El Mesías, esperanza para el futuro (parte 6).

Titulo: “El Mesías, esperanza para el futuro” (parte 6).

Autor: Hal Lindsey
 Nº: PE886
Locutor: Gerardo Rodríguez

La profecía más importante de David.

Es impactante descubrir las distintas profecías acerca de la venida del Mesías, de su linaje, y  de cómo se cumplió todo en el nacimiento de Jesús en Belén.

Por eso, ¡tenemos esperanza para el futuro!


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“El Mesías, esperanza para el futuro” (parte 6).

La profecía del Hijo Superior de David

En 1 CRONICAS 17:11-15 leemos la siguiente profecía: 

“Y cuando tus días sean cumplidos para irte con tus padres, levantaré descendencia después de ti, a uno de entre tus hijos, y afirmaré su reino. El me edificará casa, y yo confirmaré su trono eternamente. Yo le seré por padre, y él me será por hijo; y no quitaré de él mi misericordia, como la quité de aquel que fue antes de ti; sino que lo confirmaré en mi casa y en mi reino eternamente, y su trono será firme para siempre. Conforme a todas estas palabras, y conforme a toda esta visión, así habló Natán a David.”

Y también leemos un versículo en Mateo 22:41 a 42: 

“Y estando juntos los fariseos, Jesús les preguntó, diciendo: ¿Qué pues pensáis del Cristo? ¿De quién es hijo? Le dijeron: De David”.

Estimado amigo, cuando Dios estaba al lado del hombre caído, en el jardín del Edén, y le dio la promesa de que un día la simiente de la mujer vendría y traería la reconciliación para el hombre, él estaba viendo a través del túnel del tiempo hacia la genealogía futura que se necesitaría para traer dicha persona al mundo. Primero designó la nación a través de la cual vendría el prometido: Israel. Luego su linaje fue enfocado en la tribu de Judá, uno de los doce hijos de Jacob.

Finalmente, cerca del año 1000 A.C., la última predicción limitó la línea del Mesías a una familia: la familia de David. David fue uno de los hombres más destacados en la historia de Israel. El había dejado el pastoreo de las ovejas, en el diminuto pueblo de Belén, para reemplazar al primer rey de Israel, Saúl. David fue un genio militar, un profeta, un poeta y un rey. Una de las contribuciones más importantes para su nación fue la captura de la ciudad jebusea de Jerusalén y el hacerla el centro religioso y secular del judaísmo.

Un día, a David le dio por pensar que mientras él tenía una hermosa casa de cedro para vivir, el objeto religioso más importante en posesión de los judíos, el arca del pacto de Dios, no tenía un lugar permanente donde quedar sino que era llevada de un lugar a otro. Cuando David compartió su preocupación con el profeta Natán, el Señor dio a Natán un mensaje para David. La esencia del mensaje de 1 Crónicas 17:1-10 era esta: “Yo te tomé de los campos de pastoreo y te puse como gobernador sobre mi pueblo Israel y he estado contigo dondequiera que has ido, he peleado contra tus enemigos y te hice un gran nombre. Ahora, aprecio tu deseo de construir una casa para mi, pero Yo, el Señor, planeo construir una casa para “ti””.

La “Casa” Eterna de David

Las dos casas de las que se habla aquí eran de diferente naturaleza. Dios estaba hablando de una casa eterna, una dinastía eterna que él formaría a través de los descendientes de David. David pensaba en una casa material, en la cual se colocaría el arca y Dios sería adorado. David deseaba construir un magnífico edificio para Dios pero, finalmente, le fue prohibido porque él había sido hombre de guerra.

Pero la casa que Dios tenía en mente para David sería una que “él”, Dios, edificaría y sería tanto su casa como la casa de David. Estas fueron las palabras del profeta Natán cuando se puso delante del rey y le dio el mensaje de Dios: “Y cuando tus días sean cumplidos para irte con tus padres, levantaré descendencia después de ti, a uno de entre tus hijos, y afirmaré su reino. El me edificará casa, y yo confirmaré su trono eternamente. Yo le seré por padre, y él me será por hijo; y no quitaré de él mi misericordia, como la quité de aquel que fue antes de ti; sino que lo confirmaré en mi casa y en mi reino eternamente, y su trono será firme para siempre” (1 Crónicas 17:11-14).

El Pacto Davínico

A David le fueron garantizadas en esta promesa profética por lo menos tres cosas que eran únicas. Primero, se aseguraba que uno de sus descendientes de sangre sería establecido en su trono por Dios mismo. En aquellos días en los que los gobiernos eran bastante precarios, debe haber sido un gran consuelo para David saber con seguridad que su linaje continuaría en el trono de Israel.

Segundo, este descendiente de entre sus hijos sería absolutamente único porque reinaría sobre el trono de David “para siempre”.

