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Preguntas incómodas y bochornosas
(3ª parte)

Autor: Wolfgang Bühne

Isaías no era un hombre que necesitaba una introducción fervorosa hasta llegar al punto que deseaba tocar. Todos los profetas de Dios eran muy directos.
Muy conciso y con pocas palabras inequívocas le planteó tres preguntas al rey, para que la luz de Dios pudiera llegar a su conciencia.

 


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PE2082 – Estudio Bíblico
Preguntas incómodas y bochornosas (3ª parte)



Estimados amigos, Isaías no pisó la casa del rey hasta que los enviados, tras ser informados de todo, habían emprendido el viaje de regreso a Babilonia, para dar aviso a sus jefes y empezar con los planes para saquear los tesoros de Jerusalén.

Pero, antes de comentar el juicio de Dios sobre la prosperidad de Ezequías, tenemos que plantearnos nosotros mismos la pregunta acerca de qué impresiones se llevan nuestros prójimos incrédulos cuando están de visita en nuestra casa.

¿Dan testimonio nuestras casas y viviendas de que nuestro hogar no está aquí, sino en el cielo?
¿Pueden apreciar que nos interesan poco los valores materiales, siendo el reino de Dios nuestro interés principal?
¿Se darán cuenta de que los “dioses” de este mundo no tienen ningún lugar ni aprecio en nuestra vida?
¿Pueden ver en nuestro porte y en nuestro estilo de vida que Jesucristo es el sentido de nuestra vida y nuestro gozo verdadero?

Aquí sería necesario mencionar el conmovedor y afrentoso artículo de William MacDonald, titulado: “Cuando Jesús entró en mi casa…”. En ese artículo describe los pensamientos incómodos que le vinieron, cuando se imaginó lo que ocurriría si Jesús viniera, sin aviso previo, a su casa y él tuviera que pasearlo por todas las habitaciones, una por una…

El rey tuvo que escuchar: Una sentencia demoledora…

“Oye palabra de Jehová.” Con estas palabras Isaías sella, en el nombre de Dios, la sentencia sobre las riquezas de Ezequías y el futuro de Judá: todo lo que Ezequías había enseñado a los enviados de Babilonia, todas las riquezas y también sus descendientes serían llevados a Babilonia: “… sin quedar nada, dijo Jehová” (2 Re. 20:17).

¡Qué jarro de agua fría para Ezequías, que con estas claras palabras del profeta despertó de todos sus sueños y bajó de esas alturas otra vez hasta poner sus pies en el suelo de la realidad.

Hay un himno de E.E. Hewit que dice así en el coro:

“Haz que lo que para ti sea pequeño, lo sea también para mí; y lo que tú consideres grande, que también lo sea para mí. Haz que yo te siga, Señor, a ti solamente. Líbrame de mi propia mente, de mí mismo, para que pueda ser un instrumento útil en tus manos.”

Puede haber experiencias en nuestra existencia en las que Dios, en pocos momentos, cambie por completo los valores que tanto apreciamos, enseñándonos a evaluar los contenidos y las metas de nuestra vida a la luz de la eternidad. Muchas veces Dios tiene que tomar medidas dolorosas – al igual que lo hizo en la vida de Ezequías – para que demos la importancia debida a las cosas eternas y para que aprendamos por propia experiencia que, como dice 1 Jn. 2:17: “… el mundo pasa, y sus deseos; pero el que hace la voluntad de Dios permanece para siempre”.

En una calcomanía en un coche leí esta cínica frase: “El que muera con más juguetes ha ganado” (Neil Postman). Estas pocas palabras ponen de relieve el verdadero valor de nuestros pasatiempos, propiedades inmobiliarias y nuestros billetes de banco. De manera positiva, Randy Alcorn lo formuló así: “La mejor y mayor herencia que podemos dejar a nuestros hijos es un sistema de valores enfocado hacia la eternidad.”

Jorge Müller (quien vivió entre 1805 y 1898), el conocido padre de los huérfanos de Bristol, recibió como regalo un reloj de oro con cadena, en mayo de 1842. Con el reloj, venía una carta memorable: “Un peregrino no necesita un reloj como éste para ser feliz. Uno más sencillo será suficiente para mostrarle lo rápidamente que pasa el tiempo y lo veloz que marcha rumbo a Canaán, donde no habrá más tiempo; así que haga usted con el reloj lo que mejor le parezca. Es la última reliquia de la vanidad terrenal; ojalá me guarde Dios de toda idolatría mientras esté aún en el cuerpo.”

