El Difícil Mensaje del Profeta (2ª Parte)

El Difícil Mensaje del Profeta 
(2ª parte)

Autor: Marcel Malgo

  El mensaje de los profetas no siempre es fácil de leer. Predicaban, según el caso, la gracia para los creyentes en Dios, o el juicio para los incrédulos. No obstante había una gran diferencia: el pueblo de Dios recibía el mensaje de juicio porque se había apartado, las naciones lo recibían porque habían despreciado a Dios.


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PE1954 – Estudio Bíblico
El Difícil Mensaje del Profeta (2ª parte)



Estimados amigos, decíamos en el programa anterior que: los israelitas fracasaron, desechando el llamamiento maravilloso de Dios y no siendo testigos de Él, como deberían haberlo sido. Por esta razón, encontramos, en Isaías 63:10, esta trágica afirmación:“Mas ellos fueron rebeldes, e hicieron enojar su santo espíritu; por lo cual se les volvió enemigo, y él mismo peleó contra ellos.”Laquis (o Laquish) era una ciudad fronteriza en el extremo sudoeste, que colindaba casi directamente con la tierra de los filisteos. Los pecados de los pueblos paganos podían penetrar en todo Israel a través de Laquis. ¡Si bien éste sólo era un pueblo pequeño, a través de él la “levadura del pecado” era propagada por todo Israel! Para nosotros, este suceso es una clara advertencia de no acudir imprudentemente a las zonas fronterizas del enemigo, y de no jugar con fuego. Porque “un poco de levadura” leuda “toda la masa” (nos dice 1 Co. 5:6; y Cantar de los Cantares 2:15 nos exhorta a cazar las pequeñas zorras que echan a perder las viñas).

Santiago 4:4 nos advierte: “¡Oh almas adúlteras! ¿No sabéis que la amistad del mundo es enemistad contra Dios? Cualquiera, pues, que quiera ser amigo del mundo, se constituye enemigo de Dios”.

Así, en el primer capítulo, vers. 3 al 5, el profeta Miqueas anuncia el juicio venidero a causa del pecado:“Porque he aquí, Jehová sale de su lugar, y descenderá y hollará las alturas de la tierra. Y se derretirán los montes debajo de él, y los valles se hendirán como la cera delante del fuego, como las aguas que corren por un precipicio. Todo esto por la rebelión de Jacob, y por los pecados de la casa de Israel”.Pero, analicemos ahora: Miqueas capítulo 2, al que podríamos titular con esta pregunta: ¿Un Dios que castiga? En el capítulo 2 encontramos el mismo mensaje que en Miqueas 1. Enseguida de los primeros versículos se nos explica, en forma inequívoca, que siempre tiene consecuencias cuando uno peca. En los vers. 1 y 2 dice:“¡Ay de los que en sus camas piensan iniquidad y maquinan el mal, y cuando llega la mañana lo ejecutan, porque tienen en su mano el poder! Codician las heredades, y las roban; y casas, y las toman; oprimen al hombre y a su casa, al hombre y a su heredad”. Aquí se describe el pecado tal como es: infinitamente malvado y abismalmente perverso. Y, por eso, el mensaje de Dios a Su pueblo infiel, en los vers. 3 al 5:“Por tanto, así ha dicho Jehová: He aquí, yo pienso contra esta familia un mal del cual no sacaréis vuestros cuellos, ni andaréis erguidos; porque el tiempo será malo. En aquel tiempo levantarán sobre vosotros refrán, y se hará endecha de lamentación, diciendo: Del todo fuimos destruidos; él ha cambiado la porción de mi pueblo. ¡Cómo nos quitó nuestros campos! Los dio y los repartió a otros. Por tanto, no habrá quien a suerte reparta heredades en la congregación de Jehová”.

Es muy obvio: Al pecado le sigue el castigo, porque la transgresión debe ser expiada (como leemos en Ex. 21:24). Pero, el Antiguo Testamento también testifica que nuestro Dios en el cielo es un Dios“misericordioso y piadoso”,“tardo para la ira, y grande en misericordia y verdad”(así nos dice Éx. 34:6; y el Sal. 86:15; y 103:8). ¿Cómo coinciden las palabras de gracia, tardo para la ira y misericordia, con las palabras sumamente duras de Miqueas 2? ¿Será que Dios no tenía compasión cuando anunció el castigo para Israel? Dios no es así. ¡Él era, es y seguirá siendo el Dios de amor! Todo lo que Miqueas tuvo que anunciar fue causado por la culpa de los mismos israelitas. Por supuesto que fue la mano de Dios la que se levantó en contra de ellos, pero la razón fueron sus propios pecados y transgresiones. En Isaías 59:2 dice claramente:“Pero vuestras iniquidades han hecho división entre vosotros y vuestro Dios, y vuestros pecados han hecho ocultar de vosotros su rostro para no oír.”

