Paciente y Grande es el Señor (2ª parte)

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Autor: William MacDonald

Dios ha soportado la maldad del hombre con maravillosa paciencia. ¡El hecho de que nosotros mismos estemos aquí para narrar la historia es un tributo a la paciencia de Dios!
“Jehová, tardo para la ira y grande en misericordia”, nos dice Números 14:18. ¿Cuál es el pensamiento más grande que puede ocupar la mente humana?: La contemplación de Dios. El intelecto humano no puede encontrar tema más alto y digno que éste. No hay tema que se le compare. ¡Grande es el Señor!


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PE2273 – Estudio Bíblico
Paciente y Grande es el Señor (2ª parte)



¿Qué tal amigos? ¡Qué gusto estar nuevamente junto a ustedes! Decíamos en el programa anterior, que Dios es tan grande, que nosotros tan sólo vemos los bordes de Sus caminos y oímos sólo un susurro de Su poder. Si los bordes son tan pavorosos, ¿cuál será la plenitud? Y si el susurro es tan ensordecedor, ¿cómo será el trueno? Al ir al Salmo 104:32, podemos captar algo más de la grandeza de Dios. Dice así: “Él mira la tierra, y ella tiembla; toca los montes, y humean”. Un vistazo de Dios puede provocar un terremoto, y Su tacto puede causar erupciones volcánicas. ¡Eso sí que es poder!

Una simple mirada del Todopoderoso hace que los cimientos de la tierra se sacudan con violencia, y el delicado toque de Su mano provoca al Vesubio a vomitar toneladas de lava. Si impulsos tan pequeños causan tales cataclismos aplastantes, ¿qué se produciría si fuese desatado por completo el poder de Dios?

En el Salmo 113:6, leemos que Dios “se humilla a mirar en el cielo y en la tierra”. Ésta es una manera preciosa de describir la trascendencia del Señor –el hecho de que Él es más alto y que está más allá de los límites de nuestra experiencia o nuestro universo. Si nos pusiésemos de puntillas, no podríamos abarcar las cosas que hay en el cielo. Lo que para nosotros es estirarnos enormemente, para Dios es inclinarse enormemente. La mente humana no puede ni llegar a imaginarse cuán exaltado es Dios sobre toda la creación.

El Salmo 147:4 dice: “Él cuenta el número de las estrellas; a todas ellas llama por sus nombres”. Aquí nos hallamos ante dos maravillas –la habilidad de contar interminablemente sin quedarse sin números, y asignar millones de nombres sin duplicación.
Nosotros no sabemos cuántas estrellas hay y, aunque lo supiésemos, no hay palabras suficientes en nuestro vocabulario para expresar tales cantidades. El astrónomo británico Sir James Jeans, dijo en cierta ocasión que es muy probable que haya las mismas estrellas en los cielos como arena hay en todas las costas del mundo. A la luz de esto, es interesante ver que cuando Dios le hizo a Abraham la promesa de su innumerable posteridad, le habló de estrellas y arena al mismo tiempo (como leemos en Génesis 22:17). Al contar las estrellas, Dios se muestra a Sí mismo como un Dios de capacidad infinita. Y al darle un nombre a cada una, se revela como un Dios de infinita variedad.

Por supuesto, Él es el Dios del telescopio. Pero, si nos fijamos en el versículo anterior, nos daremos cuenta de que es también, de la misma manera, el Dios del microscopio: “El sana a los quebrantados de corazón, y venda sus heridas” (nos dice el Salmo 147:3). Aquel que conoce cada detalle de las expansiones celestes, está vitalmente interesado en Sus dolientes criaturas. Tal preocupación personal es impresionante, al considerar la partícula de polvo cósmico que es nuestro planeta en el universo, y cuán diminutos somos nosotros, aun en comparación con la tierra. Y aun así, el mismo Dios que cuenta las estrellas y da un nombre distinto a cada una de ellas, también se inclina y se rebaja en gracia para sanar a los quebrantados de corazón, y para vendar sus heridas.

El profeta Isaías, en el capítulo 6, versículo 1, declara: “En el año que murió el rey Uzías vi yo al Señor sentado sobre un trono alto y sublime, y la orla de su manto llenaba el templo” (así dice la versión de la Biblia de las Américas). ¡La orla de su manto llenaba el templo! ¿Qué es lo que quiere decir esto? La orla es la parte del manto que queda detrás. Sólo que aquí no se refiere a una prenda física, sino a la gloria del Señor –Su resplandor y excelencia moral.

