Josafat, un héroe con pies de barro (11ª parte)

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Autor: Eduardo Cartea Millos

El avivamiento bajo el liderazgo del rey Josafat nos impresionó, y lo hace también, pero de forma negativa los peldaños descendentes que encontramos en el capítulo 18 de 2 Crónicas. Un proceso que comienza con una decisión mal tomada: hacer alianza con Acab.


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PE2551 – Estudio Bíblico
Josafat, un héroe con pies de barro (11ª parte)



Peldaños descendentes

Estimado oyente, en primer lugar, leeremos el pasaje bíblico de 2 Crónicas 18:1-3, si tiene cerca una Biblia puede acompañarnos. Dice así: «Tenía, pues, Josafat riquezas y gloria en abundancia; y contrajo parentesco con Acab. Y después de algunos años descendió a Samaria para visitar a Acab; por lo que Acab mató muchas ovejas y bueyes para él y para la gente que con él venía, y le persuadió que fuese con él contra Ramot de Galaad. Y dijo Acab rey de Israel a Josafat rey de Judá: ¿quieres venir conmigo contra Ramot de Galaad? Y él respondió: yo soy como tú, y mi pueblo como tu pueblo; iremos contigo a la guerra«.

Alguna vez hemos visto el proceso de una caída. Comienza con un tropezón o un resbalón y la persona va perdiendo estabilidad. Se va cayendo hasta que, al final, inexorablemente, sin poder evitarlo, aterriza en el duro suelo. Ciertamente, muchas veces nos ha producido risa ver ese trágico periplo. Pero, en general, lo que comienza con un tropezón, termina en un serio golpe con sus consecuencias.

Eso es lo que le pasó a nuestro héroe con pies de barro. El verso 1 nos muestra el gran error de Josafat. Error que le causó problemas serios, y no solamente a él, estando a punto de quitarle la vida, sino que trascendió a su descendencia y a todo el pueblo de Israel. El pecado siempre es trascendente. Siempre tiene secuelas. Una decisión, unos minutos en nuestra vida, pueden ser fatales. El pecado puede ser perdonado, si hay arrepentimiento por parte del que lo cometió, pero las consecuencias del pecado se pagan, muchas veces, de por vida, y también muchas veces trascienden a otros; a menudo, a aquellos a los que más queremos.

Pero el capítulo 18 nos muestra, no solo un acto, sino un proceso. El proceso de la caída. Hay en este singular relato cuatro peldaños en la caída de Josafat, en su descenso espiritual. Leemos en el v. 2: “Y después de algunos años descendió a Samaria para visitar a Acab”. El rey Josafat tenía la base de su reino y su casa en Jerusalén, la capital del reino de Judá, el reino del sur de Israel, que estaba y está situada en un lugar elevado de las montañas de Judea. Samaria, hacia el norte, a unos 60 km. de Jerusalén, era la capital del reino del norte y la sede del trono de Acab. Pero la expresión “descendió” es sugerente. En la Biblia ocurre muchas veces, y algunas de ellas nos ayudan a entender en forma espiritual los acontecimientos que siguieron a esos descensos.

Podemos pensar en casos como Abraham, que dice Génesis 12:10 que “descendió a Egipto”, y allí tuvo una experiencia triste en su vida. O Sansón, en Jueces 14:1, “descendió a Timnat y vio una mujer”, para escribir uno de los capítulos más tristes de su azarosa vida. O también Jonás, que en su capítulo 1:3, dice: “y descendió a Jope, y halló una nave que partía para Tarsis”. Fue el comienzo de una aventura triste e indigna para un siervo de Dios y una lección durísima para el profeta. Otro descenso conocido es aquel de la parábola de Jesús sobre el buen samaritano que comienza en Lucas 10:30 diciendo: “Un hombre descendía de Jerusalén a Jericó, y cayó en manos de ladrones”.

El descenso, muchas veces ilustra no solo una acción física, sino una experiencia moral y aún espiritual. Para Josafat, “descender” a Samaria no solo fue un viaje equivocado, sino el principio de una caída espiritual que –como ya dijimos– le costó casi la vida, si no mediara la misericordia de Dios, y queda para nosotros como un ejemplo de lo que no hay que hacer en la relación con aquellos que no son de Cristo, sino con el mundo.

