Un hombre y su Misión (2 de 2)

Título: Un hombre y su Misión

Autor: Herman Hartwich NºPE1410
Este mensaje trata de Baruc. ¿Quién es y dónde lo encontramos en la Biblia – en el Antiguo o en el Nuevo Testamento? ¿Dónde lo buscarías?

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 Queridos amigos, Jeremías había advertido una y otra vez y con mucha insistencia a su pueblo del día en que Dios ajustaría cuentas con ellos, a causa de la impiedad y del derramamiento de sangre que había cometido Manasés, el padre del rey Joacim. Pero ellos no habían querido oír. Entonces Dios le dijo a Jeremías que escribiera todo lo que Él le había dicho en un rollo de libro. Entonces leemos en Jeremías 36:4: “Y llamó Jeremías a Baruc hijo de Nerías, y escribió Baruc de boca de Jeremías, en un rollo de libro, todas las palabras que Jehová le había hablado.” Luego, Baruc se pone en marcha para leer públicamente el rollo, para advertir a las personas y llamarlas a la conversión. Tres veces leemos que diferentes grupos de personas escucharon el mensaje. Pero hubo también tres reacciones totalmente diferentes la una de la otra. Hemos visto que el pueblo reaccionó con indiferencia, y los príncipes con espanto. Pero en ninguno de los dos casos se dio un paso de arrepentimiento.
Veamos ahora la tercera reacción. Observamos que la reacción del rey fue de rechazo. Después que los príncipes informaron al rey y depositaron el rollo en el cuarto de Elisama, el secretario, leemos en Jer. 36, vers. 21 al 24: “envió el rey a Jehudí a que tomase el rollo, el cual lo tomó del aposento de Elisama secretario, y leyó en él Jehudí a oídos del rey, y a oídos de todos los príncipes que junto al rey estaban. Y el rey estaba en la casa de invierno en el mes noveno, y había un brasero ardiendo delante de él. Cuando Jehudí había leído tres o cuatro planas, lo rasgó el rey con un cortaplumas de escriba, y lo echó en el fuego que había en el brasero, hasta que todo el rollo se consumió sobre el fuego que en el brasero había. Y no tuvieron temor ni rasgaron sus vestidos el rey y todos sus siervos que oyeron todas estas palabras”.
La Palabra de Dios provocó en este caso una clara reacción, pero para nada positiva. Aquí la Palabra de Dios chocó contra una fortísima barrera de rechazo. Hoy en día, en el ámbito cristiano, hay personas que actúan igual que aquella gente que había sido advertida por Jeremías y Baruc. Dicen: “Por favor, pastor, no predique tan duramente. Predique algo agradable, porque ya nos duelen los oídos de escuchar todas las cosas terribles que siempre nos dice.”
Nuestro tiempo actual fue anunciado por Pablo cuando escribió las siguientes palabras en la segunda carta a Timoteo, cap. 4, vers. 3 y 4: “Porque vendrá tiempo cuando no sufrirán la sana doctrina, sino que teniendo comezón de oír, se amontonarán maestros conforme a sus propias concupiscencias, y apartarán de la verdad el oído y se volverán a las fábulas”. ¡Muchos que se llaman cristianos, no quieren someterse más a la Palabra de Dios! Pero la Palabra de Dios se cumple.
Es así como decíamos antes de la pausa: La Palabra de Dios se cumple (esto lo vemos en Jer. 36:25 al 31)
Elnatán (cuyo significado es = “Dios ha dado”), Delaía (que quiere decir = “Jehová ha sacado desde lo profundo”) y Gemarías (que significa = Jehová lo ha consumado”), instaron al Rey a que no quemara el rollo. Pero leemos en el vers. 25 que Joacim no les hizo caso. Al contrario. Ordenó a su hijo Jerameel, a Seraías, hijo de Azriel y a Selemías, hijo de Abdel, que detuvieran al profeta Jeremías y a su secretario Baruc. Pero el Señor cuidó de ellos para que no los encontraran.
