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Autor: Wim Malgo

En medio del miedo y la incertidumbre mundial, pon tu esperanza en Jesucristo. Su presencia constante transforma la angustia en alegría y anima a vivir confiando en su amor y promesa.


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PE3211 – ¿Qué esperamos, en realidad? (1ª parte)



Cuando se escucha un poco lo que los hombres esperan en realidad, se nota que están esperando cosas negativas, que les causan miedo. El mundo se acerca hoy rápidamente a aquella actitud de espera que el Señor Jesús profetizó en Lucas 21: «en la tierra [habrá] angustia de las gentes, confundidas a causa del bramido del mar y de las olas; desfalleciendo los hombres por el temor y la expectación de las cosas que sobrevendrán en la tierra; porque las potencias de los cielos serán conmovidas. Entonces verán al Hijo del Hombre, que vendrá en una nube con poder y gran gloria».

 

Las inquietantes noticias sobre tempestades catastróficas; inundaciones en algunas regiones y sequías en otras; una contaminación nunca vista; el agujero en la capa de ozono; el efecto invernadero; el cambio climático etc. – todas estas cosas son apenas el principio de lo que vendrá.

 

La mención del indescriptible temor que llenará la humanidad es particular del evangelista Lucas. Pero el mismo pensamiento es desarrollado luego en Apocalipsis 6. Allí vemos el colmo del miedo que se vivirá cuando los juicios de Dios abalancen repentinamente sobre la humanidad. Escribe el apóstol Juan, que recibió una visión de las cosas futuras en la Isla de Patmos: «Y los reyes de la tierra, y los grandes, los ricos, los capitanes, los poderosos, y todo siervo y todo libre, se escondieron en las cuevas y entre las peñas de los montes; y decían a los montes y a las peñas: Caed sobre nosotros, y escondednos del rostro de aquel que está sentado sobre el trono, y de la ira del Cordero; porque el gran día de su ira ha llegado; ¿y quién podrá sostenerse en pie?».

 

Si ya hemos llegado hoy a cierto grado de temor apocalíptico, ¿cómo aumentará entonces el miedo en un mundo sin salida de emergencia? El Señor anuncia en el Evangelio según Lucas que el presentimiento de inminentes juicios divinos pesará como una enorme pesadilla sobre muchos hombres, en la época antes de que Él volverá.

Temor y desorientación llenarán las naciones. El bramido del mar y de las olas nos hablan de cosas terribles que han de venir sobre la superficie de la Tierra. La expresión “las potencias de los cielos serán conmovidas” describe la disolución del curso de la naturaleza como lo conocemos hasta ahora y el comienzo de un nuevo orden del mundo.

 

De todo esto experimentamos hoy ya un principio. Sin embargo, los creyentes tenemos una esperanza completamente diferente, pues ¡nosotros esperamos a Jesús! En Lucas 8:40 encontramos algo como una breve descripción profética de nuestra espera del Señor. Leemos allí: «Cuando volvió Jesús, le recibió la multitud con gozo; porque todos le esperaban.» De esta manera debemos esperarle. Esta es Su voluntad.

 

Por eso, el Señor nos exhorta en Lucas 12:35-36: «Estén ceñidos vuestros lomos, y vuestras lámparas encendidas; y vosotros sed semejantes a hombres que aguardan a que su señor regrese…»

 

Leyendo 1 Corintios 1:7, vemos cómo el Señor anhela que lo esperemos intensa y exclusivamente a Él y la manifestación de Su gloria:

«…de manera que nada os falta en ningún don, esperando ansiosamente la revelación de nuestro Señor Jesucristo» (La Biblia de las Américas).

Lutero traduce: «…esperando solamente la revelación de nuestro Señor Jesucristo».

 

Detente ahora un momento y pregúntate: ¿Espero de todo mi corazón al Señor Jesús? ¿O está dividida mi esperanza?

Si Él realmente es el gran anhelo de tu corazón, entonces estarás preparado para vivir con la mirada de fe puesta en Jesús, a pesar de todas las aflicciones, oscuridades y decepciones que pueda haber en el camino.

