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Autor: Esteban Beitze

Estamos estudiando la historia de Rahab. En esta historia podemos observar que Dios tenía un triple propósito: la salvación de los siervos de Dios, la salvación de su familia y la bendición por su familia.


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PE3133 – Josué (31ª parte)



El propósito de Dios

Estamos estudiando la historia de Rahab, la ramera de Jericó. En esta historia podemos observar que Dios tenía un gran propósito: 1) salvación de los siervos de Dios, 2) salvación de su familia, 3) inclusión de su familia y 4) bendición por su familia.

1) Salvación de los siervos de Dios.

La orden de Dios a Josué había sido: “Mi siervo Moisés ha muerto; ahora, pues, levántate y pasa este Jordán, tú y todo este pueblo, a la tierra que yo les doy a los hijos de Israel” (Jos.1:2). Intrínsicamente unida a esta orden se encontraba una promesa. Ellos, Josué “y todo este pueblo” iban a pasar el río Jordán. Entre ellos también estaban incluidos los dos espías. Su vida estaba en gran riesgo. Habían sido reconocidos como integrantes del pueblo enemigo, se encontraban en una ciudad enemiga, buscados por los soldados del rey. Más tarde aún se encontraban encerrados en la ciudad enemiga. La situación era desesperante desde el punto de vista humano, pero no para Dios. Allí estaba una mujer, una prostituta, alguien en quién jamás se hubiera pensando para ayudar a otra persona, pero justamente a ella la escogió Dios para servir de herramienta para que se cumpliera Su voluntad y su promesa. El Todopoderoso velaba sobre los suyos. Esto los llenó de tal tranquilidad y paz, que casi se duermen entre los manojos de lino donde Rahab los había escondido (2:8).

 

Es normal que los que quieran obedecer la voluntad de Dios, sea cual fuera la orden, tengan oposición y hasta se puedan encontrar en peligro de muerte. En 2Timoteo 3:12 el apóstol afirma: “Y también todos los que quieren vivir piadosamente en Cristo Jesús padecerán persecución”. A mayor consagración habrá también mayor oposición. Pero siempre podrán contar con la presencia del Señor. El enemigo hará todo para destruir, desacreditar o al menos desanimar a los siervos de Dios. A veces incluso lo realiza por medio de hermanos carnales. Pero el que es fiel, siempre tendrá disponible el ánimo y aliento de Dios. Esto no significa que no habrá sufrimiento, en algunos casos hasta el martirio, pero gracia de Dios siempre estará presente hasta la culminación de la labor encomendada. Podrá descansar confiado como Pedro en medio de los soldados (Hch.12:6). Y después de culminada la labor aquí en la tierra aún habrá un “Bien, buen siervo y fiel; sobre poco has sido fiel, sobre mucho te pondré; entra en el gozo de tu señor” (Mt.25:23) de bienvenida en la presencia del Señor. Siempre habrá paz mientras se esté en el camino de la obediencia a la Palabra de Dios.

 

Rahab tuvo fe y lo demostró por obras. Los pasajes ya citados en los cuales encontramos a Rahab en el Nuevo Testamento lo demuestran claramente: “Por la fe Rahab la ramera no pereció juntamente con los desobedientes, habiendo recibido a los espías en paz” (Hb.11:31). Y Santiago 2:25 añade: “Asimismo también Rahab la ramera, ¿no fue justificada por obras, cuando recibió a los mensajeros y los envió por otro camino?”. ¿Cuáles fueron estas obras? Recibió a los espías pacíficamente y luego les guió a escaparse de sus perseguidores. Su fe se evidenció por demostrar preocupación por el bienestar de aquellos que pertenecían a su nueva fe, aunque fueran completos desconocidos. Ella veló por ellos, les proveyó hospedaje, seguridad, paz, consejo oportuno y con esto, la salvación de sus vidas.

La fe siempre se va mostrar con hechos. Justamente Santiago al nombrar a Rahab, señala la completa incongruencia de aquellos que testifican tener fe, pero que no va acompañada por hechos (Stg.2:14-26). Termina su exposición con las palabras: “Porque como el cuerpo sin espíritu está muerto, así también la fe sin obras está muerta” (Stg.2:26). Cuando el apóstol Juan habla de cómo se reconoce al verdadero creyente resalta el amor al hermano como la máxima muestra de la verdadera fe: “Nosotros sabemos que hemos pasado de muerte a vida, en que amamos a los hermanos. El que no ama a su hermano, permanece en muerte” (1Jn.3:14). Por lo tanto, si decimos creer en Dios, tenemos que manifestar el amor por los demás y sobre todo a los de la familia de Dios (Gá.6:10). Cuánto más carnalidad haya en el creyente, menos se demostrará el amor y será una persona que tiene conflictos y choca por doquier. En cambio, el creyente espiritual, procura influenciar y actuar para bien en todo su entorno.

