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Título:  Confianza frente a los grandes desafíos

Autor: Marcel Malgo  NºPE1431

¡Vivimos en un tiempo turbulento! Amenazas de guerra, criminalidad creciente, altas tasas de desempleo y otras dificultades caracterizan nuestros días. Muchos son afligidos por problemas personales, como enfermedad, soledad, culpa, etc. El autor de este mensaje analiza algunas de esas dificultades, y sin menospreciarlas nos anima a confiar de manera total y completa en el Dios Todopoderoso.


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¿Cómo están amigos? “Confianza frente a los Grandes Desafíos”, es el tema que hoy nos ocupa. Y vamos a comenzar leyendo en el Salmo 18:29. Dice así: «Contigo desbarataré ejércitos, y con mi Dios asaltaré muros».

Los desafíos son situaciones que nos posicionan delante de difíciles exigencias y que requieren de nosotros la máxima atención y esfuerzo. Los capítulos 3 y 4 del libro de Ester serán de ayuda para tratar este tema, dado que la reina Ester se encontró delante de un gran desafío, el cual parecía difícil de superar. Nosotros, como hijos de Dios -que también enfrentamos desafíos- podemos aprender de esta historia, sin dejar de aceptar y buscar el aliento e incentivo que nos da Dios, para – que llenos de fe y de confianza – podamos vencerlos.

Para comenzar, quisiera mencionar algo genérico, pero muy importante, acerca del libro de Ester. El tema de este libro está referido a la gran liberación de los judíos de manos de Amán, quien tenía un profundo odio por ellos, y que había encontrado una «solución final» para el pueblo hebreo. Es importante notar que éste es el único libro de la Biblia en el que no se menciona el nombre de Dios. Por esa razón, no encontraremos dentro del libro de Ester la expresión «dijo el Señor…», ni en el Nuevo Testamento alguna alusión a este libro. ¿Cuál es la explicación? El relato del libro de Ester se encuadra en el período del reinado del rey Asuero, quien constituye la figura central de esa historia bíblica. Él reinó entre los años 485-465 A.C.; 51 años después del primer regreso de los judíos de Persia a Israel.

Ese primer regreso, bajo el liderazgo de Zorobabel, tuvo lugar allá por el año 536 A.C. De ahí, llegamos a la conclusión de que los que -51 años más tarde se encontraban bajo el dominio del rey Asuero en Persia- eran judíos, o descendientes de los que habían rehusado la posibilidad de participar en el primer regreso del exilio en Persia. Así lo quisieron, a pesar de que el rey de aquella época pregonó de manera concreta las palabras que leemos en Esdras cap. 1 vers. 2 y 3: «Así ha dicho Ciro rey de Persia: Jehová el Dios de los cielos me ha dado todos los reinos de la tierra, y me ha mandado que le edifique casa en Jerusalén, que está en Judá. Quien haya entre vosotros de su pueblo, sea Dios con él, y suba a Jerusalén que está en Judá, y edifique la casa de Jehová Dios de Israel, la cual está en Jerusalén». No se hizo ninguna selección previa entre los judíos que podían partir de Persia y los que no pero, a pesar de eso, muchos no quisieron regresar a su patria. ¿Cuál fue el motivo? La respuesta más razonable es que muchos de los judíos que vivían en Persia estaban perfectamente integrados en aquella sociedad, a su estilo de vida, y por eso, se sentían cómodos. Por tal razón, ya no sentían la necesidad de regresar a la tierra de sus antepasados. Pero, al mismo tiempo -e inevitablemente- los dioses e ídolos persas también se ganaron un lugar -cada vez más importante- en la vida de aquellos judíos, mientras que el Dios de Israel iba quedando en un segundo plano.

Por esta razón, podemos entender porqué el nombre del Señor no es mencionado ni una sola vez en el libro de Ester. A pesar de que el rey Ciro instó a los judíos a volver a Israel -en nombre de Dios- la respuesta que obtuvo fue muy escasa. De esta manera, muchos se rebelaron contra el Señor y contra Su decreto. Por lo tanto, no debe extrañarnos que en todos los eventos relatados en el libro de Ester -ocurridos exactamente 50 años después del primer retorno- el Señor haya quedado relegado a un segundo plano. Pues a decir verdad, en esa época ya no deberían haber existido judíos en Persia. El lugar de ellos estaba en la tierra prometida de Israel. No obstante, así se cumplió la palabra que el Señor dijo a Moisés en cierta ocasión, y que encontramos en Deuteronomio 31:18: «Pero ciertamente yo esconderé mi rostro en aquel día, por todo el mal que ellos habrán hecho, por haberse vuelto a dioses ajenos». Éste es el motivo, la razón, por la que negros nubarrones ensombrecen los acontecimientos en el libro de Ester. Tenemos la sensación que, en todos los sucesos narrados en este libro, el rostro del Señor está ausente.

