Tres asesinos de tu vida: Odio (2ª parte)
31 mayo, 2026El asesinato de Jonathan Correa, un adolescente de 15 años víctima de violencia intrafamiliar en Montevideo, dispara una reflexión profunda sobre la violencia doméstica, los ciclos de abuso, el rol de los observadores y cómo la sociedad y el Estado fallaron en protegerlo.
DESCARGARLO AQUÍ:
EA 1278 – Entre Amigas – Caso de Jonathan Correa
Entrevista a Yanina Cossime
Victoria: Es un placer recibir en el programa a la orientadora Yanina Cossime. Yanina, es muy grato tenerte, pero no tan grato el tema que vamos a tratar.
Es un caso que tuvo repercusión en mi país, en Ururguay, y también tuvo cierta repercusión internacional.
Les voy a contar la historia de Jonathan, que lamentablemente fue muy corta y muy sufrida. Jonathan era un adolescente de 15 años. Un viernes de tarde se conoció la información de que un cuerpo había aparecido en una zanja en el barrio Flor de Maroñas, de la periferia de Montevideo. Yo, ya anestesiada con las noticias violentas que se escuchan a diario, casi la pasé por alto. Pero mi sorpresa, y creo que la de todos, y no solo sorpresa, sino llamado de atención, fue saber que se trataba del cuerpo de un adolescente maltratado y asesinado a golpes. Era el cuerpo de Jonathan Correa.
Luego de que los vecinos lo descubrieran y alertaran a la policía, el padre de Jonathan fue detenido por el asesinato. Un crimen que hasta hoy genera congoja entre los vecinos de la zona y los compañeros de estudios de este adolescente, porque Jonathan, como podía, iba a estudiar. Los propios familiares sostienen que el adolescente era víctima de malos tratos a diario de parte de su padre. El centro de estudios al que asistía había denunciado la situación de violencia doméstica, y actualmente existen varias investigaciones para determinar responsabilidades sobre quiénes debieron actuar y no lo hicieron.
Yanina, personalmente me surge decir que esta era una muerte totalmente prevenible. ¿Cuáles son las primeras impresiones que tenés cuando escuchaste sobre este hecho?
Yanina: Aparte de mucha tristeza y mucha impotencia, la pregunta que hoy se hace la justicia es: ¿quiénes son los responsables de que esto ocurriera? ¿Quién no vio? ¿Quién no pudo ver? ¿Quién no quiso ver? ¿Quién no habló? Porque la muerte de Jonathan era prevenible. La violencia es prevenible, y la muerte de un niño en manos de quien lo violenta constantemente es prevenible.
Un nene que iba a la escuela marcado: alguien lo tiene que haber visto. Alguien tiene que haber visto su mirada triste, escuchado sus silencios. Quien lo vio, o no quiso ver o no quiso hablar. Eso es tristísimo. Habla de, no sé si llamarlo pobreza social o pobreza de humanidad. Ahora todos lloramos sobre la leche derramada.
Victoria: Si te parece, Yanina, para conocer un poquito más sobre el entorno y la personalidad de Jonathan, vamos a escuchar parte de los testimonios de sus propios compañeros, que conversaron con Canal 12 de Montevideo. Así que lo escuchamos y lo comentamos.
Era un gurí, no molestaba para nada y no se juntaba con casi nadie.
¿Alguna vez lo habían golpeado?
Sí, varias veces. Venía al liceo con moretones en los brazos. Se los tapaba con una campera.
Iba al comedor con los ojos negros, todo tapado con moretones.
¿Y alguien hablaba con él? ¿Él decía algo?
Él no se juntaba con nadie en el recreo. Creo que se juntaba con uno solo, o a veces se quedaba solo. Era inteligente. Se había ganado una beca para hablar francés. Era muy inteligente, sí. Lo queríamos mucho. Era un buen pibito.
Lo vi y le pregunté si le habían pegado. ¿Lo viste con moretones?
Sí, y le pregunté qué le había pasado y no me contestaba. Se quedaba quieto, mirándome. Y es feo el golpe que le daban.
Él era una buena persona, un buen niño estudioso. El que iba al liceo iba con ganas de estudiar. Era muy estudioso, muy bueno y respetuoso.
Vos lo conocías, habías ido a su casa.
Sí. Había ido a la casa y me había dicho que si por favor me podía retirar porque los padres eran agresivos y no quería pasar vergüenza delante mío. Hay muchas cosas que él nunca quería contar. Nunca se metía con nadie, era muy tranquilo. Se juntaba con muy pocas personas en el recreo y siempre fue tranquilo.
