El tribunal de Cristo / Un tribunal de recompensas (2ª Parte)

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El tribunal de Cristo – Un tribunal de recompensas 
(2ª parte)

Autor: Thomas Lieth

    2ª Co. 5:10 nos habla de un futuro tribunal ante el cual un día todos los hijos de Dios debemos comparecer. Pero, ¿de qué se trata este tribunal de recompensas? ¿Cómo debemos imaginarlo?


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PE1866 – Estudio Bíblico
El tribunal de Cristo – Un tribunal de recompensas (2ª Parte)



Amigos, es un gusto estar nuevamente junto a ustedes. Dijimos que el tema se basa en 2 Corintios 5:10, donde leemos:

Porque es necesario que todos nosotros comparezcamos ante el tribunal de Cristo, para que cada uno reciba según lo que haya hecho mientras estaba en el cuerpo, sea bueno o sea malo”.

Hemos dicho que: Nuestra culpa ha sido expiada una vez y para siempre, el acta de culpa no ha sido simplemente puesta a un lado, sino que ha sido destruida. ¡Eso es perdón completo! De modo que este tribunal de recompensas se trata de nuestras obras y, entonces, surge la pregunta: ¿Cómo hemos administrado los dones que nos han sido confiados? ¿Qué frutos hemos cosechado como siervos de Dios, o qué semilla hemos sembrado? Esas cosas serán reveladas en dicho tribunal, y según eso recibiremos nuestro galardón.“Ahora bien, se requiere de los administradores, que cada uno sea hallado fiel”(nos dice 1 Co. 4:2). Dios espera nuestra sincera fidelidad – no más, pero tampoco menos. El Señor conoce nuestro corazón, a Él no le podemos mentir en nada. ¡Con qué facilidad decimos: “Todo para el Señor, todo para la gloria de Dios”, mientras que nuestro corazón habla un lenguaje diferente!

En el tribunal de recompensas se evaluará nuestra sincera fidelidad, si hemos puesto nuestros dones a disposición del Señor con corazones sinceros.

Entre nosotros, los cristianos, hay muchas capacidades que están enterradas, sin ser aprovechadas, porque nos hemos vuelto apáticos y, a veces, ya no tenemos ánimo para servir. Y así los cristianos dormitan juntamente con sus dones, de tal modo que no es suficiente hablar de hibernación, debemos referirnos a un cansancio que abarca las cuatro estaciones del año.

Imaginémonos ahora que cada hijo de Dios pusiera sus dones total y completamente al servicio del Señor. ¡Qué concentración de poder divino existiría aquí en la tierra! En lugar de eso, las iglesias se arrancan los ojos las unas a las otras. Siempre se pone énfasis en lo que separa y se malgasta tiempo y fuerza en combates inútiles, en lugar de poner, juntos, al Señor Jesús en el centro de toda actividad.

En 1 Corintios 3:11 al 15 dice:“Porque nadie puede poner otro fundamento que el que está puesto, el cual es Jesucristo. Y si sobre este fundamento alguno edificare oro, plata, piedras preciosas, madera, heno, hojarasca, la obra de cada uno se hará manifiesta; porque el día la declarará, pues por el fuego será revelada; y la obra de cada uno cuál sea, el fuego la probará. Si permaneciere la obra de alguno que sobreedificó, recibirá recompensa. Si la obra de alguno se quemare, él sufrirá pérdida, si bien él mismo será salvo, aunque así como por fuego.”

El fundamento de los cristianos es Jesucristo. Ese fundamento ha sido puesto por la misericordia de Dios. Es un regalo. Comparemos esto con una casa. El fundamento está preestablecido y es el mismo para todos los cristianos.

Cada cristiano, por su lado, comienza a levantar una casita sobre ese fundamento. Esas son nuestras obras. Y, ahora, se plantea la pregunta emocionante: ¿Resistirá la casa las pruebas? ¿Tormenta, granizo o incluso fuego? Aquel, cuya obra fue edificada sobre el fundamento de Cristo permanecerá, recibirá un galardón ante el tribunal de recompensas:“Si permaneciere la obra de alguno que sobreedificó, recibirá recompensa”(nos dice el v. 14; y también podemos comparar 2 Ti. 4:8). Aquel, sin embargo, cuya obra se queme, sufrirá daño o pérdida (como leemos en el v. 15). El fundamento mismo, sin embargo, no será dañado. Es decir, el cristiano correspondiente no perderá la salvación que se apoya en ese fundamento:“Si bien él mismo será salvo, aunque así como por fuego”(leemos en el v. 15). Recordemos el ejemplo del otorgamiento del Oscar.

