haber sido una cinta ininterrumpida de pureza, integridad y justicia sin tacha… En su vida no había vacíos ni hendiduras; ni caídas en la sensualidad o el egoísmo; ni hechos ilegales en aquella época sin ley”.

 “El regalo más noble que cualquiera de nosotros le puede hacer a nuestro país o a nuestra época es un carácter sin reproches y una vida sin mancha”.

Samuel fue un verdadero pastor para su pueblo. Su vida fue un paradigma de lo que debe ser un pastor, un anciano, un sobreveedor de iglesia y también un líder, un maestro de Escuela Bíblica Dominical, un hermano o hermana que tiene, por sus años y fidelidad, la capacidad de enseñar, exhortar o guiar a otros. Y los próximos párrafos los dedico a considerar este modelo de siervo, al cual todos los que tenemos esa bendita responsabilidad deberíamos imitar. Era un hombre ejemplo de:

Comunión. “Yo he andado delante de vosotros desde mi juventud hasta este día”. Le conocían bien. Su vida había sido transparente. Nada que ocultar. Nada de que arrepentirse. No solo vivió con su pueblo, sino entre su pueblo. Les conocía, como el pastor conoce a sus ovejas. Se interesa por ellas y va delante de ellas guiándolas, apacentándolas. Es notable que en este capítulo, un verdadero resumen de su vida, y un legado para su posteridad, aparece la palabra “vosotros”, “vuestra”, etc., unas treinta veces. Sus hermanos estaban en su corazón y en su acción. Como Pablo podía decir: “Dios me es testigo de cómo os amo a todos vosotros con el entrañable amor de Jesucristo”.

Integridad. Una vida sin fisuras. “Aquí estoy”, les dice, “atestiguad contra mí, delante de Jehová y delante de su ungido (el rey Saúl)”. Ni avaricia, ni calumnias, ni agravios, ni cohecho. No había cabida en esa mente santa para tales abusos. Tal era su transparencia e impecabilidad, que está seguro del veredicto del juez. Nos recuerda al apóstol Pablo cuando dice a los corintios en su primera epístola 4. 3, 4: “Yo en muy poco tengo el ser juzgado por vosotros, o por tribunal humano; y ni aun yo me juzgo a mí mismo. Porque aunque de nada tengo mala conciencia, no por eso soy justificado; pero el que me juzga es el Señor”. Por cierto Samuel hubiera calificado para anciano de una iglesia actual. Era irreprensible, la primera cualidad requerida. Por eso el pueblo dijo: “Nunca hiciste tales cosas”.

Consejo. Les advierte que el temor a Dios y el deseo de obedecerle y servirle, sin ser rebeldes a su palabra, resultaría para ellos y para el rey que habían elegido en bendición. Por el contrario, si no lo hicieran, les dice: “la mano de Jehová estará contra vosotros como estuvo contra vuestros padres”. Cosa difícil les pedía, porque aun cuando lo prometieran, ni Saúl, ni ellos mismos estarían en el futuro dispuestos a cumplir ese mandato. Así debieron recibir la disciplina de parte de Dios necesaria para corregir un corazón duro e insensible a la voluntad del cielo.

Amonestación. Una prueba de que el pueblo andaba

por malos caminos, que habían rechazado a Dios como su rey para poner sus ojos en el hombre, imitando las demás naciones fue que Samuel oró por lluvias en una época en que no llovía, la de recoger el trigo. Lo cual significaba un milagro divino para confirmar la sentencia del profeta. La convicción que eso produjo en el pueblo les llenó de temor y pidieron a Samuel que rogara por ellos, a fin de que no muriesen por haber hecho tal maldad y desprecio por el gobierno del Señor. Samuel ora y les da una respuesta llena de paternal cariño: “No os apartéis de en pos de Jehová”, “no os apartéis en pos de vanidades (ídolos)”. Así debe ser el pastor: tener la disciplina de un padre para hacer ver las fallas, y un corazón de madre para dar el consejo tierno y oportuno.

Intercesión. Una frase imponente que revela la realidad de un ministerio tan necesario hace tantos siglos como en el día de hoy: “Lejos sea de mí que peque yo contra Jehová cesando de rogar por vosotros”. Es una de las áreas más sensibles de la tarea pastoral: la oración intercesora. El llevar a la presencia del Señor a cada hermano, cada hermana, cada alma necesitada. Como el sacerdote llevaba sobre su pecho y sobre sus hombros las piedras con los nombres de las tribus de Israel. En el lugar del corazón y sobre los hombros, soportándolos, sosteniéndolos. Samuel tenía la convicción de que no hacerlo era un verdadero pecado. Ese debería ser también nuestro sentimiento. Pablo oraba por cada uno de los creyentes. Y su oración era agónica. Así se traduce la palabra “lucha” en el Nuevo Testamento. Así oraba Jeremías; así oraba Daniel; así oraba Epafras; así oraba Jesús. No importa si, como en el caso de Samuel, el pueblo es hostil o desagradecido. No interceder por ellos para este gran hombre de Dios era un verdadero pecado. El desprecio del pueblo no es excusa para no llevarlos a la presencia de Dios.

Indudablemente, Samuel fue un hombre consagrado a Dios. Un hombre que dejó una huella, una marca indeleble en su pueblo. Su vida, aunque –como la de todos- era imperfecta, pero su carácter y su ministerio fueron una bendición para muchos. Tal vez, Dios tenga para usted también un propósito elevado, elevado, trascendente, insospechado. Solo es cuestión de descubrirlo. Si estamos listos para oír el llamado de Dios.   

1 Comment

  1. Amparo Rodriguez dice:

    Bendiciones Excelente estos estudios.,han sido de gran bendición para mi vida y servicio al Señor.
    Muchas Gracias
    Dios les bendiga.

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