Privilegios y Responsabilidades de la Asamblea Local

Privilegios y Responsabilidades de la Asamblea Local 

Autor: William MacDonald

  La palabra discípulo ha sido por demás utilizada, y cada usuario le ha dado el significado de su conveniencia. El autor de este mensaje nos lleva a examinar la descripción de discipulado que presentó Jesús en sus enseñanzas, la cual se halla también en los escritos de los apóstoles, para que aprendamos y descubramos más acerca de este concepto.


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PE2009 – Estudio Bíblico
Privilegios y Responsabilidades de la Asamblea Local



Amigos oyentes, les saludo cordialmente, y vamos a comenzar con este tema, hablando de los: PRIVILEGIOS.

Una de las más destacadas características de la vida cristiana es el privilegio de tener comunión en una congregación local. No hay nada que se le asemeje. Ninguna logia o fraternidad podría competir con eso. La comunión de los santos es uno de los vínculos conocidos más cercanos y preciados por el ser humano. Habiendo sido comprado para nosotros a un costo enorme, es uno de los cuatro principales propósitos por el que se reúnen los creyentes – (según Hechos 2:42) la doctrina de los apóstoles, la comunión, el partimiento del pan y las oraciones.

Cuando el pueblo de Dios se congrega con estos propósitos, cuenta de seguro con la prometida presencia del Señor Jesucristo (de Mt. 18:20). Y aunque es cierto que Él siempre está presente entre los suyos, también es verdad que se siente algo especial cuando Él se presenta de manera muy cercana entre los creyentes que se reúnen en Su nombre. Aceptamos esta realidad por la fe.

A través de las reuniones en la iglesia local, cumplimos una de las principales razones de nuestra existencia – la adoración a Dios. ¿Quién puede describir “los dulces momentos consoladores, en los que meditamos sobre la cruz, de modo tal que la vida, la salud y la paz surgen en nosotros, provenientes de la muerte del Amigo de los pecadores”? ¿O quién puede concebir la conmoción que se experimenta al cantar una canción que resonará por la eternidad, la cual dice: “Digno es el Cordero que fue inmolado”?

Es en la congregación local donde somos afirmados en la Palabra, esto es la llamada doctrina de los apóstoles en Hechos 2:42. Cómo agradezco al Señor que hubo hombres de Dios que se mantuvieron firmes en la inspiración verbal de la Biblia, aquellos que nos presentaron la Palabra, y quienes nos enseñaron a probar todo por medio de las Escrituras. La congregación fue mi escuela bíblica y mi seminario. Algunos han dicho: “La iglesia fue mi madre,” y entiendo a qué se refieren.

Así como los primeros creyentes perseveraban con firmeza en la oración, también nosotros tendríamos que valorar la práctica de la oración colectiva. En la reunión de oración, aprendemos cómo orar, expandimos el alcance de nuestras oraciones y juntos nos regocijamos cuando llegan las respuestas.

La iglesia local nos permite el beneficio especial de servir, ya sea en una clase de escuela dominical, como distribuyendo tratados, en campañas evangelísticas, o visitando. Las relaciones de amistad se profundizan al cooperar en una misma tarea. El Señor, además, usa esto para limar las asperezas de nuestro carácter y para conformarnos más y más a su imagen.

El acto de dar es, a menudo, enseñado como una tarea, pero ¿por qué no verlo como un privilegio? Cuando damos, lo hacemos para el Señor. Lo que damos se multiplica en bendiciones hacia otros y en recompensa para nosotros. Las dádivas de una iglesia local pueden alcanzar los puntos más lejanos de la tierra con su influencia. Son una inversión para la eternidad.

La congregación nos instala en una familia que nos sirve en tiempos de necesidad, angustia, pruebas, o tragedia. No conozco nada en el mundo que se compare con eso.

Hablemos ahora de las: REPONSABILIDADES Donde hay privilegios, debemos ser conscientes de sus consecuentes responsabilidades. Los franceses usan el siguiente dicho:Noblesse oblige (nobleza obliga), lo que significa que aun la nobleza tiene obligaciones. Eso también se adecua a nuestro papel en la iglesia local. Siendo nosotros la aristocracia de Dios en la tierra, estamos obligados a vivir como sus hijos y hacer según su mandato.

Permítame darle una lista de sus responsabilidades en la congregación, más sugestiva que exhaustiva.

Deberíamos amar a todos los santos y orar por ellos. Existen algunos creyentes que usan el directorio de la congregación para orar por cada persona todos los días, lo cual es un hábito digno de imitar.

Deberíamos ser fieles en cuanto a la asistencia a todas las reuniones. El Señor nos echa de menos cuando no nos presentamos, y nosotros nos perdemos el superlativo privilegio de estar con Él. La asistencia irregular provee un ejemplo pobre para los creyentes más débiles que buscan ansiosamente una excusa para su escasa fiabilidad.

Deberíamos someternos a los líderes, ya que son ellos quienes deben rendir cuentas:“para que lo hagan con alegría, sin quejarse, porque esto no os es provechoso”(según He. 13:17).

Tenemos la responsabilidad de ejercitar nuestros dones espirituales. Así como la salud del cuerpo humano depende del correcto funcionamiento de cada uno de sus miembros, también la salud de la congregación local depende, en parte, de los miembros que llevan a cabo sus respectivas funciones.

La santidad personal es también una gran responsabilidad. Lo que afecta a una parte del cuerpo, en realidad lo afecta en su totalidad. Cuando un creyente no confiesa ni se aparta de su pecado, hace que se estorbe el fluir de la bendición en la iglesia.

Debemos procurar mantener la unidad del Espíritu en el vínculo de la paz. En cuanto seamos tentados a ejercitar nuestro don de criticismo, lo que debemos hacer es enterrar ese impulso. Deberíamos ser positivos y entusiastas en cuanto a la comunión, que lo único que intenta es presentar una imagen del cuerpo de Cristo al mundo.

Sobrellevar las necesidades financieras de la congregación y la de los obreros a tiempo completo, son tanto privilegios como responsabilidades. Es muy cierto que dar es más bienaventurado que recibir.

La ayuda mutua, la exhortación y la edificación son formas en las que podemos ministrarnos unos a otros, y formas además en las que podemos lavar los pies de nuestros hermanos, como el Señor enseñó.

Compartir el ministerio de la hospitalidad es una señal de una congregación saludable y en crecimiento. Esta demostración práctica de amor cristiano a menudo es más efectiva que un sermón.

Compartir en el trabajo práctico de mantener el edificio de la iglesia en orden puede parecer una tarea mundana y algo que no es especialmente espiritual, pero si se hiciera para el Señor, es tan espiritual como predicar el evangelio o enseñar la Palabra.

No hay duda de que somos las personas más privilegiadas de la tierra. Ser un verdadero discípulo del Señor Jesús, requiere asumir las responsabilidades relacionadas con nuestra comunión en una congregación local.

 

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