Tercero, este hijo de David exaltado tendría una relación única con Dios como de padre a hijo. El pasaje en hebreo dice literalmente: “Yo, yo mismo, le seré por padre, y él me será por hijo” (versículo 13). La estructura hebrea indica que hay una relación de padre a hijo muy fuerte y única, entre este hijo de David y Dios, que no tiene paralelo en ningún otro lugar del Antiguo Testamento.

Estimado amigo, un punto importante a tomar en cuenta: Salomón fue Hijo de David, Pero No Su “Hijo Superior”

Algunos intérpretes contemporáneos han procurado enseñar que esta profecía fue cumplida por Salomón y que se refería tan sólo a él. Hay muchas razones por las que esto no tiene validez. Mencionaré solamente dos.

Primero, muchos profetas que vivieron “después” de David y Salomón hablaron de un cumplimiento “futuro” de esta predicción. Alrededor del año 750 A.C., unos 200 años “después” del tiempo de Salomón, Isaías habló del Mesías que reinaría desde el trono de David en un tiempo futuro (Isaías 9:6,7).

Ezequiel, por el año 650 A.C., también habló de este venidero hijo de David: “He aquí que vienen días, dice Jehová, en que levantaré a David renuevo justo, y reinará como Rey, el cual será dichoso, y hará juicio y justicia en la tierra. En sus días será salvo Judá, e Israel habitará confiado; y este será su nombre con el cual le llamarán; Jehová, justicia nuestra” (Jeremías 23:5,6).

Este versículo no sólo retrata al Mesías como hijo de David, reinando sobre la tierra en los días futuros y trayendo paz, justicia y rectitud, sino que también lo llama con un nombre reservado exclusivamente para Dios mismo “Jehová, justicia nuestra”. Esto indica de manera contundente que el Mesías, que sería un descendiente de sangre de David y, por consiguiente, un hombre, también sería una deidad. El Targum judío Jonathan Ben Uzziel dice que estos versículos se refieren al Mesías.

La segunda razón por la que Salomón no podría haber cumplido esta profecía de ser el hijo de David, del cual se habla aquí, es debido a que casi todos los rabinos y escribas de los tiempos antiguos reconocieron y enseñaron que esta profecía hablaba del Mesías que vendría en los días futuros y reinaría en Israel para siempre. Como Salomón murió y dejó de reinar en el trono de David, eso lo descalificó automáticamente.

Jesús Pone a los Escribas en el Meollo de un Dilema

Cierta vez Jesús formuló a los teólogos de sus días una pregunta concerniente a la ascendencia del Mesías. Todos estos hombres creían que el Mesías sería hijo de David pero, evidentemente, no habían pensado en las implicaciones de todas las Escrituras que trataban de este tema.

Así que, cuando contestaron a la pregunta de Jesús: “El Mesías será hijo de David,” Jesús les dijo: “¿Pues cómo David en el Espíritu le llama” (al hijo de David)” Señor, diciendo: DIJO EL SEÑOR “(Dios)” A MI SEÑOR” (El hijo de David, el Mesías)”: SIENTATE A MI DIESTRA, HASTA QUE PONGA A TUS ENEMIGOS POR ESTRADO DE TUS PIES? Pues si David le llama Señor, ¿cómo puede ser su hijo?” (Mateo 22:41-45).

El aspecto explosivo de esta pregunta paradójica era cómo podía David llamar a uno de sus hijos Señor, un título que era para Dios mismo, si su hijo era tan sólo un hombre.

Más tarde, estos mismos líderes religiosos estaban escuchando a Jesús y él les vio recogiendo algunas piedras para apedrearle. Jesús entonces les dijo que él les había mostrado muchas buenas obras del Padre y que se preguntaba por cual de ellas le iban a apedrear. Su respuesta fue: “Por buena obra no te apedreamos, sino por la blasfemia; porque tú, siendo hombre, te haces Dios”” (Juan 10:31-33).

Luego, cuando enjuiciaron a Jesús bajo este mismo cargo de blasfemia, el sumo sacerdote puso a Jesús bajo juramento y le preguntó: “¿Eres tú el Cristo, el Hijo del Bendito? La respuesta de Jesús fue corta y bien al grano: “Yo soy” (Marcos 14:62a).

El “Hijo Superior” de David Fue el Carpintero de Galilea

El claro testimonio de la Escritura es que un hijo de David reinaría en el trono de David para siempre y Jesús recibió este derecho por sus padres. El derecho “sanguíneo” (a través de su madre) y el derecho “legal” (a través de su padrastro), ya que ambos eran descendientes de David. El era la única persona viva en Israel que tenía derecho al trono de David y es por eso que Dios se lo concedió.

Luego del año 70 D.C., cuando el templo fue destruido, todos los registros de nacimiento fueron extraviados. Si alguien hubiera intentado hacer el reclamo de ser el Mesías, el hijo de David, luego del año 70 D.C., no hubiera habido forma de probarlo.

¡Quienquiera que fuera el Mesías, tuvo que venir antes del año 70 D.C.!

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