Jesucristo es Dios (1ª parte)

Jesucristo es Dios 
(1ª parte)

Autor: Samuel Rindlisbacher

  El judío Jesucristo es Dios. El evangelio de Juan enfatiza esta verdad en forma especial, como, por ejemplo, en la confesión de Tomás, o en el suceso de los 153 peces. Pero, Juan hace muchas menciones más de la divinidad de Jesús. Vamos, en este mensaje, en la búsqueda de esas huellas.


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PE2023 – Estudio Bíblico
Jesucristo es Dios (1ª parte)



Estimados amigos, ¿cómo están? El judío Jesucristo es Dios. El evangelio de Juan enfatiza esta verdad en forma especial, como, por ejemplo, en la confesión de Tomás, o en el suceso con los 153 peces. Pero, Juan hace muchas menciones más de la divinidad de Jesús. Vamos a hacer a continuación, una búsqueda de esas huellas.

Mateo nos muestra a Jesucristo como rey, Marcos como el siervo de Dios que sufre, Lucas como el hombre perfecto, y Juan como Dios. Contrariamente a Mateo y Lucas, Juan deja totalmente fuera el nacimiento de Jesús. El mismo no es importante para su “argumentación”, ya que su tema es: Jesucristo es Dios. Así lo dice Pablo en Col. 2:9: “Porque en él habita corporalmente toda la plenitud de la Deidad”.

Juan comienza de la siguiente manera: “En el principio era el Verbo, y el Verbo era con Dios, y el Verbo era Dios. Éste era en el principio con Dios. Todas las cosas por él fueron hechas, y sin él nada de lo que ha sido hecho, fue hecho” (así leemos en Jn. 1:1 al 3). Con este comienzo, él señala directamente a la preexistencia de Jesús. Jesucristo no tiene comienzo ni fin, es el Creador de todo. Con esto, Juan también enfatiza que Jesús no es ni una criatura ni el broche de oro de la creación, sino el Creador en persona. Sí, para Juan está claro: Jesucristo es Dios, en cuerpo de ser humano.

La estructura del evangelio de Juan es similar a la de una argumentación. Paso a paso, Juan documenta la deidad del Redentor hecho hombre, comenzando con la preexistencia de Jesús (en Jn. 1:1) y terminando con la confesión de Tomás: “¡Señor mío y Dios mío!” (en Jn. 20:28), la que luego es confirmada por Jesús mismo, a través del milagro de los 153 peces. Este hecho, al igual que la conexión entre el nombre propio de Dios (JHWH) revelado en el Antiguo Testamento y el “Yo Soy” de Jesús, ya los hemos tratado en el mensaje “El judío que no puede ser Dios”.

En el Antiguo Testamento, en Isaías 43:11, Yahvé dice: “Yo, yo Jehová, y fuera de mí no hay quien salve”. En el evangelio de Juan, Jesús acredita siete veces su identidad de ese redentor-Dios: 1) “Yo soy el pan de vida” (nos dice en Jn. 6:32 al 35, y 47 al 59); 2) “Yo soy la luz del mundo” (en Jn. 8:12); 3) “Yo soy la puerta” (en Jn. 10:1 al 10); 4) “Yo soy el buen pastor” (en Jn. 10:11 al 18, y 27 al 30); 5) “Yo soy la resurrección y la vida” (en Jn. 11:25 y 26); 6) “Yo soy el camino, la verdad y la vida” (en Jn. 14:6); 7) “Yo soy la vid verdadera” (en Jn. 15:1 al 6). Nos preguntamos, entonces, ¿será casualidad que las primeras letras de la inscripción hebrea en la cruz: “Jesús, el nazareno, el rey de los judíos” resulten ser JHWH?

En la cruz, el Redentor-Dios Yahvé realizó la salvación del mundo. Y por eso, Pedro puede decir con respecto a Jesús, en Hch. 4:12: “Y en ningún otro hay salvación; porque no hay otro nombre bajo el cielo, dado a los hombres, en que podamos ser salvos”.

Juan narra varios encuentros en los que Jesús demostró Su deidad. En el diálogo con el fariseo Nicodemo, en Jn. 3:14 y 15, Él dijo: “Y como Moisés levantó la serpiente en el desierto, así es necesario que el Hijo del Hombre sea levantado, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna”. Como rabino, al escuchar el título “Hijo del Hombre”, Nicodemo enseguida debe haber visto la conexión con Daniel 7:13 y 14: “Y he aquí con las nubes del cielo venía uno como un hijo de hombre, que vino hasta el Anciano de días, y le hicieron acercarse delante de él. Y le fue dado dominio, gloria y reino, para que todos los pueblos, naciones y lenguas le sirvieran; su dominio es dominio eterno, que nunca pasará, y su reino uno que no será destruido”. Con la autodenominación “Hijo del Hombre”, Jesús explicó que le correspondían “dominio, gloria y reino” eternos. Y si esto no fuera suficiente: Jesús también dijo poder dar vida eterna. Esto sólo lo puede hacer el Eterno, Dios mismo. Además, Miqueas dijo que Él era “Señor en Israel (…) desde los días de la eternidad.” (así leemos en Miqueas 5:2). Sólo el Eterno puede obsequiar eternidad. Nicodemo parece aceptar esto, si bien puede ser que aún no hubiera comprendido todo el alcance de la declaración de Jesús: “Y como Moisés levantó la serpiente en el desierto, así es necesario que el Hijo del Hombre sea levantado.”

