La situación del mundo antes de la segunda venida de Jesús 2/5

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Titulo: “La situación del mundo antes de la segunda venida de Jesús” 2/5
  

Autor: NorbertLieth 
Nº: PE1165

En este programa  son tratadas algunas situaciones o acontecimientos que realmente estremecen el corazón. Pero que también nos dan la señal de que el regreso de El Redentor está cercano.


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«La situación del mundo antes de la segunda venida de Jesús» 2/5

¡Hola querido amigo!

Tiene noción usted de que en la Iglesia universal de Jesús hay personas que se mueven entre los creyentes pero que aún no son salvas? Esto, nos llena de espanto.

Querido amigo, querida amiga, ¿aún no trae puesto su «vestido de boda»? ¿Todavía es usted uno de aquellos que no se han puesto su «vestidura de salvación» y su «manto de justicia»? como dice Isaías 61:10 Si es este su caso ¡vuélvase hoy mismo al Señor! Acepte al Señor Jesús como su Señor y Salvador. Si lo hace, él lo vestirá con «vestidura de salvación» y «manto de justicia». A partir de ese momento usted ya no andará sin «vestido de boda» dentro de la iglesia del Señor sino que realmente será parte de ella.

La persona que carece de «vestido de boda» también hace alusión a otro tipo de personas: aquellos quienes ya han experimentado un nuevo nacimiento pero que en la actualidad viven en algún tipo de pecado. ¿Es eso posible? Lamentablemente el número de estos cristianos dentro de la iglesia es más alto de lo que imaginamos.

Estos cristianos tratan de engañar al Espíritu de Dios y reducen su obrar al mínimo. Esto no significa que el Espíritu Santo los haya dejado, puesto que mora para siempre en cada creyente renacido (Juan 14:16-17), pero éste a su vez se ha retraído. Acerca de esto habla el apóstol en Efesios 4:30: «… no contristéis al Espíritu Santo de Dios…» y: «No apaguéis al Espíritu» (1 Tesalonicenses 5:19).

Si conocemos creyentes a quienes ya se les ha advertido seriamente en reiteradas ocasiones, y aún así no quieren dejar alguna costumbre pecaminosa, tengamos presente esto: «Más bien os escribí que no os juntéis con ninguno que, llamándose hermano, fuere fornicario, o avaro, o idólatra, o maldiciente, o borracho, o ladrón; con el tal ni aun comáis» 1 Corintios 5:11. En la mayoría de los casos, dentro de las iglesias no se reconoce a estos creyentes. Y así se asemejan a nuestro hombre de la parábola, el cual no traía «vestido de boda» y que estaba entre los demás invitados hasta que el rey lo desenmascaró.

Nosotros tampoco podemos reconocer siempre si entre nosotros hay personas que momentáneamente no están llevando una vida recta pues éstas también llevan el «manto de la justicia» y la «vestidura de la salvación». Hacia fuera tienen una apariencia cristiana, piadosa, pero en su interior el Espíritu de Dios está entristecido debido a que la persona no quiere soltar tal o cual pecado, de manera que el obrar del Espíritu Santo sólo está al «mínimo de revoluciones». Viven entre nosotros sin ser desenmascarados, pero viven en peligro, pues podrán engañarnos a nosotros pero no podrán engañar al «rey». Y este «rey» camina hoy día a través del «salón de fiestas» para poder ver «a los convidados».

Querido amigo, querida amiga, si en los próximos minutos viniera el Señor Jesús para arrebatar a su Iglesia, – y usted viviera en algún pecado, – ¿cómo quiere entonces entrar en su presencia? ¿Cree usted que le podría decir: «Señor, por favor, todavía tengo que poner algo en orden, en este momento no estoy en condiciones de presentarme delante de ti?» ¡Sería demasiado tarde para esto!

Ahora veamos, el creyente, los pecados no perdonados y sus repercusiones.

Estimado amigo, a pesar de no poder mencionar las repercusiones que han de tener los pecados no perdonados en el creyente cuando éste se presente ante el Señor Jesús, podemos, sin embargo, suponer con certeza, que su comportamiento ha de traer consecuencias. Piense en la declaración del Señor Jesús: «Porque nada hay oculto, que no haya de ser manifestado; ni escondido, que no haya de ser conocido, y de salir a luz. Mirad, pues, cómo oís; porque a todo el que tiene, se le dará; y a todo el que no tiene, aun lo que piensa tener se le quitará» (Lucas 8:17-18).