El vers. 26 dice que el mismo Señor los escondió. Dios interviene personalmente en la vida de Sus siervos. Él cuida de ti y de mí, no importa cuánto tiempo haga que conocemos al Señor, o cuán importante o insignificante seamos. Baruc fue uno de los muy poco conocidos héroes bíblicos: los escribas. Por medio de su trabajo, la inspiración divina tomó forma en la Santa Escritura. Podemos ver como muchas veces, los que recibían inspiración por medio del Espíritu de Dios, le dictaban a otros lo que Dios quería comunicar a través de ellos.
Baruc no solamente escribió lo que Jeremías le dictó, sino que también actuó como portavoz del profeta, poniendo su vida en peligro. Los insultos y las amenazas que soportó Jeremías, llegaron también a Baruc. El capítulo 45 del libro de Jeremías, contiene un mensaje especial de Dios a Baruc. Parece que Baruc hubiera sentido compasión de sí mismo. Su futuro parecía incierto. Era un gran riesgo para él, como ciudadano de Judá, trabajar como secretario de Jeremías, sobre todo si las profecías de Jeremías se cumplían. Pero la Palabra de Dios a Baruc, que leemos en el vers. 5, fue muy clara: “… pero a ti te daré tu vida por botín en todos los lugares adonde fueres”. Pero también en el cap. 1, vers. 18 y 19, dice que al mismo Jeremías el Señor le había prometido: “Porque he aquí que yo te he puesto en este día como ciudad fortificada, como columna de hierro, y como muro de bronce contra toda esta tierra, contra los reyes de Judá, sus príncipes, sus sacerdotes, y el pueblo de la tierra. Y pelearán contra ti, pero no te vencerán; porque yo estoy contigo, dice Jehová, para librarte”.
La inseguridad reinante a nuestro alrededor, muchas veces nos resulta inquietante. Los políticos prometen a sus electores “seguridad” y “estabilidad”. Pero no pueden garantizarlo. Hay tiempos en los cuales no puedes confiar ni en tus ojos, ni en tus oídos, ni en tus sentimientos. Pero piensa en el mensaje de Dios a Baruc y confía solamente en la seguridad que Dios te da. Esta seguridad la encontrarás en la Palabra de Dios, que está llena de promesas muy personales. ¿Ya experimentaste que una promesa de la Palabra de Dios se cumpliera muy personalmente en tu vida, o que Su Palabra te hablara exactamente para tu situación? Cuando estás en medio de la tormenta, ¿te acuerdas de lo que Dios te dijo en medio del silencio? Pues lo que dice 1 Timoteo 4:9 es verdad: “Palabra fiel es esta, y digna de ser recibida por todos.” Dios y Su Palabra son una unidad, y nunca podrán ser separados. Él no solamente cumplió la promesa que le hizo a Jeremías y a Baruc, diciendo que los protegería, sino que también cumplió la amenaza de juicio al pueblo de Judá y al rey Joacim, que no había hecho caso a la Palabra de Dios.
La Palabra de Dios se cumplió de una manera dura, pero justa. Leemos acerca de estos acontecimientos en 2 Reyes 25 y en 2 Crónicas 36. El pueblo de Judá fue llevado al cautiverio por 70 años, el Templo fue destruido y el pueblo perdió a su rey. Dios dijo en Jeremías 1:12: “Yo apresuro mi palabra para ponerla por obra.” ¡Dios cumple Su Palabra!
También podemos ver en Jer. 36:32 que la Palabra de Dios es duradera.
Joacim expresó su menosprecio cometiendo una atrocidad. Quemó el rollo de libro escrito por Baruc, que Jehudí le leía, parte por parte. Ninguno de los oyentes se estremeció, ni nadie rasgó sus vestiduras. Simplemente lo aceptaron. Solamente tres hombres intentaron, bajo peligro de muerte, impedir que el rey quemara el rollo. Sin embargo, éste no les hizo caso, sino que incluso mandó detener a Jeremías y a su secretario. ¡Siempre es desagradable tener que escuchar la verdad! Evidentemente, Joacim no quería admitir lo desesperanzado de su situación. Seguramente pensaba que si quemaba las Escrituras, estas perderían su validez, de modo que evitaría la desgracia que le esperaba. ¡Qué necio! Habrá pensado que a las palabras se las lleva el viento, también a las escritas.
