Dios restaura lo que pasó: Cerca del corazón de Dios (1ª parte)

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Autor: Eduardo Cartea

Dios restaura vidas y corazones. Esto lo prueba el ejemplo de David en el Salmo 51. Este cántico con su letra profunda forma el centro de 7 Salmos penitenciales, y muestra cómo, a través del arrepentimiento y la confesión, tú también puedes hallar perdón y completa restauración.


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PE3170 – Dios restaura lo que pasó: Cerca del corazón de Dios (1ª parte)



Cerca del corazón de Dios

Hola, ¿cómo está? Un gusto compartir con usted los próximos días para considerar un tema muy interesante en la Palabra de Dios. Estaremos estudiando juntos por varios días uno de los capítulos más grandes de la Biblia: el Salmo 51, bajo el tema “Dios restaura lo que pasó”.

¿Qué es restaurar? Es volver algo a su anterior condición; o bien, reparar algo de su deterioro para volverlo a su estado correcto. En nuestra casa tenemos algunos muebles antiguos restaurados. Son preciosos en su madera, su confección y estilo. Pero necesitaron la mano experta de un restaurador, que, con destreza, fue recuperando el valor de esas antigüedades para que luzcan como cuando eran nuevas.

Dios es un gran restaurador. Restaura lo más precioso: vidas. Lo ha hecho en la experiencia de muchos hombres y mujeres, y puede hacerlo con cualquiera de los suyos que atraviesen una situación de necesidad espiritual. “No dejará para siempre caído al justo”, promete el salmo 55.22.

 

El salmo 51 es el primero de los 21 salmos que conforman la segunda colección de poemas-cánticos de David en el Salterio hebreo (del 51 al 71).

Es una joya de la literatura hebrea, además de ser una página inmortal de la Palabra inspirada que brota de un corazón en crisis espiritual, agobiado por el peso de una culpa, pero que halla en Dios su refugio y su esperanza. En nuestra reflexión veremos este poema desde el punto de vista de la experiencia personal de David y su benéfica aplicación sobre nosotros los cristianos de aquí y ahora.

Sin duda, los sentimientos del hombre se agudizan en los momentos críticos, de éxtasis o de dolor, y como la oliva ha de ser prensada para liberar su aceite, del mismo modo las más bellas e inspiradoras páginas de la Biblia fueron escritas desde el lecho de enfermedad, y así sentimos la angustia de Job; desde el fragor de la batalla, y así vibramos con las epopeyas de Josué, o de Débora y Barac; desde la angustia del cautiverio, y así lloramos con Jeremías o Daniel; desde la oscuridad inhóspita de la cárcel, y así sentimos con Pablo la profundidad de los pensamientos de Dios; desde el duro destierro, y así volamos hasta la misma presencia del Señor, cuando Juan, en medio de su tristeza y soledad, escribe su portentosa Revelación del Apocalipsis; o desde los olivos del huerto de Getsemaní para inclinarnos en adoración ante las lágrimas de angustia profunda del Salvador.

El salmo 51 es el salmo central entre los siete llamados penitenciales, o sea, los salmos 6, 32, 38, 51, 102, 130 y 143, y seguramente el más profundo de todos ellos. Se llaman penitenciales porque manifiestan, no solo el reconocimiento del pecado cometido, sino también un arrepentimiento, una sincera confesión y un deseo de que la disciplina de Dios, justa y merecida caiga sobre el penitente para perdón y reparación del daño cometido. Dicen C. F. Keil y F. Delitzsch:

«La verdadera penitencia no es un saberse muerto acerca de los pecados cometidos, sino una conciencia sentida y viva de los mismos, una conciencia que los tiene siempre presentes como objeto y razón de inquietud y dolor. Pero esa tristeza de la penitencia, que se apodera de toda la personalidad del individuo no es un mérito que produzca la gracia, pero sí la condición sin la cual no es posible la obtención de ella».

Este salmo es la oración de un creyente espiritual, porque, a pesar de su caída, tan indigna, tan vergonzosa, en vez de volver sus ojos a la vanidad, al mundo, al pecado, los vuelve a Dios, buscando perdón y restauración. Es posible que haya sido elevada en el mismo santuario de Dios en aquel tiempo, es decir, el Tabernáculo.

Seguramente no todos estos salmos penitenciales fueron escritos por David, pero, específicamente el salmo 51, aunque algunos críticos lo adjudican a una época tardía, creemos firmemente que surgió de la pluma inspirada de ese exquisito poeta que fue el dulce cantor de Israel, y debemos ubicarlo cronológicamente después del v. 16 del segundo libro de Samuel, cap. 12. 