Imaginémonos por un momento una boda en la abadía de Westminster, donde el vestido nupcial es tan magnífico que su orla llena toda la abadía. Entonces traslademos la ilustración al Señor y Su gloria. Si la orla de Su gloria llena el templo, ¿cómo será el despliegue completo de Su gloria?

En Isaías 40, tenemos otra descripción superlativa del Señor. Dios está reprendiendo a Su pueblo porque se han convertido en idólatras. Ése es el peor y último insulto –darle la espalda a esta gloriosa Persona que hemos estado describiendo, y adorar a imágenes de talla que representan a un hombre, o un ave, una bestia o una serpiente. Cualquier otra persona hubiese destruido a la humanidad tiempo ha, pero el Señor suplica a los hombres y mujeres con misericordia longánime, como leemos en los versículos 12 al 17:
“¿Quién midió las aguas con el hueco de su mano
y los cielos con su palmo,
con tres dedos juntó el polvo de la tierra,
y pesó los montes con balanza
y con pesas los collados?
¿Quién enseñó al Espíritu de Jehová,
o le aconsejó enseñándole?
¿A quién pidió consejo para ser avisado?
¿Quién le enseñó el camino del juicio,
o le enseñó ciencia,
o le mostró la senda de la prudencia?
He aquí que las naciones le son como la
gota de agua que cae del cubo,
y como menudo polvo en las balanzas le
son estimadas; he aquí que hace desaparecer
las islas como polvo.
Ni el Líbano bastará para el fuego,
ni todos sus animales para el sacrificio.
Como nada son todas las naciones delante de él;
y en su comparación serán estimadas en menos que nada,
y que lo que no es”.

Notemos lo que esto nos está diciendo acerca del Dios que hemos estado contemplando. Él es tan grande que mide las aguas en el hueco de Su mano –los Océanos, Atlántico, Pacífico, Índico, Ártico y Antártico, y todos los mares, lagos, estanques y ríos. Él es tan grande que mide los cielos con Su palmo. Un palmo es la distancia que hay entre la punta del dedo pulgar hasta la punta del dedo meñique. El palmo de Dios es capaz de abarcar los cielos. Puede juntar el polvo de la tierra con tres dedos. Puede pesar las majestuosas montañas y los collados en Sus balanzas; para Él, son insignificantes. Los imperios más poderosos del mundo equivalen a la última gota de agua que queda en un cubo –sin más importancia que el polvo que pueda acumularse en la balanza del farmacéutico. Si tuviésemos que amontonar todos los cedros del Líbano para el fuego y todos sus animales para el sacrificio, éste sería completamente insuficiente para tan grande Dios.

Nahúm escribió, en el capítulo 1, versículo 3, de su libro:
“Jehová es tardo para la ira y grande en poder,
y no tendrá por inocente al culpable.
Jehová marcha en la tempestad y el torbellino,
y las nubes son el polvo de sus pies”.

¡Piensa en esto! El tornado y la tormenta marchan sobre nosotros, pero Dios marcha en ellos. Para nosotros, las nubes se asemejan a grandes Himalayas, pero Él es tan alto y sublime que éstas no son más que el polvo de Sus pies. Bien dijo William Cowper que: “Él marcha en la tormenta y deja huellas en el mar”. Los vientos y las olas le obedecen.

Y después, en el libro de Habacuc, capítulo 3, versículos 3 y 4, tenemos otra gran visión de Dios, en su esplendor único e incomparable:
“Dios vendrá de Temán,
Y el Santo desde el monte de Parán.
Su gloria cubrió los cielos,
Y la tierra se llenó de su alabanza.
Y el resplandor fue como la luz;
Rayos brillantes salían de su mano,
Y allí estaba escondido su poder”.

La pregunta que nos queda es, si tal es Su poder escondido, ¿qué será de la plena revelación del mismo?

Es importante que nuestros pensamientos de Dios sean sublimes. Si Lo reducimos a nuestro tamaño, nuestras vidas empobrecerán acordes con esa medida. Si nuestro Dios es tan pequeño, nunca nos levantaremos a la grandeza en Su reino. Frederick William Faber, lo resume así:
¡Oh, de qué modo, de Dios, el pensamiento, atrae, y aleja de la tierra el corazón,
Y los juegos y espectáculos efímeros, y las risas disipadas, hace repugnar!
No es esto suficiente para salvar nuestra alma, y el fuego eterno soslayar;
En el corazón, de Dios el pensamiento, sublimes y mayores deseos despertará.

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