Rahab, apenas creyente, ya se destacó aplicando su fe, ¿y nosotros?

 

2) Salvación de su familia.

Rahab había pedido que se le hiciera misericordia a ella y la casa de su padre (Jos.2:12) y esto le fue prometido con tal que estuvieran en su casa en el momento de la conquista (2:18,19). Y esto se concretó: “Mas Josué salvó la vida a Rahab la ramera, y a la casa de su padre, y a todo lo que ella tenía; y habitó ella entre los israelitas hasta hoy, por cuanto escondió a los mensajeros que Josué había enviado a reconocer a Jericó” (6:25).

Si uno se pone a pensar, esta mujer salvó de la muerte a su parentela. Pero quizás ni siquiera se llevaba bien con ellos. Probablemente no estaban en nada de acuerdo con el estilo de vida que llevaba y posiblemente hasta estaría expuesta al desprecio y trato denigrante por parte de ellos. Pero ella igual hizo todo lo posible para que se salvaran. Ella había puesto su fe en Dios y tenía la promesa de salvación. Por lo tanto, no importaba lo que pensaran o le dijeran, Rahab estaba dispuesta a jugarse por completo para que también sus parientes fueran salvos. En seguida colgó el cordón identificatorio en la ventana. Esto lo hizo sin temor a lo que los vigilantes podrían decir ni esperó a último momento para hacerlo. Ella puso su fe inmediatamente a la vista de todos, no la escondió.

Pero, sin lugar a dudas, su mejor tarjeta de presentación fue el cambio operado en su vida. Cualquier persona que se acerca a Dios es cambiada por Él.

Imagínate la siguiente invitación para una campaña evangelística: “Quiere ser salvo, venga al burdel de Rahab”.

Creo que, si se repartiera una invitación así, muchos en nuestras iglesias hubieron puesto el grito en el cielo. Seguramente habría mucha indignación, crítica y un probable boicot a esta actividad.

Pero, ¿por qué la invitación de Rahab tuvo tanto éxito? Es sencillo, su vida cambió; de repente ya no era la ramera conocida por toda la ciudad. Los demás se dieron cuenta que se había operado un cambio en su vida.  ¿Cómo podría hacer para convencer mejor a sus parientes? ¿Cómo podía hacer que creyeran en sus palabras que en su casa estarían seguros? Seguramente fue el cambio operado en su persona, en sus actitudes e inclusive en su carácter. Una persona que vive en pecado es insatisfecha, daña a otros y sólo es buscada cuando conviene. Pero, de repente todo había cambiado. Mientras el pueblo vivía cada momento con desesperación y angustia, ella estaba tranquila y tenía esperanza. Antes vivía para sí, ahora busca el bien de otros. Con seguridad, su forma de actuar, hablar y hasta su carácter evidenciaron un cambio radical. Probablemente hasta su forma de vestir cambió absolutamente. Evidentemente su testimonio impactó. Logró convencer que sus parientes vinieran a su casa en el momento de la conquista. Supo transmitir su fe a los demás integrantes de su familia. Cuando hay un cambio, éste se nota.

Recuerdo el caso de una chica que en un campamento de jóvenes aceptó a Cristo como Salvador. Desde ahí en más empezó a asistir a la iglesia. Todos los sábados asistía a las reuniones de jóvenes y a las otras reuniones de la iglesia. Sus padres estaban separados y ella vivía con su papá. Pero éste no era creyente. No le gustó nada que empezara a ir tan a menudo a la iglesia. “Te levaron la cabeza” – decía. Al final le prohibió ir. A la pregunta de ella de cómo podía hacer para revertir esta decisión, le aconsejé que orara mucho, pero luego buscara un momento oportuno y se sentara a hablar con el padre señalándole los cambios favorables que hubo en su vida. Esto fue lo que hizo. Le contó, como él bien sabía, que cada fin de semana iba a las discotecas, bailaba, tomaba y se drogaba hasta el amanecer, y los domingos despertaba en la cama de cualquiera, sin realmente tener noción de lo que le había pasado en la noche. Pero ahora, todos los sábados estaba con un grupo de personas que no tomaba, no se drogaba y que incluso la traían a casa a medianoche y dormía en su propia cama para tranquilidad del padre y su propia seguridad. Además, el ir a la iglesia le hacía bien, tenía paz, felicidad y se sentía útil.

El padre no pudo negar este cambio, por lo que de ahí en más pudo volver asistir a la iglesia e incluso, estuvo presente en su bautismo diciendo que le había impresionado.

