Tres asesinos de tu vida: Odio (1ª parte)
30 mayo, 2026Caso de Jonathan Correa
2 junio, 2026Autor: Norbert Lieth
Un mensaje profundo y esperanzador sobre el odio como uno de los grandes destructores de la vida. A través de ejemplos bíblicos y testimonios, muestra cómo solo el amor y el perdón, pueden sanar el corazón y conducir a una vida renovada.
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PE3215 – Tres asesinos de tu vida: Odio (2ª parte)
El odio
En nuestro programa pasado nos metimos en un tema muy serio, el del odio. Es el primero de tres asesinos de nuestras vidas que queremos estudiar en esta serie de seis programas.
El odio puede tomar muchas formas y manifestarse como ira, rencor, celos amargura etc. Ya hemos visto que afecta tanto el cuerpo, como el alma y el espíritu. Aunque la gente no puede ver lo que hay en nuestros corazones, el odio, a la larga, causa estragos en nosotros y en nuestro entorno.
Es imposible que nos liberemos a nosotros mismos del odio. Para esto necesitamos una profunda renovación de nuestras vidas. Y la buena noticia es que ¡esto es posible en Cristo! En su segunda carta a los corintios, el apóstol Pablo nos asegura que:
“…todo el que pertenece a Cristo se ha convertido en una persona nueva. La vida antigua ha pasado; ¡una nueva vida ha comenzado!”
Realmente, siento una profunda gratitud al saber que el Señor puso un punto final debajo de mi pasado y comenzó una obra nueva en mí a través del Espíritu Santo.
¿De dónde viene el odio?
Ya al principio de la Biblia, vemos el fruto devastador del odio en los primeros hombres, después de la caída en pecado de Adán y Eva. Su hijo Caín se convierte en el primer fratricidio de la historia, cuando asesina a su hermano Abel.
También presenciamos el odio en lo que, más tarde, sufre José de parte de sus hermanos, que lo maltratan y lo venden como esclavo a Egipto.
Y a lo largo de los siglos hemos observado también el odio de las naciones hacia Israel. Escuchamos en el Salmo 69 el clamor del pueblo judío por boca de David:
“Los que me odian sin motivo suman más que los cabellos de mi cabeza. Muchos enemigos tratan de destruirme con mentiras; me exigen que devuelva lo que no robé” (v. 4).
El Nuevo Testamento nos habla del odio que sentía la clase dirigente de Israel hacia su Mesías Jesús. Leemos en Lucas 19: “pero sus súbditos lo odiaban y enviaron una delegación tras él a decir: ‘No queremos que él sea nuestro rey’” (v.14). El mismo odio se manifestó contra los apóstoles y el primer mártir, Esteban, que fue cruelmente asesinado por su fe en Cristo.
Lo que todos estos odiadores tenían en común era una actitud autodestructiva que impedía toda comunicación y reconciliación, pues veían las cosas tan solo desde la perspectiva de su aversión. Toda su vida estaba determinada por ella.
Es muy cierto el dicho: “Es más fácil empezar una guerra que terminarla”. De hecho, el odio y los celos pueden convertirse en un estilo de vida. El evangelista Hans Peter Royer comentó:
“Siembras un pensamiento y cosechas una acción. Siembras una acción y cosechas un hábito. Siembras un hábito y cosechas un estilo de vida. Siembras un estilo de vida y cosechas un destino. Siempre empieza con el pensamiento y termina con el destino de nuestra vida”.
¿Cómo podemos superar el odio? – Ya lo hemos dicho: Es posible solamente a través de la regeneración del corazón. Mediante el gobierno de Jesús en nosotros se renueva nuestra manera de pensar y cambian nuestros sentimientos. Cuando experimentamos su perdón y nos llena su amor, y cuando su Espíritu encuentra espacio en nosotros, tenemos poder sobre el odio. Por eso el apóstol Pablo nos exhorta en Romanos 12:
“No imiten las conductas ni las costumbres de este mundo, más bien dejen que Dios los transforme en personas nuevas al cambiarles la manera de pensar. Entonces aprenderán a conocer la voluntad de Dios para ustedes, la cual es buena, agradable y perfecta” (v. 2).
Y en Proverbios 10:12 leemos: “El odio provoca peleas, pero el amor cubre todas las ofensas”.
