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La Gracia Restauradora de Dios

(1ª parte)

Autor: Wim Malgo

Como sacerdote, el mayor deseo de Moisés era que su pueblo no fuera destruido por causa de su pecado, sino que pudiera experimentar la gracia restauradora. En esta oportunidad, veremos que esa maravillosa gracia restauradora existe para los apóstatas, en el caso de que hayan tenido un verdadero arrepentimiento y renunciado al pecado cometido.



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PE1742 – Estudio Bíblico
La Gracia Restauradora de Dios (1ª parte)



Queridos amigos oyentes, como ya dijimos, el tema de hoy es: La gracia restauradora de Dios.

Para comenzar, leemos en Exodo 32:19, 20, 27 y 28:“Y aconteció que cuando él llegó al campamento, vio el becerro y las danzas, ardió la ira de Moisés, y arrojó las tablas de sus manos, y las quebró al pie del monte. Y tomó el becerro que habían hecho, y lo quemó en el fuego, y lo molió hasta reducirlo a polvo, que esparció sobre las aguas, y lo dio a beber a los hijos de Israel. (…) Y él les dijo: Así ha dicho Jehová, el Dios de Israel: Poned cada uno su espada sobre su muslo; pasad y volved de puerta a puerta por el campamento, y matad cada uno a su hermano, y a su amigo, y a su pariente. Y los hijos de Leví lo hicieron conforme al dicho de Moisés; y cayeron del pueblo en aquel día como tres mil hombres”.

Aquí tenemos tres señales del juicio de Dios. La primera: Moisés quebró las tablas, la ley. La segunda: Israel tuvo que beber su ídolo. Y la tercera: Los levitas, como vimos anteriormente, después de su decisión de colocarse del lado del Señor, tuvieron que matar cada uno a su hermano, amigo, o pariente, de modo que cayeron tres mil hombres. Luego, vimos la imagen sacerdotal de Moisés, cuyo mayor deseo era que su pueblo no fuera destruido por causa de su pecado, sino que pudiera experimentar la gracia restauradora.

Esa maravillosa gracia restauradora existe para los apóstatas, en el caso de que hayan tenido un verdadero arrepentimiento y renunciado al pecado cometido. Por ejemplo, en Proverbios 28:13 y 14, dice: “El que encubre sus pecados no prosperará; mas el que los confiesa y se aparta alcanzará misericordia. Bienaventurado el hombre que siempre teme a Dios; mas el que endurece su corazón caerá en el mal.” Esto lo vemos en la historia de la apostasía de Israel, la cual se inició con la adoración del becerro dorado. Pero, parece que ni el haber quebrado las tablas, ni la quema del becerro, ni el beber las cenizas, ni la matanza de los tres mil le abrieron los ojos a los restantes. Ninguno de estos actos de justicia divina llevaron al pueblo al arrepentimiento, ni a llorar ante el rostro de Dios.

Al contrario. Lo que no se efectuó, la culpa no perdonada, provocó una brecha entre Dios y su pueblo. Esto no es diferente hoy: Lo que no se ha arreglado, la culpa no perdonada, pesa gravemente sobre la Iglesia de Jesús. ¿Pesa también sobre ti? ¿Hay varias cosas en tu vida que aún no se han aclarado? Una pregunta más: ¿Por qué el Señor no responde a nuestras oraciones que piden por un avivamiento, si El quiere que haya avivamiento? La respuesta está en Isaías 59:1 y 2:“He aquí que no se ha acortado la mano de Jehová para salvar, ni se ha agravado su oído para oír; pero vuestras iniquidades han hecho división entre vosotros y vuestro Dios, y vuestros pecados han hecho ocultar de vosotros su rostro para no oír.”Pero, es digno de atenciónlo quefinalmente llevó Israel al arrepentimiento. Lo leemos en Éxodo 33:1 al 6:

“Jehová dijo a Moisés: Anda, sube de aquí, tú y el pueblo que sacaste de la tierra de Egipto, a la tierra de la cual juré a Abraham, Isaac y Jacob, diciendo: A tu descendencia la daré; y yo enviaré delante de ti el ángel, y echaré fuera al cananeo y al amorreo, al heteo, al ferezeo, al heveo y al jebuseo (a la tierra que fluye leche y miel); pero yo no subiré en medio de ti, porque eres pueblo de dura cerviz, no sea que te consuma en el camino. Y oyendo el pueblo esta mala noticia, vistieron luto, y ninguno se puso sus atavíos. Porque Jehová había dicho a Moisés: Di a los hijos de Israel: Vosotros sois pueblo de dura cerviz; en un momento subiré en medio de ti, y te consumiré. Quítate, pues, ahora tus atavíos, para que yo sepa lo que te he de hacer. Entonces los hijos de Israel se despojaron de sus atavíos desde el monte Horeb”.

Recién se ablandaron al oír esta noticia:“… Pero yo no subiré en medio de ti, porque eres pueblo de dura cerviz, no sea que te consuma en el camino.”A través de eso, como pueblo de Dios, por fin despertaron de su pecado que consistía en la figura del becerro de oro que habían levantado, quebrantando la Palabra que habían recibido. Pero ahora es al revés: La Palabra de Dios deshace la imagen. Asustados reconocieron ahora que ignoraban que Dios podría apartarse de Su pueblo; que el Señor ya no iría con ellos. Ese también es, en el fondo, el pecado de la Iglesia, que se sosiega, e ignora el rompimiento existente entre ella y Dios. Ella se satisface con saber que Dios dirige todas las cosas y también delinea el camino de cada uno. Se queda estacionada en su petición para que Dios la guarde y sostenga, y se contenta en la confianza de la guía de Dios y con la oración pidiendo Su ayuda.

Pero renuncia a la seguridad de la salvación y al conocimiento de Dios, esto es, a la reconciliación con Él y a la viva relación con Él. Renuncia a la gracia restauradora. ¿Corresponde esa descripción a tu realidad? Es sorprendente cuando comprobamos que cristianos, incluso obreros del Señor, renuncian a deshacer la brecha existente entre Dios y ellos; renuncian a ser avivados y alcanzar la gracia restauradora. Lo mismo sucedió con el consagrado Sansón. Él era un nazareo, un consagrado a Dios. Su cabello no debía ser cortado, ni debía tomar vino. Era un siervo de Dios lleno del Espíritu y lleno de fuerza. Pero, finalmente fue separado de su Dios por la persistencia en el pecado de los deseos de la carne, de tal modo que ni percibió que el Señor ya no estaba más con él.

Y así, fue vencido por sus enemigos, como leemos en Jueces 16:19 al 21:“Y ella(Dalila)hizo que él se durmiese sobre sus rodillas, y llamó a un hombre, quien le rapó las siete guedejas de su cabeza; y ella comenzó a afligirlo, pues su fuerza se apartó de él. Y le dijo: ¡Sansón, los filisteos sobre ti! Y luego que despertó él de su sueño, se dijo: Esta vez saldré como las otras y me escaparé. Pero él no sabía que Jehová ya se había apartado de él. Mas los filisteos le echaron mano, y le sacaron los ojos, y le llevaron a Gaza; y le ataron con cadenas para que moliese en la cárcel”. Menciono aquí la trágica caída de Sansón, porque él, como persona individual, representa proféticamente la apostasía de Israel, en especial en no darse cuenta de que su fuerza – y con ella el Señor mismo – se había apartado de él.



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