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Un Entrenamiento Radical

(Capítulo 2 – 2ª parte)

Autor: William MacDonald

La palabra discípulo ha sido por demás utilizada, y cada usuario le ha dado el significado de su conveniencia. El autor de este mensaje nos lleva a examinar la descripción de discipulado que presentó Jesús en sus enseñanzas, la cual se halla también en los escritos de los apóstoles, para que aprendamos y descubramos más acerca de este concepto.



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PE1788 – Estudio Bíblico
Un Entrenamiento Radical (Capítulo 2 – 2ª parte)



Los discípulos deben saber desde el vamos que su ministerio será un ministerio de dar. La pregunta no debe ser, “¿Qué obtendré a cambio?”, sino “¿Cómo puedo dar más y más?” No deben esperar estar del lado que recibe, sino del lado que da. Constantemente verán casos genuinos de necesidad, y a pesar de que ellos mismos son pobres, podrán contribuir. El único momento en el cual no deberían dar es cuando podrían dañar a una persona, ya sea por subsidiar la pereza o por financiar un hábito perverso. Si es que vamos a fallar en este sentido, es preferible fallar por ejercer demasiada gracia.

La regla básica es que los seguidores de Cristodeberían tratar a los demás como quisieran ser tratados. Esto significa que deberían ser corteses, generosos, pacientes, no egoístas, imparciales, perdonadores, serviciales, la lista es interminable.

Pero Jesús continúa, y enfatiza que nuestro comportamientos debe ser superior a la de las personas no regeneradas (así leemos en los vers. 32 al 35). No es suficiente con amar a nuestros familiares y amigos. Incluso los mafiosos hacen eso. No es suficiente mostrarle bondad a aquellos que nos tratan con amabilidad. Los asesinos y adúlteros son capaces de hacer lo mismo. No es suficiente prestar con la esperanza de recibir algo a cambio. La compañía local de préstamos hace lo mismo. Debemos ir más allá de lo que es meramente humano y alcanzar lo que manifiesta la vida divina, si es que queremos impactar al mundo.


Debemos ir más allá de lo que es meramente humanoy alcanzar lo que manifiesta la vida divina, si es que queremos impactar al mundo.

Podemos hacer esto amando aquello que no merece ser amado, lo perverso, lo ingrato, haciéndole el bien a quienes no lo merecen, y prestando sin esperanza de recibir algo a cambio. Dios recompensará ese tipo de discipulado, y seremos los hijos del Altísimo. Ésta no es la forma en que nos convertimos en hijos del Altísimo. La única forma de lograr eso es arrepintiéndonos delante de Dios y colocando la fe en el Señor Jesucristo. Pero, así es como mostramos al mundo que somos los hijos de Dios. Demostramos los rasgos familiares siendo amables con los ingratos y los perversos.

En el servicio al Señor, los Doce encontraron todo tipo de necesidades humanas (enfermos, ciegos, sordos, ancianos, descarriados, locos, endemoniados, solitarios, pobres y sin hogar). Hubo momentos en los cuales se sintieron tentados a ser impacientes, en los cuales estuvieron físicamente cansados y emocionalmente exhaustos, y en los que sintieron ganas de reprender a las personas desafortunadas. Jesús les recordó que debían ser misericordiosos así, como su lo era su Padre celestial.“No juzguéis, y no seréis juzgados”.Muchas personas ignoran el resto de la Biblia, pero conocen este versículo y lo usan como un palo para silenciar cualquier crítica o corrección. Si estudiaran el resto de la Biblia, sabrían que existen momentos en los que debemos juzgar, así como momentos en los que no debemos hacerlo.

Por ejemplo, debemos juzgar a los maestros y a su doctrina, en base a las palabras de 1 Co. 14:29. Debemos juzgar si otros son verdaderos cristianos; de lo contrario no podríamos obedecer la prohibición de unirnos en yugo desigual (la cual encontramos en 2 Co. 6:14). Debemos juzgar los desacuerdos entre los creyentes (como está escrito en 1 Co. 6:1 al 6). Debemos juzgar el pecado en nuestras propias vidas (así lo vemos en 1 Co. 11:31). La iglesia local debe juzgar las formas extremas de pecado (como lo dice 1 Co. 5:12). La iglesia local debe juzgar si los hombres están calificados o no para ser ancianos y diáconos (según se nos enseña en 1 Ti. 3:1 al 13).


