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Autor: Esteban Beitze

Los temas que escucharemos en esta oportunidad son: El reconocimiento de Dios como generador de lo bueno en nuestras vidas y la confianza latente de que nos hace parte de su Reino.


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PE3130 – Josué (28ª parte)



En nuestro estudio consecutivo de la vida de Josué, llegamos al momento que había que enfrentar el enemigo. La primera ciudad para conquistar era Jericó. Acá empieza la historia de una mujer marcada por el pecado, pero que luego llegó a formar parte del pueblo de Dios.

  1. TRISTE PASADO

Dice en Josué 2:1: “Josué hijo de Nun envió desde Sitim dos espías secretamente, diciéndoles: Andad, reconoced la tierra, y a Jericó. Y ellos fueron, y entraron en casa de una ramera que se llamaba Rahab, y posaron allí

 

Triste pasado de Israel

El pueblo de Israel se encontraba en Sitim, un lugar muy amplio unos quilómetros del río Jordán, cuando Josué envía a dos hombres a espiar la ciudad de Jericó y sus alrededores. Esta ciudad prácticamente inexpugnable era el primer obstáculo hacia la conquista de la tierra prometida. Era como la llave para el avance al territorio prometido por Dios a su pueblo. Por lo tanto, era imprescindible su conquista.

Aunque Sitim fue el lugar de donde partieron los espías, también era un lugar de tristes sucesos. ¿Qué había sucedido allí? Estaban llegando a su final los 40 años de castigo en el desierto. El pueblo ya se encuentra en los límites de la tierra prometida. Pareciera que lo malo había terminado de una vez por todas. Pero allí en Sitim, Israel sigue desobedeciendo a Dios. Dice en Números 25:1-9: “Moraba Israel en Sitim; y el pueblo empezó a fornicar con las hijas de Moab,2 las cuales invitaban al pueblo a los sacrificios de sus dioses; y el pueblo comió, y se inclinó a sus dioses.3 Así acudió el pueblo a Baal-peor; y el furor de Jehová se encendió contra Israel.4 Y Jehová dijo a Moisés: Toma a todos los príncipes del pueblo, y ahórcalos ante Jehová delante del sol, y el ardor de la ira de Jehová se apartará de Israel.5 Entonces Moisés dijo a los jueces de Israel: Matad cada uno a aquellos de los vuestros que se han juntado con Baal-peor. 6 Y he aquí un varón de los hijos de Israel vino y trajo una madianita a sus hermanos, a ojos de Moisés y de toda la congregación de los hijos de Israel, mientras lloraban ellos a la puerta del tabernáculo de reunión.7 Y lo vio Finees hijo de Eleazar, hijo del sacerdote Aarón, y se levantó de en medio de la congregación, y tomó una lanza en su mano;8 y fue tras el varón de Israel a la tienda, y los alanceó a ambos, al varón de Israel, y a la mujer por su vientre. Y cesó la mortandad de los hijos de Israel.9 Y murieron de aquella mortandad veinticuatro mil”.

Una vez más el pueblo le había dado lugar al pecado y una vez más tuvo que ser juzgado. Otra vez miles tuvieron que morir. Fue la última rebelión antes del censo en el cual se constata que “entre éstos ninguno hubo de los contados por Moisés y el sacerdote Aarón, quienes contaron a los hijos de Israel en el desierto de Sinaí. 65 Porque Jehová había dicho de ellos: Morirán en el desierto; y no quedó varón de ellos, sino Caleb hijo de Jefone y Josué hijo de Nun” (Números 26:64,65). El juicio sobre toda la generación rebelde había sido llevado a cabo. Un gran cementerio tuvo que hacerse en este lugar. Sitim se había convertido en un lugar de tristes recuerdos, inmoralidad, idolatría y como consecuencia, un lugar de derrota y juicio divino.

 

Esta trágica historia evidencia una vez más una triste realidad.

El pecado siempre origina a corto o largo plazo un amargo fruto. ¿Cuántos frutos amargos ya cosechaste en tu vida por el pecado? ¿Cuánta tristeza, dolor, desengaño, amargura y destrozo experimentaste y quizás hasta ocasionaste a otros? Y para colmo de males, el pecado no perdonado en tu vida trae como consecuencia la muerte: “Porque la paga del pecado es muerte,…”. Con la muerte no sólo se refiere a la muerte física, la cual sin duda también llegará tarde o temprano, sino también a una separación de Dios, presente y luego eterna. Gracias a Dios el hombre no tiene que quedarse con esta triste realidad, porque la Palabra de Dios sigue diciendo: “mas la dádiva de Dios es vida eterna en Cristo Jesús Señor nuestro” (Romanos 6:23). La inmensa gracia y misericordia de Dios está dispuesta a darnos una vida nueva, si lo aceptamos.

 

Ahora bien, de Sitim de este lugar de triste pasado, Josué envía los espías para avanzar sobre la tierra prometida. Esto sólo lo hace posible la gracia y misericordia de Dios. Él empieza de nuevo. Ésta también puede ser tu realidad. Como dice Salomón: “Dios restaura lo que pasó” (Ecl.3:15).

 

Triste pasado de Rahab

Los dos espías llegaron a la ciudad y entraron en la casa de Rahab que se describe como “ramera”. Tanto el historiador judío Josefo como el Tárgum la describen como “posadera” o sea, que tenía una posada. Quizás la describen así con el sentido de suavizar su condición y hacerla más aceptable. Podría ser que era ambas cosas, pero la Biblia no deja dudas acerca de su condición moral. El NT la presenta dos veces como “Rahab la ramera” (Hb.11:31; Stg.2:25).

