¿Qué esperamos, en realidad? (2ª parte)
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El sueño, según la Biblia, es un regalo de Dios que restaura y bendice de manera especial al que espera en Dios. Esperar solo en Dios significa dar la espalda a los ídolos, para servir al Dios vivo y verdadero y esperar de los cielos a Su Hijo.
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PE3213 – ¿Qué esperamos, en realidad? (3ª parte)
El Salmo 127:2 dice algo muy interesante, y leo la versión de la Nueva Biblia de las Américas: «Es en vano que se levanten de madrugada, que se acuesten tarde, que coman el pan de afanosa labor, pues Él da a Su amado aun mientras duerme«.
Este versículo no solamente dice que es mejor dormir con provecho que velar en vano, sino que va aún más allá. No sé si ya te fijaste una vez en lo que dice la Biblia sobre el sueño. Este, claramente, no sirve solo para la restauración física. La frase que acabamos de leer – «Él da a Su amado aun mientras duerme» – expresa que, aún durante el sueño, Dios bendice a los suyos. Hallamos aquí un objetivo mucho más significativo del sueño que solamente el descanso físico.
Los más profundos deseos de nuestra alma, ya sean buenos o malos, son procesados durante el sueño. Por eso se dice a veces en el lenguaje popular, cuando hay que tomar una decisión importante: «Lo voy a consultar con la almohada». Es decir, a la hora de descansar no buscas solamente la renovación física, sino a veces te acuestas sin saber qué hacer en cierto asunto; y cuando te despiertas tienes mucho más claridad al respecto. Es Dios quien te ayudó durante el sueño. Personalmente, lo experimenté muchas veces: Cuando estaba lleno de problemas y preocupaciones, los echaba sobre el Señor y me acostaba a dormir – y por la mañana, sabía lo que tenía que hacer en este o aquel asunto.
La Biblia nos relata ejemplos de cómo Dios hizo grandes cosas durante el profundo sueño de sus siervos. Adán, el primer hombre, por ejemplo, tenía un gran problema. Había dado nombres a todos los animales, reinaba sobre la creación, pero él como ser humano estaba solo en el mundo. Dios vio todo esto y dijo: «No es bueno que el hombre esté solo; le haré ayuda idónea para él».
¿Y qué hizo Dios? “…hizo caer sueño profundo sobre Adán, y mientras éste dormía, tomó una de sus costillas, y cerró la carne en su lugar. Y de la costilla que Jehová Dios tomó del hombre, hizo una mujer, y la trajo al hombre».
Así resolvió el problema de la soledad de Adán. Por lo demás, esta es también una maravillosa representación profética del postrer Adán, Jesucristo: En la cruz del Gólgota, Él durmió, por así decirlo, el sueño de la muerte. Y cuando uno de los soldados le abrió el costado, «al instante salió sangre y agua».
Veo en este suceso una imagen de la Iglesia, que pudo nacer gracias a la muerte vicaria del Señor Jesús en la cruz. En 1 Juan 5:6 leemos: «Este es Jesucristo, que vino mediante agua y sangre; no mediante agua solamente, sino mediante agua y sangre. Y el Espíritu es el que da testimonio; porque el Espíritu es la verdad». El agua es una representación del “lavamiento de la regeneración en el Espíritu Santo”, como dice Tito 3:5. Y con Su sangre derramada en nuestro lugar, Jesucristo adquirió a Su Iglesia, la Esposa del Cordero: «Porque somos miembros de su cuerpo, de su carne y de sus huesos», dice Efesios 5:30.
Otro ejemplo de cómo Dios da a Sus amados mientras duermen:
Cuando le reveló a Abraham el grandioso futuro de su descendencia, lo hizo cuando éste dormía. Así lo leemos en Génesis 15:12-14: «Mas a la caída del sol sobrecogió el sueño a Abram, y he aquí que el temor de una grande oscuridad cayó sobre él. Entonces Jehová dijo a Abram: Ten por cierto que tu descendencia morará en tierra ajena, y será esclava allí, y será oprimida cuatrocientos años. Mas también a la nación a la cual servirán, juzgaré yo; y después de esto saldrán con gran riqueza».
