¿Qué esperamos, en realidad? (1ª parte)
17 mayo, 2026¿Qué esperamos, en realidad? (3ª parte)
24 mayo, 2026Autor: Wim Malgo
Un corazón dividido, o la falta de plena confianza en el Señor, impide que disfrutes del gozo y de las bendiciones de Dios. Priorizar a Dios y confiar totalmente en Él trae paz y plenitud.
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PE3212 – ¿Qué esperamos, en realidad? (2ª parte)
El hecho de que muchas veces, en nuestra debilidad, nos sentimos incapaces de vestirnos del poder y de la victoria del Señor, es el resultado de un corazón dividido, que tiene deseos ambivalentes. Ya el profeta Elías tuvo que preguntar al pueblo de Dios: «¿Hasta cuándo claudicaréis vosotros entre dos pensamientos?» Este problema se manifiesta en la vida diaria, cuando ponemos nuestra esperanza en varias cosas, pero no en Jesús solo.
Muchos objetivos en los cuales ponías grandes esperanzas fracasaron porque el Señor no tenía la máxima prioridad en tu espera. Pienso en las palabras acertadas que el Señor dice por boca del profeta Hageo en el capítulo 1, versículo 9: «Buscáis mucho, y halláis poco; y encerráis en casa, y yo lo disiparé en un soplo. ¿Por qué? dice Jehová de los ejércitos. Por cuanto mi casa está desierta, y cada uno de vosotros corre a su propia casa». En otras palabras: “por cuanto tu yo, tu ego, tiene el primer lugar en tu vida, y el Señor viene solamente en segundo o incluso tercer lugar”.
Déjenme señalar que también en este mismo momento, el Señor está registrando en cada oyente individualmente cuáles son sus prioridades. ¡El examina los lugares más recónditos de tu corazón y del mío!
Y ya que estamos hablando de prioridades, pongamos un ejemplo práctico: el dinero. Es insensato pensar en retener los diezmos, que son para el Señor, con la ilusión de que así uno tendrá más dinero a su disposición. Es una matemática totalmente errónea; pues no damos al Señor porque tenemos, sino que tenemos porque damos.
Hageo 1:5-6 dice muy claramente al respecto: «Pues así ha dicho Jehová de los ejércitos: Meditad bien sobre vuestros caminos. Sembráis mucho, y recogéis poco; coméis, y no os saciáis; bebéis, y no quedáis satisfechos; os vestís, y no os calentáis; y el que trabaja a jornal recibe su jornal en saco roto».
Al retener lo que pertenece al Señor, demostramos que nuestro corazón está dividido frente a Él. La exhortación inequívoca del Señor por medio del profeta Malaquías en el capítulo 3, versículo 10 dice: «Traed todos los diezmos al alfolí y haya alimento en mi casa; y probadme ahora en esto, dice Jehová de los ejércitos, si no os abriré las ventanas de los cielos, y derramaré sobre vosotros bendición hasta que sobreabunde».
Es algo que mi esposa y yo hemos experimentado durante décadas, y podemos testificar que el Señor es fiel. Realmente podemos probarlo en este asunto. Aunque ya no estamos bajo la Ley, y por lo tanto Dios no pide el diezmo al creyente en Cristo, el principio de poner a Dios en primer lugar sigue siendo el mismo. Dios ama al dador alegre. Y ¿por qué es alegre este dador? Porque tiene la oportunidad de dar algo a Dios, a quien ama de corazón íntegro. Así es un corazón que no está dividido.
Vuelvo a preguntar: ¿Por qué muchas veces no son satisfechos los deseos de nuestros corazones, a pesar de que sean conformes a la voluntad de Dios?
Bueno, creo que exactamente lo mismo que pasa con los diezmos, pasa también con los deseos que albergas en tu corazón. Seguramente tienes muchos objetivos, quisieras alcanzar esto o aquello en tu vida y también oras por ello. Sin embargo – los deseos de tu corazón, de los cuales sabes interiormente que el Señor te los quiere conceder, hasta hoy no fueron cumplidos. ¿Por qué no? En el Salmo 37:4-5 encuentras una clara respuesta. Allí dice: «Pon tu delicia en el SEÑOR, y El te dará las peticiones de tu corazón. Encomienda al SEÑOR tu camino, confía en El, que El actuará» (La Biblia de las Américas).
¿Qué es, pues, lo que debe suceder primero?