La pregunta perspicaz que surge enseguida es, qué hacían los dos israelitas en la casa de una ramera. Creo que podemos descartar cualquier inmoralidad de parte de estos espías. Ya Josué al elegirlos, seguramente había puesto sus ojos en personas espirituales para una tarea tan delicada. Él ya había experimentado de sobra, lo que significaba poner a personas carnales a cargo de una tarea tan especial como espiar la tierra, la cual necesitaba confianza y dependencia del Señor. Por otro lado, Dios en Deuteronomio 23:17, prohibía absolutamente la presencia de prostitutas en Israel: “No haya ramera de entre las hijas de Israel…”. Y si fueran casados, el adulterio se castigaba con la muerte (Lv.20:10).

Es bastante sencillo encontrar una solución lógica a este hecho. Como vemos en este capítulo, la presencia de los Israelitas en la frontera de la tierra había llenado de temor a los pobladores. Así se los hace saber Rahab a los espías al decirles: “el temor de vosotros ha caído sobre nosotros, y todos los moradores del país ya han desmayado por causa de vosotros (Jos.2:9). Por ende, cualquier extranjero que entrara a la ciudad, sería objeto de cuidadoso examen o al menos de miradas desconfiadas. El único lugar en el cual no levantarían tantas sospechas sería justamente en la casa de una ramera. Pues allí fueron, y Rahab los hizo esconder en el techo. Aunque, como nos revela la historia, a pesar de la estrategia, enseguida la sospecha llegó hasta el rey: “Y fue dado aviso al rey de Jericó, diciendo: He aquí que hombres de los hijos de Israel han venido aquí esta noche para espiar la tierra (2:2).

 

Pero volviendo a Rahab, vemos en ella una mujer que evidencia tristes características:

1) Una vida caracterizada por la inmoralidad y desconocimiento del verdadero amor. Como consecuencia de esta vida, sin lugar a dudas, ayudó a destruir hogares y vidas ajenas. Probablemente era despreciada por las otras mujeres y aún por su propia familia. Una vida marcada por el pecado, y sobre todo el sexual, siempre deja tristes marcas, miseria, dolor, reproches, desprecio de sí mismo y un tremendo vacío interior. Son personas que fingen felicidad, pero interiormente están arrasadas y generalmente terminan mal.

2) Era gentil, o sea, no formaba parte del pueblo de Dios, ni tenía derecho alguno de poder integrarse a ellos. Las bendiciones de Dios estaban destinadas a su pueblo escogido. Pero no para ella. Ella no tenía esperanza.

3) Ella tenía temor y vivía en medio de un pueblo temeroso. Tres veces aparece la palabra “desmayado” en el capítulo 2 (vs.9,11,24), demostrando una triste realidad de los habitantes de esta ciudad incluyendo a Rahab. Eran vidas caracterizadas por el desaliento (v.11).

4) Y para darle la última pincelada a este oscuro cuadro, tenemos que ver que ella vivía en un pueblo sentenciado a muerte. Por lo tanto, también ella estaba temerosa de perder la vida. Así lo señala al suplicar: “y que salvaréis la vida a mi padre y a mi madre, a mis hermanos y hermanas, y a todo lo que es suyo; y que libraréis nuestras vidas de la muerte (2:13). Ella tenía conocimiento que estaban a merced del juicio de Dios porque reconoce: “Sé que Jehová os ha dado esta tierra; porque el temor de vosotros ha caído sobre nosotros, y todos los moradores del país ya han desmayado por causa de vosotros.10 Porque hemos oído que Jehová hizo secar las aguas del Mar Rojo delante de vosotros cuando salisteis de Egipto, y lo que habéis hecho a los dos reyes de los amorreos que estaban al otro lado del Jordán, a Sehón y a Og, a los cuales habéis destruido (2:9,10). Dios iba a usar a Israel como herramienta para exterminar las naciones de Canaán por su gran pecaminosidad. Entre otros pasajes lo dice en Deuteronomio 9:3: “Entiende, pues, hoy, que es Jehová tu Dios el que pasa delante de ti como fuego consumidor, que los destruirá y humillará delante de ti; y tú los echarás, y los destruirás en seguida, como Jehová te ha dicho”. Evidentemente, Rahab comprendió que su vida y la de los suyos estaban destinadas a la muerte.

 

Si miramos este cuadro, encontramos un trágico paralelo en las personas que todavía no tienen una relación personal con el Dios vivo por medio de Jesucristo. Son vidas marcadas por el pecado y como consecuencia, vacías, derrotadas, carentes del verdadero amor, dedicadas a sus vicios y placeres que sólo dejan una huella de mayor insatisfacción. Se causan daño a sí mismas y a otros. Muchas veces se sienten despreciadas, incomprendidas y terminan mal. Aunque tengan suficiente en lo material y quizás hasta se pueden dar muchos lujos, la insatisfacción los marca y el desaliento los embarga.

También hay que decir, que son personas que no tienen seguridad futura. Le tienen miedo a la muerte, por lo que prefieren evitar el tema. Y la Biblia nos muestra que están bajo sentencia de condenación. Quizás alguno se excuse diciendo que no es malo. Pero Dios es categórico al decir en Romanos 3:23: “por cuanto todos pecaron, y están destituidos de la gloria de Dios”. ¡Qué triste realidad! ¿Habrá solución? Gracias a Dios, sí la hay, y la podemos ver en la historia de Rahab.

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