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Autor: Wim Malgo

Dios llama con un llamado personal a jóvenes y adultos en la Biblia, como Simón Pedro y Saulo. El autor enfatiza la importancia de escuchar y obedecer a Jesús en la vida diaria, priorizando la comunión con Dios sobre el activismo.


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PE3210 – El llamado de Jesús a los suyos (4ª parte)



Habiendo visto el llamado de Dios en las vidas de Abraham, Jacob, Moisés Samuel y Marta, llegamos hoy al llamado doble en la vida de Simón Pedro:

 

En Lucas 22:31-32 leemos las palabras de advertencia del Señor Jesús: «Simón, Simón, he aquí Satanás os ha pedido para zarandearos como a trigo; pero yo he rogado por ti, que tu fe no falte; y tú, una vez vuelto, confirma a tus hermanos».

 

Llama la atención que el Señor, en la noche en que fue entregado, no llamara a Pedro por su nuevo nombre, sino que se dirigiera a él por el viejo: «Simón, Simón…» Haciendo esto, el Señor destapó toda la debilidad e impotencia de Pedro. Lo mismo pasó con Israel (el nuevo nombre de Jacob). Cuando, a edad avanzada, tenía que dejar la Tierra Prometida e ir al desconocido Egipto, el Señor también se dirigió a él llamándolo por su viejo nombre: «Jacob, Jacob».

 

Volvamos a Simón Pedro: Este discípulo, cuyo nombre significa “piedra”, se quiere mostrar fuerte y valiente cuando el Señor le revela que Satanás va a zarandear su fe.

 

Pero el Señor Jesús, sabiendo del fracaso de Pedro unas horas más tarde, no solo le revela lo que el diablo busca hacer, sino que también le dice que Él —como Sumo Sacerdote ante el Padre— ya ha intercedido por él, para que su fe no falte.

 

¡Y esto es algo que el Señor hace, no solo para Pedro, sino para todos nosotros también!

Hebreos 7:25 dice: «Por lo cual puede también salvar perpetuamente a los que por él se acercan a Dios, viviendo siempre para interceder por ellos». La Biblia de las Américas traduce así: «Por lo cual El también es poderoso para salvar para siempre (o: completamente) a los que por medio de El se acercan a Dios, puesto que vive perpetuamente para interceder por ellos».

 

Sin embargo, el orgulloso Pedro, que aún no estaba quebrantado, todavía no quería reconocer su necesidad. Con bastante autoconfianza respondió a Jesús: «Señor, dispuesto estoy a ir contigo no sólo a la cárcel, sino también a la muerte. Y él le dijo: Pedro, te digo que el gallo no cantará hoy antes que tú niegues tres veces que me conoces». Sabiendo que todo esto iba a pasar aún en la misma noche y que Pedro iba a desilusionarse de sus propias fuerzas, hasta llegar a llorar amarga y desesperadamente, el Señor lo llamó dos veces por su viejo nombre: “Simón, Simón… Yo he rogado por ti, que tu fe no falte; y tú, una vez vuelto, confirma a tus hermanos”.

 

En el fondo, la vocación de Pedro era doble: Primero, el Señor lo llamó junto al lago de Genesaret para que le siga. Me gustaría llamar esto un “discipulado exterior”.

Leemos en Lucas 5:10-11: «Jesús dijo a Simón: No temas; desde ahora serás pescador de hombres. Y cuando trajeron a tierra las barcas, dejándolo todo, le siguieron».

 

Pedro seguía al Señor, pero tenía que aprender mucho todavía. Siempre quiso estar lo más cerca posible del Señor; incluso se atrevió a ir a Su encuentro caminando sobre el agua del lago de Genesaret.

Pero cuando Jesús fue arrestado en aquella noche, leemos que Pedro le seguía «de lejos». Había manifestado que quería ir con el Señor a la cárcel y a la muerte; pero en esa misma noche juró delante de muchos testigos que no lo conocía.

 

Más tarde, a orillas del mismo lago de Genesaret donde el Señor Jesús había llamado a Pedro la primera vez, lo llamaría una vez más, al revelarse por tercera vez a sus discípulos como el Resucitado, y le diría a Pedro las palabras de Juan 21:18-19: «De cierto, de cierto te digo: Cuando eras más joven, te ceñías, e ibas a donde querías; mas cuando ya seas viejo, extenderás tus manos, y te ceñirá otro, y te llevará a donde no quieras. Esto dijo, dando a entender con qué muerte había de glorificar a Dios. Y dicho esto, añadió: Sígueme».

