Navidad, promesa cumplida!

Promesa – Cumplimiento – Consumación

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En esta época de Navidad pensamos en el nacimiento del Hijo de Dios en un establo en Belén. Este maravilloso acontecimiento no fue un evento aislado, sino el cumplimiento de la promesa divina.

 Burkhard Vetsch

 La promesa

“Subirá el que abre caminos delante de ellos; abrirán camino y pasarán la puerta, y saldrán por ella; y su rey pasará delante de ellos, y a la cabeza de ellos Jehová” (Miqueas 2:13).

El profeta Miqueas no conocía el momento del cumplimiento de su profecía. Tuvo mucho coraje al pronunciar una visión tan sublime. Pues, ¿no era un atrevimiento anunciar a los hombres un gran acontecimiento futuro con detalles concretos? ¿Y si no se cumpliera? Seguramente Miqueas era conciente de que entonces sería considerado un charlatán, un engañador del pueblo, al cual nadie más le creería ni una palabra. Un rey que abre caminos y triunfa – ¡qué anuncio osado! ¡Cuánto se estremecería el poder religioso y político cuando llegara el momento del cumplimiento! Y el rey que estuviera en el poder en ese momento, ¿no se jugaría el todo por el todo para eliminar de antemano a un posible rival? Exactamente eso fue lo que hizo el rey Herodes en el tiempo de Jesús, derramando así ríos de sangre.

Pero más atrevido aún llegó a ser el profeta Miqueas cuando, incluso, indicó el lugar del nacimiento del Rey de paz: “Pero tú, Belén Efrata, pequeña para estar entre las familias de Judá, de ti me saldrá el que será Señor en Israel…” (Mi. 5:1).

¿Realmente se le podía creer al profeta Miqueas? ¡Sí! Unos 700 años más tarde, tuvo lugar en Belén este acontecimiento que iba a cambiar al mundo. El Mesías realmente “abrió caminos”. Abrió la puerta de Su gloria celestial y entró como hombre a este mundo. Abrió la puerta de la tumba, en la cual ningún poder de las tinieblas ni de la muerte pudo retenerlo. Y abrió y abre caminos, también, hacia los corazones de los hombres.

¿De dónde obtuvo el profeta Miqueas este conocimiento que se cumplió luego con tanta precisión? Solamente pudo provenir de una fuente de origen divino: Dios se lo confió a su siervo fiel por medio del Espíritu Santo.

El pueblo del Pacto teocrático, Israel, muchas veces no ha logrado seguir a su Dios en obediencia y fidelidad. Por eso Dios, en Su misericordioso amor, una y otra vez mandó Sus voceros al “pueblo que andaba en tinieblas”. Estos anunciaron el juicio de Dios y Su gracia. A muchos les costaba comprenderlo, ya que escuchaban cosas difíciles de entender, como por ejemplo: “Porque un niño nos es nacido, hijo nos es dado, y el principado sobre su hombro; y se llamará su nombre Admirable, Consejero, Dios Fuerte, Padre Eterno, Príncipe de Paz. Lo dilatado de su imperio y la paz no tendrán límite, sobre el trono de David y sobre su reino, disponiéndolo y confirmándolo en juicio y en justicia desde ahora y para siempre. El celo de Jehová de los ejércitos hará esto” (Is. 9:6-7).

¿Cómo podía hacer esto un niño? Preferían creer otra profecía de Isaías que dice: “Y habitará el juicio en el desierto, y en el campo fértil morará la justicia. Y el efecto de la justicia será paz; y la labor de la justicia, reposo y seguridad para siempre. Y mi pueblo habitará en morada de paz, en habitaciones seguras, y en recreos de reposo” (Is. 32:16-18). Tenía que ser un líder fuerte y sobresaliente, al cual uno levantara la mirada con orgullo. ¡Y esto es verdad, y pronto se cumplirá también!

Sin embargo, Isaías anunció primero a un siervo: “Despreciado y desechado entre los hombres, varón de dolores, experimentado en quebranto; y como que escondimos de él el rostro, fue menospreciado, y no lo estimamos…” (Is. 53:3). ¿Éste era su Mesías? ¡No, no podía ser! Y también muchos cristianos hoy en día tienen sus problemas con esto. ¿Quién piensa, en esta época de Navidad, en el inminente regreso de Jesús? ¿Quién cree todavía que esto va a suceder y se prepara interiormente para eso? Seguramente también en la primera venida de Jesús había hombres justos que esperaban la “consolación de Israel”. Posiblemente también se les tildaba de religiosos fanáticos.

