La soledad del Cordero de Dios (3de3)

Título: La soledad del Cordero de Dios  (3/3)

Autor: Marcel Malgo
PE1390

En este mensaje, Dios nos permite hechar un conmovedor vistazo al corazón afligido del Cordero de Dios. Está basado en el Salmo 22, el cual justamente es un Salmo profético que habla de los sufrimientos de Jesucristo.


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Estimados amigos, ¿a quién de nosotros no le ha pasado alguna vez el despertarse de noche, después de una pesadilla, sudando y temblando de miedo? ¿Y qué hacemos entonces normalmente? Prendemos la luz, para estar seguros de que solamente fue un mal sueño. Pero cuando Jesucristo estaba colgado en la cruz, en la oscuridad más completa, abandonado por todo el mundo, e incluso por Su amado Padre, no podía simplemente prender una luz. Nuestro Salvador, el Cordero de Dios, fue crucificado a la hora tercera (esto es a las 9 de la mañana; según Mr. 15:25). Después de tres horas de tormentos (a la hora sexta, es decir, a las 12 del mediodía), hubo de repente una gran oscuridad. Marcos 15:33 lo relata así:“Cuando vino la hora sexta, hubo tinieblas sobre toda la tierra hasta la hora novena”. Esta oscuridad duró exactamente tres horas, o sea, hasta las 15 horas. Quiere decir que Jesucristo estuvo clavado en la cruz en una oscuridad total durante tres horas, hasta que al final lanzó un grito de desesperación por haber sido abandonado por Dios: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?“.

En la cruz colgaba el cuerpo del Señor Jesús, lastimado y desfigurado por los latigazos de los romanos. Todo Su cuerpo era atormentado por las punzadas. Un continuo e infernal desgarramiento, que no cesaba ni por un segundo, atravesaba sus manos y pies horadados por los clavos. Su boca estaba hinchada por la sed inaguantable. Continuamente tenía problemas de respiración por la posición contorsionada en que se encontraba en la cruz. A esto se añadía una fatiga extrema, sin que le fuera concedido ni un segundo de alivio por sueño o desmayo. Y luego, como si todo esto no hubiera sido suficiente, vino sobre Él aquella oscuridad de tres horas, que tuvo que aguantar en una soledad absoluta.

¿Qué tipo de oscuridad fue esa? Nada más y nada menos que la oscuridad del infierno. Era la oscuridad que un día caerá sin piedad sobre todo pecador no redimido, junto con todo su pecado. Era la oscuridad desde la cual los espíritus satánicos causan sus estragos entre las personas en la tierra. Pablo escribe sobre esto en Ef. 6:12, diciendo:“Porque no tenemos lucha contra sangre y carne, sino contra principados, contra potestades, contra los gobernadores de las tinieblas de este siglo, contra huestes espirituales de maldad en las regiones celestes”. ¿Por qué Jesús tuvo que ser confrontado con aquella oscuridad tan terrible? Porque la Escritura dice que Él, quien era sin pecado, fue hecho pecado por nosotros, y llevó nuestros pecados en Su cuerpo sobre el madero (acerca de esto podemos leer en 2 Co. 5:21; y en 1 Pe. 2:24). El pecado es oscuridad. ¡Quiere decir que Jesucristo fue, literalmente, envuelto por una oscuridad total a causa de nuestro estado pecaminoso y de cada pecado que cometemos, y de esta manera fue confrontado de la manera más estremecedora con el infierno; y esto durante tres largas horas!

En esa angustia extrema, Jesucristo no podía encender ninguna luz ni hablar con nadie sobre sus tormentos. Su Padre estaba en algún lugar – pero el Hijo no podía tomar Su mano para recibir ayuda y consuelo. En aquellas horas de angustia, Jesucristo ni siquiera pudo preguntar por Su Padre, sino que solamente pudo gritar, lleno de temor:“Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?”.

Si queremos escudriñar con nuestra razón lo que pasó allí en la colina del Gólgota, durante aquellas tres horas de oscuridad total, no vamos a llegar muy lejos. Pero consideremos esto: ¿Quién estaba clavado allí en la cruz? ¿Un condenado por su propia culpa? ¡No! Sino el que era sin pecado, que sufría la condenación y la maldición que nosotros, seres pecadores, hubiéramos merecido en el juicio de Dios. En Gálatas 3:13, Pablo escribe:“Cristo nos redimió de la maldición de la ley, hecho por nosotros maldición (porque está escrito: Maldito todo el que es colgado en un madero)”.Sí, allí en la cruz colgaba un condenado, un maldecido, un hombre hecho pecado, un hombre desfigurado por los pecados de los hombres, quien por lo tanto se encontraba en la oscuridad del infierno – un lugar donde el Padre celestial – que es santo y nunca tolerará el pecado – no podía estar.