El mundo suele ser tan sutil y peligroso como lo fue Acab con Josafat. “¿Quieres venir conmigo…?”. La pregunta era comprometedora. ¿Cómo no ir? ¿Cómo dejar a una persona que pertenecía a su familia su consuegro sin ayuda? La respuesta surgió espontáneamente de su boca, tal vez sin darse cuenta de la trascendencia que tenía: “Yo soy como tú, y mi pueblo como tu pueblo; iremos contigo a la guerra”. Por cierto, a pesar de su error, Josafat no era como Acab. Y el pueblo de Judá no era como el pueblo de Israel. Había entre ellos una gran brecha. Unos eran adoradores del único y verdadero Dios y los otros, paganos e idólatras.

No sois del mundo, antes yo os elegí del mundo”, dijo Jesús de los suyos en Juan 14:19. Y agregó, orando al Padre, en 17:14: “No son del mundo, como tampoco yo soy del mundo”. Josafat era un hombre de paz, y es posible que deseara ver al pueblo unido, el norte con el sur, otra vez, como en tiempos de David y Salomón. Pero no midió los costos. Era peligroso hacerlo así. Y lo peor fue que no consultó primero a Dios. Tomó una decisión por su cuenta. Las buenas intenciones no son suficientes, cuando Dios no está presente en nuestras decisiones. Por otra parte, significaba identificarse con el mundo.

Identificarse con el mundo es una de las cosas más tristes que le pueden ocurrir a un cristiano. Amistades, relaciones, compromisos, sociedades, gustos, puntos de vista, conceptos, tendencias, música, modas o lugares de diversión, pueden ser puntos de identificación con el mundo. Y hacerlo puede tener un costo impredecible, que hasta puede quitarnos la vida. Puede sonar como “anticuado”, pero no por eso vamos a callar, no por eso vamos a cambiar de opinión, y no por eso vamos a dejar de insistir, cada uno es responsable ante el Señor, de exhortar lo que dice el apóstol en Romanos 12: “No os conforméis a este siglo”, o dicho de otra manera: “No toméis la forma, el molde de esta sociedad actual”.

El mensaje del mundo siempre es: “¿Quieres venir conmigo?”. El mensaje de Dios es como en Isaías 52:11: “Apartaos, apartaos, salid de ahí, no toquéis cosa inmunda, salid de en medio de ella; purificaos los que lleváis los utensilios de Jehová”. ¿Qué quiere decir “santidad”? ¿Qué quiere decir “ser santos”? ¿Estar juntos con el mundo o separados de él? La Iglesia de hoy está muchas veces tan mimetizada con el mundo que es casi imposible hallar diferencias, distinguir entre lo santo y lo profano. La Iglesia, es cierto ha salido del mundo, pero ¡ay!, hoy el mundo ha entrado a la Iglesia.

La astucia de Acab fue mayor que la perspicacia de Josafat. Al fin terminó en un compromiso para este rey, bueno pero poco sagaz, cuyos frutos pronto resultaron muy amargos. ¿No sucede muchas veces así con los creyentes? El mundo suele ser más astuto que los hijos de Dios, como Jesús dijo en Lucas 16:8: “los hijos de este siglo son más sagaces en el trato con sus semejantes que los hijos de luz”.

Y a veces suele meternos en situaciones que terminan en compromisos, en redes, de las cuales no es fácil de salir. Son trampas que el enemigo pone a nuestros pies. Por otro lado, las artimañas de Satanás son conocidas. Él es completamente predecible en sus estrategias y métodos, pues ha usado los mismos desde el Edén. Todas las tentaciones siguen básicamente el mismo modelo, de modo que, si el creyente es sabio en Dios, y su conciencia está sensibilizada por Su Palabra, puede darse cuenta por donde viene el ataque, y no solo impedir ser vulnerable, sino incluso, salir victorioso.

Si hubiéramos estado en la corte de Acab, y fuésemos consejeros de Josafat, ¿no le hubiéramos dicho: Josafat, piensa; date cuenta que Acab quiere envolverte y tu vida y tu reputación estarán en peligro? ¿Y por qué tantas veces no sucede así con nosotros, que vez tras vez caemos en sus redes? Bien dijo Jesús a los suyos en Mateo 10:16: “Sed mansos como palomas, pero astutos [prudentes] como serpientes”.

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