El cumplimiento

“Pero cuando vino el cumplimiento del tiempo, Dios envió a su Hijo, nacido de mujer y nacido bajo la ley” (Gál. 4:4). – “Porque la gracia de Dios se ha manifestado para salvación a todos los hombres” (Ti. 2:11). – “Y repentinamente apareció con el ángel una multitud de las huestes celestiales, que alababan a Dios, y decían: ¡Gloria a Dios en las alturas, y en la tierra paz, buena voluntad para con los hombres!” (Lc. 2:13-14). ¡Él realmente abrió las puertas del cielo! Y desde el cielo se escuchó este anuncio: “No temáis; porque he aquí os doy nuevas de gran gozo, que será para todo el pueblo: que os ha nacido hoy, en la ciudad de David, un Salvador, que es CRISTO el Señor” (Lc. 2:10-11). Los ángeles trajeron a los pastores un mensaje de gozo: “¡Gloria a Dios en las alturas, y en la tierra paz, buena voluntad para con los hombres!”. La Navidad cambió al mundo. ¿Quién podía permanecer indiferente ante el maravilloso acontecimiento de Belén? ¡Qué inefable regalo de Dios fue el nacimiento de Su Hijo! Los corazones de todos los seres humanos deberían rebosar de amor y adoración por Él. ¡Pues no existe regalo más grande que el Salvador Jesucristo!

Sin embargo, aconteció algo trágico: “A lo suyo vino, y los suyos no le recibieron” (Jn. 1:11). El Hijo de Dios, quien dejó el cielo en obediencia a Su Padre, no fue bienvenido entre los Suyos. Se hizo hombre para poder salvar a Su pueblo. La expresión de amor más pura en favor de los perdidos fue lo que Lo motivó a venir como Salvador y Redentor “a lo suyo”, a Sus hermanos judíos – ¡y fue rechazado! ¡Qué indecible dolor debe haber sido para el Señor Jesús! Por eso tuvo que decir con lágrimas: “¡Jerusalén, Jerusalén, que matas a los profetas, y apedreas a los que te son enviados! ¡Cuántas veces quise juntar a tus hijos, como la gallina junta sus polluelos debajo de las alas, y no quisiste!” (Mt. 23:37).

La prometida “vara del tronco de Isaí” (Is. 11:1), el Verbo encarnado, había llegado. “Y aquel Verbo fue hecho carne, y habitó entre nosotros (y vimos su gloria, gloria como del unigénito del Padre), lleno de gracia y de verdad” (Jn. 1:14). Pero no reconocieron esta gloria y no aceptaron a Jesús como Mesías, simplemente porque el Hijo de Dios no se presentó como el rey del mundo. ¡Qué tragedia para Israel! Él sirvió a Su pueblo y tuvo misericordia de los enfermos, librando a muchísimos de sus penas y dolores. Dio pan en abundancia a los hambrientos, salvó a personas que luchaban en la tempestad, devolvió la vista a los ciegos y el oído a los sordos. Dio libertad a las personas esclavizadas por el pecado, liberó a los endemoniados, e incluso resucitó muertos. Les anunció el Reino de Dios. Y aun entre los judíos hubo muchos que Lo reconocieron como Mesías y Lo adoraron.

Y luego aconteció lo incomprensible: Su pueblo Lo menospreció, exigiendo que fuera condenado como un criminal. Esta fue obra del enemigo desde la antiguedad, del maligno, del príncipe de este mundo: Satanás, el opositor de Dios. Estaba furioso porque Jesús rechazó sus seductoras ofertas en el desierto, no le dio honra sino que se le opuso y lo rechazó rotundamente. Se trataba nada menos que de una elección entre el Reino de la Luz y el reino de las tinieblas.

Satanás trató siempre de engañar a todos los seres humanos, especialmente a los que se ponen del lado de Jesucristo. Entre ellos es que él busca a sus víctimas – y lamentablemente las encuentra. La táctica de Satanás de disfrazarse como ángel de luz es exitosa. Son muchas las personas crédulas y superficiales que se dejan enredar por el pecado, siendo de esta manera una presa fácil para el enemigo. Todavía estamos en plena lucha entre el Reino de la Luz y el de las tinieblas. ¡Y también tú, en tu corazón, debes determinar una y otra vez cuál es la voz que vas a obedecer!

El nacimiento de Jesús en Belén, Su sufrimiento y muerte como Cordero inocente, Su resurrección de la tumba y Su triunfal ascensión al cielo, revolucionaron al mundo y lo dividieron en dos bandos. Pues es imposible permanecer neutral frente a Jesús. O se recibe con humildad y agradecimiento Su Palabra y se ama a Jesucristo, o se Lo rechaza. Y cada una de estas cosas tiene su consecuencia: el gozo celestial o la dolorosa perdición eterna.

