Dios restaura lo que pasó: Su piedad y misericordia (7ª parte)

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Autor: Eduardo Cartea

A esta altura del estudio que venimos desarrollando, habiendo hablado del pecado en el creyente y la acción de Dios. Estudiemos junto a Eduardo Cartea, las consecuencias del pecado y lo que el Creador ideó y otorgó, desde la eternidad mediante el sacrificio de Jesús.


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PE3176 – Dios restaura lo que pasó: Su piedad y misericordia (7ª parte)



Su piedad y misericordia

Hola, un gusto encontrarme nuevamente con usted. Vamos a comenzar a estudiar juntos el Salmo 51, bajo el tema que nos congrega en esta serie: “Dios restaura lo que pasó”, y que narra la experiencia de la caída, confesión y restauración de David, el gran rey de Israel, un hombre “conforme al corazón de Dios”.

Acompáñeme por favor en su Biblia a leer este precioso salmo:

Su título en nuestras Biblias es: “Al músico principal. Salmo de David, cuando después que se llegó a Betsabé, vino a él Natán el profeta”.

 

  1. Ten piedad de mí, oh, Dios, conforme a tu misericordia; conforme a la multitud de tus piedades borra mis rebeliones.
  2. Lávame más y más de mi maldad, y límpiame de mi pecado.
  3. Porque yo reconozco mis rebeliones, y mi pecado está siempre delante de mí.
  4. Contra ti, contra ti solo he pecado, y he hecho lo malo delante de tus ojos; para que seas reconocido justo en tu palabra, y tenido por puro en tu juicio.
  5. He aquí, en maldad he sido formado, y en pecado me concibió mi madre.
  6. He aquí, tú amas la verdad en lo íntimo, y en lo secreto me has hecho comprender sabiduría.
  7. Purifícame con hisopo, y seré limpio; lávame, y seré más blanco que la nieve.
  8. Hazme oír gozo y alegría, y se recrearán los huesos que has abatido.
  9. Esconde tu rostro de mis pecados, y borra todas mis maldades.
  10. Crea en mí, oh, Dios, un corazón limpio, y renueva un espíritu recto dentro de mí.
  11. No me eches de delante de ti, y no quites de mí tu santo Espíritu.
  12. Vuélveme el gozo de tu salvación, y espíritu noble me sustente.
  13. Entonces enseñaré a los transgresores tus caminos, y los pecadores se convertirán a ti.
  14. Líbrame de homicidios, oh, Dios, Dios de mi salvación; cantará mi lengua tu justicia.
  15. Señor, abre mis labios, y publicará mi boca tu alabanza.
  16. Porque no quieres sacrificio, que yo lo daría; no quieres holocausto.
  17. Los sacrificios de Dios son el espíritu quebrantado; al corazón contrito y humillado no despreciarás tú, oh, Dios.
  18. Haz bien con tu benevolencia a Sion; edifica los muros de Jerusalén.
  19. Entonces te agradarán los sacrificios de justicia, el holocausto u ofrenda del todo quemada; entonces ofrecerán becerros sobre tu altar.

 

Hay 7 conceptos en este Salmo 51 que surgen de la profunda experiencia de David y sobre los cuales reflexionaremos juntos:

 

  1. Rendición (v.1-2)
  2. Reconocimiento (v.3-4)
  3. Responsabilidad (v.5)
  4. Remisión (v.6-9)
  5. Restauración (v.10-12)
  6. Rumbo (v.13-17)
  7. Renovación (v.18-19).

 

 

Comencemos por el primero de los conceptos citados: la Rendición de David (v. 1, 2), que leemos nuevamente:

Ten piedad de mí, oh, Dios, conforme a tu misericordia; conforme a la multitud de tus piedades borra mis rebeliones.

  1. Lávame más y más de mi maldad, y límpiame de mi pecado.

Imaginamos al rey poeta diciendo las palabras que encabezan este capítulo postrado ante Dios, derramando su alma en actitud de absoluta rendición, humillado, quebrantado, implorando perdón.

Las palabras del profeta Natán le hicieron consciente de su falta. Como el pródigo en la inmundicia del chiquero, “volvió en sí”. Abrió sus ojos a la realidad, después de un año de poner su pecado “debajo de la alfombra”. El Espíritu Santo le hizo dimensionar su falta en su justa medida, y sintió ante Dios la enormidad de su error. La parábola del mensajero divino fue, como hacía tantos años él lo había hecho con Goliath, una pedrada en su frente. Su humanidad se desmoronó. Su soberbia se hizo añicos. Su poder rodó por el suelo. Su prestigio se desplomó en total bancarrota. Y capituló, presentó sus armas en total rendición ante su vencedor: Dios mismo.

