Tres asesinos de tu vida: Miedo (1ª parte)

Caso de Jonathan Correa
2 junio, 2026
Caso de Jonathan Correa
2 junio, 2026

Autor: Norbert Lieth

El miedo y el desaliento pueden paralizar la vida, pero no tienen la última palabra. Este mensaje reflexiona, desde la fe y la experiencia bíblica, sobre cómo el miedo actúa, cuándo se vuelve dañino y cómo la confianza en Dios devuelve la paz.


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PE3216 – Tres asesinos de tu vida: Miedo (1ª parte)



El miedo

Cuenta una antigua anécdota que, un día, el diablo decidió vender parte de sus viejas herramientas. Con orgullo expuso algunas muy perniciosas que había fabricado, como el odio, los celos, la mentira y el orgullo. Un poco apartado se encontraba, casi desapercibido, un instrumento de aspecto inofensivo, que, sin embargo, salía muy caro. “¿Qué es eso?”, preguntó alguien. “Es el desaliento”, respondió el diablo. “Es una de mis herramientas más poderosas para paralizar a los cristianos. Con ella puedo invadir los corazones de los siervos más fieles de Dios y causarles depresiones”.

El desánimo es, en realidad, la pérdida de la “perspectiva de Dios” en la vida: uno ya no se ve a sí mismo como Dios lo ve.

Es cierto que el diablo está dotado de una especial habilidad para desalentar, y con ella trata de influenciar nuestras vidas. Pero tenemos con nosotros al que es poderoso para reanimar nuestras almas: ¡Dios! Él es “nuestro Padre misericordioso y la fuente de todo consuelo” (2 Corintios 1:3).

 

Un día estábamos en la casa de un amigo que es profesor de liceo. En la mesa de centro en su salón se encontraba una caja llena de regalos, y él nos contó la historia que había detrás:

Hacía algunos años había tenido como alumno al hijo de inmigrantes indonesios. La situación no era fácil. El estudiante no dominaba bien el idioma nuevo y estaba siempre al margen del grupo. Cuando llegó el momento de elegir una carrera, no sabía qué hacer. El profesor se esforzaba por animarlo y ayudarle. Le decía una y otra vez: “¡tú puedes!”. Le llamaba la atención que el joven siempre tenía una sonrisa en la cara y pensó que la hostelería podría ser lo suyo. De hecho, el muchacho fue contratado y completó su aprendizaje en un hotel de cuatro estrellas. Con su sonrisa y su diligencia se ganaba los corazones, de manera que algunos huéspedes sólo querían ser atendidos por él. Con el tiempo tuvo la oportunidad de ascender y obtuvo un buen trabajo en un hotel de cinco estrellas. Muy feliz, envió esta caja llena de regalos en agradecimiento a su profesor de liceo.

 

Filipenses 2 nos habla del estímulo que hay en Cristo. Este es la medicina divina contra todo tipo de miedo.

 

El miedo es un “término paraguas” que incluye la preocupación, la inquietud, las cavilaciones, las depresiones en sus diferentes formas, los ataques de pánico, las emociones negativas, la desesperación etc.

Veamos ahora lo que el miedo no es.

En primer lugar, queremos subrayar que la preocupación y el miedo no siempre son pecado. Nuestro Señor Jesús mismo conoció el miedo. Cuando fue a orar al huerto de Getsemaní, antes de su crucifixión, leemos: “Se llevó a Pedro y a los hijos de Zebedeo, Santiago y Juan, y comenzó a afligirse y angustiarse” (Mateo 26:37).

Los discípulos también tenían miedo. Leemos en Marcos 10: “Iban por el camino subiendo a Jerusalén; y Jesús iba delante, y ellos se asombraron, y le seguían con miedo. Entonces volviendo a tomar a los doce aparte, les comenzó a decir las cosas que le habían de acontecer”.

Jesús iba delante de sus discípulos y ellos le seguían, pero lo hacían sintiendo miedo. Es algo que también nosotros conocemos. Si bien conocemos la grandeza y el poder de nuestro Señor y le seguimos de todo corazón, nos invaden a veces oleadas de miedo.

El apóstol Pablo también experimentaba momentos de ansiedad. En 2 Corintios 6:4 habla de “dificultades y privaciones y calamidades de toda índole”. Y más adelante escribe: “Enfrentamos conflictos de todos lados, con batallas por fuera y temores por dentro”. – “…a diario llevo la carga de mi preocupación por todas las iglesias”. – “…por amor a Cristo me gozo en las debilidades, en afrentas, en necesidades, en persecuciones, en angustias…”.