Y ¡qué alegría experimentan los que reciben al Señor Jesucristo como Su Salvador! “Mas a todos los que le recibieron, a los que creen en su nombre, les dio potestad de ser hechos hijos de Dios” (Jn. 1:12). Jesús hace felices a los que Le siguen y les abre el camino hacia un futuro maravilloso: la gloria celestial. Sin embargo, quiere tener el dominio completo sobre nuestras vidas y exige a Sus seguidores que se nieguen a sí mismos y estén dispuestos a sufrir. Jesús dijo a Sus discípulos: “Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, y tome su cruz, y sígame. Porque todo el que quiera salvar su vida, la perderá; y todo el que pierda su vida por causa de mí, la hallará” (Mt. 16:24-25).

El Hijo de Dios no fue preservado de experimentar el más cruel sufrimiento. Se hizo pecado a Sí mismo (comp. 2 Co. 5:21), tomando sobre Sí todos los pecados de todos los seres humanos de todos los tiempos, para librarnos de la paga y del poder del pecado y de la muerte. El camino de Jesús en la tierra fue un camino de sufrimiento desde el pesebre hasta la cruz, donde exclamó victorioso: “Consumado es” (Jn. 19:30). El pesebre y la cruz, la Navidad y el Calvario, van juntos.

Consideremos que la cruz es el corazón del Evangelio. Por más maravilloso que sea el mensaje de la Navidad, ése no fue el punto final. La Navidad no era suficiente. La perdición total de las personas exigía mucho más. Por eso, no es suficiente quedarnos con el dulce ambiente de la Navidad y la contemplación de lo que pasó cuando nació Jesús. Todos los pecados de todas las personas exigían un sacrificio mucho más grande que todos los sacrificios de animales del Antiguo Testamento, donde corrían ríos de sangre en expiación por los pecados. Ya el profeta Isaías anunció: “Mas él herido fue por nuestras rebeliones, molido por nuestros pecados; el castigo de nuestra paz fue sobre él, y por su llaga fuimos nosotros curados. Todos nosotros nos descarriamos como ovejas, cada cual se apartó por su camino; mas Jehová cargó en él el pecado de todos nosotros” (Is. 53:5-6). Así, pues, el Señor Jesucristo tuvo que sacrificar, como “Cordero de Dios”, Su cuerpo y Su sangre para quitar nuestra culpa, pues Hebreos 9:22 dice: “… sin derramamiento de sangre no se hace remisión”. Jesús es el único sacrificio válido ante Dios. Su sangre sí es suficiente.

Por lo tanto, tenemos que tomar una decisión concreta. ¿Dejo que la Navidad no sea para mí más que una fiesta romántica, o me dejo llevar a la cruz del Calvario y acepto la reconciliación que Jesucristo obtuvo allí, derramando Su sangre para mi redención? El ofrecimiento es que: “… si andamos en luz, como él está en luz, tenemos comunión unos con otros, y la sangre de Jesucristo su Hijo nos limpia de todo pecado” (1 Jn. 1:7). ¡De esto depende nuestro futuro eterno! Y en este asunto Dios no tolera ninguna ambigüedad, ninguna posición “intermedia”. O aceptamos el sacrificio expiatorio de Jesucristo para nuestra salvación, o renunciamos a ella y vamos hacia la perdición eterna en el infierno. Pues demasiado alto fue el precio que Jesús pagó por nosotros. La primera carta a Timoteo dice que Dios “quiere que todos los hombres sean salvos y vengan al conocimiento de la verdad” (cap. 2:4). Por eso, ¡elijamos la luz de la verdad y renunciemos resueltamente a todo engaño del pecado!

Israel rechazó al legítimo Rey. Por eso ese pueblo fue dejado de lado por un tiempo. De este modo, la salvación llegó a los gentiles. Nos duele por Israel, pues el rechazar a su Rey le trajo dos milenios de ceguera y de menosprecio entre las naciones, y aún sigue sufriendo. Y, mientras tanto, se sigue proclamando el Reino del Rey celestial, hasta que haya llegado a él el último de los gentiles que ha de entrar.

Luego, el Salvador llevará también la salvación al pueblo del Pacto. Y esto sucederá cuando Lo vean y reconozcan a Aquél a quien traspasaron, como lo predice Zacarías 12:10: “Y derramaré sobre la casa de David, y sobre los moradores de Jerusalén, espíritu de gracia y de oración; y mirarán a mí, a quien traspasaron, y llorarán como se llora por hijo unigénito, afligiéndose por él como quien se aflige por el primogénito”. ¡Ése será el momento de la salvación de Israel y de la reconciliación con su Dios!