¿Será que simplemente debes creer muy firmemente que Él te dará lo que desea tu corazón?
No, sino que, ante todo, debes poner tu delicia exclusivamente en el Señor. Poder decirle con sinceridad: «¡Señor, te amo de todo mi corazón!» es primordial en nuestras vidas. Encontramos la misma secuencia en Mateo 6:33, donde Jesús nos exhorta: «…buscad primeramente el reino de Dios y su justicia”, y nos asegura que, luego, “todas estas cosas os serán añadidas». Este es un secreto maravilloso, que solamente experimentan los que lo practican.
Pero pensemos ahora aún en otra área donde se manifiesta el corazón dividido, y es la de la preocupación. 1 Pedro 5:7 nos invita a echar toda nuestra ansiedad sobre Él, porque Él tiene cuidado de nosotros.
¿Realmente has echado todas tus preocupaciones sobre Él, de manera que puedas andar en serena y santa tranquilidad? ¿O lo has hecho solamente en parte, porque no confías del todo en Él?
Hay ciertas circunstancias en la vida en las cuales descansamos plenamente en el Señor; pero al mismo tiempo nos angustiamos por problemas que no logramos depositar en Él.
El hecho de que confíes solamente en parte, significa que no esperas al Señor de todo corazón. Y esto, en el fondo, no es otra cosa que vil e insolente incredulidad, que ofende a Dios.
Mencionamos recién el versículo 7 de 1 Pedro 5, pero en este contexto es revelador leer también el versículo 6, que dice: «Humillaos, pues, bajo la poderosa mano de Dios —justamente por causa de nuestra vil incredulidad—, para que él os exalte cuando fuere tiempo; echando toda vuestra ansiedad sobre él, porque él tiene cuidado de vosotros». Las dos cosas son inseparables. Primero: Humíllate bajo la poderosa mano de Dios. Arrepiéntete delante de él; dile todo lo que has cometido contra él y contra tus prójimos, para que él te «exalte cuando fuere tiempo” – y luego serás capaz de “echar toda tu ansiedad sobre él, porque él tiene cuidado de ti».
Durante la peregrinación por el desierto, el pecado del pueblo de Israel consistía en que solamente en parte confiaba en el Señor. El Salmo 78:19-20 nos revela algo del corazón de los israelitas de aquel entonces: «Y hablaron contra Dios, diciendo: ¿Podrá poner mesa en el desierto? He aquí ha herido la peña, y brotaron aguas, y torrentes inundaron la tierra; ¿podrá dar también pan? ¿dispondrá carne para su pueblo?».
En otras palabras:
“Sí, confiamos en que nos das de beber en tierra desierta, porque ya lo has hecho, pero dudamos de que puedas poner mesa en el desierto y darnos también pan. Esto no podemos creerlo”.
Por esta razón se encendió la ira de Dios contra ellos, pues el texto sigue diciendo, en los versículos 21-22: «Por tanto, oyó Jehová y se indignó; se encendió el fuego contra Jacob, y el furor subió también contra Israel, por cuanto no habían creído a Dios, ni habían confiado en su salvación».
La fatal división del corazón de Israel impedía su plena confianza en Dios.
Y la misma fatal división de corazón impide también que tú obedezcas la seria exhortación de Filipenses 4:6-7: «Por nada estéis afanosos, sino sean conocidas vuestras peticiones delante de Dios en toda oración y ruego, con acción de gracias. Y la paz de Dios, que sobrepasa todo entendimiento, guardará vuestros corazones y vuestros pensamientos en Cristo Jesús».
Si esperas con un corazón íntegro, no dividido, a tu Señor, entonces serás también capaz de echar toda ansiedad sobre Él, y por consiguiente Su paz, que sobrepasa todo entendimiento, guardará tu corazón y tus pensamientos en Cristo Jesús. Pero si lo contrario es tu caso, entonces seguirás siendo una persona arrastrada de aquí para allá, que no encuentra ninguna calma, y que busca apoyo por todas partes, porque no puede confiar enteramente en el Señor.
Si echas solamente una parte, pero no todas tus preocupaciones sobre el Señor, entonces todo lo que harás y disfrutarás en tu vida estará mezclado con ansiedad.
Por eso, querido oyente, te ruego: humíllate delante de Dios por tu corazón dividido y echa toda tu ansiedad sobre él, porque él tiene cuidado de ti. Amén.