En Miqueas 2:6 leemos la reacción del pueblo a ese mensaje:“No profeticéis, dicen a los que profetizan; no les profeticen, porque no les alcanzará vergüenza.”Israel desechó el directo mensaje del profeta Miqueas. El pueblo no creía que aquello que Miqueas anunciaba realmente sucedería: “Tú que te dices casa de Jacob, ¿se ha acortado el Espíritu de Jehová? ¿Son estas sus obras? ¿No hacen mis palabras bien al que camina rectamente?“ (dice el v. 7). Si Miqueas hubiera predicado tonterías o algo superficial, encantados lo hubieran aceptado como predicador del Señor, como el mismo profeta lo dijo en el v. 11: “Si alguno andando con espíritu de falsedad mintiere diciendo: Yo te profetizaré de vino y de sidra; este tal será el profeta de este pueblo”.

Esta declaración también es de gran actualidad en el día de hoy. Ya el apóstol Pablo profetizó que esta mala costumbre también entraría dentro de la iglesia de Jesucristo. Después de exhortar a su hijo espiritual Timoteo, en su 2ª carta, cap.4:2: “Que prediques la palabra; que instes a tiempo y fuera de tiempo; redarguye, reprende, exhorta con toda paciencia y doctrina”, en los vers. 3 y 4 siguió explicando: “Porque vendrá tiempo cuando no sufrirán la sana doctrina, sino que teniendo comezón de oír, se amontonarán maestros conforme a sus propias concupiscencias, y apartarán de la verdad el oído y se volverán a las fábulas”.

Este infortunado asunto se extiende como una peste dentro del campo cristiano. Demasiado a menudo se socavan las Sagradas Escrituras. Atacan la Palabra de Dios, en lugar de dejarse disciplinar por el Señor. A Miqueas le querían prohibir que proclamara la Palabra, tal como Dios se lo había encargado. Le dijeron: “No profeticéis…, (mejor es profetizar)… de vino y de sidra” (así leemos en Mi. 2:6,y 11). Hoy en día, los pasajes difíciles en las Escrituras son revisados una y otra vez hasta quitarles todo lo que molesta. Pero, ¡la Palabra de Dios muy a menudo tiene cosas que molestan; y bienaventurado aquél, que de tiempo en tiempo se golpea fuerte con ella! De tanto en tanto, tiene que doler cuando leemos la Palabra de Dios. Dios el Señor, en su tiempo, le dijo al profeta Jeremías: “¿No es mi palabra como fuego…, y como martillo que quebranta la piedra?” (esto leemos en Jer. 23:29).

Su Palabra es como un fuego, porque una y otra vez tenemos que ser limpiados de toda la escoria, si queremos ser una vasija para Su honra: “Quita las escorias de la plata, y saldrá alhaja al fundidor” (nos dice Prov. 25:4). Su Palabra es como martillo que rompe la roca, porque nuestros corazones, a veces, son duros como el granito. Hebreos 3:7 y 8 dirige una advertencia a los hijos del Nuevo pacto: “Por lo cual, como dice el Espíritu Santo: Si oyereis hoy su voz, no endurezcáis vuestros corazones, como en la provocación, en el día de la tentación en el desierto”. También nuestros corazones, cada tanto, necesitan el martillo de la Palabra de Dios, así como leemos en He. 4:12: “Porque la palabra de Dios es viva y eficaz, y más cortante que toda espada de dos filos; y penetra hasta partir el alma y el espíritu, las coyunturas y los tuétanos, y discierne los pensamientos y las intenciones del corazón”.

¡Cuidémonos de no caer en el mismo pecado que los israelitas en el tiempo del profeta Miqueas, desechando el mensaje bíblico porque no nos agrada! Esto, finalmente, redundó en un gran daño para el pueblo.

Ahora, Miqueas capítulo 2, también podríamos titularlo: ¡Un Dios que ama!Porque, a pesar de las amenazas de juicio, hay un punto luminoso en Miqueas 2, y son los dos últimos versículos de ese capítulo, que hablan, de manera maravillosa, de liberación. Así leemos en los vers. 12 y 13: “De cierto te juntaré todo, oh Jacob; recogeré ciertamente el resto de Israel; lo reuniré como ovejas de Bosra, como rebaño en medio de su aprisco; harán estruendo por la multitud de hombres. Subirá el que abre caminos delante de ellos; abrirán camino y pasarán la puerta, y saldrán por ella; y su rey pasará delante de ellos, y a la cabeza de ellos Jehová”.

Ésta es una promesa para el remanente de Israel, para “el resto de Israel”. Aun cuando Miqueas 1 y 2 nos muestran con claridad alarmante que todo pecado debe ser expiado, eso no quita el hecho de que siempre hay un remanente también. Éstos, son aquellas personas que, en medio de todos los problemas, se aferran a su Dios. En el libro del profeta Malaquías, esas personas son llamadas “los que temen a Jehová”, lo leemos en el cap.3:16 y 17: “Entonces los que temían a Jehová hablaron cada uno a su compañero; y Jehová escuchó y oyó, y fue escrito libro de memoria delante de él para los que temen a Jehová, y para los que piensan en su nombre. Y serán para mí especial tesoro, ha dicho Jehová de los ejércitos, en el día en que yo actúe; y los perdonaré, como el hombre que perdona a su hijo que le sirve”. Es justamente esto lo que dicen también los últimos dos versículos de Miqueas 2: Dios mismo, un día, tendrá compasión del remanente de Su pueblo, e irá delante de ellos como quien abre camino y como rey, y los salvará.

 

El Difícil Mensaje del Profeta (1ª parte)
El Difícil Mensaje del Profeta (3ª parte)

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