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Autor: Wim Malgo

Dios te llama de manera personal, tal como los hizo con Jeremías, Isaías y otros. Él te capacita y proveerá en tus necesidades cuando tú obedezcas su llamado.


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PE3207 – El llamado de Jesús a los suyos (1ª parte)



Todos los verdaderos creyentes en el Señor Jesucristo han entendido un día que han sido redimidos por la sangre de Jesús, y que le pertenecen a Él, tal como Dios lo dijo a Israel en Isaías 43:1: «Ahora, así dice Jehová, Creador tuyo, oh Jacob, y Formador tuyo, oh Israel: No temas, porque yo te redimí; te puse nombre, mío eres tú».

 

Aunque no debemos pasar por alto que este llamado divino se dirige explícitamente a Israel, nosotros, los creyentes de entre las naciones, hemos sido injertados en el buen olivo; hemos sido hechos participantes “de la raíz y de la rica savia del olivo”. Por eso, Pablo dice a los creyentes gentiles en 2 Corintios 1:20: «Porque todas las promesas de Dios son en él Sí, y en él Amén, por medio de nosotros, para la gloria de Dios». El que tiene, pues, un oído dispuesto y receptivo y busca la verdad, es capacitado para escuchar el llamado personal de Dios. En esto pensaba el Señor Jesús, cuando dijo en Juan 18:37: «Todo aquel que es de la verdad, oye mi voz».

 

Dios llama a veces de forma directa y otras veces a través de un intermediario. Nos habla a través de personas, aflicciones, circunstancias, literatura, etc. Pienso en un hombre que caminaba durante el invierno por las calles cubiertas de nieve de una ciudad alemana.  Estaba en un estado de ánimo muy desesperado. De repente vio algo en la nieve y lo levantó; resultó ser una arrugada revista Llamada de Medianoche. Llegado a casa, secó la revista mojada, leyó los artículos que encontró en ella, escuchó la voz de Dios que le hablaba a través de las letras de aquella revista y se convirtió a Jesucristo.

 

A veces, Dios llama también sin intermediarios. Sin embargo, el hombre no soportaría estar de esta manera ante Dios. Se moriría al encontrarse directamente con la santa majestad de Dios, que todo lo penetra. Recordemos la experiencia de Israel en tiempos antiguos, cuando Dios habló al pueblo sin intermediario, directamente desde el monte Horeb.

 

En Éxodo 20:18-22 leemos: «Todo el pueblo observaba el estruendo y los relámpagos, y el sonido de la bocina, y el monte que humeaba; y viéndolo el pueblo, temblaron, y se pusieron de lejos. Y dijeron a Moisés: Habla tú con nosotros, y nosotros oiremos; pero no hable Dios con nosotros, para que no muramos. Y Moisés respondió al pueblo: No temáis; porque para probaros vino Dios, y para que su temor esté delante de vosotros, para que no pequéis. Entonces el pueblo estuvo a lo lejos, y Moisés se acercó a la oscuridad en la cual estaba Dios.  Y Jehová dijo a Moisés: Así dirás a los hijos de Israel: Vosotros habéis visto que he hablado desde el cielo con vosotros”.

 

Leí acerca de la observación de un rabino que decía: Casi la mitad del libro de Éxodo (cerca de 400 versículos) fue necesaria para describir el tabernáculo y sus utensilios, mientras que la Biblia en sólo unos 40 versículos puede describir la creación del cielo y de la tierra. ¿Por qué? La respuesta a esta relación desigual es: En la construcción del tabernáculo, Dios habló por intermedio de Moisés y actuó por medio de aquellos israelitas que hicieron el tabernáculo y sus utensilios.

 

Más de quince veces, el libro de Éxodo destaca este hecho. Dice, por ejemplo: «En conformidad a todas las cosas que Jehová había mandado a Moisés, así hicieron los hijos de Israel toda la obra. Y vio Moisés toda la obra, y he aquí que la habían hecho como Jehová había mandado; y los bendijo».