 ¿Cómo es posible que uno no haga caso al mensaje del Señor, que lo llama a la conversión? No lo entendemos. Sin embargo, ¿no actuamos con frecuencia de la misma manera? Cuántas veces dejo de lado la Palabra de Dios en la vida diaria, porque realmente me cuesta escuchar las palabras que Dios me dirige a mí personalmente, entre los ríos de palabras que me inundan cada día. ¡Qué bueno que Dios no deja de hablar y que también proveyó para que Su Palabra pueda llegar verdaderamente a mi corazón! El nos dice en Jer. 31:33: “Daré mi ley en su mente, y la escribiré en su corazón”. Esto promete Dios a Su pueblo. Y es bueno que no solamente las exhortaciones de Dios, sino también Sus promesas, lleguen una y otra vez a mi corazón. Las palabras que Dios me dirige están motivadas por Su incomprensible amor hacia mí, aún cuando me exhortan, reprenden y corrigen.
En Jesús, Él me dio la prueba de que no habla palabras vacías. Sus promesas son verdades a las cuales me puedo aferrar con toda confianza. Esto Pedro lo comprendió muy bien, pues leemos en Juan 6:68: “Le respondió Simón Pedro: Señor, ¿a quién iremos? Tú tienes palabras de vida eterna.” ¡Las palabras de Jesús son palabras de vida!
Una y otra vez hubo personas que trataron de destruir la Biblia. Tenemos suficientes ejemplos de eso en el pasado. En el año 303 después de Cristo, el gran emperador romano Diocleciano dio la orden de aniquilar a todos los cristianos y a su santo libro. Fue uno de los mayores ataques contra la Iglesia y la Biblia en la historia. Miles y miles de cristianos fueron muertos, y casi todos los manuscritos con textos bíblicos fueron quemados. Y hasta hoy en día hay países en los cuales está prohibido tener una Biblia. Muchas veces los gobiernos tratan de alejar a la gente de la Biblia o de sacársela. Pero al actuar así, están dando el mejor testimonio del poder del mensaje bíblico. El famoso racionalista francés Voltaire que murió en 1778, incluso, sostenía que dentro de cien años la Biblia tan sólo existiría como una antigüedad.
Pero hay otra forma – muy actual hoy en día – con la cual se intenta destruir la Palabra de Dios: Ya no se quema ni se prohibe la Biblia, pero se dice que son palabras escritas por hombres, en las cuales verdaderamente no se puede confiar. Se intenta quitar fuerza a la Palabra de Dios, dándole una falsa interpretación. Sin embargo, la Palabra de Dios no se deja extinguir.
Los sucesos en el libro de Jeremías muestran claramente que Dios no tolera las tentativas de aniquilar Su Palabra. En el cap. 36, vers. 28, leemos que Él ordenó a Jeremías: “Vuelve a tomar otro rollo, y escribe en él todas las palabras primeras que estaban en el primer rollo que quemó Joacim rey de Judá”. ¡Éste fue el segundo rollo! Según el dictado de Jeremías, Baruc volvió a escribir todo lo que estaba en el rollo que el rey Joacim había tirado al fuego, y en el vers. 32 dice “y aun fueron añadidas sobre ellas muchas otras palabras (de Dios) semejantes”. Es absolutamente imposible aniquilar la Palabra de Dios. Él no permite que eso pase. La Palabra de Dios es eterna, tiene validez hasta el final de todos los tiempos. Esto me hace pensar en las palabras de Isaías 40:8: “Sécase la hierba, marchítase la flor; mas la palabra del Dios nuestro permanece para siempre.”
Esto mismo se expresa también en las palabras de Jesús de Mt. 24:35: “El cielo y la tierra pasarán, pero mis palabras no pasarán”. La Palabra de Dios está garantizada para nuestro tiempo, y para la eternidad. Piensa en lo que Baruc vivió con la Palabra de Dios y a través de ella. Él escribió dos rollos. Y su misión fue también leer el primer rollo a oídos del pueblo y anunciar lo que el Señor tenía que decirles en Su Palabra. ¡Aférrate a la Palabra de Dios! ¡Obedécela! ¡Arráigate en ella!

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