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Titulo: “El Mesías, esperanza para el futuro” (parte 5).

Autor: Hal Lindsey
  Nº: PE885
Locutor: Gerardo Rodríguez

Estudiamos las distintas promesas acerca del Mesías, que encontramos en el Antiguo Testamento, y sus cumplimientos.

La simiente de la mujer, la simiente prometida.

Dios apartó a Abraham, Isaac, Jacob, Judá…………


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«El Mesías, esperanza para el futuro» (parte 5).

La Simiente de la Mujer.

Estimado amigo, la primera promesa que vamos a estudiar la encontramos en Génesis 3:15. Dice así: 

«Y pondré enemistad entre ti y la mujer, y entre tu simiente y la simiente suya; ésta te herirá en la cabeza, y tú le herirás en el calcañar».

La historia de Adán y Eva, en el hermoso jardín del Edén, es quizás el episodio más antiguo que registra la historia humana. Están aquellos que no la pueden aceptar como algo más que un mito para explicar el origen del hombre, pero otros la ven como un episodio literal y como el comienzo de la existencia del hombre y sus problemas en esta tierra.

Cualquiera sea tu punto de vista, podemos al menos concordar en decir que no es una historia muy feliz. Esto se debe a que en la narrativa, el hombre, quien comienza con un potencial supremo y una ilimitada comunión con Dios, su creador, sucumbe ante la tentación de un maligno ser espiritual conocido como Satanás y, como resultado, comienza a experimentar el agudísimo dolor del juicio y la separación de Dios.

El Mal Asoma Su Fea Cabeza

Con la introducción del mal en la raza humana, comienzan a manifestarse las consecuencias de la rebelión: la culpa, la voluntad propia, el egoísmo y la muerte, primeramente en Adán y Eva y, luego, en sus hijos, comenzando con Caín que asesinó a su hermano Abel.

La existencia del mal en este mundo es evidente para cualquier hombre honesto, dondequiera que se encuentre. Uno no puede leer el periódico matinal sin verlo sobresalir en los titulares. También es cierto que el mundo no es más que la suma total de todos los individuos, cada uno con sus propias actitudes de egocentrismo, intolerancia y rebelión. Por lo tanto, la desesperación que aflige al mundo es tan sólo una amplificación de la desesperación que nos aflige a cada uno como individuos.

La inclinación a descarriarse que tiene la humanidad es tan evidente, que debe encontrarse alguna explicación a su origen. Si creemos en el consistente relato bíblico, entonces debemos aceptar el hecho de que la sutil tentación de Satanás para con Adán y Eva, induciéndolos a desechar la voluntad específica de Dios, los llevó a un acto y a una actitud de rebelión contra Dios, lo cual es el corazón de lo que la Biblia llama, más adelante,pecado. Los teólogos discuten acerca de si la disposición del hombre para pecar es algo que se introdujo como una infección en toda la humanidad, a partir de Adán, o si el hombre, simplemente, comienza a pecar porque se le contagia, como una enfermedad, por aquellos que están alrededor. Esta no es una pregunta vana, ya que el pecado prevalece demasiado en el mundo y podemos decir que se encuentra en mayor escala en algunas sociedades y culturas que en otras. Si todos los hombres hubieran nacido siendo buenos o moralmente neutrales, uno esperaría encontrar algunos lugares en el mundo en los cuales el pecado, en una medida razonable, no tuviera cabida. Pero ese no es el caso.

La Biblia, el Antiguo y Nuevo Testamento, no vacila en mostrar el hecho de que el hombrenonace moralmente neutral. Leemos en Salmos14,1; 2,3; 53:1-3 lo que también en Romanos 3:10 en adelante está citado: «No hay justo, ni aún uno………No haz quien haga lo bueno, ni siquiera uno……». El hombre nace con la inclinación a rebelarse contra Dios y eso lo llevará, eventualmente, al punto de expresar esa rebelión a través de algún acto en el cualdejede hacer su voluntad o haga algocontrasu voluntad, y ambas cosas son consideradas como pecado por todos los escritores de la Biblia.

Pero Dios, Él tiene la última palabra.

Dios Tiene la Ultima Palabra

Cuando Satanás realizó su sucia maniobra en el Edén, procuraba desviar la adoración de esta nueva criatura, el hombre, fuera de Dios y dirigirla hacia él mismo. La mentira que usó para convencer a Adán y Eva acerca de por qué Dios no quería que comieran de un cierto árbol, fue que Dios sabía que el fruto de ese árbol les haría tan sabios como Dios mismo y que él no quería compartir su gloria con ninguna de sus criaturas.