Victoria: Esas eran las palabras de los compañeros de Jonathan. Creo que los diferentes testimonios dejaron clara la personalidad de Jonathan: un chico tímido, bueno, que iba a estudiar, que incluso cuidaba a sus compañeros de que fueran a su casa y vieran esa situación, avergonzado de lo que ocurría, que prácticamente no se quejaba. ¿Qué sensación te dejó lo que escuchaste?
Yanina: El perfil de un chico temeroso, y por eso el tema del silencio. Cuando los chicos sufren violencia, y sobre todo violencia de parte de sus padres, por lo general se aíslan: por las amenazas de que nadie sepa, porque no pueden contar, y por la vergüenza, sobre todo en la adolescencia. La vergüenza de ser víctima, de no poder defenderte, de que te peguen, de que te humillen. Que quienes deberían estar cuidándote te estén agrediendo y lastimando.
Y ahí ves un niño en silencio, un niño aislado, un niño sin posibilidad de tener relaciones sociales por el miedo y la vergüenza. De alguna forma escapando de su realidad yendo a la escuela, esforzándose para salir adelante, pero también para aislarse un poco de esa realidad dura que le tocaba vivir. Y a la que no le era ajena: «Retirate, porque no quiero que vivas esto, porque mi padre es violento». Los otros niños lo vieron. ¿Dónde estaban los adultos? ¿Por qué no actuaron? ¿Por la condición social de Jonathan? ¿Porque no querían tener problemas? ¿Porque el padre era un violento? Esa es la pregunta que nos tenemos que hacer, y supongo que es la que la justicia se hace.
Victoria: Escuché mucho del caso. No quería dar más detalles porque son muy puntuales, y la idea era reflexionar sobre la muerte de este adolescente. No es porque no queramos hablar de las responsabilidades que les caben a las autoridades, pero sí dar cuenta de que hubo denuncias desde la educación pública que no avanzaron, y las autoridades están investigando en Uruguay qué fue lo que pasó con esas denuncias. Quedó en la opinión pública la sensación de qué hicieron las autoridades, por qué esas denuncias no llegaron a que el Estado tomara cartas en el asunto, que Jonathan fuera retirado de su hogar, o que al menos se tomaran algunas medidas para que esto no ocurriera.
Al margen de eso, lo cierto es que el Estado falló. Algunas autoridades se animaron a decir que el Estado llegó tarde. Las investigaciones están en curso para determinar responsabilidades.
Yanina, estamos ante el peor resultado posible de un abuso infantil: la muerte. ¿Por dónde podemos empezar a hablar del abuso infantil?
Yanina: Esto se trata de una forma más de violencia: hacer daño a alguien solamente porque puedo hacerlo, o amenazarlo con hacerle daño porque puedo. Y acá es muy doloroso porque estamos hablando de violencia intrafamiliar.
Hay muchos factores para que se desencadene la violencia intrafamiliar, pero nunca empieza con la muerte. Por lo general hay una escalada. Y como en todo tipo de violencia, son importantes los observadores. Por eso cuando decía «¿quién no vio?», no hago alusión solamente a este caso: cualquiera de nosotros puede estar siendo testigo de situaciones de violencia, o de situaciones de las que sospecha, y por lo general guardamos silencio para no meternos en problemas. Pero el otro está necesitando que alguien intervenga.
¿Por qué? Porque cuando se trata de violencia dentro de un sistema como la familia, igual que con el bullying en el aula, está tan naturalizado, tan retroalimentado, y todos los actores cumplen siempre la misma función, que si no hay alguien externo que intervenga, eso no va a terminar. Con la violencia intrafamiliar pasa lo mismo. Entonces, hay que trabajar para que esas cosas no sucedan, y sobre todo con educación.
Me enojo mucho y trago mucha bronca. ¿Por qué? Porque veo que está muy naturalizada la violencia. Cuando naturalizamos ciertos actos de violencia, vamos poniendo siempre el peldaño de lo que es malo un poquito más lejos. Y ese «más lejos» es más dolor para el niño que sufre, o para la mujer o el anciano que sufren violencia intrafamiliar.
Naturalizar la violencia, entender que es algo normal o que se espera de determinado nivel sociocultural, educativo y económico, genera una discriminación negativa. Esa violencia también se da en otras esferas, pero con otro grado de impunidad y se tapa. En cambio, esta violencia queda expuesta y nadie interviene porque se da por esperada en ese nivel socioeconómico. Y los que quedan desprotegidos son los niños, que en este caso llegó hasta la muerte. Si no llegara a la muerte, sería una violencia que sigue generando más violencia, y tarde o temprano nos salpica a todos.
Esta noticia nos salpica porque nos genera dolor, compasión, tristeza y frustración. Pero a veces la violencia nos salpica en forma de delincuencia juvenil, consumos problemáticos, embarazos adolescentes, situaciones de abuso sexual infantil. Tenemos que recordar que vivimos en sociedad y que el dolor del otro también me afecta, tarde o temprano, y debería importarme.
