Las enseñanzas revolucionarias de Jesús (1ª parte)

Las enseñanzas revolucionarias de Jesús

(1ª parte)

Autor: William MacDonald

La palabra discípulo ha sido por demás utilizada, y cada usuario le ha dado el significado de su conveniencia. El autor de este mensaje nos lleva a examinar la descripción de discipulado que presentó Jesús en sus enseñanzas, la cual se halla también en los escritos de los apóstoles, para que aprendamos y descubramos más acerca de este concepto.



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PE1775 – Estudio Bíblico
Las enseñanzas revolucionarias de Jesús (1ª parte)



Estimados hermanos, es verdad: El Señor Jesucristo fue un revolucionario. Sin embargo, al decir esto no queremos decir que era un terrorista armado que tenía el objetivo de derrocar al gobierno. Su misión era una misión de amor, no de odio; de servicio, no de tiranía; de salvación, no de destrucción. Cuando decimos que Jesús fue un revolucionario, queremos decir que sus enseñanzas fueron las más radicales que jamás se esparcieron sobre este planeta.

En toda la literatura mundial no existe algo parecido al Sermón del Monte. Ningún otro líder destacado estableció jamás las demandas de discipulado que estableció el Señor Jesús. Ninguna otra enseñanza ha producido jamás los cambios espirituales, morales y éticos que la fe cristiana ha logrado.

El problema es que nos hemos acostumbrado tanto a las palabras de Jesús que hemos perdido de vista su significado revolucionario. Es una tragedia que las leamos y nos sintamos cómodos. Nunca fueron proclamadas para brindarnos comodidad. Su intención es la de transformar nuestras vidas y enviarnos como luces encendidas, como heraldos con una pasión ardiente.

A menudo, pensamos que debe haber sido una experiencia maravillosa viajar con Jesús cuando Él estuvo sobre la tierra. Podemos imaginarlo a Él y a Sus discípulos recorriendo los caminos, disfrutando de una continua Conferencia Bíblica. Pero, la historia no fue así. Consistió más bien en una experiencia intensa, en la cual los discípulos aprendieron sobre su propia pecaminosidad y errores, y en la cual fueron llamados a transitar una senda de persecución, sufrimiento y muerte.

Si podemos leer las declaraciones de Jesús y aún sentirnos cómodos, si las leemos y pensamos que son fáciles, entonces las hemos malinterpretado. Las demandas de Jesucristo son humanamente imposibles. El discipulado cristiano sólo puede vivirse por el poder sobrenatural y la morada del Espíritu Santo en nuestras vidas.

El hombre moderno ha desarrollado el peligroso arte de tomarlas y quitarles su verdadera esencia, a tal punto que no quedan en ellas suficientes nutrientes como para alimentar a una mosquita enferma. En lugar de tomar Sus palabras literalmente, ingeniamos sesenta formas teológicas para cambiarle su sentido. Como resultado, tenemos una vasta diferencia entre el cristianismo que vemos hoy día y el cristianismo del Nuevo Testamento. Hoy día significa asistir a la iglesia siempre que sea conveniente, colocar dinero en la ofrenda, y darle a Jesús una de nuestras noches libres. ¿Es ése el verdadero cristianismo? ¡No! El verdadero cristianismo es una vida de discipulado radical, de servicio sacrificial, de compromiso total con el Hijo de Dios. Significa buscar primeramente el reino de Dios y Su justicia.

OP – BREVE PAUSA MUSICAL

En su libro“Nacido Después de la Medianoche”,A.W. Tozer escribe: “Cristo llama a los hombres a llevar su cruz; nosotros los llamamos a divertirse en Su nombre. Él los llama a abandonar el mundo; nosotros les aseguramos que si aceptan a Jesús, el mundo es su ostra. Él los llama a sufrir; nosotros los llamamos a disfrutar todas las comodidades que la civilización moderna ofrece. Él los llama a negarse a sí mismos y a morir. Nosotros los llamamos a que se ensanchen como si fueran árboles o a convertirse en un lamentable zodíaco religioso de quinta categoría. Él los llama a la santidad; nosotros los llamamos a una felicidad barata y de mal gusto, que habría sido rechazada con sarcasmo incluso por el menos destacado de los filósofos estoicos”.