Al detenernos a reflexionar en este punto, y desde esta perspectiva, podríamos esperar, con cierta razón, que el libro de Ester, en la mejor de las hipótesis, fuese una triste y larga historia, ya que Dios no está presente en ella. ¡Gracias al Señor esto no es así! Contrariamente, nos vemos enfrentados aquí con una nueva faceta de la multiforme e ilimitada gracia de Dios. ¡A pesar de que en el libro de Ester el rostro del Señor permanezca oculto -puesto que Su nombre no se menciona y Él no habla directamente- denotamos su fuerte y sobremanera bondadosa presencia! Los hechos históricos del libro de Ester lo confirman de forma ineludible. Nos encontramos con el muy emocionante relato bíblico de un hombre que estaba empeñado en eliminar a todos los judíos y, por otro lado, con un Dios grande y misericordioso que lleva al fracaso dicho ardid. Por eso, éste es el libro que nos habla de la sobreabundante e inmerecida gracia del Señor. En este sentido – y pensando en los acontecimientos del contexto de Ester- se cumple de manera maravillosa la enseñanza del Nuevo Testamento, registrada en 2 Timoteo 2:13, por boca del apóstol Pablo: «Si fuéremos infieles, él permanece fiel; él no puede negarse a sí mismo». El pueblo de Israel escuchó reiteradas veces el llamado para regresar a su Jerusalén, pero desestimó el mismo. Aun así, y a pesar de todo, el Señor no lo abandonó, sino que veló y cuidó para que Su pueblo no fuera exterminado por mano de Amán, el ideólogo de la «solución final» de aquellos tiempos. ¡Cuán amoroso y lleno de misericordia es nuestro Dios!

Centremos ahora nuestra atención en Amán, el enemigo de los judíos. Él era un descendiente del rey amalecita Agag, a quien el profeta Samuel matara con sus propias manos, en presencia del rey Saúl (según el relato de 1 Samuel 15:32 y 33). Posiblemente, Amán había recibido este odio hacia los judíos de sus antepasados, puesto que los amalecitas fueron siempre férreos enemigos de Israel. Amán no era un príncipe cualquiera dentro del reino de Asuero, todo lo contrario, asumió su alto rango por un decreto de la propia mano del rey, según lo leemos en Ester 3; vers. 1 y 2: «Después de estas cosas el rey Asuero engrandeció a Amán hijo de Hamedata agagueo, y lo honró, y puso su silla sobre todos los príncipes que estaban con él. Y todos los siervos del rey que estaban a la puerta del rey se arrodillaban y se inclinaban ante Amán, porque así lo había mandado el rey…». Pero, ¿qué motivos tuvo Amán para urdir un plan de exterminio en contra de los judíos? El motivo fue un simple hombre que no doblaba sus rodillas delante de él y que no le reverenciaba: el judío Mardoqueo. ¡El tío de la reina Ester, Mardoqueo, se atrevió a resistir al poderoso Amán! Por tal razón, atrajo la violenta ira y represalia del mismo. De un momento a otro, casi de repente, se hace manifiesto que este tal Amán siempre había odiado a los judíos. Cuando él supo que Mardoqueo era un israelita, aprovechó la situación y la utilizó como pretexto para exterminar, de una vez por todas, al pueblo hebreo.

Su intención no era solamente darle una lección a Mardoqueo, sino matar a todos los judíos allí existentes, como lo podemos ver en Ester 3:6: «Pero tuvo en poco poner mano en Mardoqueo solamente, pues ya le habían declarado cuál era el pueblo de Mardoqueo; y procuró Amán destruir a todos los judíos que había en el reino de Asuero, al pueblo de Mardoqueo». Amán, buscó alcanzar su objetivo enviando cartas -en nombre del rey Asuero- a todas las provincias del reino. En Ester 3, vers. 13, leemos: «Y fueron enviadas cartas por medio de correos a todas las provincias del rey, con la orden de destruir, matar y exterminar a todos los judíos, jóvenes y ancianos, niños y mujeres, en un mismo día, en el día trece del mes duodécimo, que es el mes de Adar, y de apoderarse de sus bienes». Dichas cartas provocaron terror y consternación, por lo cual también Mardoqueo cayó en profunda tristeza, como lo relata el cap. 4, vers. 1: “Luego que supo Mardoqueo todo lo que se había hecho, rasgó sus vestidos, se vistió de cilicio y de ceniza, y se fue por la ciudad clamando con grande y amargo clamor».

Pero, ¿cuál fue la reacción de la reina Ester -que era una mujer judía- ante la terrible amenaza de Amán? Esto lo vamos a ver en el próximo programa, porque se nos ha terminado el tiempo. Así que si quiere saber la respuesta, no deje de acompañarnos. ¡Hasta entonces y qué Dios le bendiga!

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