Las palabras: «…a todo el que tiene, se le dará» dan testimonio del galardón que obtendrán aquellos que de todo corazón atendieron la Palabra del Señor. Por eso él también nos exhorta: «Mirad, pues, cómo oís.»

Aquel que ande fielmente en los caminos del Señor, al que demuestre ser digno de la nueva vida y ha practicado una entrega incondicional, al tal aún se le dará más.

Pero también sucede lo contrario, al: «… que no tiene, aun lo que piensa tener se le quitará.» Aquí se hace alusión a aquellos creyentes que no viven conforme al supremo llamamiento en Cristo. Ellos «sufrirán daños». Ellos no prestaron real atención a las palabras del Señor y eso un día no «permanecerá oculto», sino que se «manifestará» o bien «llegará a la luz». Pablo nos exhorta a cada uno: «Pero tú, ¿por qué juzgas a tu hermano? O tú también, ¿por qué menosprecias a tu hermano? Porque todos compareceremos ante el tribunal de Cristo» (Romanos 14:10) (la traducción en alemán menciona todos nosotros compareceremos… Nota del traductor). Con este «nosotros» se refiere a todos los creyentes y a uno mismo. Algo similar escribe en la Segunda Carta a los Corintios: «Porque es necesario que todos nosotros comparezcamos ante el tribunal de Cristo, para que cada uno reciba según lo que haya hecho mientras estaba en el cuerpo, sea bueno o sea malo» (2 Corintios 5:10). Llegará el día de dar cuentas, en el cual nosotros los creyentes, quienes por la Palabra de Dios hemos vuelto a nacer

(1 Pedro 1:23) debamos presentar nuestro «balance». Entonces se manifestará cómo ha sido nuestra vida después de nuestra conversión a los ojos de Dios, y qué es lo que hemos hecho con el regalo de la justicia de Cristo Jesús. Todo afán de querer poner todo en orden a último momento será inútil: O recibiremos galardón o sufriremos pérdidas.

Pero prestemos atención a la meta final de Dios para la iglesia de Cristo

En estos días finales el «rey» está ocupado más que nunca en ver si algún invitado aún «no está vestido de boda». Examina su Iglesia, la futura esposa de Su Hijo, para constatar si no hay alguna mancha o arruga. Pablo sabía que podía haber estas cosas en la Iglesia cuando, con corazón apesadumbrado, escribió: «Porque os celo con celo de Dios; pues os he desposado con un solo esposo, para presentaros como una virgen pura a Cristo. Pero temo que como la serpiente con su astucia engañó a Eva, vuestros sentidos sean de alguna manera extraviados de la sincera fidelidad a Cristo».

La meta final de Dios para con la Iglesia de Cristo es tan distinta, pues ¿para qué murió Cristo? La respuesta es la siguiente: «… Cristo amó a la iglesia, y se entregó a sí mismo por ella, para santificarla, habiéndola purificado en el lavamiento del agua por la palabra, a fin de presentársela a sí mismo, una iglesia gloriosa, que no tuviese mancha ni arruga ni cosa semejante, sino que fuese santa y sin mancha». Este es nuestro supremo llamamiento en Cristo, y es por eso que hoy, más que nunca, «el rey entra para ver a los convidados», constatando que no hubiera alguno que no viviera conforme a este supremo llamamiento.

¡Ay de los cristianos nominales y de los renacidos que viven en pecado!

La persona que no está «vestida de boda» sin embargo también representa a los cristianos nominales. Si estos no están dispuestos a convertirse de todo corazón para ellos llegará el día en que sea demasiado tarde. El «rey» le dirá individualmente a cada uno de sus siervos: «Atadle de pies y manos, y echadle en las tinieblas de afuera; allí será el lloro y el crujir de dientes».

Estas personas básicamente estaban «llamadas» a participar del banquete de bodas del hijo de rey. Pero en definitiva no formaban parte de los «escogidos» porque en ellos nunca hubo una conversión verdadera.

Querido amigo, entonces ¿Qué pasa con usted? Es usted una persona renovada totalmente… o simple mente es aquel a quien le echaron en las tinieblas por no estar vestido de bodas?

Quisiera que pensara en esto hasta nuestra próxima audición donde nos encontraremos Dios mediante.

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