El ser humano en el tamiz de Dios 3/3

Titulo: “El ser humano en el tamiz de Dios” 3/3
  

Autor: ErichFischer
Nº: PE1133

¡Qué maravilloso Salvador! El no abandona a los Suyos, tampoco cuando son llevados para ser probados. En todo lo que nos ocurre: ¡Jesús está presente! Él, el Buen Pastor, está a nuestro lado. Él lucha en oración por nuestras almas. Se presenta como abogado de los Suyos delante del Padre y pide por nosotros.


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“El ser humano en el tamiz de Dios” 3/3

Querido amigo, para no perder el hilo conductor, sería bueno recordar lo que hemos estado compartiendo en el pasado programa.

Como primer punto, estuvimos hablando de que tampoco los demás discípulos (aparte de Pedro) estaban libres de motivos no espirituales y egoístas. Los discípulos se estaban peleando para ver quién sería el más grande entre ellos; uno queriendo ser más que el otro.

Vimos que esos son pensamientos carnales, no espirituales, pensamientos egoístas, y que la paja, debía ser quitada de sus corazones a través del viento de la santificación.

Como segundo punto, escuchamos acerca de que el ser sacudidos en el tamiz de las pruebas es permitido por Dios por amor a nosotros.

Estimado amigo, después del arresto de Jesús en Getsemaní, Marcos informa:“Entonces todos los discípulos, dejándole, huyeron”(Mc. 14:50). Lucas, sin embargo, agrega:“Y Pedro le seguía de lejos”(Lc. 22:54), es decir en secreto, sin que lo notaran – pero, aun así, valientemente. Seguía a Jesús a la casa del sumo sacerdote y allí – en lo posible sin ser reconocido – quería esperar para ver lo que ocurriría.

Pero, ¡qué terror y pánico se apoderaron de él cuando inesperadamente fue reconocido! Entonces, su valor se evaporó. En lugar del héroe Pedro, quien tan solamente unos momentos antes quería seguir a Jesús a la cárcel y aun a la muerte, quien quiso defender a su Señor con la espada, en lugar de aquel ahora se encontraba el viejo Pedro, Simón, lleno de miedo y de terror. Su deseo de mantener el incógnito había sido muy grande. ¿Y qué hizo él en su temor y desesperación? Negó conocer a Jesús: Una vez, dos veces, y hasta una tercera vez. ¡Qué caída tan profunda! ¡Una vergüenza para aquel que fue llamado roca! ¡Qué humillación para aquel hombre fanfarrón, y supuestamente tan lleno de fe, aquel hombre que quería ser mejor que todos los demás! ¡El gran héroe, repentinamente, tuvo miedo de una pequeña e insignificante sirvienta!

Dios permitió esta prueba de humillación, y no se la evitó a Pedro. Tenía que atravesarla. La paja en su corazón, que llevaba los nombres de “arrogancia” y “alto concepto de sí mismo”, debía llegar a ser visible por amor a él. Pedro debía darse cuenta cómo era en realidad. Su confianza en sí mismo debía ser quebrantada. Su confianza en su propia fuerza debía ser frustrada. Todo debía salir a la luz – toda la paja que había en su interior.

Querido amigo, del mismo modo Dios obra con nosotros. Él quiere purificar a los Suyos y, por esta razón, permite las pruebas. En la parábola de la vid y los pámpanos, Jesús dice:“Todo pámpano que en mí no lleva fruto, lo quitará; y todo aquel que lleva fruto, lo limpiará, para que lleve más fruto”. Con eso, se refiere a todos los cristianos que han nacido de nuevo, y por esta razón también a nosotros, de tanto en tanto, nos pone en el tamiz, permitiendo que Satanás nos ataque y nos sacuda, para que lo inutilizable sea separado de lo utilizable.

Para excluir toda equivocación, quiero hacer referencia al pasaje de Santiago 1:13:“… Dios no puede ser tentado por el mal, ni él tienta a nadie.”¡Solamente el príncipe de este mundo tienta con el mal! Él quiere hacer tropezar al ser humano. Dios solamente permite eso para que nosotros seamos purificados, y para que salgamos, prácticamente, como vencedores de la prueba. No, Dios jamás tentará a alguien para el mal.

¿Qué aspecto tiene, en la práctica, ese ser probados por Satanás? El puede incitar a las personas que tienen influencia sobre nosotros, a que nos induzcan a hacer el mal para así entristecer a nuestro Señor. A otros los instiga para que, una y otra vez, toquen ciertos temas, hasta que “explotamos” y dejamos salir el enojo acumulado, en forma descontrolada. ¡Demasiado tarde nos damos cuenta de lo que somos capaces de hacer! O podemos ser tentados a la insensibilidad, y seremos insensibles hacia los demás – o a la envidia, y nos pondremos celosos – o a faltar a la verdad y mentiremos, etc. En otros casos, la prueba se presenta en forma de sufrimiento o de enfermedad, y ellos se preguntan: ¿Por qué justamente yo?

