Una Pequeña Ciudad en Judá y el Reino Venidero (3ª parte)

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Una Pequeña Ciudad en Judá
y el Reino Venidero
 
(3ª parte)

Autor: Marcel Malgo

  En el momento en que Jesús vio la luz del mundo en Belén, la “casa del pan”, Él se convirtió en el cumplimiento literal de ese nombre. Miqueas 4 y 5 nos habla de esta pequeña ciudad en Judá que cambió drásticamente al mundo, y de lo que Cristo, el Rey de Israel, hará a favor de Su pueblo durante los mil años de su reinado.


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PE2004 – Estudio Bíblico
Una Pequeña Ciudad en Judá y el Reino Venidero
(3ª parte)



¡Qué tal, amigos! Como ya se dijo, comenzamos a hablar hoy de: El reino venidero. El rey que vio la luz del mundo, aquella vez, en la pequeña ciudad de Belén (mencionado en Mi. 5:2), volverá y gobernará esta tierra, tal como fue prometido en Miqueas caps. 4 y 5. El profeta explica en el capítulo 4:1 al 4 que:“Acontecerá en los postreros tiempos que el monte de la casa de Jehová será establecido por cabecera de montes, y más alto que los collados, y correrán a él los pueblos. Vendrán muchas naciones, y dirán: Venid, y subamos al monte de Jehová, y a la casa del Dios de Jacob; y nos enseñará en sus caminos, y andaremos por sus veredas; porque de Sion saldrá la ley, y de Jerusalén la palabra de Jehová. Y él juzgará entre muchos pueblos, y corregirá a naciones poderosas hasta muy lejos; y martillarán sus espadas para azadones, y sus lanzas para hoces; no alzará espada nación contra nación, ni se ensayarán más para la guerra. Y se sentará cada uno debajo de su vid y debajo de su higuera, y no habrá quien los amedrente; porque la boca de Jehová de los ejércitos lo ha hablado.”

Miqueas 4:1 al 3 es casi idéntico a Isaías 2:2 al 4. Eso significa que los dos profetas habían recibido el mismo mensaje a través de la inspiración divina. Puede haber algunas pocas diferencias en la selección de las palabras, pero tratan de lo mismo: ¡del reino venidero!

Los lectores de la Biblia para quienes la Palabra de Dios es su alimento diario, se alegran al encontrar dos textos proféticos tan idénticos. Para ellos, esto no es otra cosa sino una prueba infalible de la inspiración divina de las Sagradas Escrituras. No sucede así con los críticos de la Biblia. Ellos dicen: “Lo que pasa es que uno copió al otro. Después de todo, Miqueas e Isaías fueron contemporáneos. Deben haberse puesto de acuerdo, o haberse copiado los textos.” Una suposición de este tipo excluye el milagro de la inspiración.

Las Sagradas Escrituras nos muestran que si el Señor dice algo dos, o incluso tres veces, eso significa: Este mensaje no sólo es importante, sino sumamente importante, y es un asunto firmemente decidido por Dios. Esto también lo vemos en la historia de la vida de José. Cuando él estuvo en la prisión, el soberano egipcio soñó con siete años de abundancia y siete años de pobreza. Lo interesante es que el faraón tuvo ese sueño dos veces. Una vez vio como siete vacas flacas consumían a siete vacas gordas, y la próxima vez vio a siete espigas vacías consumir a siete espigas llenas. El mensaje de los dos sueños era el mismo. Eso es lo que José, a quien habían traído de la prisión para interpretar los sueños, le pudo decir al faraón. Además, leemos en Gn. 41:32 que José le explicó:“Y el suceder el sueño a Faraón dos veces, significa que la cosa es firme de parte de Dios, y que Dios se apresura a hacerla”.

De modo que Dios envió el mensaje dos veces al faraón, porque era enormemente importante e irrevocable. Lo mismo sucede con la profecía sobre el reino venidero. Dicha profecía es tan imponente, tan irrefutable y tan firmemente decidida, que Dios la hizo proclamar, no solo por un profeta sino – casi literalmente – por dos profetas.

Como veremos: De Sión saldrá la ley. Una de las particularidades del reino de mil años, será que Jerusalén se convertirá en el centro ético-moral y religioso de la tierra (así leemos en Mi. 4:2). En el reino de mil años ya no habrá más antisemitismo, sino todo lo contrario, las naciones se guiarán totalmente por Jerusalén. Actualmente nos cuesta imaginarnos eso, porque Israel sigue siendo acorralado y tiene que tragarse una recriminación tras otra. Pero, ¡vendrá el día en que todo eso será diferente! Cuando el reino del Mesías esté establecido, Jerusalén será una ciudad majestuosa de honor y triunfo. Los pueblos y las naciones vendrán a ella por cantidades. Pero, ahora es completamente al revés: Jerusalén está rodeada de odio, hostilidad y aflicciones. Las naciones se apartan más y más de Jerusalén, el centro de Israel, y esta ciudad, hoy más que nunca, es el chivo expiatorio del mundo.

¿Qué exige eso de nosotros como cristianos del nuevo pacto? ¿Qué podemos hacer nosotros por Jerusalén, cuando todavía no se puede ver nada de lo que esa ciudad será en el reino de mil años? La respuesta es: intercesión. Dios el Señor quiere que oremos por Israel, tal como lo dice en Ezequiel 22:30:“Y busqué entre ellos hombre que hiciese vallado y que se pusiese en la brecha delante de mí, a favor de la tierra…”  Y en Isaías 59:16, incluso, vemos que el Señor se sorprende por no encontrar intercesores:“Y vio que no había hombre, y se maravilló que no hubiera quien se interpusiese; y lo salvó su brazo, y le afirmó su misma justicia.”

Deberíamos interceder en oración por Israel, especialmente por Jerusalén, la ciudad del gran Rey, como Jesucristo la llamó (en Mt. 5:35). Pero, ¿cómo oraremos? En Romanos 10:1, leemos como el apóstol Pablo ora por Israel. Con fervor dice:“Hermanos, ciertamente el anhelo de mi corazón, y mi oración a Dios por Israel, es para salvación.”La oración ferviente por la salvación de muchas personas judías, es la oración más importante por Israel. Cuando hay personas que se convierten a Jesucristo en Israel, ya se siente algo del aliento del reino de mil años. Ese reino se destaca de otros por su paz y su seguridad. ¡Cuando un judío ahora encuentra a Jesús, tiene paz, tiene seguridad!

También en Salmos 122:6 encontramos un ejemplo de oración:“Pedid por la paz de Jerusalén; sean prosperados los que te aman.”Algunos creen que deberíamos pedir por la paz política de Jerusalén. Si bien ésa es una buena idea, sabemos que, en definitiva, todo tiene que suceder según el plan de Dios, tal como lo anuncia la Palabra profética. Cuando oramos por paz para el pueblo de Israel, deberíamos pensar especialmente en la paz del corazón, en la paz que sólo Jesucristo puede dar. Porque, cuanto más judíos alcancen hoy la paz, tanto más aliento del cielo, o sea aliento del reino de mil años, soplará a través de Israel ya ahora.

 

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