En esta actitud vemos nuestra primera responsabilidad. Si hemos conocido a Jesucristo como nuestro Salvador, nuestra prioridad debería ser, si posible, alcanzar a nuestra familia para Cristo. Esto se logra sobre todo por las oraciones y el ejemplo. Es de gran testimonio tener cuadros con textos o literatura adecuada a la vista en nuestra casa. Es importante que sepan que vamos a la iglesia. Pero el mayor testimonio siempre será la vida misma. Demostremos a Cristo por nuestra vida y no nos desanimemos si no tenemos frutos inmediatos. Sigamos viviendo a Cristo.

 

Rahab, apenas hubo puesto su fe en el Dios verdadero, se convirtió en un instrumento para alcanzar a otros. Los pasajes no dicen cuán numerosa era su familia, pero las expresiones “mi padre y a mi madre, a mis hermanos y hermanas”, “toda la familia de tu padre”, “toda su parentela”, dan la idea de un grupo bastante numeroso. Pareciera que ella pudo ser un instrumento de salvación para más almas que las que pudo llevar Noé consigo al Arca (7) después de largos años de predicación. Aunque en realidad, no interese tanto el número sino el hecho que fueran salvados. Ella se convirtió en canal de bendición para muchos.

 

En relación a esta historia tenemos que añadir un pensamiento más. Tanto Rahab, como toda su numerosa familia, sólo fueron salvos por estar dentro de la casa marcada con el cordón de grana. No alcanzaba estar a la puerta de la casa. No alcanzaba estar parado sobre el muro al lado de la casa, aunque fuera mirando al interior de ella por una ventana. Si algún pariente hubiera quedado afuera, quizás preocupado con ver lo que sucedía con su propia casa, hubiera caído bajo el juicio de Dios.

Esto nos señala, que no alcanza con ir a la iglesia, participar de las reuniones. No alcanza que los padres o algún familiar sean creyentes. Se necesita una identificación personal y una decisión personal por Cristo. Habrá que aplicar el sacrificio del Señor Jesús en forma personal a la vida, de lo contrario estará tan perdido como el peor malhechor. Por eso, si todavía sólo eres simpatizante, si sólo acompañas, si vives la fe de otro, acércate hoy a Cristo, identifícate hoy con el sacrificio del Señor aplicándolo a tu vida y serás verdaderamente salvo.

 

3) Inclusión de su familia. 

A Rahab no le correspondía formar parte del pueblo escogido de Dios. Ella y su familia no tenían derecho a esperanza, ni siquiera a la vida. Todos ellos eran reos de muerte. Pero por creer en Dios y acercarse a Él fueron incluidos en la promesa y la bendición del pueblo de Dios. Dice en el 6:25: “…y habitó ella entre los israelitas hasta hoy…”. Ellos fueron completamente integrados en el pueblo de Dios. Obviamente, su profesión de ramera no fue ejercida nunca más, de lo contrario hubiera tenido que morir de acuerdo a la ley hebrea. Pero no sólo esto, sino que ella fue aceptada plenamente en el pueblo. Una de sus grandes falencias era no conocer el verdadero amor. Pero su integración fue tal, que se casó con un israelita llamado Salmón, con el cual tuvo un hijo muy conocido por la historia de Rut, llamado Booz (Mt.1:5).

 

El Señor le provee a cada individuo que se le acerca y acepta por fe un sinfín de bendiciones. Aunque nosotros estábamos fuera de la promesa, ajenos a Dios, sin esperanza y condenados a la muerte eterna, “…nos hizo aceptos en el Amado” (Ef.1:6). Aunque no formábamos parte del redil nos añadió a él (Jn.10:16). Ahora somos “…nación santa, pueblo adquirido por Dios…” (1P.2:9), con todos los privilegios que esto conlleva. Pero esto no es todo. No sólo formamos parte del pueblo de Dios sino inclusive tenemos una relación mucho más cercana. Completamente embargado por esta profunda verdad Juan exclama: “Mirad cuál amor nos ha dado el Padre, para que seamos llamados hijos de Dios…” (1Jn.3:1). Tenemos el inmenso privilegio de llamar a Dios, el que es “Dios arriba en los cielos y abajo en la tierra” nuestro Padre con todo lo que ello incluye y significa. Formamos parte de la familia de Dios. Podemos acercarnos en cada momento y confiadamente a Su presencia. Y Él tiene un tierno y amoroso cuidado de nosotros. En Isaías 48:17 el Señor dice: “Así ha dicho Jehová, Redentor tuyo, el Santo de Israel: Yo soy Jehová Dios tuyo, que te enseña provechosamente, que te encamina por el camino que debes seguir”. Él es nuestro y nosotros suyos, y Él nos quiere guiar y ayudar en todo. ¡Qué privilegio tan grande! Y para colmo, Jesucristo nos ha elegido, esto es a la Iglesia, como su novia. Nos ama tanto que se identifica plenamente con ella. No conocíamos el verdadero amor, pero ahora sí. Fuimos amados en el Amado y esto llegará a su máxima expresión cuando nos lleve a su presencia y se lleven a cabo las bodas del Cordero.