Muchas cosas podríamos mencionar todavía, y cada vez nos asustaríamos más de nosotros mismos, así como Pedro más adelante se asustó también de sí mismo. Puede que sean muchas cosas con las que cada uno de nosotros sea puesto a prueba – pero no olvidemos nunca: Todo eso ocurre puramente por amor a nosotros. Por eso repito: ¡Permitamos ser sacudidos en el tamiz de las pruebas, aun cuando eso sea doloroso!

Estimado amigo, veamos ahora que el ser sacudidos en el tamiz de las pruebas es acompañado por la intercesión de Jesús.

Jesús le dijo a Pedro:“pero yo he rogado por ti, que tu fe no falte”(Lc. 22:32). ¡Qué fidelidad la de nuestro Señor! ¡Qué maravilloso Salvador! El no abandona a los Suyos, tampoco cuando son llevados para ser probados. En todo lo que nos ocurre: ¡Jesús está presente! Él, el Buen Pastor, está a nuestro lado. Él lucha en oración por nuestras almas. Se presenta como abogado de los Suyos delante del Padre y pide por nosotros.

Al principio, parece como si la intercesión no hubiera servido de nada. Pedro cayó. Pero, el hecho es que Jesús no pidió que él fuera protegido de la caída. Tampoco pidió que todas las humillaciones que sufrió le fueran evitadas. El más bien oró que, en todas esas pruebas, su fe no faltara, y que de las pruebas él saliera fortalecido, purificado y depurado. Y que su caída no fuera una caída definitiva, como lo fue en el caso de Judas. Pedro le debe a la intercesión de Jesús, que el gallo esa mañana llegara a ser un “predicador de arrepentimiento” para él. El hecho es que cuando éste cantó, y“… vuelto el Señor, miró a Pedro”, éste recordó Sus palabras:“Antes de que el gallo cante, me negarás tres veces”(Lc. 22:61), y se asustó. Se asustó de sí mismo, y de ver que realmente había sido capaz de esta negación. Y como reacción, lloró amargamente por su propia culpa. Quizás fuera la primera vez en su vida que reconoció su culpa con tanta claridad. Eso fue una experiencia amarga. Fue doloroso. Pero, a su vez, también fue saludable.

También es saludable para nosotros que nos asustemos de nosotros y de nuestra culpa: Cuando nos damos cuenta cuánto egoísmo y cuántas cosas no santas todavía están dentro de nosotros, y meditamos en eso, lloramos.

De esta prueba Pedro salió como un hombre nuevo, verdaderamente convertido. Jesús le había dicho también:“… y tú, una vez vuelto, confirma a tus hermanos…”. El Señor sabía que Pedro se encaminaría otra vez, en cuanto él hubiera reconocido su iniquidad y se hubiera arrepentido de ella. Cuando él se volviera de su forma de ser carnal y no espiritual, de su altanería y de su confianza en su propia fuerza, y fuera purificado, recién entonces podría confirmar a sus hermanos, antes no.

¡Qué Pedro para los otros, a pesar de su caída, llegara a ser una roca, lo debe al fiel cuidado de su Salvador! Pues, más adelante, nos encontramos con Pedro, como laroca de la fe.

Con respecto a esto y para evitar todo tipo de error, quisiera brevemente indicar que las Escrituras, cuando hablan de la “roca” sobre la que Cristo edificaría la Iglesia, en Mateo 16:13-18, no se refieren a la persona de Pedro, como quiere hacerlo entender la iglesia católica. De todo ese pasaje, más bien, se entiende, que Cristo quiere edificar Su iglesia, sólo y únicamente sobre el conocimiento que Dios le había revelado a Pedro:“¡Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios viviente!”

Y cuando nos encontramos con Pedro, más adelante, vemos eso totalmente confirmado. El realmente llega a ser laroca de la fepara sus hermanos, afirmado en el fundamento que es Jesucristo. En cierto sentido, todos los apóstoles tenían la tarea de poner el fundamento en la edificación de la iglesia (Ef. 2:20), pero la primacía en este rol no le pertenece a Pedro, sino que es reservada sólo y únicamente a Cristo.

Resumiendo querido amigo: Cuando usted en su vida se vea acosado por las pruebas, cuando las mismas lo sacudan fuertemente y hagan que todo lo impuro llegue a la luz del día, entonces, recuerde siempre que el ser sacudidos en el tamiz de la prueba es necesario para nosotros los cristianos, que eso es permitido por Dios por amor a nosotros, y que es acompañado por las oraciones de nuestro Señor.

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