 

La creación, sin embargo, fue llevada a cabo por Dios sin intermediario. Todo lo creó por Su Palabra. Por eso, utilizó solamente unos 40 versículos para resumir la poderosa obra que Él completó en solo seis días.

 

Sea directamente o usando a otros, Dios te llama a ti por medio de Su Palabra escrita, la Biblia. Y ésta llega con poder avasallador directamente, sin intermediario, a tu corazón. Lo mismo aconteció en el día de Pentecostés. En Hechos 2:37 leemos: «Al oír esto, se compungieron de corazón, y dijeron a Pedro y a los otros apóstoles: Varones hermanos, ¿qué haremos?»

 

Había muchos reunidos allí en Jerusalén, en aquel día. Pero el llamado de Dios es personal. Dios llama siempre a individuos de entre la multitud. Así leemos, por ejemplo, en Lucas 14: «Grandes multitudes iban con él; y volviéndose, les dijo: Si alguno viene a mí, y no aborrece a su padre, y madre, y mujer, e hijos, y hermanos, y hermanas, y aun también su propia vida, no puede ser mi discípulo. Y el que no lleva su cruz y viene en pos de mí, no puede ser mi discípulo… Así, pues, cualquiera de vosotros que no renuncia a todo lo que posee, no puede ser mi discípulo».

 

De estas palabras del Señor Jesús se desprende claramente que Él se dirige al individuo en la multitud y lo llama a él o a ella personalmente.

 

Y lo maravilloso es que, cuando alguien se deja llamar por el Señor y realmente entrega todo para seguirle, el Señor se encarga de sus necesidades, de la necesaria capacitación, de darle sabiduría, fuerza y perseverancia. Así lo dice 1 Tesalonicenses 5:24: «Fiel es el que os llama, el cual también lo hará».

 

Leemos como el Señor se revela en su poder y majestad al profeta Isaías y este no puede hacer otra cosa que temblar y exclamar, en Isaías 6:5: «¡Ay de mí! que soy muerto; porque siendo hombre inmundo de labios, y habitando en medio de pueblo que tiene labios inmundos, han visto mis ojos al Rey, Jehová de los ejércitos».

 

Pero entonces le fue quitada su culpa; y limpio de su pecado Isaías oyó la voz del Señor, que decía: “¿A quién enviaré, y quién irá por nosotros?” Entonces respondió Isaías: “Heme aquí, envíame a mí». Dios hizo un llamado y un individuo se levantó y se dejó enviar.

 

Y lo maravilloso es que, cuando Isaías respondió al llamado de Dios, el Señor lo proveyó en seguida de todo lo necesario, ya que le dijo en Isaías 51:16: «Y en tu boca he puesto mis palabras, y con la sombra de mi mano te cubrí…».

 

El Señor dijo esto también al joven Jeremías, después que le había llamado en Jeremías 1:9: «Y extendió Jehová su mano y tocó mi boca, y me dijo Jehová: He aquí he puesto mis palabras en tu boca». Por eso, la fuente de inspiración para el obrero cristiano está detrás de él, y no delante de él.

 

Hoy en día existe la tendencia de trasladar la fuente de la inspiración hacia adelante, es decir, de perseguir el éxito de nuestras propias proyecciones. Pero en el Nuevo Testamento, el Señor Jesús es la fuente de la inspiración. Nuestro ideal consiste en serle fiel a Él y andar en aquellas obras que Él preparó de antemano para que anduviéramos en ellas, en lugar de perseguir nuestros sueños.

 

Nunca debes desatender tu comunión personal con el Señor Jesús y perder de vista Su propósito. En el trabajo en el Reino de Dios existe el gran peligro de que llamado de Dios sea acallado por la necesidad de los hombres. La necesidad es tan grande y las circunstancias tan difíciles que pronto perdemos de vista los esencial. Olvidamos entonces que el motivo que hizo nacer el trabajo en el Reino de Dios no es el desamparo del pueblo y su necesidad de alivio y de educación, sino el mandato del Señor Jesús.

 

«Por tanto, id, y haced discípulos a todas las naciones, bautizándolos en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo; enseñándoles que guarden todas las cosas que os he mandado; y he aquí yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo. Amén «.

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