Jesús dice a los suyos, confirmando lo dicho hasta ahora: “Estas cosas les he hablado para que en Mí tengan paz. En el mundo tienen tribulación; pero confíen, Yo he vencido al mundo” (Juan 16:33; nbla). Nunca Jesús nos prometió una vida sin dificultades. Al contrario, muchos cristianos han pasado y pasan por pruebas y tribulaciones, en las cuales son normales las emociones negativas como el miedo y la preocupación. El Señor Jesús no las reprueba, pero sí nos invita a confiar en Él.

 

El miedo, sin embargo, se convierte en pecado cuando ya no confías en Jesús y piensas que tienes que tomar tus problemas en tus propias manos. Es pecado cuando no cuentas con Dios y no depositas en Él tus preocupaciones y temores. Romanos 14:23 dice que “todo lo que no proviene de fe, es pecado” (rvr60). Como dijo alguien: “Preocuparse no cambia nada. Pero confiar en Dios lo cambia todo”.

Esto es precisamente lo que dice la Biblia en el siguiente pasaje:

“No se preocupen por nada; en cambio, oren por todo. Díganle a Dios lo que necesitan y denle gracias por todo lo que él ha hecho. Así experimentarán la paz de Dios, que supera todo lo que podemos entender. La paz de Dios cuidará su corazón y su mente mientras vivan en Cristo Jesús” (Filipenses 4:6-7).

En oración podemos encomendar nuestras preocupaciones, presentes y futuras, a la omnipotencia de Dios. Entonces su paz llenará nuestros corazones, tapando los miedos. Por eso, ¡preocúpate por no preocuparte! “Pongan todas sus preocupaciones y ansiedades en las manos de Dios, porque él cuida de ustedes”, nos dice 1 Pedro 5:7.

Las preocupaciones tienden a volver, pero también podemos volver a entregárselas al Señor, una y otra vez.

Lo que el miedo es

“Las angustias de mi corazón se han aumentado; sácame de mis congojas”, dice David en Salmos 25:17.

Hay muchos tipos de miedo: miedo a las personas, al envejecimiento, a la enfermedad, a la pérdida, a la muerte, a la separación, al futuro, miedo a que se revele mi culpa, miedo a uno mismo, miedo de no ser capaz de hacer algo…

El miedo paraliza y es un arma asesina del arsenal del diablo. Es como una red que se tiende sobre ti para capturarte. “…como el león desde su cueva; acecha para arrebatar al pobre; arrebata al pobre trayéndolo a su red”, leemos en el Salmo 10.

 

El misionero estadounidense Dr. E. Stanley Jones compartió el siguiente pensamiento acerca del miedo:

“Fui creado internamente para la fe, no para el miedo. El miedo no es mi patria, la fe sí lo es. Fui creado de tal manera que la preocupación y el miedo son como arena en los engranajes de la vida. La fe, sin embargo, es el aceite […] Un médico de la Universidad Johns Hopkins admitió no saber por qué las personas que se preocupaban morían antes que las que no se preocupaban, pero que era un hecho. Con mi mente sencilla, creo que sé la razón. Estamos hechos así por dentro: creados para la fe y no para el miedo. Dios nos hizo así. Vivir preocupados es vivir contra la realidad”.

¿Cómo podemos superar los miedos?

Lo que realmente nos ayuda en nuestra lucha son los consejos bíblicos y las promesas alentadoras de Dios, quien conoce a fondo nuestra alma. Por supuesto, esto no significa que no podamos recurrir a la ayuda profesional, que gracias a Dios tenemos a disposición. Los especialistas, médicos y psicoterapeutas, las terapias y los medicamentos adecuados son de gran ayuda. Pero sobre todo, recordemos siempre que existe alguien mucho más grande que los depredadores que quieren invadir nuestras almas:

“Jehová, ¿quién como tú, que libras al afligido del más fuerte que él, y al pobre y menesteroso del que le despoja?” – dice el Salmo 35:10.

Hay ladrones de esperanza, ladrones de felicidad, ladrones de paz, ladrones de coraje y ladrones del sueño nocturno, que quieren atacar nuestras almas. La mejor respuesta que les podemos dar es nuestra confianza en Dios, en su poder y disposición para ayudar; y para esto es esencial que oremos y busquemos el acompañamiento pastoral de otros hermanos, que oren por nosotros.

Jeremías fue uno de los profetas que más sufrió durante su ministerio. Conoció el miedo, las lágrimas, las penas, la desesperación y el dolor en sus formas más amargas. Sin embargo, se aferró a la promesa de Dios:

“Pues yo aliviaré al alma cansada y saciaré a toda alma lánguida”, le dice el Señor en Jeremías 31:25. Y el profeta testifica: “Al oír esto, desperté y levanté los ojos, y mi sueño fue dulce para mí”.

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