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Autor: Wim Malgo

La verdadera libertad y bendición se encuentran en hacer la voluntad de Dios, siguiendo el ejemplo de Jesús. En este mensaje Wim Malgo advierte contra la hipocresía de decir “sí” a Dios, pero no obedecer.


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PE3203 – La santa voluntad de Dios (1ª parte)



Estimados amigos, el Señor Jesús nos ha enseñado en la oración que llamamos “el Padre Nuestro”, a orar: «Hágase tu voluntad, como en el cielo, así también en la tierra». Este ha sido el propósito de Dios desde Génesis capítulos uno. Dios creó al ser humano a Su imagen y semejanza para que ejerciera Su voluntad en la tierra, viviendo para la gloria de su Creador. Pero el diablo aparentemente logró que la primera pareja humana se rebelara contra la voluntad de Dios. Pues Dios había dicho expresamente en Génesis 2:16-17: «De todo árbol del huerto podrás comer; mas del árbol de la ciencia del bien y del mal no comerás; porque el día que de él comieres, ciertamente morirás». Si tenemos en cuenta, que para con el Señor un día es como mil años, notamos que Adán, de hecho, murió ese día. Leemos en Génesis 5:5: Y fueron todos los días que vivió Adán novecientos treinta años; y murió. Le faltaban todavía 70 años. Sin embargo: Dios no renunció a lo que se había propuesto. En el mismo capítulo 5 de Génesis leemos de Enoc, séptimo desde Adán, que no murió. De él leemos: “Caminó, pues, Enoc con Dios, y desapareció, porque le llevó Dios”.

 

En el segundo libro de Reyes capítulo dos, leemos del profeta Elías quién como Enoc fue arrebatado: «Aconteció que cuando quiso Jehová alzar a Elías en un torbellino al cielo, Elías venía con Eliseo de Gilgal». Era la voluntad de Dios transformar y arrebatar a Elías. Hoy, en este tiempo final, Dios el Señor quiere hacer lo mismo con Su Iglesia, a la cual compró por Su sangre: la quiere transformar y arrebatar. ¡Y esto también sucederá! Según Filipenses 3:21 Jesucristo transformará el cuerpo de la humillación nuestra, para que sea semejante al cuerpo de la gloria suya. Pero hasta ese momento, Dios quiere que hagamos Su voluntad aquí en la Tierra.  ¿Puedo preguntarte cuánto te importa la voluntad de Dios?

 

Lo que el primer Adán perdió por su desobediencia, Cristo, el postrer Adán, lo recuperó a través de Su obediencia hasta la muerte, y muerte de cruz. Por eso, el Señor Jesús hablaba durante su vida terrenal una y otra vez de la voluntad del Padre. Así escuchamos decir al Salvador en Juan 4:34: «Mi comida es que haga la voluntad del que me envió, y que acabe su obra». Y en el siguiente capítulo dice: «No puedo yo hacer nada por mí mismo; según oigo, así juzgo; y mi juicio es justo, porque no busco mi voluntad, sino la voluntad del que me envió, la del Padre». Su pasión consistía en hacer la voluntad de Su Padre. Incluso en aquella hora indeciblemente difícil en el huerto de Getsemaní, oró: «Padre, si quieres, pasa de mí esta copa; pero no se haga mi voluntad, sino la tuya».

Hebreos 5:8-9 añade: «Y aunque era Hijo, por lo que padeció aprendió la obediencia; y habiendo sido perfeccionado, vino a ser autor de eterna salvación para todos los que le obedecen».

 

El Señor Jesús, que buscaba solamente la voluntad de Su Padre celestial, nos dice en Mateo 7:21 estas palabras inequívocamente claras: «No todo el que me dice: Señor, Señor, entrará en el reino de los cielos, sino el que hace la voluntad de mi Padre que está en los cielos».

Dios busca: ¡hacedores de Su voluntad!

Querido amigo, ser obediente a Dios, hacer Su voluntad hasta en el más pequeño detalle de tu vida, esto realmente te hace libre. Eres bendecido y dotado de autoridad espiritual en la medida en que vivas personalmente en el centro de la voluntad de Dios. Pero la tragedia de muchos creyentes consiste en que aseveran al Señor una y otra vez que quieren hacer Su voluntad – pero en las decisiones prácticas, a pesar de orar por ellas, imponen sus propias ideas. El Señor Jesús denunció severamente esta hipocresía, con las palabras que leemos en Lucas 6:46: «¿Por qué me llamáis, Señor, Señor, y no hacéis lo que yo digo?».