En Lucas 16:26, leemos que el hombre rico, que sufría en el infierno, recibió desde el lugar de los justos esta información:“Una gran sima está puesta entre nosotros y vosotros, de manera que los que quisieren pasar de aquí a vosotros, no pueden, ni de allá pasar acá”. Por eso, el camino del Cordero de Dios fue un camino infinitamente solitario. Jesucristo no solamente sufrió indecibles dolores, sino que Él estaba solo. Él sufrió solo, y como el Cordero de Dios elegido desde antes de la fundación del mundo, Él también murió completamente solo.

Veamos ahora, ¿Por qué se rasgó el velo del Templo delante del Lugar Santísimo?

Ésta fue una de las señales visibles de la muerte de Jesucristo, en Lc. 23:45 y 46 leemos:“… el velo del templo se rasgó por la mitad. Entonces Jesús, clamando a gran voz, dijo: Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu. Y habiendo dicho esto, expiró”.

¿De qué velo se trataba? Era el velo que separaba el Lugar Santo del Lugar Santísimo, primero en el Tabernáculo y más tarde en el Templo. Solamente una vez por año, en el gran Día de Perdón, el Sumo Sacerdote podía abrir el velo para recibir la expiación para él y para todo el pueblo (comp. Levítico 16).

Cuando Jesucristo murió en la cruz del Gólgota y el velo delante del Lugar Santísimo en el Templo se rasgó por la mitad, aconteció algo maravilloso: fue abierto un nuevo y vivo camino para poder tener comunión con Dios, así lo dice He. 10:19 al 22:“Así que, hermanos, teniendo libertad para entrar en el Lugar Santísimo por la sangre de Jesucristo, por el camino nuevo y vivo que él nos abrió a través del velo, esto es, de su carne, y teniendo un gran sacerdote sobre la casa de Dios, acerquémonos con corazón sincero, en plena certidumbre de fe, purificados los corazones de mala conciencia, y lavados los cuerpos con agua pura… “.

Por supuesto, también en el tiempo del Antiguo Pacto era posible tener una profunda comunión con Dios. Pensemos solamente en Moisés, en Ex. 33:11 está escrito:“Y hablaba Jehová a Moisés cara a cara, como habla cualquiera a su compañero”. Y en 2 Sa. 22:1 al 7, leemos acerca de David:“Habló David a Jehová las palabras de este cántico… Jehová es mi roca y mi fortaleza, y mi libertador… En mi angustia invoqué a Jehová, y clamé a mi Dios; él oyó mi voz desde su templo… “. Y de Daniel, está escrito en su libro cap. 6, vers. 10:“Daniel… se arrodillaba tres veces al día, y oraba y daba gracias delante de su Dios, como lo solía hacer antes”.

Pero cuando se rasgó el velo del Lugar Santísmo, señal visible de la muerte de Jesucristo, se consiguió aún otra cosa sumamente importante: una confianza nunca antes conocida. Por eso, en He. 4:16, se exhorta a los creyentes en Jesucristo:“Acerquémonos, pues, confiadamente al trono de la gracia, para alcanzar misericordia y hallar gracia para el oportuno socorro”. En el Antiguo Pacto había que hacer expiación por cada pecado por medio de sacrificios de animales. Cuando el velo delante del Lugar Santísimo en el Templo se rasgó, a la hora de la muerte de Jesús, se hizo expiación por todos los pecados pasados, presentes y aún futuros, por medio de la muerte sustituta del Cordero de Dios, quien era y es, sin pecado. Esta es una gracia inmensa que tenemos en Jesucristo, el Cordero de Dios. Solamente necesitamos venir a Él y decirle: – Señor Jesús, he pecado y me arrepiento sinceramente. Por favor, perdóname.

El Señor perdona ampliamente. No necesitamos traer ningún sacrificio para la expiación, pues Jesús pagó el precio completo para esto en la cruz y logró la victoria, pues como leemos en Jn. 19:30, Él dijo:“Consumado es”. Y por eso, también, está escrito en 1 Jn. 1:7:“La sangre de Jesucristo su Hijo nos limpia de todo pecado”. “Confianzaes una de las palabras claves más grandiosas del Nuevo Pacto – ¡y nos fue regalada por la muerte del Cordero de Dios en el Gólgota! Todo esto lo hizo Jesucristo, el Cordero de Dios, por nosotros. Por nosotros Él fue por un camino extremadamente doloroso e infinitamente solitario. ¿No tendríamos que agradecerle hoy y ahora – quizás por primera vez – por no haber esquivado ese camino ni por un segundo? Consideremos otra vez, según las palabras del Sal. 40, vers. 7 y 8, lo que Él respondió a Su Padre celestial cuando éste le comunicó su plan de Salvación:“He aquí, vengo; en el rollo del libro está escrito de mí; el hacer tu voluntad, Dios mío, me ha agradado… “.

Ahora, hoy, en este momento, Jesús, el Cordero inmolado desde antes de la fundación del mundo, el Hijo del Dios vivo, que por nosotros sufrió y murió en soledad y resucitó, está delante de cada uno de nosotros y nos hace este planteo y esta pregunta: – Esto lo hice por ti. ¿Qué haces tú por mí?

La soledad del Cordero de Dios (2/3)
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