El llamado de Jesús a los suyos (1ª parte)
3 mayo, 2026El llamado de Jesús a los suyos (3ª parte)
10 mayo, 2026Autor: Wim Malgo
El llamado de Dios no es, en primer lugar, para el servicio, sino para que Cristo se revele en nosotros. El servicio surge como resultado natural de esa comunión y obediencia, como muestran los ejemplos de Abraham, Jacob y Moisés.
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PE3208 – El llamado de Jesús a los suyos (2ª parte)
Cuando echamos una mirada retrospectiva a la vida de hombres y mujeres que sirvieron a Dios, solemos pensar: «¡Cuánta sabiduría tenían! ¡cuánta bendición! ¡Qué perfectamente entendieron lo que Dios quería!» Pero el secreto detrás de vidas bendecidas está en primer lugar en Dios, no en la sabiduría o los aciertos humanos. Nosotros creemos demasiado en la sabiduría humana, mientras que deberíamos creer mucho más en la guía divina. Necesitamos más hombres y mujeres que tienen la fe de un niño, que son suficientemente sencillos para confiar en la sabiduría de Dios y en que Él proveerá de manera sobrenatural.
Tal vez suena contradictorio a tus oídos, pero te digo: El llamado de Dios no significa simplemente que el Señor te mande a servirle. Más bien, tu interpretación de Su llamado y tu respuesta a él podrán resultar en una vocación para el servicio. Es decir, tu comunión con Dios te hace reconocer lo que debes hacer para El.
Pero el llamado de Dios, ante todo, es la revelación de Su Hijo en ti. Este es Su propósito: que el Hijo de Dios se manifieste en nosotros. Cuando esto acontece, entonces nos ocuparemos día y noche en servirle con gozo; entonces haremos todo lo posible para ganar almas para El; entonces cumpliremos gozosamente incluso las tareas más humildes.
¡Todos los que eluden trabajos considerados humildes, nunca han experimentado la revelación del Hijo de Dios en ellos! La vocación para el servicio es, pues, el resultado de tu obediencia al llamado de Dios que has escuchado, y el eco de tu identificación con la persona de Cristo.
El servicio es la expresión de un corazón que rebosa de amor a Dios. Si lo pensamos bien, no existe ninguna vocación para servir. Servir es el resultado natural de una vida discipulada por Jesús. Dios nos hace entrar en una relación de comunión con Él en la cual llegamos a comprender Su llamado, y entonces comenzamos a servir por amor a Él, por iniciativa propia.
Mi servicio es la expresión de mi ser renovado. Porque Cristo mora en mí, puedo hacer mi ministerio en sintonía con Él. «…nosotros somos colaboradores de Dios», dice 1 Corintios 3:9.
En la Biblia, hubo siete personas a las cuales el Señor se unió tan íntimamente que no solamente las llamó una vez, sino dos veces seguidas por sus nombres. Podemos aprender mucho de estos llamados extraordinarios. Quisiera mencionar, en primer lugar, a Abraham.
Después de haber esperado 25 años al hijo que Dios les prometió, su esposa Sara por fin dio a luz a Isaac. Había llegado el heredero esperado, el hijo prometido; en Isaac estaba todo su deleite como padre. Pero un día, Dios puso a prueba su fe. Relata Génesis 22 que «Aconteció después de estas cosas, que probó Dios a Abraham, y le dijo: Abraham. Y él respondió: Heme aquí. Y dijo: Toma ahora tu hijo, tu único, Isaac, a quien amas, y vete a tierra de Moriah, y ofrécelo allí en holocausto sobre uno de los montes que yo te diré».
Abraham obedeció al llamado incomprensible para él. Y a través de la obediencia tanto de Abraham como de Isaac, quien se dejó atar cual cordero en el altar, Dios pudo proyectar lo que haría casi dos mil años después en ese mismo monte.
Como Abraham no escatimó a su hijo Isaac, tampoco Dios escatimó a Su Hijo Jesucristo, sino que Lo clavó por medio de las manos de soldados romanos en una cruz de madera. Y Jesús, como un Cordero perfecto, ofreció su vida de buena voluntad.