 

4) Bendición por su familia

Se podría creer que ya con el hecho de que la familia de Rahab hubiera sido integrada plenamente al pueblo de Dios, hubiera llegado a su propósito máximo. Pero no fue así. Dios tenía preparado algo mucho mayor para su familia. En la genealogía de Jesús en Mateo 1:1-6 y 16 leemos: “Libro de la genealogía de Jesucristo, hijo de David, hijo de Abraham. 2 Abraham engendró a Isaac, Isaac a Jacob, y Jacob a Judá y a sus hermanos.3 Judá engendró de Tamar a Fares y a Zara, Fares a Esrom, y Esrom a Aram.4 Aram engendró a Aminadab, Aminadab a Naasón, y Naasón a Salmón.5 Salmón engendró de Rahab a Booz, Booz engendró de Rut a Obed, y Obed a Isaí.6 Isaí engendró al rey David, y el rey David engendró a Salomón de la que fue mujer de Urías… 16 y Jacob engendró a José, marido de María, de la cual nació Jesús, llamado el Cristo”. Sucedió lo increíble. ¡Encontramos a Rahab en la ascendencia nada menos que del rey David y, como si esto fuera poco, con la de Jesucristo mismo, el Salvador del mundo! Realmente es fascinante observar como Dios actúa. A pesar de haber tenido una vida moral reprobada, no merecer contar con la bendición de Dios, haber estado bajo el juicio de Dios rea a muerte, Dios tiene un propósito maravilloso con su vida. Iba a ser el canal de bendición para el mundo entero. De su descendencia vendría el Salvador del mundo. Realmente se le había hecho misericordia como lo habían prometido los espías (2:14), pero mucho más allá de lo que jamás hubiera esperado, mucho más de lo que había pedido. Ella sólo pidió por su vida y la de su familia y Dios no sólo le dio esto, le dio un pueblo nuevo, le dio un esposo, le dio descendientes y le dio que su nombre estuviera en el linaje del rey David y del Salvador del mundo.

Hay un dato interesante en la genealogía de Mateo. A pesar de ser una línea en la cual se nombran los hombres, aparte de María, aparecen 4 nombres de mujeres. Ellas son: “Tamar…, Rahab…, Rut…, (y) Betsabé”. Las 4 tienen dos características en común: a) la pecaminosidad y b) ser extranjeras.

  1. a) Tamar fue una seductora (Gn.38); Rahab una ramera (Jos.2); Rut una habitante de Moab, por la cual podemos suponer que era idólatra hasta que al acompañar a Noemí decide que su Dios de ahora en más sería el de Noemí; y Betsabé fue adúltera.
  2. b) De las 4 podemos suponer que eran extranjeras. Tamar, aunque su origen no es del todo seguro, fue tomada por Judá para su hijo Er del mismo lugar adónde había ido al separarse de sus hermanos (Gn.38:1,6) de dónde también se había tomado una mujer para sí que era cananita. Por lo cual es muy probable que Tamar también lo haya sido. De Rahab y Rut sabemos que eran cananita y moabita respectivamente. En cuanto a Betsabé podemos suponer que era hitita, dado que su esposo Urías lo era.

¿Qué nos enseña esta realidad? Por un lado, nos muestra que Dios puede cambiar el peor panorama en bendición. Dios quiere usar cualquier persona que esté dispuesta a acercarse y arreglar sus cuentas con Él. El hecho de haber 4 extranjeras en el linaje del Salvador del mundo, también nos parece anticipar el hecho de una iglesia universal, donde ya no hay distinción de nacionalidad, estado social o sexo (Ga.3:28). Sólo existe un cuerpo, del cual Cristo es la cabeza.

 

Aquí vemos como actúa Dios. Su “misericordia es para siempre”, también con cada uno de nosotros. Él se nos acercó cuando estábamos lejos, nos hizo sus hijos, nos integró en un pueblo santo, nos introdujo en el cuerpo de Cristo el cual es la iglesia. Si ha hecho todo esto con nosotros, evidentemente también tiene un propósito mayor en forma individual para cada uno. Su deseo es que le sirvamos y que seamos para alabanza de Su gloria. ¿Encontraste el propósito maravilloso que Dios tiene para con tu vida?

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