Dios restaura lo que pasó: El orden de la restauración (14ª parte)
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15 febrero, 2026Autor: Eduardo Cartea
La humanidad fue creada y Dios vio que todo lo que había hecho era “bueno en gran manera”. Sin embargo, la palabra y la vida misma nos recuerdan todos los días, que nuestra naturaleza cayó de su condición original. El hombre es pecador y por lo tanto sus obras son pecado. ¡Pero la obra del Señor en la cruz, es inmutablemente “buena en gran manera”!
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PE3184 – Dios restaura lo que pasó: ¿Regresar de dónde? (15ª parte)
¿Regresar de dónde?
Hola. Es de mucho valor para mi acercarme una vez más para saludarle y compartir con usted una meditación sobre el Salmo 51. La experiencia de David que quedó registrada en las Sagradas Escrituras para nuestra bendición. Estamos viendo una nueva instancia: David admite su responsabilidad en el crimen cometido, y dice en el versículo 5:
“He aquí en maldad he sido formado, y en pecado me concibió mi madre…”.
Una conocida fábula nos relata una interesante experiencia entre un escorpión y una rana. El escorpión quería atravesar un río y no era capaz de hacerlo. En eso vio una rana que iba a hacer lo mismo y se le ocurrió pedirle que lo llevara sobre su lomo. La rana aceptó, pero con la condición de que no le picara. Convinieron eso y comenzaron la travesía. En la mitad del trayecto, el escorpión, fiel a sus instintos, sintió deseos de picar a su hospedador. Se resistió varias veces, atento a lo acordado, pero en un momento no pudo con su genio y clavó su aguijón en el cuerpo de su compañero de viaje. Sorprendida y asustada, sabiendo que esa picadura era venenosa, y que morirían los dos, la rana le preguntó: “¿Por qué hiciste eso?” A lo que el escorpión contestó: “No pude no hacerlo. Es mi naturaleza”.
En este versículo 5 del salmo 51 David es honesto. No le echa la culpa a nada ni a nadie. Ninguna persona y ninguna circunstancia son los responsables de su pecado. La responsabilidad reside en su naturaleza que es esencialmente corrompida y perversa. La fuente de su manantial está contaminada desde el origen. El fruto de sus acciones responde a las raíces venenosas más profundas de su ser. Más allá de lo que ha hecho, es lo que él es. El caso va más allá de actos pecaminosos, el problema es la naturaleza pecaminosa en la cual fue formado y vive.
Matthew Henry dice en su comentario al Salmo:
“(David) confiesa su corrupción original. Esta es esa necedad que está ligada al corazón del joven, esa inclinación al mal, y el rechazo del bien, que es la carga del regenerado y la ruina del inconverso”.
El he aquí con que comienza este versículo es como una expresión de algo que se encuentra, que se halla. Es como descubrir algo que no se sabía, o no se tenía en cuenta. Como llegar a una conclusión, a un hallazgo importante. Como decir: “Aquí está el problema, la causa del pecado”. David reconoce que es un pecador. Pertenece a esa raza caída que, según Job 15 es imposible pretender que sea limpia, porque es impura de raíz. Si ni aún los cielos son limpios a los ojos de Dios, ¿Cuánto menos el hombre abominable y vil, que bebe la iniquidad como agua?”.
“La presencia múltiple de actos, pecados, delitos y culpas, revela algo más grave al hombre: su condición pecadora. Tantos actos perversos brotan de una raíz venenosa”.
Esa raíz venenosa está en el corazón, que dice la Biblia, “es perverso más que todas las cosas”. Y agrega, “¿quién lo conocerá”, o tal vez, mejor, ¿quién lo sanará?”.
David, más allá de lo que hizo, de que ha cometido un delito grave, está reconociendo lo que es. Es un pecador, porque ha sido formado en el secreto del seno materno trayendo, como todo hombre, el estigma del pecado como parte de su ser. Hay un conocido dicho que expresa: “El gato no es gato porque caza ratones; caza ratones porque es gato”. El hombre no solo es pecador porque peca, sino que peca porque es pecador. Adán podía “no pecar”, pero después de su caída, toda la raza humana “no puede no pecar”. Y no es lo mismo.
Desde que el pecado entró en el mundo de los hombres, ese pecado infectó la raza, de modo que desde Adán todos somos pecadores, y como consecuencia final, todos sujetos a la muerte. Ro. 5.12: “Como el pecado entró en el mundo por un hombre, y por el pecado la muerte, así la muerte pasó a todos los hombres, pues que todos pecaron”.