 

Este “sígueme” fue un llamado al discipulado interior. ¿Qué quiero decir con «discipulado interior»? Significa aplicar y vivir los dos aspectos de la muerte de Cristo en la cruz; no solamente: «Cristo murió por mí» (Romanos 5:6), sino también: «yo he muerto con Cristo» (Romanos 6:5). Significa llevar una vida de identificación con Cristo en Su muerte, para que se manifieste también Su vida en y a través de nosotros.

 

 

Llegamos al final de este estudio. Nos queda ver una persona más en la Biblia que fue llamada dos veces por nombre, y esta persona fue Saulo, más conocido como Pablo. Su extraordinaria conversión en virtud del doble llamado del Señor tuvo consecuencias poderosas y de gran bendición para la fundación de la Iglesia de Jesús.

 

Pablo testificó acerca del gran privilegio que le fue concedido: el de dar a conocer el maravilloso hecho de que los gentiles serían copartícipes de la promesa en Cristo Jesús por medio del Evangelio.

 

Antes de su conversión, Saulo había sido un acérrimo enemigo del Evangelio. Yendo él con sus compañeros en camino a Damasco para perseguir sangrientamente a los creyentes en Cristo allí y matarlos, ocurrió de repente un cambio radical. «…Repentinamente le rodeó un resplandor de luz del cielo; y cayendo en tierra, oyó una voz que le decía: Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues? El dijo: ¿Quién eres, Señor? Y le dijo: Yo soy Jesús, a quien tú persigues; dura cosa te es dar coces contra el aguijón. El, temblando y temeroso, dijo: Señor, ¿qué quieres que yo haga? Y el Señor le dijo: Levántate y entra en la ciudad, y se te dirá lo que debes hacer».

 

Su conversión, constituye un claro paralelo con la repentina conversión de toda la nación de Israel en el futuro, de la cual nos habla el mismo apóstol en Romanos 11. Dios no ha desechado a su pueblo, sino que aún cumplirá su propósito y sus promesas en ese pueblo. Pablo mismo se considera una prueba de eso. Escribe en el primer versículo de Romanos 11: «Digo, pues: ¿Ha desechado Dios a su pueblo? En ninguna manera. Porque también yo soy israelita, de la descendencia de Abraham, de la tribu de Benjamín. No ha desechado Dios a su pueblo, al cual desde antes conoció».

 

Con esto quiere decir: Así como Dios me salvó a mí, también salvará al remanente futuro de Israel, como leemos en Romanos 11:26: «…y luego todo Israel será salvo, como está escrito: Vendrá de Sion el Libertador, que apartará de Jacob la impiedad».

 

El llamado de Dios había producido en él el mismo sentir que hubo en Cristo Jesús. Este sentir se palpa cuando uno lee las palabras de Romanos 9: «Verdad digo en Cristo, no miento, y mi conciencia me da testimonio en el Espíritu Santo, que tengo gran tristeza y continuo dolor en mi corazón. Porque deseara yo mismo ser anatema, separado de Cristo, por amor a mis hermanos, los que son mis parientes según la carne; que son israelitas, de los cuales son la adopción, la gloria, el pacto, la promulgación de la ley, el culto y las promesas; de quienes son los patriarcas, y de los cuales, según la carne, vino Cristo, el cual es Dios sobre todas las cosas, bendito por los siglos. Amén».

 

Así como el llamado del Señor: «Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues?» redundó en la salvación de Pablo, también Israel un día se convertirá.

Así como Dios mostró Su voluntad de salvar al mundo entero cuando llamó dos veces a Abraham, así el Señor muestra, en el llamado de Pablo, su voluntad de salvar a todo Israel.

 

Ahora mi pregunta a ti, querido amigo oyente, es la siguiente: ¿Has escuchado el llamado de Dios en tu vida? ¿Sigues a Cristo de lejos o ya has cambiado de ser un discípulo sólo exterior para serlo también en lo interior?  ¡Que así sea! Amén.

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