Dios restaura lo que pasó: No rechaza a quien le busca (27ª parte)

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Autor: Eduardo Cartea

No es algo extraño que, en el caminar con el Señor, tropecemos. El propio Jesús dijo que es imposible no suceda. En ocasiones también caemos. Para dificultar nuestro proceso de restauración, la idea de que Dios nos va a rechazar es una mentira susurrada a nuestros oídos. ¡Pero no es el final!


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PE3196 – Dios restaura lo que pasó: No rechaza a quien le busca (27ª parte)



No rechaza a quien le busca

Con mucho gusto me contacto una vez más por este medio con usted para meditar juntos en la Palabra del Señor. Estamos recorriendo el Salmo 51, y en esta oportunidad en el versículo 11, en su primera parte, en la que David, en su profunda oración de arrepentimiento y confesión dice a Dios:

No me eches de delante de ti.

 

“Echar de delante de uno” es como decir: “apártate de mí”, “no te quiero ver más”, “sal de mi vista”. Otras versiones traducen: “No me apartes de tu presencia”, “no me rechaces lejos de tu rostro”. En el v. 9 pidió al Señor que escondiera Su rostro de sus pecados. Pero aquí, al contrario, pide que no lo arroje de Su presencia. 

En Números 6.23-27 tenemos la llamada “bendición sacerdotal”, y esta comienza con la expresión: “el Señor alce a ti su rostro”, o, en otras palabras, “que el Señor te sonría”. Eso significa agrado, amistad, comunión. De Jesús, el Padre dijo: “Este es mi Hijo amado; en él tengo complacencia”. Por el contrario, el ser excluido de la presencia de Dios era una verdadera tragedia para un hebreo devoto, piadoso. Significaba “ser inútil” para Dios. Rechazado. Desechado. Como Caín. Como Esaú. Como Saúl. Como Sansón, que “no sabía que Dios se había apartado de él”

Andrew Murray dice:

“El valor de esta bendición se puede entender fácilmente. ¡Qué gozo poder hacer todo el trabajo y llevar los conflictos a los pies del Padre, sabiendo que Él nos mira con agrado! Poder levantar los ojos en cada dificultad y en medio de graves conflictos para ser refrescados por su mirada y el ánimo de su divina amistad, ¡qué poder nos da en las tribulaciones y en las penas!”

“Y, es posible que alguien pregunte, ¿cómo puede ser gozada esta bendición? Es fácil responder. El hijo no necesita mirar siempre a la madre para gozar de su proximidad. El niño juega o trabaja, pero se da cuenta si la madre sale de la habitación. En medio de sus actividades tiene siempre un sentido íntimo de su proximidad. Lo mismo ocurre con el cristiano. Puede llegar a estar tan íntimamente unido a Dios que no puede perder su presencia y en medio de las más exigentes actividades de su vocación en la tierra, siempre queda en el ama este bendito sentimiento: “Mi Dios me ve, puedo mirarle”.  

Trabaja bajo la mirada de Dios. En su vivir y en su fe siempre activa contempla al Invisible y habita en su luz. Y de la misma manera que uno anda y trabaja bajo la luz sin pensar siempre en la luz, igualmente surge a raudales a su alrededor en la experiencia espiritual, la presencia de Dios como la luz del alma”.

 

Alguien escribió que es como si David hubiera dicho: “No me eches de delante de Ti. No me eches como inútil; no me expulses, como a Caín, de tu presencia, de tu rostro y de tu favor. Permíteme estar sentado entre los que participan de tu amor, aunque sea atendiendo la puerta. Merezco que se me niegue para siempre la entrada en tus atrios; pero, oh, buen Señor, permíteme este privilegio todavía, que es tan caro para mí como la vida”.

Un creyente que busca agradar a Dios con un corazón limpio y un espíritu firme, recto, vive a la vista de Dios. Ojalá el Padre dijera también de ti y de mí: “Este es mi hijo amado. Me alegro en él”.  

Hay una bendita seguridad, y es que Dios, en su gran misericordia y bondad, no rechaza al pecador que viene a él arrepentido. Como dice Erwin W. Lutzer: “Dios es más grande que los errores que hayamos cometido”.

El Señor Jesucristo nos invita amorosamente a venir a él diciendo: “El que a mi viene, no le echo fuera”. Podemos venir a él, tal como somos, tal como estamos. Su sangre derramada en la cruz es suficiente para cubrir nuestros pecados. Todos nuestros pecados. Y solo Él puede renovar en nosotros un espíritu recto.

 

El versículo 11 continúa diciendo:

No quites de mi tu santo Espíritu.  