Para su mayor desconsuelo, Adán y Eva se dieron cuenta de que, lejos de hacerles tan sabios como Dios, el fruto engañoso les hizo perder su sentido de comunión y comunicación con él. Ya no tenían un acceso desinhibido a la presencia de su amoroso creador. De hecho, se erigió una barrera entre ellos y Dios, una barrera tan real que nadie, sino sólo Dios mismo, podía remover y, así, restablecer la comunión con el hombre.

Es aquí donde entra la promesa de Génesis 3:15. En esta conversación que Dios mantiene con Satanás, luego de la caída del hombre, El Señor le maldice y declara que llegará el tiempo en el cual un descendiente de Eva, llamado la «simiente de la mujer», le destruirá a él y a su trabajo de la misma forma en que un hombre aplasta la cabeza de una serpiente con su pie. Esta «simiente de la mujer» le dará un golpe fatal a Satanás, pero se dice que, en respuesta, Satanás le dañará con una herida en elcalcañar. Eso quiere decir que será un golpe doloroso, pero no de consecuencias fatales como sería un golpe en la cabeza.

Esta es una profecía intrigante. La frase «simiente de la mujer» es una descripción inusual. Normalmente la gente hablaba de la simiente de un hombre o del padre, pero rara vez, si acaso alguna vez, de la simiente de la mujer. En el antiguo Medio Oriente, donde la Biblia fue escrita, se hablaba de los descendientes como de los hijos o hijas del padre. Por ejemplo, todas las genealogías de la Biblia son contadas a través de los padres, no de las madres.

Los antiguos rabinos se dieron cuenta que este pasaje hablaba del Mesías porque en los Targums, las traducciones antiguas del Antiguo Testamento al arameo, este pasaje estaba parafraseado como referiéndose al Mesías. De alguna manera, que estoy seguro no podían comprender en ese entonces, el prometido de Dios, el Mesías, sería el linaje de una mujer en una manera única.

El Linaje de la «Simiente» Prometida

Una vez que Dios hizo este compromiso de enviar a alguien al mundo para destruir a Satanás y así deshacer su obra en la vida de los hombres, se preparó una avenida, en la historia futura, para las pisadas del prometido. Comenzó con Dios apartando a un hombre, Abraham, y a sus descendientes, y haciendo un pacto con él de que «en su simiente» paulatinamente serían bendecidas todas las naciones de la tierra (Génesis 12:13). Así que el primer pre-requisito de la venida del libertador era que tenía que ser un descendiente de Abraham.

Abraham no tenía descendencia en el momento en que Dios hizo esta promesa de darle tantos hijos «como la arena del mar.» Con todo, luego de un tiempo de incredulidad, en el cual Abraham tuvo un hijo, llamado Ismael, quien no era el heredero de esta promesa, Abraham y Sarah dieron a luz a Isaac, el hijo que Dios quería que fuera el linaje de su simiente prometida.

Isaac tuvo dos hijos mellizos, Jacob y Esaú, pero, por razones que sólo Dios sabe, Jacob fue el elegido a través del cual las promesas del pacto de Dios continuarían. Jacob tuvo doce hijos que llegaron a ser los fundadores de las doce tribus de la nación de Israel. Cuando Jacob estaba por morir predijo el nombre de la tribu a través de la cual vendría la «simiente» prometida, la cual bendeciría de manera única todas las naciones. Reunió a sus hijos y profetizó: «No será quitado el cetro deJudá (su hijo), ni el legislador de entre sus pies, hasta que venga SILOH; y a él se congregarán los pueblos» (Génesis 49:10).

Esta profecía no sólo declaraba la tribu a través de la cual vendría el Mesías, sino que también designaba a Judá como la línea real para los reyes futuros. La interpretación rabínica antigua reconocía a «Siloh» como un título personal del Mesías y que se había predicho aquí que vendría de la tribu de Judá.

El Targum Jerusalén parafrasea esta profecía de la siguiente manera: «No cesarán los reyes de la casa de Judá, ni los escribas que enseñen la ley de hijos a hijos hasta el tiempo en que(siloh)el rey Mesías venga, de quien es el reino, y a él serán sujetos todos los reinos de la tierra. Cuán justo es el rey Mesías, el cual surgirá de la casa de Judá…»

Hoy tenemos que terminar aquí, estimado amigo, pero – Dios mediante – en el próximo programa seguiremos descubriendo el linaje de la «simiente» prometida y estudiaremos la profecía del hijo más importante de David. Le esperamos.

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