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Autor: Norbert Lieth

Un mensaje inspirador sobre el miedo como uno de los grandes enemigos del alma. A la luz de la fe cristiana, el texto invita a confiar en Dios, mirar lo eterno, recordar Su amor y hallar esperanza, consuelo y libertad en Cristo.


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PE3217 – Tres asesinos de tu vida: Miedo (2ª parte)



El miedo

Uno de los miedos que puede resultar en un asesino de nuestra alma es el temor de encarar la vida. ¿Cómo hacer frente a los retos que se nos presentan? A menudo se alzan ante nosotros como montañas insuperables. En un sermón que me habló mucho, el evangelista Hans Peter Royer dijo: «Debemos aprender a no vivir ya en el YO, ME, MÍO, sino en el NOSOTROS y NUESTRO. […] Si has nacido de nuevo del Espíritu Santo, el Señor Jesucristo habita en ti. […] Y así es como debes encarar la vida. Si vives en el YO, ME, MÍO, dices: ‘Tengo miedo a lo que viene; no sé qué hacer; estoy seguro de que volveré a fracasar’. Pero inténtalo ahora con el NOSOTROS: ‘Señor Jesús, tenemos tanto miedo’, y Jesús te dice: ‘No hay por qué temer’. ‘Señor Jesús, no sabemos qué hacer’. Y Jesús te responde: ‘Yo te guío, pues tengo el futuro en mis manos’. ‘Señor Jesús, vamos a morir’. Pero Él te hace recordar: ‘Yo he resucitado’. […] Cada vez que digo: ‘No puedo hacerlo’, Él dice: ‘Tampoco es necesario; yo sí lo puedo hacer’. Cuando me quejo: ‘Jesús, no soy capaz’, Él responde: ‘Lo sé, pero yo sí’. Cada vez que yo no soy nada, Él lo es todo”. Otro temor que puede afligir nuestra alma es el temor al hombre, que a menudo afecta también nuestra relación con Dios. Tenemos miedo a cómo reaccionará la gente, a lo que pensarán y dirán de nosotros, a cómo nos juzgarán. En última instancia, esto también nos puede hacer sentir miedo a la reprobación de Dios. ¿Cómo me juzgará Él? Sin embargo, si le pertenezco a Cristo, el juicio de Dios ya ha pasado sobre mí. He sido liberado, santificado, redimido y hecho justo. “Ya no hay condenación para los que pertenecen a Cristo Jesús”, nos asegura Romanos 8:1. Si somos de Cristo, su resurrección nos libera del miedo, la culpa, la vergüenza y los complejos de inferioridad. No eres lo que eres a tus propios ojos. Tampoco eres lo que eres a los ojos de los demás. Eres lo que eres a los ojos de Dios: ¡Él ve a Cristo en ti!   También el miedo al futuro es un asesino de nuestra alma. “Ya no es como antes” dice la gente en su angustia. “¡Vienen tiempos malos!”. Incluso entre los cristianos hay mucha preocupación. El miedo que hay en el mundo quiere contagiarnos y apagar nuestra esperanza. Pero, como dijo el autor Peter Hahne: “Por encima de todas las malas noticias de este mundo está el mensaje de Job 19:25: ‘¡Sé que mi Redentor vive!’”.   Cuando los miedos quieren invadirnos, el libro de los Salmos puede ser una fuente de ánimo para nosotros, que nos permite levantarnos del suelo: “El Señor está en su santo templo” – nos asegura el Salmo 11 – “el Señor aún gobierna desde el cielo. Observa de cerca a cada uno y examina a cada persona sobre la tierra”. Hagan los hombres lo que hagan; propónganse lo que quieran: en última instancia se cumplirá la voluntad de nuestro Padre, quien está en los Cielos. “Yo conozco la grandeza del señor” – canta el salmista en el Salmo 135 – “nuestro Señor es más grande que cualquier otro dios. El señor hace lo que le place por todo el cielo y toda la tierra”. Es Dios el que escribe el guion. Él tiene en sus manos los destinos de sus criaturas y los dirige. En 2 Corintios 7, el apóstol Pablo nos da testimonio de su propia experiencia: “Cuando llegamos a Macedonia”, escribe, “no hubo descanso para nosotros. Enfrentamos conflictos de todos lados, con batallas por fuera y temores por dentro; pero Dios, quien alienta a los desanimados, nos alentó con la llegada de Tito”. El mensaje del apóstol es el mismo que encontramos en los Salmos. Nos muestra que Dios está presente; Él conoce nuestros temores y nos ayuda a discernir su mano detrás de todo lo que nos pasa. Cuando alguien nos consuela, viene de parte de Él, pues es el Dios de toda consolación. En el mundo tendremos aflicción, dijo Jesús. El mundo nos da miedo porque él mismo tiene miedo. Pero la certeza de que Jesús está por encima de todo y ha vencido al mundo, me permite estar tranquilo, como afirma la Palabra de Dios: “El Señor es quien me ayuda, por tanto, no temeré. ¿Qué me puede hacer un simple mortal?” (Hebreos 13:6). El pastor alemán Friedrich von Bodelschwingh, bienhechor de los pobres y enfermos mentales, a los cuales protegió bajo riesgo de muerte contra las crueldades del régimen nazi, compartió este testimonio: “Cuando nuevamente se acerca algo que parece oscuro y difícil, espero en Dios, miro hacia atrás y pienso en las tantas veces que experimenté Su ayuda – y sé con certeza que volveré a ver Su salvación”. ¿Qué consejos bíblicos podemos dar entonces frente a los diversos miedos que atacan nuestras almas?   