 

La carta de Santiago, lo dice algo más detalladamente en capítulo 1:22-25: «Pero sed hacedores de la palabra, y no tan solamente oidores, engañándoos a vosotros mismos. Porque si alguno es oidor de la palabra, pero no hacedor de ella, éste es semejante al hombre que considera en un espejo su rostro natural. Porque él se considera a sí mismo, y se va, y luego olvida cómo era. Mas el que mira atentamente en la perfecta ley, la de la libertad, y persevera en ella, no siendo oidor olvidadizo, sino hacedor de la obra, éste será bienaventurado en lo que hace».

 

En las charlas de consejería, me encuentro una y otra vez con este problema: Hay creyentes que aparentan ser muy espirituales. Pero noto en muchos de ellos, que quieren imponer su propia voluntad, cueste lo que cueste. Hace unos años, vino a verme una hermana soltera, ya entrada en años. A ella se le presentaba la oportunidad de casarse con un viudo, que tenía cinco hijos. Ella me preguntó: “Hermano Malgo, ¿qué piensa? ¿es la voluntad de Dios?” Mi respuesta fue: “Yo no puedo tomar esta decisión en su lugar. Pero ¿es este señor viudo nacido de nuevo?”.

“Está muy cerca de eso”, respondió ella. “¡Entonces tenga mucho cuidado! Pues en el matrimonio, es mucho más fácil que el incrédulo tire hacia abajo al creyente que al revés. Además, está escrito en segunda de Corintios 6:14: ‘No os unáis en yugo desigual con los incrédulos’”. A pesar de eso, ella se casó con el viudo, desobedeciendo a Dios. Y no tuvo un final feliz. Por eso, hay que buscar con mucha cautela la voluntad del Señor, examinándose: ¿Quiero hacer la voluntad del Señor o estoy imponiendo mi propia voluntad?

 

Esta pregunta, querido oyente, se la quiero dirigir muy personalmente a usted, rogándole que se examine delante del Señor y que realmente sea hacedor de la voluntad de Dios.

 

Muchos no tienen ninguna bendición en su vida diaria, porque prefieren dejarse guiar por sus pensamientos egoístas, más que por la santa voluntad de Dios. El Señor Jesús procuró reiteradamente y de muchas maneras hacer comprender a Sus oyentes que lo que cuenta es solamente el hacer la voluntad de Dios. En Mateo 21:28-31 El Señor pregunta a los principales sacerdotes y los ancianos del pueblo: «¿Qué os parece? Un hombre tenía dos hijos, y acercándose al primero, le dijo: Hijo, ve hoy a trabajar en mi viña. Respondiendo él, dijo: No quiero; pero después, arrepentido, fue. Y acercándose al otro, le dijo de la misma manera; y respondiendo él, dijo: Sí, señor, voy. Y no fue. ¿Cuál de los dos hizo la voluntad de su padre? Dijeron ellos: El primero. Jesús les dijo: De cierto os digo, que los publicanos y las rameras van delante de vosotros al reino de Dios.»

Él quería decir con esto: Los que, en su comportamiento exterior, adoptan la actitud de pecadores y de personas que siempre dicen “¡no!”, muchas veces dicen “¡sí, Señor!” en sus corazones. Y los que se comportan muy piadosamente hacia afuera y dicen rápidamente “sí”, dicen “no” en sus corazones. Con esto, el Señor desenmascara esta hipocresía y describe con palabras muy fuertes qué grave destino le espera al hombre que escucha la Palabra, pero no actúa conforme a ella.

 

Leemos en Mateo 7:22-25: «Muchos me dirán en aquel día: Señor, Señor ¿no profetizamos en tu nombre, y en tu nombre echamos fuera demonios, y en tu nombre hicimos muchos milagros? Y entonces les declararé: Nunca os conocí; apartaos de mí, hacedores de maldad.”

Pero luego continúa el Señor:

“Cualquiera, pues, que me oye estas palabras, y las hace, le compararé a un hombre prudente, que edificó su casa sobre la roca. Descendió lluvia, y vinieron ríos, y soplaron vientos, y golpearon contra aquella casa; y no cayó, porque estaba fundada sobre la roca.”

Oye la palabra de Dios y ponla por obra, entonces serás como este hombre prudente. ¡Dios te bendiga!

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