Notemos que la palabra “espíritu” se repite tres veces en el párrafo. La primera –v.10– y la tercera –v.12–, son con minúscula; en ambos casos es el espíritu del hombre. La central –v.11–, es con mayúscula; se trata del Espíritu de Dios que es el que da vida a nuestro espíritu.

En el AT la presencia del Espíritu tenía que ver con el servicio. Venía sobre aquellos a quienes Dios usaba. David, entre otros siervos del Señor, lo había recibido cuando fue ungido por Samuel para ser el futuro rey de Israel. Dice 1S. 16.13: desde aquel día en adelante el Espíritu de Jehová vino sobre David”. Pero también podía ser retirado, cuando las condiciones espirituales del creyente lo exigían.

El Comentario de Matthew Henry agrega a este pensamiento:

“Estamos perdidos si Dios retira de nosotros el Espíritu Santo. David conocía bien esto por la triste experiencia de Saúl. ¡Cuán miserable y criminal se volvió cuando se retiró de él el Espíritu de Yahweh! Por eso ruega David con tanto interés que no le suceda a él lo mismo”.

 

Para los creyentes de la Iglesia, para aquellos que somos suyos, la presencia del Espíritu Santo tiene que ver con la morada de Dios en nosotros. No viene sobre nosotros, sino que está en nosotros (Jn. 14.17; 1Co. 6.19). Por eso, no nos es quitado. No hay pecado que lo desaloje, porque la garantía de su permanencia depende de la fidelidad de Dios. Es su sello de pertenencia y de permanencia (Ef. 1.13; 2Ti. 2.19). Yo nunca le quito a alguien un regalo que le haya hecho. Dios tampoco.

Pero, podemos entristecerlo (como nos dice Ef. 4.30), y aún apagarlo (no extinguirlo, sino resistirlo, no oírlo, no obedecer a sus demandas en la Palabra, según leemos en 1Ts. 5.19).

Podemos perder su plenitud, su control sobre nosotros. El pecado no interrumpe nuestra relación con Dios, pero interrumpe nuestra comunión con Dios.

Dice A. Murray:

“Esta petición es parte de la oración pidiendo gracia, porque es debido totalmente a la gracia de Dios que el Espíritu Santo no es quitado de los creyentes. Cada vez que se le causa menoscabo, o se le deshonra, hay razón para que sea retirado, de modo que, si no fuera realmente el Espíritu de gracia, ciertamente nos abandonaría. David esperaba y rogaba de la gracia de Dios que el Espíritu de Dios no le fuera retirado, aun cuando lo mereciera”.

 

Por eso Gálatas 5.16 dice: “Andad en el Espíritu”, es decir, “ordenad vuestra conducta de acuerdo con las demandas del Espíritu”, “y no satisfagáis –mejor, no satisfaréis los deseos de la carne”. David lo dice en estas palabras en el salmo 143.10: “Enséñame a hacer tu voluntad, porque tú eres mi Dios; tu buen Espíritu me guíe a tierras de rectitud”.

 No se nos retirará el Espíritu. La promesa de Dios es firme. Pero solo una vida limpia, rendida a la voluntad de Dios, en plena comunión con Él y sujeta en obediencia plena a la Palabra, será una vida controlada por el Espíritu y que gozará de su plenitud, de su llenura.

David agrega en su oración, en la primera parte del versículo 12: 

 

Vuélveme el gozo de tu salvación.

Devuélveme el gozo… hazme sentir alegría nuevamente. El pecado entristece, ensombrece. El pecado causa tristeza al Espíritu Santo. Notemos que una de las manifestaciones de su fruto es el gozo, y este es una de las cosas preciosas que perdemos cuando hay pecado en la vida.

En Isaías 64.11, el profeta está lamentando lo que iba a ocurrir un siglo después con la conquista de la tierra por el imperio babilónico. Iban a saquear las ciudades, destruir a Jerusalén y profanar y derribar el templo. Entonces, como en acentos de profunda angustia, Isaías anuncia proféticamente: “La casa de nuestro santuario y de nuestra gloria, en la cual te alabaron nuestros padres, fue consumida al fuego; y todas nuestras cosas preciosas han sido destruidas”. Tiempo después, y ya ocurrida la invasión de Nabucodonosor, Jeremías escribe en sus Lamentaciones exactamente lo predicho: “Extendió su mano el enemigo a todas sus cosas preciosas” (1.11). Cuando un creyente cae en un pecado, como David cayó todas sus cosas preciosas quedan destruidas. Su comunión, su paz, su servicio, su fidelidad, su gozo…

¡Guárdenos el Señor de descuidar nuestra vida, permitiendo que nuestro enemigo tome nuestras cosas preciosas!

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