Lo primero es: ¡Concéntrate en lo esencial! Como dijimos, el desánimo es la pérdida de la perspectiva de Dios en tu vida. Ya no te ves como Dios te ve. La solución bíblica a esto es la de Colosenses 3:1-2: “Ya que han sido resucitados a una vida nueva con Cristo, pongan la mira en las verdades del cielo, donde Cristo está sentado (…) Piensen en las cosas del cielo, no en las de la tierra”. ¿Qué significa pensar en las cosas del Cielo? Nuestro destino no es terrenal, sino celestial. En consecuencia, apartemos la mirada de lo que está en la tierra y quiere llevarnos cautivos. Recordemos lo que poseemos en Cristo, centrémonos en el hecho de que hemos resucitado con Jesús. De acuerdo con nuestra posición “en Cristo” ya estamos sentados a la diestra de Dios, hechos perfectos e infinitamente amados por el Padre en Cristo. Fijemos nuestros ojos en todo lo que Cristo es para nosotros: Sustituto, Mediador, Salvador, Señor, Maestro y Cabeza. Recordemos que Jesús es nuestra justicia, nuestra santidad y el que nos incentiva a vivir por el Espíritu. Nuestro estado de ánimo depende, en última instancia, de lo que estamos mirando. Por eso: ¡mira en la dirección correcta! “Así que, todos nosotros, a quienes nos ha sido quitado el velo, podemos ver y reflejar la gloria del Señor” – dice Pablo en 2 Corintios 3. Y además, esto tiene un efecto extraordinario en nosotros, como escribe a continuación: “El Señor, quien es el Espíritu, nos hace más y más parecidos a él a medida que somos transformados a su gloriosa imagen”. Ante las mismas circunstancias, el pesimista se queja: “El vaso está medio vacío”; el optimista afirma: “El vaso está medio lleno”; pero el salmista celebra: “Mi copa está rebosando” (Salmos 23).   Si sólo nos fijamos en nosotros mismos y en nuestras debilidades, eso nos arrastra para abajo. Si nos enfocamos en todos los problemas, pronto nos sentiremos totalmente agobiados. Si miramos a los demás y nos comparamos con ellos, nos deprimimos. Pero si miramos la gloria de nuestro Salvador y vemos su amor, su perdón y su fidelidad, esto nos transforma. Termino con este consejo: ¡recuerda el amor de Dios! El apóstol Juan nos habla del amor de Dios, en el cual no hay miedo: “…porque el amor perfecto expulsa todo temor” – escribe en su primera carta. “Si tenemos miedo es por temor al castigo, y esto muestra que no hemos experimentado plenamente el perfecto amor de Dios” (1 Juan 4:18). No hay ningún pasaje en la Biblia que afirme que Dios dejaría de amar en algún momento. Los que se saben amados por Él no tienen nada que temer, al contrario: se sienten seguros en su amor: “Si Dios está a favor de nosotros, ¿quién podrá ponerse en nuestra contra?”, dice Romanos 8:31. Es más: “Si Dios no se guardó ni a su propio Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros, ¿no nos dará también todo lo demás?” (v. 32).    Me he acostumbrado a orar con las palabras de los Salmos, y esto me hace mucho bien. Uno saca provecho de las experiencias de los salmistas para sus propias luchas y necesidades.   Tomemos como ejemplo el salmo 34: “Oré al señor, y él me respondió; me libró de todos mis temores. Los que buscan su ayuda estarán radiantes de alegría; ninguna sombra de vergüenza les oscurecerá el rostro. En mi desesperación oré, y el señor me escuchó … El señor está cerca de los que tienen quebrantado el corazón; él rescata a los de espíritu destrozado. La persona íntegra enfrenta muchas dificultades, pero el señor llega al rescate en cada ocasión. … el señor redimirá a los que le sirven; ninguno que se refugie en él será condenado” (Salmos 34:4-6,18-19,22).   El tema del miedo es mucho más complejo y extenso de lo que podemos decir en unas pocas palabras, y lo mismo vale para la ayuda y el apoyo espiritual en tiempos de miedo. Pero el fundamento firme es y será siempre Dios. Apoyémonos en Él. Me despido, hasta nuestro próximo encuentro, con la bendición de Romanos 15:33 para todos mis oyentes: “Y que Dios, quien nos da su paz, esté con todos ustedes. Amén”.  

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