Dios restaura lo que pasó: Dios cercano (2ª parte)

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Autor: Eduardo Cartea

El ejemplo de la caída más notoria de David, puede dejarnos muchas enseñanzas, sobre cómo actúa el pecado en el hombre. Pero también cómo la misericordia de Dios ofrece perdón y restauración a quienes se arrepienten sinceramente.


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PE3171 – Dios restaura lo que pasó: Dios cercano (2ª parte)



Dios cercano

Hola. Un gusto encontrarme nuevamente con usted. Estamos meditando en uno de los pasajes más sublimes de la Biblia: el Salmo 51, bajo el tema: “Dios restaura lo que pasó”, en la triste pero bendecida experiencia de David, un hombre que, a pesar de sus errores, vivió “conforme al corazón de Dios”.

David, cayó en una gravísima falta, o mejor, una sucesión de pecados, de tal modo que la Escritura dice: “Esto que David había hecho fue desagradable a los ojos de Jehová”. El pueblo bajo Joab, el gran general del ejército de Israel fue a la guerra, mientras David –que tenía unos 50 años– se quedó en su palacio. Fue una actitud ociosa. Su lugar era, como hasta entonces, en medio de su pueblo, de su ejército. Pero –tal vez pensó– “no hace falta que vaya”. Muchas veces las derrotas surgen de un sentimiento de autoconfianza. Así, ¿recuerda? sucedió en Hai, en tiempos de Josué y la conquista de la tierra de Canaán (cap. 7). “No suba todo el pueblo”, dijeron a Josué. “No fatigues a todo el pueblo… porque son pocos”. Josué aceptó la propuesta, y sufrieron una tremenda y vergonzosa derrota. Así también con Pedro, cuando dijo a Jesús: “Aunque todos te negaren, yo no… mi vida daré por ti”.

¡Ah, la confianza en nosotros mismos! David no creyó necesario ir a la guerra. Estar en el palacio era más placentero. Fue una actitud ociosa que causó su pecado y costó una verdadera tragedia en su vida y en la de otros. No hay lugar para el ocio entre las huestes del Señor. Satanás tienta al creyente, pero cuando un creyente está ocioso, el creyente tienta a Satanás.

Vio a Betsabé, una mujer mucho más joven que él, de familia noble –su abuelo era Ahitofel, un consultor de David–, y esposa de Urías, un militar de entre sus treinta valientes y, además, consejero suyo; un hombre íntegro y fiel. La tomó, abusando de un derecho que no tenía.

David no era, como vimos, exactamente un joven, por lo que debemos pensar que cualquier edad es propicia para este tipo de tentación. Con razón, un creyente maduro decía en su oración: “Señor, líbrame de ser un viejo sinvergüenza”.

Note en su Biblia la secuencia que nos señala el 2º. Libro de Samuel 11.2, 3. Es conocida en la Escritura: “Vio…codició… tomó”. Así fue con Adán y Eva (Gén. 3.6); con Acán (Jos. 7.21); con Sansón (Jue. 14.1, 3, 8).

David “había perdido el sentido de la conciencia”. Aun siendo creyente comprobó, al igual que los paganos que no conocen a Dios, lo que dice Efesios 4.19, “después que perdieron toda sensibilidad, se entregaron a la lascivia para cometer con avidez toda clase de impureza”. David se entregó a la desvergüenza para cometer con avidez un pecado tras otro y cada uno más grave que el anterior. Y esto no fue un accidente. Los cometió en forma consciente y deliberada. A la codicia siguió el adulterio, al adulterio el engaño, al engaño la hipocresía, a la hipocresía el homicidio, y al homicidio un infame secreto. ¡Tremendo!

Pensó que nadie había reparado en su acción. Pero la Biblia dice en el Salmo 11 que el Señor está en su templo y sus ojos examinan a los hombres. Eliú, respondiendo a Job en el cap. 34 dice que “sus ojos están sobre los caminos del hombre, y ve todos sus pasos. No hay tinieblas ni sombra de muerte donde se encubran los que obran maldad”. El mismo David exclama en el salmo 139: “¿A dónde huiré de tu presencia?”. Imposible. La acción de David –como todas las nuestras– quedó grabada en los libros del cielo.

Cuando pensamos que estamos solos, en nuestra intimidad, allí donde ningún ojo humano penetra, solo es cuestión de alzar la vista para hallar los ojos de Dios. Allí está él. Allí, la mirada del Omnipresente y Omnisciente. ¡Cuántos pecados se evitarían con solo alzar los ojos al cielo por un instante!