Cuando Jesús se encontró con la samaritana en el Pozo de Jacob, lo que leemos en Jn. 4:10, le dijo: “Si conocieras el don de Dios, y quién es el que te dice: Dame de beber; tú le pedirías, y él te daría agua viva”. Jesús aquí dice ser el don de Dios y poder dar agua viva. El Antiguo Testamento muestra claramente dónde está la fuente de agua viva: “¡Cuán preciosa, oh Dios (JHWH), es tu misericordia! Por eso los hijos de los hombres se amparan bajo la sombra de tus alas. Serán completamente saciados de la grosura de tu casa, y tú los abrevarás del torrente de tus delicias. Porque contigo está el manantial de la vida” (se nos dice en Sal. 36:6 al 9). Otra traducción, dice que el Señor mismo es la fuente de vida. Jesús afirma ser la fuente de agua viva – Yahvé mismo. Esto la mujer lo comprendió por la fe – y, más adelante, como leemos en Jn. 4:42, muchos otros en Samaria, al confesar: “Nosotros mismos hemos oído, y sabemos que verdaderamente éste es el Salvador del mundo, el Cristo”.

Refiriéndose a esa agua, al último día de la Fiesta de los Tabernáculos, y a Jesús que estaba en el templo, la Palabra de Dios dice en Jn. 7:37 y 38: “En el último y gran día de la fiesta, Jesús se puso en pie y alzó la voz, diciendo: Si alguno tiene sed, venga a mí y beba. El que cree en mí, como dice la Escritura, de su interior correrán ríos de agua viva”. – La Fiesta de los Tabernáculos era celebrada durante siete días, y se alababa a Dios por medio de sacrificios de agradecimiento. Cada mañana un sacerdote iba con una procesión al Estanque de Siloé, de donde sacaba agua con una jarra de oro y la llevaba al templo, al altar del holocausto. Sobre en altar había dos recipientes de plata. Él llenaba uno de ellos con agua y el otro con vino del sacrificio. El vino y el agua se mezclaban sobre el altar. Esto era una señal de bendición y de salvación futuras, cuando viniera el Mesías. El último día era el punto culminante. Mientras que el sacerdote entraba al templo por la Puerta del Agua, portando el agua, sonaban trompetas de plata y la gente aclamaba: “Sacaréis con gozo aguas de las fuentes de la salvación” (Is. 12:3). Solemnemente el sacerdote iba al altar del holocausto, mientras que el coro del templo cantaba los salmos 113 y 118. Y, en medio de esto, de repente, Jesús se levantó y exclamó (nunca había ocurrido algo así en el templo): “Si alguno tiene sed, venga a mí y beba. El que cree en mí, como dice la Escritura, de su interior correrán ríos de agua viva” (así está escrito en Jn 7:37 y 38).

Toda esa procesión era para darle la honra a Dios. Sólo en Él se encuentra la fuente de la vida. Y Jesús, con su exclamación, reclamó justamente eso para sí. Lo que sólo le corresponde a Dios, Él lo aplicó a sí mismo, como dice Dios en el Antiguo Testamento, en Is. 55:1 y 6: “A todos los sedientos: Venid a las aguas; y los que no tienen dinero, venid, comprad y comed. (…) Buscad a Jehová (Yahvé) mientras puede ser hallado, llamadle en tanto que está cercano”.

En su argumentación a favor de la divinidad de Jesús, Juan también habla de siete señales milagrosas del Señor Jesús, anteriores a Su crucifixión y resurrección: 1) La transformación del agua en vino (de Jn. 2:1 al 12); 2) La sanidad del hijo de un funcionario del rey (de Jn. 4:46 al 54); 3) La sanidad de un paralítico en el Estanque de Bethesda (de Jn. 5:1 al 17); 4) La alimentación de los 5.000 (de Jn. 6:1 al 14); 5) Que Jesús camina sobre el mar y calma la tormenta (de Jn. 6:15 al 21); 6) La sanidad de uno nacido ciego (de Jn. 9:1 al 41); y, finalmente, 7) La resurrección de Lázaro de los muertos (de Jn. 11:17 al 45). Esta resurrección de los muertos fue el último eslabón en una larga cadena de argumentos, un último alegato, la proverbial señal en la pared. Para poder comprender todo su alcance, deberíamos echar una mirada a lo que sucedió inmediatamente antes del mismo.

Pero, eso lo veremos en el próximo programa, porque por hoy se nos ha acabado el tiempo. ¡Hasta entonces, y que Dios les bendiga!

 

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