Falta mucha educación familiar y políticas públicas, en líneas generales, no hablo solo de Uruguay. No hay soluciones mágicas, pero hay que trabajar mucho en educación familiar para desnaturalizar la violencia como herramienta educativa: desde la nalgada, la cachetada, el chancletazo, porque después todo esto va escalando. Los chicos van creciendo y el tirón de oreja ya no alcanza cuando la violencia es el instrumento de crianza. La violencia va escalando: si nos permitimos el chancletazo, mañana llegamos a la bofetada, y pasado, a lo que tengamos en la mano.
Falta mucha política pública desde el Estado, y también desde organizaciones e iglesias, para darles a las familias herramientas para educar correctamente a sus hijos.
Victoria: A eso iba mi siguiente pregunta, Yanina. Muchas familias no están en ese extremo de violencia, pero sí tal vez hay conductas que pasamos por alto. Hablabas del uso de la represión física hacia los más pequeños, que hoy es más cuestionado e incluso más punible desde la justicia. En algún otro programa hablábamos de los castigos físicos que antes eran más frecuentes y hoy se usan mucho menos. Pero tal vez hay insultos más naturalizados, o conductas que padres y madres no reconocen como violencia. ¿Qué ejemplos podés dar de cosas que sean violencia o abuso hacia los hijos y que los padres pasen por alto?
Yanina: Hablamos de abuso porque hay una asimetría de poder: un hijo no está en la misma posición que un padre, sobre todo cuando son pequeños. Entonces, yo estoy abusándome del poder físico, del control económico y de todo lo demás que tengo sobre mi hijo, que no puede defenderse.
Decirle una palabra hiriente, humillarlo públicamente, romper sus pertenencias: ese dibujo que le gustaba, ese juguete, ese joystick, estamparle el celular contra la pared, insultarlo, aislarlo no en el sentido de «le pegaste a tu hermana, hoy no vas al cine», sino no permitirle tener contacto con nadie, ni salidas de forma directa o indirecta, como le pasaba a este chico que se avergonzaba de estar con otro compañero en su casa: todo eso es violencia.
El castigo físico es, lamentablemente, más frecuente de lo que creemos. En muchos ámbitos, incluso en los eclesiásticos, el uso de la vara está autorizado y promovido por personas de renombre, y sigue siendo castigo físico. Lo que no entendemos los adultos es la necesidad que tienen los niños de tener una relación segura, un apego con el adulto que los cuida.
Más allá del daño físico, no es lo mismo que te den con una varita fina y flexible que una bofetada de mano abierta o con el puño cerrado: la capacidad de daño es mayor en el segundo caso. Pero lo simbólico del castigo, que hace que el niño aprenda a no hacer ciertas cosas por miedo, no me parece que sea la forma en que Dios nos enseña. Dios tiene una vara que es la del cayado, que tiene una vueltita arriba y que cuando nos apartamos del redil nos trae de vuelta con amor, con cuerdas de amor. Nosotros muchas veces como papás usamos la otra vara, la que golpea, esperando el error para castigar.
Alguien me dijo una vez: «A mí me funcionó cuando era chico.» Pero cuando el chico crece y la vara ya no sirve porque es más alto que vos, ¿qué vas a usar? Entonces, poder empoderar a los padres a cambiar sus estilos de crianza, con fundamentos bíblicos, pero también científicos, desde la psicología, desde la crianza positiva, no significa que los chicos hagan lo que quieran. Como papás, y hablo de papás cristianos, tenemos la obligación de educar a nuestros hijos según la disciplina del Señor, no la mía, y reflejando a Dios en todo lo que hago. Hay algo que está bien y hay algo que está mal, y tengo que ser firme y claro con eso. La forma de disciplinar y corregir también tiene que estar alineada con eso, y nunca con violencia física. Tengo un Jesús que sufrió todo el castigo que a mí me correspondía en la cruz. No tiene mucho sentido que yo castigue físicamente a un hijo porque se equivocó.
Necesitamos hacer escuela para padres que permita deshacer lo que está mal en los estilos de crianza y dar herramientas nuevas para que los chicos puedan tener una buena conducta, pero desde la libertad personal. Es decir, enseñar a los chicos desde temprana edad a elegir lo que les conviene, porque les conviene hacer lo bueno, lo que los llevará a ser buenas personas, buenos profesionales, y no por miedo, porque el miedo dura muy poco, se pierde rápido. El respeto se pierde más difícilmente. Nos estamos equivocando en lo que buscamos: queremos chicos obedientes. Prefiero hijos que sean obedientes por decisión personal porque entienden que lo que yo les estoy proponiendo es bueno para ellos, o porque, aunque no lo entiendan, confían en mí y saben que voy a buscar lo mejor para ellos.