El sueño es un regalo de Dios. Desconecta suavemente nuestra conciencia; y mientras tanto, Dios se dedica a la vida inconsciente del alma, en lugares donde solamente Él tiene acceso. Por eso, es recomendable traer a la memoria al Señor y su Palabra, cuando te acuestas. David testifica en el Salmo 63: «Como de meollo y de grosura será saciada mi alma, y con labios de júbilo te alabará mi boca, cuando me acuerde de ti en mi lecho».
En otras palabras: ¡Encomiéndale tu vida pidiéndole Su paz durante las horas de sueño! Entonces la buena mano del Creador hará un profundo trabajo de edificación en tu alma y en tu espíritu.
Volvamos ahora a la pregunta inicial de esta miniserie de mensajes:
¿Qué esperamos, en realidad?
El que vive atribulado porque no echa toda su ansiedad sobre el Dios todopoderoso, no espera a su Señor como debe. El Salmo 37:7 nos exhorta expresamente: «Guarda silencio ante Jehová, y espera en él». En otras palabras: ¡silencia ahora en ti todas las demás voces, no las escuches más, y concéntrate en el Señor!
En la medida en que nos dejemos controlar por nuestras emociones, somos desviados fácilmente de la única meta, la de esperar solamente al Señor. Escucha bien lo que te digo: Si realmente te has convertido al Señor Jesucristo, necesariamente también debes esperarlo. Pues así lo aprendemos de los tesalonicenses. En todo lugar se hablaba de ellos y de cómo se convirtieron de los ídolos a Dios, “para servir al Dios vivo y verdadero, y esperar de los cielos a su Hijo, al cual resucitó de los muertos, a Jesús, quien nos libra de la ira venidera».
Una vez más: ¡El que se ha apartado completamente de todo lo que es idolatría a los ojos de Dios y se ha vuelto hacia el Señor, debe esperarle! ¡Le es imposible no hacerlo!
Pero también lo contrario es una triste realidad: El que no espera al Señor, todavía no se ha apartado de los ídolos. Ya sea este ídolo una persona, dinero o cualquier otro objeto, en tanto que te aferres a él, no dejará que esperes al Señor de todo corazón.
Tito 2:11-13 describe nuestra espera con las siguientes hermosas palabras: «Porque la gracia de Dios se ha manifestado para salvación a todos los hombres, enseñándonos que, renunciando a la impiedad y a los deseos mundanos, vivamos en este siglo sobria, justa y piadosamente, aguardando la esperanza bienaventurada y la manifestación gloriosa de nuestro gran Dios y Salvador Jesucristo«.
¡Qué maravilloso!: La gracia de Dios nos enseña, nos hace renunciar a todos los deseos mundanos y crea en nosotros la poderosa determinación de aguardar a Jesús y su manifestación.
Pablo dice al respecto en 2 Timoteo 4:8: «Por lo demás, me está guardada la corona de justicia, la cual me dará el Señor, juez justo, en aquel día; y no sólo a mí, sino también a todos los que aman su venida«.
¿No es tiempo de dejar – ahora mismo – todo lo que enturbia tu espera? ¡Ya no nos queda mucho tiempo hasta que el Señor venga! ¡Ya vemos en el horizonte las oscuras nubes de los juicios que acompañarán Su regreso visible a esta Tierra! Ya todo alrededor nuestro está en proceso de disolución.
En esta situación, el Señor nos dice con gran seriedad, por medio de 2 Pedro 3:11-12: «Puesto que todas estas cosas han de ser deshechas, ¡cómo no debéis vosotros andar en santa y piadosa manera de vivir, esperando y apresurándoos para la venida del día de Dios, en el cual los cielos, encendiéndose, serán deshechos, y los elementos, siendo quemados, se fundirán».
Y puesto que todas estas cosas han de ser deshechas, Pedro dice en los siguientes versículos 13 y 14: «Pero nosotros esperamos, según sus promesas, cielos nuevos y tierra nueva, en los cuales mora la justicia. Por lo cual, oh amados, estando en espera de estas cosas, procurad con diligencia ser hallados por él sin mancha e irreprensibles, en paz».
El apóstol Juan nos dice algo muy parecido en su primera carta: “Y ahora, hijitos, permaneced en él, para que cuando se manifieste, tengamos confianza, para que en su venida no nos alejemos de él avergonzados”.
¡Que así sea en nuestras vidas! ¡Cristo viene pronto!