“Reliquias de la vanidad terrenal” – ¿no es esto una descripción acertada y original de las muchas bellas cosas que a fin de cuentas no necesitamos, y que son un estorbo en el discipulado y nos hacen difícil el morir?

En la vida de Ezequías llegó el momento de la: Humillación

En 2 Cr. 32:26 “Pero Ezequías, después de haberse enaltecido su corazón, se humilló, él y los moradores de Jerusalén; y no vino sobre ellos la ira de Jehová en los días de Ezequías”.

Estas pocas palabras de 2 Crónicas parecen indicar que la humillación de Ezequías fue una reacción al anuncio de juicio que Dios le hizo. Esto encajaría bien con las palabras de 2 Reyes 20:19, donde leemos las últimas palabras de Ezequías: “Entonces Ezequías dijo a Isaías: La palabra de Jehová que has hablado, es buena. Después dijo: Habrá al menos paz y seguridad en mis días”.

Podría darnos la impresión de que estas últimas palabras de Ezequías suenan muy egoístas, es como si dijera: “La cosa no es tan grave – lo importante es que el juicio no caiga sobre mí, sino sobre mis descendientes.”

Pero también podría ser que las palabras anteriores (“La palabra de Jehová que has hablado, es buena”) impliquen la humillación del rey y su sometimiento al juicio de Dios. No leemos que se hubiese justificado o que protestara, tampoco vemos que intentara quitarle peso a su pecado.
Como quiera que interpretemos las últimas palabras de Exequias, la conclusión es: nosotros debemos mostrar sinceridad y dejar aquellas cosas en las que nos apoyamos, cuando la Palabra de Dios revela pecado en nuestra vida.

Quizás fue ésta también la actitud de Elí, cuando el joven Samuel le tuvo que anunciar el juicio sobre él y sobre su casa. Leemos en 1 Sam. 3:18, que él respondió:
“Jehová es; haga lo que bien le pareciere”.

Humillarse bajo el juicio de Dios y reconocer Su soberanía absoluta – ésa debería ser nuestra reacción ante la “buena palabra del Señor” – aun cuando ponga de manifiesto nuestro fracaso y nuestro pecado.

En la vida del rey, finalmente, llegó el fin del avivamiento

Lamentablemente, las últimas noticias sobre la vida de Ezequías muestran que no continuó con ese asombroso avivamiento tan alentador, que Dios pudo obrar por medio de él en Judá.

A pesar de que se humilló y se arrepintió, se terminó una época de bendición que comenzó a través de él en sus años jóvenes. Es así que vemos dos cosas en la vida de Ezequías: la soberanía de Dios y la responsabilidad del hombre.

Recordemos la oración de Spurgeon:
“¡Guárdame en la juventud, cuando las pasiones son fuertes!
¡Guárdame en la vejez cuando me creo ser muy sabio, siendo un necio mayor que los mismos jóvenes!

Que Dios nos conceda que nuestros últimos días y horas sobre la tierra, sean el broche de oro que cierre una vida de bendición.

En el entierro del pastor Wilhelm Busch, Paul Deitenbeck, en nombre de todos los presentes conmovidos, pudo citar el siguiente versículo de la Biblia, de Filemón 7, ligeramente modificado: “Tuvimos gran gozo y consolación en tu amor, porque por ti, oh hermano, han sido confortados los corazones de los santos”.

Este último adiós, ¿sería también el apropiado para nuestra vida? ¿O causaría más bien apuro y perplejidad, de forma que las personas en duelo en vez de usar el pañuelo para limpiarse las lágrimas, preferirían mejor morderlo?

Pero, la historia de la vida de Ezequías no concluye con su fracaso y su humillación. El libro de Crónicas enfatiza, al final, el vacío que Ezequías dejó en su pueblo. Así leemos en 2 Cr. 32:33: “Y durmió Ezequías con sus padres, y lo sepultaron en el lugar más prominente de los sepulcros de los hijos de David, honrándole en su muerte todo Judá y toda Jerusalén…”

Pero, más importante y de más peso que todas las expresiones de honor de los habitantes de Judá y Jerusalén ante la tumba del rey fallecido, es el testimonio de Dios, que por Su gracia, omite “sus momentos débiles”, y que leemos en 2 Reyes 18:5 y 6: “En Jehová Dios de Israel puso su esperanza: después ni antes de él no hubo otro como él en todos los reyes de Judá. Porque se llegó a Jehová, y no se apartó de él, sino que guardó los mandamientos que Jehová prescribió a Moisés”.

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