Dios nos guarde de estos pecados, porque, como dice Ch. Swindoll:

“No hay nada tan atormentador y devastador para la vida como los pecados ocultos de la carne. No hay nada que le dé al enemigo más ocasión de blasfemar contra la iglesia de Dios, que esa clase de claudicación secreta”.

En el salmo 50, Asaf escribe en su poema lo que Dios dice a aquel que procede mal: “Estas cosas hiciste, y yo he callado. Pensabas que de cierto sería yo como tú, pero te reprenderé, y las pondré delante de tus ojos”. Muchas veces, ante el pecado cometido Dios guarda silencio. Espera que volvamos en nosotros mismos y lo confesemos. Pero nuestra naturaleza trata de evitar encontrarnos con Él. Entonces Dios actúa. No es como nosotros. Y hace lo que dice el salmo: Nos reprende y exhibe nuestro mal delante de nuestros ojos, para que seamos conscientes del daño cometido. Sin duda, busca nuestro arrepentimiento, nuestra confesión y nuestra restauración. Dios nos ama, por encima de todo, y a pesar de lo que somos y hacemos.

En este mismo salmo 50, Asaf concluye con unas palabras de aliento para todo aquel que tropiece y caiga. Dice en su versículo 23: “El que sacrifica alabanza me honrará, y al que ordenare su camino, le mostraré la salvación de Dios”.

Es que para Dios, los santos no son los que nunca han caído, sino los que siempre se han levantado.

Es posible que un creyente se halle en situaciones en las cuales el camino de su vida esté desordenado. Las pasiones que habitan en su carne le inciten al pecado y deshonre al Señor, entristezca al Espíritu Santo, mancille el nombre de Dios. Pero la amorosa promesa de aquel que conoce nuestra débil condición es que, si ordenamos nuestro camino mediante la confesión y el alejamiento del mal, Él nos mostrará la salvación. El salmo 51 es como un ejemplo de esta expresión del 50.  

Alguien dijo:

“Si nuestros pecados son en número como los cabellos de nuestra

cabeza, las misericordias de Dios son como las estrellas del cielo; y como Él es un Dios infinito, sus misericordias son infinitas; sus misericordias están por encima de nuestros pecados, como Él mismo está por encima de nosotros, pobres pecadores”.

 

Entre el versículo 27 del capítulo 11 de 2Samuel y el versículo 1 del capítulo 12, pudo haber transcurrido alrededor de un año. Un año en el cual, en vez de enfrentar su pecado, la grave falta que había cometido, declararla y confesarla al Señor, la ocultó engañosamente. Durante este año de sequía espiritual, como lo expresa en el Salmo 32, fue padre del niño que concibió Betsabé. Con la muerte de Urías, su conciencia parece haber quedado acallada. Dios esperó pacientemente su arrepentimiento, pero este no llegó nunca. Entonces el Señor actuó para mostrar a su siervo la gravedad del hecho.

Y aquí se halla el concepto más elevado de esta historia y del salmo 51. Es mucho más grande que el ministerio de Natán, que el arrepentimiento, la confesión y el retorno de David a la comunión con su Dios. Es mucho más grande que el ejemplo que ha dejado a través de los siglos y que, seguramente, inspiró a buscar a los pies del Señor el perdón de incontables pecados a incontables creyentes. Este grandioso concepto está resumido en las primeras palabras del capítulo 12:

“Jehová envió a Natán a David”.

 Estas palabras son grandes porque expresan un sublime acto de la gracia divina. No fue David quien buscó a Dios. Tampoco fue el varón de Dios, el profeta quien buscó a David por sí mismo. ¡Fue Dios el que le buscó! Y eso es una maravilla, porque el Dios de los cielos “descendió” a buscar a su siervo hundido en su miseria espiritual. Fue el ofendido el que buscó al ofensor.

¿Acaso no es siempre así? ¿No fue Dios quien llamó a Adán, cuando este, acusado por su conciencia inaugurada por un acto tan desconocido como mortal, se escondió con su mujer? ¿No fue el Señor el que tenía necesidad de pasar por Samaria para encontrarse y transformar la vida de una pobre mujer pecadora? ¿No fue él quien miró a Pedro envuelto en sus incomprensibles negaciones, o al orgulloso fariseo en el camino de Damasco, derribando sus pretensiones de perseguirle a través de los suyos?

Dios siempre tiene la iniciativa de buscar al perdido. En nuestro próximo encuentro seguiremos ahondando en este precioso salmo 51. Me despido, deseando que Dios le bendiga.

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