La consumación

“Voz de júbilo y de salvación hay en las tiendas de los justos; la diestra de Jehová hace proezas. La diestra de Jehová es sublime. La diestra de Jehová hace valentías” (Sal. 118:15-16). – “Ahora ha venido la salvación, el poder, y el reino de nuestro Dios, y la autoridad de su Cristo; porque ha sido lanzado fuera el acusador de nuestros hermanos, el que los acusaba delante de nuestro Dios día y noche” (Ap. 12:10).

La meta de Dios es: amor, verdad y justicia globales bajo Su reinado. Ni la Navidad en sí, ni la ascensión de Jesús son la meta final. Por más grande que sea el gozo de la Navidad hoy, los hijos de Dios esperan por fe algo más grande, algo que Jesucristo anunció: “… nosotros esperamos, según sus promesas, cielos nuevos y tierra nueva, en los cuales mora la justicia” (2 Pe. 3:13). Ya los profetas veían, mucho más allá de nuestra época, la consumación final. Recién entonces será restablecido todo lo que fue destruido por Satanás y por el pecado. En el nuevo Paraíso, cuya hermosura y gloria no podemos ni imaginar, recibiremos “regalos de Navidad” celestiales. Comeremos del árbol de la vida, como dice Apocalipsis 2:7: “… le daré a comer del árbol de la vida, el cual está en medio del paraíso de Dios”. Estos frutos no tendrán ningún gusto amargo. Serán mucho más deliciosos que el mejor banquete de Navidad aquí en la tierra, y el júbilo sobrepasará todo gozo de la Navidad que podamos experimentar aquí. Isaías lo anunció así: “Los redimidos de Jehová volverán, y vendrán a Sion con alegría; y gozo perpetuo será sobre sus cabezas; y tendrán gozo y alegría, y huirán la tristeza y el gemido” (Is. 35:10).

La gloriosa consumación de estos hechos comenzará cuando Jesucristo vuelva para establecer Su Reino eterno. Hoy la Iglesia de Jesús espera por fe el arrebatamiento y se prepara para encontrarse con su Salvador. ¿Te da temor pensar en este encuentro? ¡Entonces aprovecha este tiempo de Navidad para consagrar tu vida nuevamente al Señor! ¡Qué gozo será cuando, entonces, veamos el cumplimiento de la promesa de Dios, el galardón de nuestra fe: “… obteniendo el fin de vuestra fe, que es la salvación de vuestras almas” (1 Pe. 1:9)! Entonces todos los sueños humanos y las tentativas de auto-salvación se desvanecerán como una burbuja de jabón. Dios ejecutará Su Plan y dará el gobierno a Su Hijo, para que lleve todo a su culminación.

Ya ahora, en el mundo espiritual, hay intensas luchas de poder que ni siquiera podemos imaginar. Y pronto habrá una guerra global en el escenario terrenal, el reino de Satanás. Pues el enemigo no entregará su gobierno sin resistencia. No nos asombremos cuando las personas sientan miedo e inseguridad y se pregunten qué les esperará mañana. Las catástrofes de la naturaleza que experimentamos recién son el comienzo del juicio que vendrá.

Al fiel apóstol Juan, en la isla de Patmos, le fue concedido echar una mirada a los acontecimientos futuros y a la eternidad: “Los reinos del mundo han venido a ser de nuestro Señor y de su Cristo; y él reinará por los siglos de los siglos” (Ap. 11:15). Entonces, Jesucristo traerá ante el Padre el fruto de Sus dolores: la cosecha de todos los salvos que se dejaron redimir por Él. ¡Y allí tú no puedes faltar!

Deseamos poder cantar en ese momento, junto con todos los salvos: “¡Aleluya, porque el Señor nuestro Dios Todopoderoso reina! Gocémonos y alegrémonos y démosle gloria; porque han llegado las bodas del Cordero, y su esposa se ha preparado” (Ap. 19:6-7).

¡Alégrate en esta fiesta de Navidad! Pero alégrate mucho más aún – ¡de poder participar pronto, en el cielo, de las bodas del Cordero!

2 pensamientos acerca de “Navidad, promesa cumplida!

  • 23 diciembre, 2016 at 09:02
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    Nicaragua,América Central.

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  • 23 diciembre, 2016 at 09:00
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    Dios es omniciente y omnipotente,misericordioso,él nunca nos deja y me lo ha demostrado una y otra vez.Ese acontecimiento grande de las bodas del Cordero,segura,no me lo perderé.Es bueno que publique todo esto,pues hace falta que nos lo recuerden para reflexión. Gracias.

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