Pero existen otras áreas en las cuales no debemos juzgar. No debemos juzgar las intenciones de otras personas, porque sólo Dios conoce lo que está en sus mentes. No debemos juzgar el servicio de los siervos del Señor (así se nos exhorta en 1 Co. 4:5). Tan sólo existe Uno que sabe si estamos edificando con oro, plata, piedras preciosas, o con madera, heno, y hojarasca (como leemos en 1 Co. 3:12). No debemos juzgar a aquellos que están en desacuerdo con nosotros, en cosas que son moralmente indiferentes o no esenciales (esto está escrito en Ro.14:3,4 y 13). Finalmente, no debemos juzgar según las apariencias (según Jn. 7:24), o ser parciales con las personas (como nos dice Stg. 2:1 al 4).

 “No condenéis, y no seréis condenados”.La gente tendría una perspectiva errónea de nuestro Salvador si, como discípulos, estuviéramos permanentemente condenando a otros. Jesús no vino a condenar sino a salvar. Sus seguidores no deberían ser demasiado críticos, castradores o cazadores de errores. Es cierto que debemos contender fervientemente por la fe, pero eso no implica necesariamente que tengamos un ministerio constantemente negativo. Aquellos que permanentemente condenan a otros atraen a personas como ellos mismos, y dicha congregación estará condenada inevitablemente a padecer divisiones.

“Perdonad, y seréis perdonados”.Se trata del perdón paternal, el cual debe diferenciarse del perdón judicial. Cuando un pecador confía en el Salvador, recibe el perdón judicial, es decir, Dios el Juez lo libera de pagar la condena establecida para sus pecados. Pero, cuando un cristiano peca, necesita el perdón paternal, el cual recibe cuando confiesa su pecado (según 1 Jn. 1:9). Este perdón es condicional. Dios no garantiza el perdón que restaura la comunión familiar, si el creyente se rehúsa a perdonar a un hermano arrepentido. A cada hijo de Dios se le han perdonado millones, por lo tanto él debería estar dispuesto a perdonar unos pocos centavos (como en el caso del relato de Mt. 18:23 al 35).

Una lección que los discípulos deberían aprenderlo antes posible es que nunca darán más que el Señor. Si realmente quieren ser generosos, Dios se encargará de que nunca carezcan de los medios como para hacerlo. Si ellos comparten una canasta, Dios les dará otra canasta, y la canasta de Dios es más grande. Note la diferencia que existe aquí, con la práctica común de usar el ministerio como un medio de seguridad financiera. La Escritura no dice “Obtengan todo lo que puedan”, sino “Den todo lo que puedan”.

Cuando todo lo demás falla, el amor es lo que triunfa. En una de las fábulas de Esopo, el sol entró en una competición con el viento para ver cuál sería capaz de hacer que un hombre se quitara su capa. El viento sopló con fuerza, y cuánto más fuerte soplaba más el hombre aferraba su capa alrededor de sí. Ahora, cuando el sol brilló sobre él, dejó de temblar y se quitó su capa. El calor había ganado.


Un niño estaba jugando en una cuevaque tenía un destacado eco. Él gritaba “Te odio”, y el eco respondía “Te odio”. Cuanto más alto gritaba, más fuerte resonaba el eco de sus palabras. Entonces, fue corriendo hasta su madre y le dijo “Hay un niño en el vecindario que me odia”. La madre, sabiamente, le sugirió que le dijera al niño que lo amaba. Evidentemente, cada vez que gritaba “Te amo”, escuchaba el bienvenido eco “Te amo”.

El mundo está desesperado por obtener un poco de amor. Cristo exhorta a sus discípulos, a que salgan con el amor que Dios ha derramado en sus corazones.


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