No Entendemos la Palabra de Dios (2ª parte)

No Entendemos la Palabra de Dios
(2ª parte)

Autor: Marcel Malgo

El mensaje del profeta Oseas es el del increíblemente paciente amor de Dios. Usted quedará asombrado con los aspectos personales, que tienen que ver con nuestra vida, que serán mencionados en este estudio. Se tratarán temas específicos que nos conducirán, cada vez, a un nuevo desafío.


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PE1568- Estudio Bíblico
No Entendemos la Palabra de Dios (2ª parte)



¡Qué gusto estar nuevamente con ustedes, queridos amigos oyentes! Hemos visto que Israel, en aquella época, no podía entender la Palabra de Dios.

La primera causa de este impedimento era: la terquedad

¿Qué había sucedido antes de que Israel “no entendiera a Dios”? Por nombrar sólo una cosa: había caído en terquedad. En Oseas 8:4 el Señor dice: “Ellos establecieron reyes, pero no escogidos por mí; constituyeron príncipes, mas yo no lo supe”.

¿Sabía usted que la terquedad, la obstinación y la arbitrariedad, nos quitan la oportunidad de escuchar y entender al Señor? Recordemos a Abram, sobre el cual se dice en Génesis 16:16: “Era Abram de edad de ochenta y seis años, cuando Agar dio a luz a Ismael”. Ismael era el hijo de la carne, Abram lo había engendrado de Agar, la esclava de Sara, a causa de su obstinación y no por la voluntad de Dios. ¿Cuál fue la consecuencia de este hecho? La Biblia nos cuenta que pasaron trece años luego del nacimiento de Ismael, para que Dios hablara nuevamente con Abram.

Luego de la noticia del nacimiento de Ismael en Génesis 16:16, dice inmediatamente: “Era Abram de edad de novena y nueve años, cuando le apareció Jehová y le dijo: Yo soy el Dios Todopoderoso; anda delante de mí y sé perfecto”. Esto nos da a entender que por el transcurso de 13 años Dios había dejado de hablar con Abram, razón por la cual él no podía entenderlo. El hecho de que la Biblia pase de Génesis 16:16 a Génesis 17:1 sin mencionar cosa alguna sobre la vida de Abraham, confirma esta suposición.

Otro ejemplo mencionado en la Biblia es el rey Saúl, el cual siendo anteriormente bendecido, a causa de su obstinación comenzó a hacer y modificar cosas que el Señor había ordenado, esto lo condujo a un grave cambio en su vida: ¡él no pudo escuchar ni entender más a su Dios! Luego de un acto voluntario de desobediencia, Samuel le dice: “Porque como pecado de adivinación es la rebelión, y como ídolos e idolatría la obstinación. Por cuanto tú desechaste a la palabra de Jehová, él también te ha desechado para que no seas rey” (así leemos en 1 Samuel 15:23). Lamentablemente estas consecuencias se cumplieron de forma drástica: el Señor no hablaba más con Saúl, ni mediante su Espíritu, ni a través del profeta Samuel. En 1 Samuel 15:35 y 16:14 dice: “Y nunca después vio Samuel a Saúl en toda su vida”, “El Espíritu de Jehová se apartó de Saúl”.

Si dejamos las riendas de nuestra vida a la obstinación, podríamos sufrir entonces las mismas consecuencias de Abram y Saúl, es decir, dejar de entender a nuestro Dios.

Examinémonos, para comprobar si nuestra terquedad no es la causa de la falta de comprensión a nuestro Dios. Apenas podemos compararnos a Abram como siervo de Dios, sin embargo, él tuvo que experimentar este hecho en forma drástica.

También el rey Saúl fue al comienzo una gran personalidad; a pesar de esto tuvo que pasar por esta realidad hasta sufrir la amargura más profunda.

¿No hemos visto lo mismo en el Israel de la época de Oseas? También este pueblo fue obstinado, hasta que un día no pudo entender más a su Dios. ¡Sino que lo consideraron como “algo extraño”!

No dejemos que nuestras vidas lleguen a este punto.

La segunda causa del impedimento era: la idolatría

La falta de entendimiento de los israelitas a su Dios era por motivo de su idolatría. En Oseas 8:4 dice: “De su plata y de su oro hicieron ídolos…” ¡Es más que claro que en un caso como éste no sepuedaentender a Dios, ya que el mismo nopuedehablar!

Cuando Moisés descendió del Monte Sinaí, luego de haber permanecido allí durante cuarenta días, donde tuvo un encuentro con Dios, traía algo divino en sus manos: ¡las dos tablas de la ley! De éstas se dice, en Exodo 32:16: “Y las tablas eran obra de Dios y la escritura era escritura de Dios grabada sobre las tablas”.

¡Qué tremendo acontecimiento: Moisés tenía las tablas, las cuales Dios había hecho y en donde grabó Su escritura! Como complemento, dice en Éxodo 31:18: “… dos tablas del testimonio, tablas de piedra escritas con el dedo de Dios”.