Charles Spurgeon es muy claro cuando dice en su excelente obra “El tesoro de David”: “Su estilo es totalmente sui generis, y es tan distinguible como el diseño de Rafael o el colorido de Rubens”.

En los capítulos 11 y 12 del 2º. Libro de Samuel se narra una de las historias más indignas de Israel, de la mano de uno de sus hombres más grandes, reconocidos y admirados: el rey David.

Es notable la franqueza de la Biblia cuando se trata de narrar errores aún de los hombres más prominentes. No hay ocultamiento. No hay hipocresía, ni eufemismos. El pecado es pecado, y así se presenta su comisión, sus consecuencias y su juicio. Aunque también, paralelamente, se exhibe en toda su grandeza la permanente y fiel asistencia de la gracia y la misericordia de Dios.

¿Cuál es la razón para la inclusión en la Biblia de estas historias de fracasos y caídas? Dice 1Corintios 10.11: “Estas cosas les acontecieron como ejemplo, y están escritas para amonestarnos a nosotros, a quienes han alcanzado los fines de los siglos”.

Por eso las Sagradas Escrituras nos muestran a Abraham cayendo en vergonzosas mentiras; a Moisés privado de entrar en la tierra prometida por su acto de desobediencia; a Elías, como un hombre sujeto a iguales pasiones que nosotros; a Pedro llorando su vergonzosa negación al Maestro; a Pablo exclamando con toda convicción: “Miserable hombre de mí”; a Juan escribiendo: “Si decimos que no tenemos pecado nos engañamos a nosotros mismos…”.

Bien podemos repetir aquí lo que leemos en 1º de Reyes 8.46: “No hay hombre que no peque”, o en Eclesiastés 7.20: “Ciertamente no hay hombre justo en la tierra que haga bien y nunca peque”. Y no pensemos solo en pecados de acción o comisión, sino también de “omisión”, pues, como dice Santiago 4.17: El que sabe hacer el bien y no lo hace, comete pecado”. Saber qué debemos ser y no serlo, o que debemos hacer y no hacerlo, no es otra cosa que evitar ser o hacer lo que Dios en sus sabios propósitos se había propuesto. Pero también dice Romanos 14.23: “Lo que no proviene de fe, es pecado”. Es decir, y así lo indica el contexto de este versículo todo aquello que no estemos seguros que esté hecho conforme a la voluntad de Dios, que pueda deshonrarle, afectar a alguien, ser un tropiezo para su fe, es pecado.

Por eso, viendo estos grandes hombres que, sin embargo, cayeron, debemos pensar lo que nos exhorta la Palabra en 1Corintios 10.12: “Así que el que piensa estar firme, mire que no caiga”.

 

Abordar el estudio del salmo 51 no es sencillo. Su profundidad nos abruma y nos sentimos incapaces de extraer su hondo contenido. No pretendemos –ni es nuestro propósito– un estudio meduloso, sino una reflexión que nos ayude y ayude a otros a identificarnos con el autor en su caída, confesión y restauración. El mismo Ch. Spurgeon que nuevamente citamos, dijo esto al escribir su conocido estudio sobre los Salmos:

“Al comentar sobre algunos de ellos me he sentido abrumado y temeroso, y he dicho como Jacob: “¡Cuán terrible es este lugar! No es otra cosa que casa de Dios y puerta del cielo” (Génesis 28.17). Especialmente se puede decir esto del salmo cincuenta y uno. Aplacé la presentación de este salmo semana tras semana, sintiéndome más y más incapaz para la tarea. A veces me sentaba para empezar, pero me levantaba y dejaba la pluma sin haber escrito una línea. Era una zarza ardiendo, sin consumirse; y de la zarza salía una voz que parecía decirme: “No te acerques; quita tus sandalias de tus pies, porque el lugar en que tú estás, tierra santa es”. El salmo es muy humano; sus gemidos y suspiros son de uno nacido de mujer; pero está cargado de inspiración divina como si el Padre estuviera poniendo las palabras en la boca de su hijo. Este salmo puede ser leído llorando, absorbido en el alma, y exhalado de nuevo en devoción; pero si se trata de comentarlo ¿quién es el que, habiéndolo intentado, puede hacer otra cosa que sonrojarse después de haber sido derrotado?”.

 

Bueno, hemos comenzado un gran tema y hasta aquí llegamos hoy. Le espero en nuestro próximo programa para seguir meditando juntos en este tema: “Dios restaura lo que pasó”. Que Dios le bendiga.

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