Los tres Getsemaníes

Para una visita en Getsemaní debemos parar en tres lugares. ¿Por qué tres? Aquí no se trata de diversas agrupaciones religiosas de las cuales cada una dice conocer la ubicación exacta de Getsemaní. Más bien tenemos la posibilidad de explorar tres lugares diferentes, que coinciden en la noche en que Jesús fue traicionado. Un paseo por lugares históricos.
Nuestra primera parada es literalmente al pie del Monte de los Olivos. Preste atención cuando crucemos la calle y bajemos la escalera hacia el lugar abierto que se encuentra debajo de la misma. Tome la callejuela angosta hacia la derecha del pequeño edificio delante de usted, y camine hacia la pequeña entrada al final. Pase por la puerta y baje los pocos escalones hacia una capilla relativamente pequeña. ¡Ahora usted está en Getsemaní! Mire detenidamente las paredes y el techo. Imagínese que no estuvieran las luces, los asientos y los demás accesorios modernos. No es difícil notar que nos encontramos en una cueva. Es una cueva natural como cientos de otras que se encuentran en las colinas de piedra caliza en todo Israel. Pero, ¿qué hace Getsemaní en una cueva?

El nombre “Getsemaní”, en realidad, es una combinación de dos palabras hebreas – gath, la palabra para lagar, y semen, la palabra para aceite de oliva. Cuando Jesús con Sus discípulos se puso en camino hacia Getsemaní, literalmente se puso en camino hacia un lagar para aceite de oliva. Pero, ¿por qué nos encontramos en una cueva?
Las olivas son cosechadas recién a fines del verano, justamente antes del comienzo de la época de lluvia. Para que no se mezclara el agua con el aceite, el lagar a menudo se encontraba en un área protegida como ser un edificio o una cueva. Aquí en el Monte de los Olivos, esta cueva natural era el lugar perfecto para un lagar. Y en los demás meses del año, la cueva servía como práctica protección o lugar de encuentro para los visitantes de Jerusalén, sobre todo en el tiempo de las fiestas. Muy probablemente Jesús y Sus discípulos en visitas anteriores hayan aprovechado la cueva como lugar de protección. En la noche de Su traición, Jesús salió y “se fue, como solía, al monte de los Olivos”, y también Sus discípulos “le siguieron” (Lc. 22:39-40). Sin Judas, el grupo llegó a esta cueva con su lagar de aceite de oliva. Los discípulos, sin lugar a dudas, pensaron que sería el lugar donde pasarían la noche, ya que era demasiado tarde para caminar todo el trecho hasta Betania.

Estoy seguro que a todos nos gustaría tomarnos un descanso aquí, pero debemos seguir – a la segunda parada en Getsemaní.
El segundo lugar, es el tradicional huerto de Getsemaní que es visitado por la mayoría de los turistas. Fuera de la cueva en que se encontraba el lagar, se debería poder esperar que hubiera olivos. (Después de todo nos encontramos al pie del Monte de los Olivos.) En el tiempo de Jesús, la palabra “huerto” se refería a una zona de cultivo – una granja agrícola que funcionaba. Por esta razón, deberíamos encontrar un monte de olivos en las cercanías del lagar. ¿A qué distancia? Lucas dice que Jesús se alejó de Sus discípulos a distancia de cómo un tiro de piedra.
¿Qué distancia hay de Getsemaní – el lagar de aceite de oliva en la cueva – hasta el tradicional huerto de Getsemaní? Eso depende de lo que logra su brazo, diría yo, ¡aproximadamente a un tiro de piedra! Cuando ahora entramos al huerto para mirar los olivos nudosos, tenga en mente que nos encontramos cerca del lugar en el cual Jesús dejó a los demás discípulos, llevando consigo solamente a Pedro, Santiago y Juan.

Mientras miramos los árboles, imagínese cómo Jesús estuvo parado allí, entre dichos árboles, con los tres discípulos que formaban Su grupo más allegado. ¿Qué directivas les dio? “Velad y orad, para que no entréis en tentación; el espíritu a la verdad está dispuesto, pero la carne es débil” (Mt. 26:41). ¿Y cuál fue la reacción de ellos? ¡Se durmieron! ¡Tres veces! Puedo imaginarme cómo Pedro se recostaba contra un árbol y roncaba. Pero no sea demasiado duro con los discípulos. Era tarde en la noche. Estaba oscuro. Recién habían participado de la comida de la Fiesta de la Pascua, en la noche de Seder.

Directamente al lado de ese pequeño huerto de olivos se encuentra una iglesia moderna. Es una de mis iglesias favoritas en la Tierra Santa. La Iglesia de todas las Naciones (también Basílica de la Angustia Mortal), contiene varios esplendores arquitectónicos provenientes del Arquitecto Antonio Barluzzi. Las ventanas están hechas de alabastro violeta translúcido. Ellas dejan pasar algo de luz y al mismo tiempo retienen lo suficiente de la misma, de modo que el interior de la iglesia tenga una apariencia sombría y oscura. Y en el área delantera de la iglesia, el fondo rocoso fue descubierto a propósito. Éste marca el lugar al cual Jesús fue para orar a solas.
La iglesia inconfundible de Barluzzi es el tercer lugar en nuestro recorrido por Getsemaní. El evangelio de Marcos dice que Jesús caminó “un poco adelante”, alejándose de los tres discípulos, antes de postrarse en tierra para orar (14:35). En alguna parte de ese sector – posiblemente justo allí adelante en la iglesia – está el lugar donde Jesús luchó con el espanto de la crucifixión que Lo esperaba. Mientras Él luchaba en oración, dice Lucas, que Su sudor llegó a ser como gotas de sangre, una señal de los profundos sentimientos que Jesús experimentaba. “Padre, si quieres, pasa de mí esta copa; pero no se haga mi voluntad, sino la tuya” (Lc. 22:42).

A mí no me es posible llevarle a usted a la iglesia, pero quisiera proponerle lo siguiente: Siéntese y deténgase a meditar en los sentimientos que Jesús tuvo en esa noche. En toda la eternidad existió una unidad perfecta entre Dios el Padre y Dios el Hijo. Pero ahora, Jesús se encontraba cercano a Su crucifixión. Y cuando colgaba en la cruz, exclamó: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?” (Mt. 27:46).

Jesús sabía, que en el momento en que Él tomara el pecado del mundo sobre Sí mismo, no solamente tendría que soportar los terribles dolores físicos de la crucifixión. Él también debería sufrir la separación, el juicio y el castigo que Dios el Padre había previsto para nuestros pecados. ¿Es de sorprender entonces que Él, en esa noche, orara bajo los tormentos de la muerte? Pero, al final, Jesús estuvo dispuesto a someterse a todo, ¡por lo mucho que Él le ama a usted!

Charles H. Dyer

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