Jesucristo es Dios (2ª parte)

Jesucristo es Dios 
(2ª parte)

Autor: Samuel Rindlisbacher

  El judío Jesucristo es Dios. El evangelio de Juan enfatiza esta verdad en forma especial, como, por ejemplo, en la confesión de Tomás, o en el suceso de los 153 peces. Pero, Juan hace muchas menciones más de la divinidad de Jesús. Vamos, en este mensaje, en la búsqueda de esas huellas.


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PE2024 – Estudio Bíblico
Jesucristo es Dios (2ª parte)



¿Cómo están amigos? En Juan 10, Jesús dice serel Buen Pastor. Con esto se refería a Su deidad, lo que fue comprendido con exactitud por los fariseos y los escribas (porque lo podían comparar con lo que habían leído en las Escrituras, en el Sal. 23; en Is. 40:10 y 11; y en Ez. 34:11 al 16). Por eso, los judíos no aguantaron más, se lo jugaron todo y preguntaron a Jesús: “¿Hasta cuándo nos turbarás el alma? Si tú eres el Cristo, dínoslo abiertamente. Jesús les respondió: Os lo he dicho, y no creéis; las obras que yo hago en nombre de mi Padre, ellas dan testimonio de mí; pero vosotros no creéis, porque no sois de mis ovejas, como os he dicho” (así leemos en Jn. 10:24 al 26). A pesar de que entendían quién era quien decía ser Jesús, más adelante, en el vers. 33, leemos que dijeron: “Por buena obra no te apedreamos, sino por la blasfemia; porque tú, siendo hombre, te haces Dios”. Ellos comprendieron que Jesús decía ser Dios, pero no querían creer. Por eso, Jesús dio una última señal. Una señal que ellos no podían evadir y que los obligaba a tomar una decisión: ¡la resurrección de Lázaro de entre los muertos!

Cuando el Señor lo resucitó, leemos en Jn. 11:17, que: “hacía ya cuatro días que Lázaro estaba en el sepulcro”. Y luego, en el vers. 39, vemos que Marta dijo: “Señor, hiede ya, porque es de cuatro días”. Ya no había esperanza alguna de que aún pudiera vivir. Según la tradición rabínica, el espíritu del fallecido aun flotaba encima del difunto durante tres días. Recién después, el alma llegaba al Seol (el reino de los muertos). Según esta doctrina, durante los primeros tres días aún podría haber habido una cierta, si bien pequeña, posibilidad de un reavivamiento. La resurrección de un muerto después de esos tres días, sin embargo, es, según la tradición rabínica, un milagro que sólo el Mesías puede realizar.

Jesús demostró Su deidad, cuando Él, con voz fuerte, llamó al muerto a volver a la vida. ¡Él es la vida, y Él es la resurrección! Y porque Él es Dios, puede decir lo que leemos en los vers. 25 y 26 de Jn. 11: “El que cree en mí, aunque esté muerto, vivirá. Y todo aquel que vive y cree en mí, no morirá eternamente”. Lo trágico es que los fariseos y escribas no querían tener esto en cuenta, a pesar de todo. Más bien, tomaron la siguiente decisión, que encontramos en el cap. 11, vers. 47 y 53: “¿Qué haremos? Porque este hombre hace muchas señales. (…) Así que, desde aquel día acordaron matarle”. Sí, este judío, Jesús, no podía ser Dios, y por eso fue asesinado. — ¿Qué hace usted con Jesús? ¿Exclama como Tomás, con fe: “¡Señor mío y Dios mío!”, o rechaza lo que Él dice ser? La respuesta a esta pregunta no sólo decide la vida, sino también la eternidad. ¡Porque sólo un Dios eterno nos puede obsequiar salvación eterna!

En cuanto a este tema de la deidad de Jesucristo, Roger Liebi, escribe: Si Jesucristo es Dios, entonces la negación de Su deidad es totalmente anticristiana. Justamente esto es lo que Juan explica en su primera carta.

En los años pasados, aumentó notablemente el número de falsos maestros que niegan la Trinidad de Dios, y especialmente la deidad de Cristo. En 1 Juan 2:18 y 19 encontramos la siguiente advertencia, en cuanto a mirar a tales falsos maestros: “Hijitos, ya es el último tiempo; y según vosotros oísteis que el anticristo viene, así ahora han surgido muchos anticristos; por esto conocemos que es el último tiempo. Salieron de nosotros, pero no eran de nosotros; porque si hubiesen sido de nosotros, habrían permanecido con nosotros; pero salieron para que se manifestase que no todos son de nosotros.”

Una señal específica de estos falsos maestros, consiste en que ellos atacan a la persona del Señor Jesucristo y quieren disminuir Su gloria. Ellos niegan al Hijo. Primera Juan 2:23, sin embargo, explica que ellos, en ese caso, no tienen ni al Hijo ni al Padre. Vemos que, con este tema, nos encontramos en tierra santa. Se trata de los fundamentos de nuestra fe. Se trata de todo o nada.