Ambas tablas simbolizaban el hablar de Dios con su pueblo. Moisés sentía un gran anhelo por entregar la Palabra de Dios al pueblo de Israel; la cual habrían entendido muy bien. Moisés desciende del Monte Sinaí, ¿y con qué se encuentra? ¡Con un becerro de oro!

Su ausencia había sido bastante larga, cuarenta días completos; en ese lapso de tiempo el pueblo comenzó con sus prácticas idólatras, pidiéndole a Aarón la construcción de un becerro de oro. Moisés apreció estas cosas mientras descendía del monte ¿qué hizo entonces?“Y aconteció que cuando él llegó al campamento, y vio el becerro y las danzas, ardió la ira de Moisés, y arrojó las tablas de sus manos, y las quebró al pie del monte”(esto leemos en Éxodo 32:19). ¡Qué palabras tan conmovedoras! Las tablas divinas, el símbolo del hablar de Dios, las cuales el Señor mismo había escrito con sus dedos, fueron quebradas a causa de la fatal idolatría. Es cierto que más adelante éstas fueron renovadas, pero en ese instante el hablar de Dios llegaba a su fin. ¡Debido a su idolatría, Israel no podía escuchar la voz de Dios, ni entender sus mandatos!

¿No es éste un serio mensaje para nosotros? Sin duda, la idolatría puede generar que no entendamos más al Señor. Lo vemos en el Israel de la época de Oseas y también en la de Moisés.

Es necesario formularnos la siguiente pregunta: ¿existe idolatría en la actualidad? ¿Pueden los creyentes nacidos de nuevo, ejercer la idolatría, la cual los hace sordos a la voz de Dios? Por supuesto que sí. Podemos examinarnos nosotros mismos a través de una sencilla y sincera pregunta: ¿Existe algo en mi vida, más importante que Jesús, algo que haya desplazado el primer lugar que Él ocupaba en mi corazón?

Si la respuesta es que sí, usted mantiene un ídolo en su vida y, por ende, ejerce la idolatría.

Muchas cosas en la vida de un creyente pueden manifestarse en forma de ídolos. En la actualidad el nivel de idolatría ha alcanzado un pico, ya que la oferta mundial en este sentido nunca había sido tan grande. Por momentos es el dinero, el auto, una casa, el negocio, el oficio, el equipo de video, algún hobby, comida, bebida o cualquier otra cosa. Llegan a ser nuestro ídolo desde el momento en que le damos más importancia que a Jesús. Esto no significa que debemos restar importancia a aquellas cosas que, en parte, son de gran utilidad. Aunque es preciso que cada una de éstas ocupe el lugar correcto en nuestra vida. La tragedia comienza, cuando estas cosas ocupan por entero nuestro corazón y nuestra vida. Entonces vivimos en la idolatría.

Existen entre los cristianos personas adineradas. Sería incorrecto considerar esto como algo pecaminoso. Es verdad que la riqueza encierra grandes peligros. Por esta razón, la Palabra nos advierte en el Salmo 62:10: “Si se aumentan las riquezas, no pongáis el corazón en ellas”. En otras palabras: si son personas adineradas – o como dice la Biblia: “aumentan las riquezas”, entonces no presten demasiado espacio a las riquezas en su corazón, para que las mismas no se conviertan en su ídolo.

Resumiendo lo expresado anteriormente, podemos decir que toda cosa en la vida puede ser nuestro ídolo. Nada de lo que el mundo nos ofrece está excepto de ello. ¡Examínese a sí mismo y respóndase en forma sincera! ¿Existe algo en su vida que le impide entender a Dios? ¿Desea entenderlo nuevamente? Entonces, ocúpese de que estas cosas desaparezcan, o que estén en el lugar adecuado. ¿Cómo apreciarlo en la práctica? ¿Qué debo hacer? He aquí algunas indicaciones:

Confíe su obsesión o su idolatría al Señor. Dígaselo claramente. Piense en David, quien con profunda tristeza confiesa al Señor su pecado en el Salmo 38:18: “Por tanto confesaré mi maldad, y me contristaré por mi pecado”.

Pídale al Señor que le perdone, y las palabras de 1 Juan 1:9 tendrán validez en su vida. Juan escribe en su carta dirigida a los cristianos: “Si confesamos nuestros pecados, él es fiel y justo para perdonar nuestros pecados, y limpiarnos de toda maldad”.

Como siguiente paso deberá ocuparse de los “perturbadores de su paz”, los cuales han dirigido su vida a tal punto que no ha podido escuchar más a Dios. Hágalo de la siguiente manera: proclame conscientemente lo contrario a estos baluartes. Diga: 

  • Lo contrario a la obsesión es la voluntad de Dios.
  • Lo contrario a la idolatría es el servir a Dios.
  • De ahora en adelante decido hacer la voluntad de Dios en vez de seguir con mi obsesión.
  • De ahora en más soy un siervo de Dios y no más un idólatra.

  • No Entendemos la Palabra de Dios (1ª parte)
    No Entendemos la Palabra de Dios (3ª parte)

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