Pero, al mismo tiempo, como un niño que vuelve de su desobediencia a los brazos de su madre, se ampara en el Omnipotente, como si pensara lo que el poeta siglos después plasmó en las estrofas de un himno inmortal:  Oh, amor que no me dejarás, descansa mi alma junto a ti. Es tuya, y tú la guardarás, y en el océano de tu amor más rica al fin será…

Es cierto que después de admitir su pecado sintió como un paño frío en su cabeza afiebrada que Dios le había perdonado y que su vida no corría peligro. Pero ese perdón anticipado no fue impedimento para su oración penitencial. Justamente, no fue el juicio que le anunció Natán y que llegaría a su vida inexorablemente. No fue el temor por el porvenir. Fue la demostración de la tierna misericordia de Dios para con él, lo que le impulsó a rendir su corazón, a inclinarse en arrepentimiento y a pedir clemencia.

Es imposible reconocer, arrepentirse y confesar el pecado, si el alma no se inclina reverentemente ante la presencia santa de Dios, postrándose, arrodillándose ante El. 

Con profunda convicción destaca tres rasgos de su Dios en medio de lágrimas de genuina contrición:

 

La piedad de Dios. “Ten piedad de mí, oh, Dios”.  Piedad, es compasión. El término hebreo (kjanán) indica la acción de doblar o inclinarse en bondad hacia un inferior. Tiene que ver con la gracia piadosa de Dios, con esa actitud de inclinarse hacia el necesitado para darle lo que no merece, y, al mismo tiempo, no darle lo que merece recibir.

Así que David pide que Dios le tenga compasión. Pero la compasión de Dios no es una actitud circunstancial. Dios tiene “multitud de piedades”, es decir, es un Dios compasivo. “Como el padre se compadece de sus hijos, se compadece el Señor de los que le temen” (Sal. 103.12). Por eso, la omnipotencia de Dios nos empequeñece; su omnipresencia nos llena de admiración; su santidad, de temor, pero su piedad de profunda humillación, y al mismo tiempo, de una paz que llena nuestras almas atribuladas. Es muy consolador saber que detrás de nuestro pecado, hay un Dios que conoce nuestra condición de débiles hombres, y, lejos de arrebatarnos en su justa ira, tiene compasión de nosotros.

 

La misericordia de Dios. “Conforme a tu misericordia”.  Misericordia es una gran palabra imposible de definir con un solo término. Es amor constante, fidelidad, bondad. Se puede decir también que es amor en acción de parte de Dios hacia el miserable en sus pecados. Y es un don inmerecido al que no tenemos el menor derecho. La misericordia de Dios hace que no nos dé lo que merecemos, es decir su castigo. Así lo expresa Jeremías en sus Lamentaciones 3.22, 23: “Por la misericordia de Jehová no hemos sido consumidos, porque nunca decayeron sus misericordias. Nuevas son cada mañana; grande es tu fidelidad”.

En el NT hallamos una preciosa expresión en los Evangelios: “movido a misericordia”. Significa que ese sentimiento sale de las mismas entrañas de quien lo experimenta en favor de otros. También se puede expresar como “se salió de sí”. Y notablemente aparece tres veces en los Evangelios. La primera en Mateo 18.27, cuando el acreedor de uno que no podía pagar su deuda ni en varias vidas que tuviera, “movido a misericordia” le perdonó. La segunda, en Lucas 10.33, donde el buen samaritano vio a aquel que cayó en manos de ladrones, medio muerto junto al camino, y “movido a misericordia” se inclinó para levantarle de su estado miserable. La última, en Lucas 15.20, en la que el padre del pródigo, viéndole volver a casa en una condición lastimosa, fue “movido a misericordia” y corriendo hacia su hijo, le abrazó y le recibió nuevamente. ¿No son acaso muestras claras de nuestra condición como pecadores? ¿No éramos incapaces de pagar nuestra deuda eterna? ¿No nos identificamos con el desgraciado echado al costado del camino de la vida, necesitados de un buen samaritano que nos levantara? ¿No fuimos abrazados por un Padre que “se sale de sí” en compasión, bondad y fiel misericordia, aun cuando volvamos de la provincia apartada?

Descansemos en esta preciosa verdad: El Dios de David, nuestro Dios personal es un Dios que es “lento para la ira y grande en misericordia”, así lo aseguran varios versículos en los salmos. Que nos guarde de caídas, haciendo nuestras las palabras de F. B. Meyer: “¡Dios mío, concédeme que yo pueda llevar la flor blanca de una vida sin mancha hasta el fin! Pero, si ese triste momento llegara en nuestras vidas, volvámonos al Señor con genuino arrepentimiento y hallaremos a un Dios misericordioso, que es pronto para socorrernos y perdonarnos. 

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