Las ciencias modernas de la conducta y mucha teología humanista y liberal, obstinadamente antibíblicas, ofrecen al hombre respuestas sobre sus desviaciones, faltas y errores. Para ellas el hombre es el producto de la herencia, del ambiente social, de la educación, etc. Por lo tanto –sostienen– el hombre no es malo por naturaleza, sino que lo es porque lo hereda de sus antepasados, porque la sociedad lo hace malo, porque no ha recibido la suficiente educación para refinarse socialmente, porque el Estado no ha protegido sus valores naturales, etc., etc. Pero el verdadero hijo de Dios no se excusa tras esas falsas posturas, sino acepta su responsabilidad por lo que es. David no culpa a sus padres, a la sociedad, al entorno, ni a las circunstancias. Dice: “En maldad he sido formado, y en pecado me concibió mi madre”. En otras palabras: No puedo culpar a nadie. El responsable soy yo.
El pecado está en nuestro ADN. Vino con nosotros. Forma parte constitutiva de nuestra naturaleza. En esa célula primaria que dio origen a nuestra existencia, en el profundo secreto de las entrañas de nuestra madre ya estaba el germen del pecado.
Jesús lo dijo en Mateo 15: “Lo que sale de la boca, del corazón sale; y esto contamina al hombre; porque del corazón salen los malos pensamientos, los homicidios, los adulterios, la inmoralidad sexual, los hurtos, las mentiras, las calumnias…”. Las malas acciones brotan de una naturaleza mala. Es la raíz que está contaminada, luego todo el árbol está contaminado.
En Mateo 12 nuevamente las palabras de Jesús son: “Si plantáis un árbol bueno, su fruto será bueno; pero, si plantáis un árbol malo, el fruto será malo, porque el árbol por los frutos se conoce”.
Aquí bueno en el original, es excelente. Malo es… podrido. Un árbol podrido, obviamente dará frutos podridos. Así es el hombre en esencia. Por eso en Marcos 10, el Salvador dice que “el Hijo del Hombre vino a buscar y a salvar lo que se había perdido”, o mejor, “lo que se había echado a perder”.
Desde que el pecado entró en el mundo de los hombres, los hombres estamos sujetos, esclavos del pecado y no podemos dejar de pecar. En mayor o menor medida, todos somos pecadores. Por eso leemos en Romanos 3 que judíos y gentiles “todos están bajo pecado”.
- Barclay explica muy claramente, y, aunque es larga la cita, vale la pena incluirla completamente:
“Pecado”, es «un poder que somete al hombre».
Las palabras que se usan para expresar esta idea son muy interesantes y significativas: el hombre está «bajo pecado». Pero esta preposición, bajo, aquí, se utiliza para significar «dependiente de», «en sujeción a», «bajo el control de». Un menor de edad, por ejemplo, está «bajo su padre»; un ejército está «bajo su comandante»; así, nosotros estamos «bajo pecado», «en poder del pecado», «controlados por el pecado». Por tanto, hay ciertas palabras que se asocian a la idea de pecado. Del pecado se dice en Romanos 5 que «reina sobre el hombre».
El pecado gobierna a los hombres, «se enseñorea de nosotros». Kirios es la palabra griega que significa «señor», y connota absoluta «posesión» y «dominio». Del pecado se dice que «nos tiene cautivos» (Ro. 7). La palabra es la misma que se usa respecto de hacer a uno prisionero de guerra. Se dice que el pecado «mora en el hombre» (Ro. 7). El hombre está tan dominado por el pecado, que éste no se nos presenta como un mero poder externo que ejerza su soberanía sobre el individuo, sino como algo que se ha introducido en las mismas fibras, en el centro y corazón del ser del hombre, hasta ocuparlo, como un enemigo ocupa un país. El resultado es que «somos esclavos del pecado». Debe recordarse que el poder del amo sobre el esclavo era absoluto. No había parte de la vida, ni momento, ni actividad, que fuera propiedad personal del esclavo. Pertenecía a su amo en la forma más absoluta. Así, el hombre está totalmente bajo el dominio del pecado”.
¡Qué cuadro tan realista! ¡Qué experiencia la del ser humano sometido como un esclavo a su propio pecado!
Ahora, ¿es posible cambiar esa naturaleza?
En nuestro próximo encuentro trataremos de contestar a esta pregunta, a la luz del mismo salmo 51. Le espero y mientras, deseo que Dios le bendiga ricamente.