La invitación es válida, irrevocable, uno participa en la ceremonia, incluso ha sido nominado para un Oscar, pero luego no lo recibe. Pero, no por eso uno es abucheado ni expulsado del salón. En una comparación de este tipo, por supuesto, debemos cuidar de no pensar en forma demasiado humana. En todas estas cosas que tienen que ver con el futuro, debemos tener en claro que tocamos un área que sobrepasa nuestra capacidad de imaginación, y que llevará todo nuestro razonamiento lógico al absurdo. Hablando humanamente, algunos podrían pensar: “Y bien, estar presente tampoco está mal, mejor que no ser invitado, ¿por qué aspirar también a un Oscar? ¡Lo más importante es ser salvo!” Otros, al contrario, pensarán: “¡Qué terrible sería estar ante el tribunal de recompensas, ver el premio que yo podría haber alcanzado y luego lo poco que recibí en verdad!” No sé como será realmente estar ante el tribunal de Cristo. Pero deberíamos ser conscientes de que el tribunal de recompensas no es un castigo, sino una recompensa. Y al mismo tiempo deberíamos pensar en lo vergonzoso que sería ver que hemos entristecido al Señor.“Y ahora, hijitos, permaneced en él, para que cuando se manifieste, tengamos confianza, para que en su venida no nos alejemos de él avergonzados”(nos dice 1 Jn. 2:28).

Y alguien dijo: “Quien exagera el aspecto triste del tribunal de recompensas, convierte el cielo en un infierno. Quien, al contrario, desatiende el aspecto triste de ese tribunal, subestima el significado de la fidelidad.”

¿Cómo podemos hacer para recibir un galardón en el tribunal de recompensas? Ya los apóstoles han considerado el asunto de quién entre ellos sería el mayor, y quien tendría el derecho de sentarse a la derecha y a la izquierda del Señor (así leemos en Mt. 20:20 y ss; y en Mr. 9:33 y ss). El ser humano es y sigue siendo un ser egoísta y desconsiderado. Esto no sólo lo vemos en los discípulos, sino sobre todo en nosotros mismos.

Lo que a menudo decimos: “Todo para la gloria de Dios”, es usado más bien como una retórica piadosa. Mayormente no estamos preocupados por que el nombre de Dios sea glorificado, sino por nuestro propio reconocimiento, elogio, honor y premio. De ahí que nuestro temor de la gente sea más grande que nuestro temor de Dios.

Después de todo, ¿por qué queremos ir al cielo? Unos quieren ir al cielo para no tener que ir al infierno. Otros quieren ir al cielo porque creen que allí volverán a encontrarse con sus padres fallecidos. Otros quieren ir al cielo para ir a buscar su “Oscar”, su recompensa. Y cada uno de esos tres motivos es sumamente desconsiderado. ¿Habrá alguien que tenga la gloriosa idea de decir: “Quiero ir al cielo para servir a mi gran Dios y Salvador. Quiero ir al cielo para darle las gracias.”? Puede que el mayor premio para nosotros sea el ser salvos, tener vida eterna y poder ver a Dios cara a cara. Todo eso ya nos ha sido prometido a través de la fe en el Hijo de Dios resucitado, y nadie nos lo puede quitar. Estaremos presentes en la “entrega de Oscares”, y nuestra “entrada” será la sangre derramada del Señor Jesucristo. Y la recompensa, de la cual trata el así-llamado tribunal de recompensas, es simbolizada en la Biblia con coronas de vencedor (como vemos en Stg. 1:12; 1 P. 5:4; y Ap. 3:11).

 “¿No sabéis que los que corren en el estadio, todos a la verdad corren, pero uno solo se lleva el premio? Corred de tal manera que lo obtengáis. Todo aquel que lucha, de todo se abstiene; ellos, a la verdad, para recibir una corona corruptible, pero nosotros, una incorruptible. Así que, yo de esta manera corro, no como a la ventura; de esta manera peleo, no como quien golpea el aire, sino que golpeo mi cuerpo, y lo pongo en servidumbre, no sea que habiendo sido heraldo para otros, yo mismo venga a ser eliminado”(esto se nos dice en 1 Co. 9:24 al 27).

Así como en una competencia, también nosotros en nuestra vida deberíamos dedicar toda nuestra fuerza al Señor. No por la paga de un ser humano o para el elogio personal nuestro, ya que esos serían premios pasajeros. No, sino que nuestra lucha trata de laureles imperecederos. Y por ello, realmente vale la pena estar bien preparados y altamente motivados para dedicar todos los dones al servicio del Señor y realizar correctamente la tarea que se nos ha encomendado. Aquí en la tierra, lo que importa es la disposición para el servicio. Y esa disposición no quedará sin recompensa, como el Señor Jesús les dijo a Sus discípulos, en Mr. 10:43:“Pero no será así entre vosotros, sino que el que quiera hacerse grande entre vosotros será vuestro servidor”.

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