El amor de Dios en Jesucristo es el único poder que puede transformar heridas, ira, desprecio, odio y sentimientos de venganza en perdón y bendición.
Pensemos en la historia de José. Él experimentó en carne propia el odio de sus hermanos, como leemos en Génesis 37: “Una noche José tuvo un sueño, y cuando se lo contó a sus hermanos, lo odiaron más que nunca” (v. 5). Urdieron un complot contra él, quisieron matarlo, lo despojaron de su manto, lo arrojaron a una cisterna y finalmente lo vendieron a los ismaelitas por poco dinero, enviándolo como esclavo a Egipto. También allí fue traicionado, negado, maltratado, encarcelado y olvidado. Más tarde, sin embargo, por obra de Dios, José ascendió políticamente hasta convertirse en el segundo hombre más importante después del faraón. Durante una larga hambruna, sus hermanos llegaron a Egipto en búsqueda de alimento. Tuvieron que presentarse ante él, sin reconocerlo.
¿Cómo reaccionó él?
¿Seguía viendo en su alma los rostros malévolos y llenos de odio de sus hermanos? ¿cómo se burlaron de él, lo desnudaron, lo arrojaron al pozo y lo vendieron? Sólo habían pensado en hacerle mal, y José tenía todas las razones para estar furioso. Sin embargo, había aprendido a dominar el dolor a través de quien lo dominaba a él. El amor de Dios reinaba en él, y era más poderoso.
No dio espacio a las horribles imágenes internas de todo lo que había vivido. Estaba sano en su alma, tenía fe en Dios y estaba anclado en Él. Por eso fue capaz de pagar el mal con el bien, porque veía la mano de Dios detrás de todo lo que había pasado: “Ustedes se propusieron hacerme mal” – les dijo a sus hermanos – “pero Dios dispuso todo para bien. Él me puso en este cargo para que yo pudiera salvar la vida de muchas personas” (Génesis 50:20).
José había aprendido que ese había sido el camino de Dios con él y que el Todopoderoso, en última instancia, cambió todo para bien.
El pastor Dietrich Bonhoeffer escribió en su diario, poco antes de su cruel ejecución por los nazis, en la Nochevieja de 1944: “Él lo dispuso todo para bien”. Fue capaz de escribir esto tras terribles interrogatorios y vejaciones, y con la muerte frente a él.
El pastor y autor Manfred Mössinger hace un impresionante comentario acerca de Romanos 8:28, donde leemos que todas las cosas ayudan a bien a los que conforme al propósito de Dios son llamados. Dice: “Ningún poder del mundo o del cosmos puede perjudicarnos sin la voluntad de Dios. Y entonces ya no sería un perjuicio, ya que Él usa todo sufrimiento y cada problema en la vida de sus hijos transformándolo en gloria”
Jesús es el mayor ejemplo del poder vencedor del amor. “Padre, perdónalos…”, pudo orar en la cruz. Nuestro Señor practicó todos los aspectos del amor de una manera perfecta. Mostró paciencia con las debilidades de las personas. Lo vemos, por ejemplo, en su trato con Pedro. No le guardaba rencor a nadie. Por el contrario, como buen Pastor iba tras las personas, las alcanzaba, las recogía y las llevaba de nuevo a casa.
Esteban demostró la misma actitud de amor cuando fue apedreado. No albergó pensamientos de venganza, sino que rogó por sus torturadores: “¡Señor, no los culpes por este pecado!” (Hechos 7:60).
Dice el teólogo Hans-Joachim Eckstein:
“Los vencedores no son los que aparentemente no tienen luchas espirituales, sino los victoriosos en la batalla”.
Y Martin Luther King lo sintetizó de esta manera:
“El odio paraliza la vida; el amor la libera. El odio trastorna la vida; el amor la equilibra. El odio oscurece la vida; el amor la ilumina”.
¿Quizás ha llegado el momento para el arrepentimiento? ¿Necesitas volver a vestirte del sentir de Jesús, acercarte a Él y a su amor, darle el dominio a su Espíritu y tomar la decisión de perdonar si otros te han hecho daño?
Mira cómo los que odian, al final sólo pierden y se destruyen a sí mismos, porque dejan que el mal gobierne sus vidas. Y ve cómo los que aman obtienen una victoria después de otra y son de bendición para su entorno, porque le dan el control de sus vidas a Jesús.