Como cristianos creo que tenemos mayor responsabilidad. Y si bien el Estado tiene muchas cosas que debería hacer y no las hace, no es omnipresente. Hay muchas cosas que nosotros, como Iglesia, como institución, como hijos de Dios, podríamos hacer.
Empezando por implementarlo en casa, con sanidad personal. ¿Por qué cuando me frustro le quiero pegar o le grito a mi hijo? ¿Qué hay en mi corazón que no le he dado a Dios para que me sane y me corrija? Porque yo también tengo mi historia. Cuando mi hijo tiene una actitud desafiante o despectiva, propia de cualquier adolescente, yo con la cabeza sé por mi formación que no es conmigo, que es su etapa, pero me duele. A mí me dan ganas de gritar o de llorar. A otro le darán ganas de pegarle. Eso me tiene que hablar a mí: «Dios, ¿por qué esto me duele de esta manera? Hay algo que tengo que sanar y entregar a Dios para poder cumplir adecuadamente mi función como mamá».
Los adolescentes son muy desafiantes, levantan la voz, te desafían, te confrontan. Tengo que corregir esa conducta que está mal, pero desde ese lugar y no desde mis heridas personales, desde mis frustraciones, o desde las expectativas imposibles que muchos padres cargamos sobre nuestros hijos. Si yo no estoy sana y no tengo herramientas, porque tuve una crianza violenta o negligente, no voy a poder corregir bien: lo voy a castigar o lo voy a dejar hacer lo que quiera.
Estudié orientación familiar precisamente porque un día me di cuenta de que me faltaban herramientas y fui a buscarlas. No todos van a ser orientadores familiares, pero ¿qué espacios podemos brindar, como este que estamos usando a través de la radio, para poder ayudar a otros a sanar y a adquirir herramientas útiles para educar a sus hijos y dejar de perpetuar estos ciclos de violencia?
Porque son ciclos ocultos que se hacen más profundos. La vara es oculta hasta que un día el chico crece y le ponemos una mano en la cara porque ya no le tiene más miedo, o al revés: ese hijo adolescente le empieza a pegar al padre, porque si pegar está bien cuando vos, frustrada, me podés castigar siendo pequeño, yo en la adolescencia, frustrado, también debería poder hacerlo. Después tiene que ver con adolescentes que tienen relaciones violentas en sus noviazgos, luego en sus relaciones de pareja, y otra vez con sus hijos. Creo que tiene que ver más que con las leyes con algo más profundo: nuestro corazón. Y como la respuesta a todos nuestros problemas es Dios, no nos queda otra que acudir a Él.
Victoria: Yanina, para ir cerrando, empezábamos el programa hablando del caso de Jonathan Correa. Hay personas responsables de su muerte, en primer lugar su padre, que aunque está en juicio y aún no tiene condena, es casi un hecho que es el autor; también su madre, al menos cómplice, más allá de que ella también fue víctima, le cabe la responsabilidad de proteger a su hijo y dar aviso de lo que estaba pasando, y además están las denuncias que se hicieron y no trascendieron, y ahí les cabe responsabilidad a los funcionarios y autoridades.
Pero qué importante entender que, como vecinos y familiares, podemos hacer algo por niños y adolescentes que están sufriendo una situación de violencia y abuso. Existen teléfonos a los que llamar en los diferentes países, números anónimos. Aquí en Uruguay hay un número al que llamar para alertar sobre una situación de abuso infantil. Calculo que en tu país también.
Simplemente dejarlos con este concepto: hay líneas y lugares a los que uno puede recurrir para denunciar alguna situación de abuso o maltrato infantil.
Yanina: Si no hay un número, debe haber alguna forma de poder denunciar y acercarle ayuda a una mamá que uno escucha a través de la pared, que recibe violencia. Lo que necesita es un apoyo para animarse a hacer lo que tiene que hacer, pero a lo mejor está tan sola que no tiene una red de contención. A veces lo único que necesita es alguien que le diga: «¿Te animás? Vamos juntos».
El llamado es este: si vos ves, si vos escuchás, o estás del lado de los buenos o estás del lado de los malos. «El que no junta conmigo, desparrama», dijo Jesús. El que no junta, desparrama. Como cristianos estamos llamados a involucrarnos. Creo que es lo que haría Jesús, y es lo que nos va a demandar.
Victoria: Yanina, muchas gracias. Hasta la próxima. Estamos llegando al final de este programa. Pueden comunicarse con nosotros por WhatsApp al 00598 99 000 540. Hasta un próximo programa, queridos oyentes. ¡Que pasen muy bien!