En otro lugar, Tozer dijo: “Nuestro Señor llamó a los hombres a que lo siguieran, pero Él nunca presentó un camino fácil para hacerlo”.

De hecho, a uno le queda la sensación que el Señor presentó su camino como algo extremadamente duro. A veces dijo cosas a sus discípulos, o a sus potenciales discípulos, que hoy en día discretamente evitamos repetir cuando intentamos ganar personas para Él. ¿Qué evangelista contemporáneo tendría el valor de decirle a una persona:“Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, y tome su cruz, y sígame. Porque todo el que quiera salvar su vida, la perderá; y todo el que pierda su vida por causa de mí, la hallará”. Tampoco nos detenemos demasiado a explicar cuando alguien nos pregunta qué quiso decir Jesús cuando dijo:“No penséis que he venido para traer paz a la tierra, no he venido para traer paz, sino espada…”

Este tipo de cristianismo arriesgado e incómodo prefiere aplicarse únicamente en el caso de algún misionero o de algún creyente que esté por detrás de las diversas cortinas del mundo. Las multitudes de cristianos profesantes, sencillamente no tienen los músculos morales como para poder tomar un camino definitivo y radical como éste. El clima moral contemporáneo no favorece una fe fibrosa y consistente como la que enseñaron nuestro Señor y sus apóstoles. Los santos delicados y quebradizos que se producen en nuestros invernaderos religiosos hoy en día, difícilmente puedan compararse con los creyentes comprometidos que una vez dieron su testimonio entre los hombres. Y el error yace en las manos de nuestros líderes; son demasiado tímidos como para decirle a la gente toda la verdad. Le piden a los hombres que le den a Dios lo que no les cuesta nada. Nuestras iglesias, en estos días, están llenas, o por lo menos abunda en ellas, de una especie de cristianos mimados que deben ser alimentados con una dieta de entretenimiento inofensivo para mantenerlos interesados. Conocen muy poco sobre la teología. Es muy raro que alguno de ellos haya leído siquiera uno de los grandes clásicos cristianos. Sin embargo, la mayoría está familiarizada con películas de ficción religiosa o thrillers. No es de sorprender entonces que su constitución moral y espiritual sea tan frágil. Tales personas sólo pueden denominarse adherentes débiles a una fe que, en realidad, nunca entendieron.

E. Stanley Jones dijo algo similar en “La Alternativa de Cristo al Comunismo”: “Los hombres no rechazan el cristianismo; tan sólo lo consideran inocuo. Inoculan a los hombres con una forma modesta de cristianismo, de modo tal que se tornan inmunes frente al cristianismo real”.

El Señor Jesús, hoy en día, busca personas que estén dispuestas a aceptar sus enseñanzas literalmente y a obedecerlas, aún cuando no vean a otras personas que lo hagan. Él busca hombres y mujeres, jóvenes que estén cansados de vivir vidas egocéntricas; que sean conscientes de que las cosas materiales no traen felicidad, que sean conscientes que los cristianos están aquí para una misión mucho más elevada. Él busca creyentes que odien la tiranía de los desfiles de moda, de las ferias de comida, de los círculos sociales y de la adoración a la hermosura del cuerpo.

Lamentablemente, es cierto que, a menudo, encontramos más realidad en el comunismo promedio, o incluso en quienes pertenecen a una secta, que en los cristianos promedio. Las personas están más dispuestas a movilizarse por razones políticas o sociales, de lo que nosotros estamos dispuestos a hacerlo por el Salvador del mundo. Muestran más dedicación a las falsas religiones de la que nosotros mostramos frente a Cristo. Son más motivados por el dólar de lo que nosotros lo somos por el amor al Salvador.

Gracias a Dios hay hambre, especialmente entre los jóvenes, de algo mejor. Recientemente hablé, en una reunión, sobre algunos jóvenes comprometidos que sienten una gran llenura al vivir una vida de sacrificio personal en el extranjero. Luego de regresar a casa, recibí una carta de una joven que estaba en esa reunión. La tituló:“La Realidad – ¿Cómo la encontramos?”

Ser un Discípulo
Las enseñanzas revolucionarias de Jesús (2ª parte)

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