Especialmente peligroso para los verdaderos cristianos, que también tienen amor por Israel como pueblo escogido por Dios, son los falsos maestros que argumentan algo así: “Deberíamos descubrir de nuevo las raíces judías de la fe cristiana. La fe cristiana habría sido adaptada a la cultura griega especialmente en el siglo cuatro d.C. Por eso, el Concilio de Nicea (del 325 d.C.) habría convertido a Jesucristo en Dios. En ese tiempo también se habría inventado la doctrina de la trinidad. Pero, eso no correspondería a la doctrina del Nuevo Testamento. Eso, del mismo modo, estaría en contra de la forma de pensar judía. En el judaísmo, Dios es una sola persona.”

Estas declaraciones, sin embargo, están totalmente equivocadas: En primer lugar, la doctrina de la trinidad y de la divinidad de Cristo se encuentra claramente en el Nuevo Testamento. Esto corresponde a la doctrina de los apóstoles de Jesucristo, en el primer siglo d.C. Segundo, es un error declarar que en el judaísmo no se conoce la doctrina de la trinidad.

Es correcto que el actual judaísmo ortodoxo rechaza la trinidad de Dios, y también niega la deidad del Mesías prometido, por lo cual espera a un hombre común como redentor. Pero, en los escritos de los antiguos rabinos, sí se encuentra la doctrina que dice que, si bien existe sólo un Dios, como lo enseñan el Antiguo y el Nuevo Testamento, tanto “el Padre en el cielo” (en hebreo, avinu shebashamajim) como también “la Palabra de Dios” (en arameo, memra‘ ‘adonaj) y, así mismo, el Espíritu de Dios (en hebreo, ruaj ‘elohim), es Dios eterno. El libro Zohar, incluso, testifica que el misterio de cómo tres pueden ser uno, sólo podría ser comprendido a través del Espíritu Santo.

A través del estudio de la literatura rabínica y del Nuevo Testamento, el rabino Tzvi Nassi llegó al conocimiento de que Jesucristo es Dios, y que Dios es triuno. Él escribió un valioso librito en el cual reunió la documentación más importante de la literatura rabínica sobre este tema:
“¿Dónde es que el Nuevo Testamento enseña la deidad de Cristo?” A continuación, menciono algunos pasajes escogidos:
Juan 1:1: “En el principio era el Verbo (= Jesucristo; lo que podemos comparar con Juan 1:14), y el Verbo era con Dios, y el Verbo era Dios.”
Juan 20:28: “Entonces Tomás respondió y le dijo: ¡Señor mío, y Dios mío!”
Romanos 9:5: “… de quienes son los patriarcas, y de los cuales, según la carne, vino Cristo, el cual es Dios sobre todas las cosas, bendito por los siglos. Amén.”
Tito 2:13: “… aguardando la esperanza bienaventurada y la manifestación gloriosa de nuestro gran Dios y Salvador Jesucristo.”
2 Pedro 1:1: “Simón Pedro, siervo y apóstol de Jesucristo, a los que habéis alcanzado, por la justicia de nuestro Dios y Salvador Jesucristo, una fe igualmente preciosa que la nuestra.”
1 Juan 5:20: “Pero sabemos que el Hijo de Dios ha venido, y nos ha dado entendimiento para conocer al que es verdadero; y estamos en el verdadero, en su Hijo Jesucristo. Éste es el verdadero Dios, y la vida eterna.”

En el contexto de Tito 2:13 y 2 Pedro 1:1, queremos señalar la regla gramatical de Granville Sharp: Cuando dos sustantivos A y B (no nombres propios y siempre en singular) en griego están unidos por la conjunción “y”, y cuando sólo delante de A se encuentra el artículo definido, entonces: A es la misma persona o cosa que B. ¡En los pasajes mencionados, es éste el caso en el griego! En Tito 2:13, “nuestro gran Dios”nopuede referirse al Padre, y “Salvador” a Jesucristo. ¡No! El gran Dios es la misma persona que el Salvador. Del mismo modo en 2 Pedro 1:1, la expresión “nuestro Dios” es idéntica a “Salvador”. Normalmente, en la escuela se aprende lo siguiente con respecto a las reglas: ¡No hay regla sin excepción! Granville Sharp examinó la expresión recién explicada en incontables pasajes del Nuevo Testamento y en la literatura griega no-bíblica, y nunca encontró una excepción. De modo que, obviamente, también para esta expresión es válido “Ninguna regla sin excepción”.

Si alguien llegara a pensar que estos pasajes del Nuevo Testamento, que testifican de la deidad de Cristo, hubieran sido introducidos en el Nuevo Testamento recién después del Concilio de Nicea, hay que señalar el hecho de que, actualmente, tenemos un total de 5.760 manuscritos griegos del Nuevo Testamento, y que también los manuscritos de los siglos anteriores al 325 d.C. testifican de la deidad de Cristo.

 

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