Volvamos a Abraham: Había preparado el lugar del sacrificio, el altar y la leña, había atado a Isaac y levantó el cuchillo para matar al hijo de su amor. Pero justo antes que pudiera asestar el golpe mortal, leemos que «el ángel de Jehová le dio voces desde el cielo, y dijo: Abraham, Abraham. Y él respondió: Heme aquí. Y dijo: No extiendas tu mano sobre el muchacho, ni le hagas nada; porque ya conozco que temes a Dios, por cuanto no me rehusaste tu hijo, tu único».
El «ángel de Jehová» era Jesucristo mismo. Cuando llamó dos veces a Abraham, diciendo: «Abraham, Abraham», y le dijo que se detuviera en seguida, era como si le quisiera decir: “Lo que has representado ahora proféticamente a través de tu obediencia, yo lo cumpliré cuando haya venido el tiempo para ello”.
El segundo personaje a quién Dios llamó dos veces fue Jacob.
Leemos acerca de él, en Génesis 46:1-4:
«Salió Israel (que es el nuevo nombre que Dios le había dado a Jacob) con todo lo que tenía, y vino a Beerseba, y ofreció sacrificios al Dios de su padre Isaac. Y habló Dios a Israel en visiones de noche, y dijo: Jacob, Jacob. Y él respondió: Heme aquí. Y dijo: yo soy Dios, el Dios de tu padre; no temas de descender a Egipto, porque allí yo haré de ti una gran nación. Yo descenderé contigo a Egipto, y yo también te haré volver; y la mano de José cerrará tus ojos».
La línea profética continúa. También el nieto de Abraham, Jacob, tenía que pasar por una dolorosa experiencia en la cual la lógica de su fe sería contrariada.
Abraham tuvo que entregar al hijo de la promesa,
Jacob tuvo que abandonar la tierra de la promesa.
Dios en su soberanía iba a pintar otro cuadro profético de la salvación, a través de la historia de José, el hijo preferido de Jacob.
Para esto, Jacob tenía que trasladarse a Egipto. Antes de emprender el viaje, le vino la voz de Dios repitiendo su nombre: “Jacob, Jacob”. Y cuando Jacob se dispuso a escuchar, recibió la promesa: “Yo soy Dios, el Dios de tu padre; no temas de descender a Egipto, porque allí yo haré de ti una gran nación”.
Y ahora llegamos a la historia de Moisés. Según entiendo, la razón por la cual el Señor llamó dos veces a Moisés fue doble:
Por un lado, para cumplir con su promesa hecha Abraham en Génesis 15: «Ten por cierto que tu descendencia morará en tierra ajena, y será esclava allí, y será oprimida cuatrocientos años. Mas también a la nación a la cual servirán, juzgaré yo; y después de esto saldrán con gran riqueza».
Por otro lado, Dios quiso preparar el Éxodo del pueblo y su liberación a través del cordero de Pascua, pintando con ello un nuevo cuadro de la salvación en Cristo.
Para esto sirvió el doble llamado de Dios a Moisés de en medio de aquella zarza ardiente, de la cual leemos en Éxodo 3: «Viendo Jehová que él iba a ver, lo llamó Dios de en medio de la zarza, y dijo: ¡Moisés, Moisés! Y él respondió: Heme aquí. Y dijo: No te acerques; quita tu calzado de tus pies, porque el lugar en que tú estás, tierra santa es. Y dijo: Yo soy el Dios de tu padre, Dios de Abraham, Dios de Isaac, y Dios de Jacob. Entonces Moisés cubrió su rostro, porque tuvo miedo de mirar a Dios. Dijo luego Jehová: Bien he visto la aflicción de mi pueblo que está en Egipto, y he oído su clamor a causa de sus exactores; pues he conocido sus angustias, y he descendido para librarlos de mano de los egipcios, y sacarlos de aquella tierra a una tierra buena y ancha».
Al nombrar dos veces el nombre de Moisés, el Señor destacó la enorme importancia de su llamado. Moisés llegó a ser el mediador del Antiguo Pacto.
El tiempo se nos termina, pero antes de terminar esta meditación bíblica, resumamos lo que vimos en las vidas mencionadas:
El llamado de Dios no es simplemente una vocación para servir, sino la revelación de Su Hijo en ti y en mí. El servicio es, pues, el resultado de nuestra obediencia al llamado de Dios y el eco de nuestra identificación con Cristo. ¡Que así sea en tu vida! Amén.