 

Esta fue la gloriosa experiencia de tres de los discípulos del Señor en aquel monte alto, donde presenciaron la transfiguración del Señor Jesús. Marcos 9:7-8 dice: «Entonces vino una nube que les hizo sombra, y desde la nube una voz que decía: Este es mi Hijo amado; a él oíd. Y luego, cuando miraron, no vieron más a nadie consigo, sino a Jesús solo

 

Cuanto más le esperamos a Él con todo el corazón, tanto más se hará eficaz Su poder en y a través de nosotros. Así está escrito en el pasaje conocido de Isaías 40:31: «Pero los que esperan a Jehová tendrán nuevas fuerzas; levantarán alas como las águilas; correrán, y no se cansarán; caminarán, y no se fatigarán».

 

Fija tu atención en la expresión «caminarán, y no se fatigarán». En el «caminar con Él» no hay agitación ni estrés. La prueba de la genuinidad y calidad de nuestra espera de Jesús es que caminemos con Él sin fatigarnos.

 

La palabra «caminar» o «andar» se utiliza en la Biblia para hablar de nuestra manera de vivir. Recuerdo Juan 1:36, donde Juan el Bautista vio a Jesús y solo por verlo andar lo reconoció como el Cordero de Dios: «Y mirando a Jesús que andaba por allí, dijo: He aquí el Cordero de Dios…». En la Biblia no hay nada abstracto; ella es siempre práctica y viva. Dios no dice: «¡Sé espiritual!», sino: «Anda delante de mí» (Génesis 17:1).

 

Si no hemos encontrado todavía esta constancia en el caminar con Jesús, necesitamos una y otra vez nuevos estímulos para nuestra vida de fe. Siempre debe ocurrir algo; cuanto más ruidoso, tanto mejor. Esto constituye una traición al Espíritu Santo y destruye la confianza en el Señor. Si insistimos en experimentar cada vez nuevas emociones para mantener nuestra vida espiritual a flote, esto sofocará nuestra esperanza viva. Lamentablemente he encontrado a muchas personas en esta así.

 

Si espero al Señor, tengo que saber con certeza inquebrantable: ¡Él vive! ¡Él volverá! ¡Él tiene todo bajo control! La realidad de la presencia de Dios no depende de algún lugar, sino de nuestra decisión de tener al Señor siempre presente. Si tienes al Señor siempre puesto delante de ti, entonces andarás cuidadosamente en tu pensar, mirar, hablar y actuar. Los problemas surgen cuando nos negamos a confiar plenamente en la realidad de Su presencia.

 

Los hijos de Coré cantan llenos de confianza en el Salmo 46:2: «Dios es nuestro amparo y fortaleza, nuestro pronto auxilio en las tribulaciones. Por tanto, no temeremos, aunque la tierra sea removida, y se traspasen los montes al corazón del mar; aunque bramen y se turben sus aguas, y tiemblen los montes a causa de su braveza».  Lo que era una experiencia real para los salmistas, puede ser también tu experiencia, si te basas en la realidad de la presencia de Dios, y no en si sientes o no esa presencia.

El Salmo 139 nos habla de manera emocionante de la omnipresencia de nuestro Dios.

 

“Detrás y delante me rodeaste, Y sobre mí pusiste tu mano. Tal conocimiento es demasiado maravilloso para mí; alto es, no lo puedo comprender.

 

¿A dónde me iré de tu Espíritu? ¿Y a dónde huiré de tu presencia? Si subiere a los cielos, allí estás tú; y si en el Seol hiciere mi estrado, he aquí, allí tú estás.

 

Si tomare las alas del alba y habitare en el extremo del mar, aun allí me guiará tu mano, y me asirá tu diestra.”

 

El Señor Jesús ha prometido: “he aquí yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo”. Créelo y experimentarás lo que dice Proverbios 10:28: «La esperanza de los justos es alegría«. Amén.

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