Dios restaura lo que pasó: Rasgos de rebelión y maldad (9ª parte)

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Autor: Eduardo Cartea

La Palabra de Dios, habla acerca del Señor borrando el pecado. Y el pedido del rey David: “… lávame más y más de mi maldad” y la promesa de que si nuestros pecados fuesen como la grana serán como blanca lana. Pero, ¿cómo Dios actúa para borrar nuestros rasgos de maldad y rebelión?


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PE3178 – Dios restaura lo que pasó: Rasgos de rebelión y maldad (9ª parte)



Rasgos de rebelión y maldad

Hola, si usted está siguiendo esta serie de meditaciones sobre el salmo 51, recuerda que en nuestro último encuentro David se refugia en la misericordia de Dios, en su inmensa ternura, y en su capacidad restauradora. Pero, así como David vio los tres rasgos del carácter de su Dios, en su confesión usa tres palabras para describir su falta:

 

Rebeliones:  Rebelión es la actitud de desacato a la autoridad de Dios convirtiéndose en una transgresión voluntaria, y hasta con premeditación a sus divinas leyes, descarriándose de la senda de la santidad y la justicia.  También podríamos traducirlo como “transgresiones”, o “delitos”. Incluye la culpa por ese estado de rebelión hacia Dios, es decir a su soberana autoridad y a su majestad trascendente.

Dice Andrew Murray que el pecado es “un vergonzoso rechazo de la ley y del amor de Aquel que es perfecto,”. Es resistir, sublevarse contra Dios y sus mandamientos. David había menospreciado la palabra, la ley y la misma Persona santa del Señor.

David había cometido una cadena de transgresiones, por eso usa el plural. Comúnmente es así: un pecado lleva a otro, como un virus maligno que se reproduce, como la metástasis de un cáncer. Un pecado lleva a otro. Esa mirada lujuriosa llevó al adulterio, el adulterio a la mentira, la mentira al engaño, el engaño al asesinato. En un solo acto transgredió flagrantemente, como ya vimos, cuatro de los mandamientos divinos: codiciar, adulterar, mentir y matar. Y hasta podríamos agregar un quinto, porque también hurtó la dignidad de aquella mujer de la que se apropió injustamente. 

En Efesios 4.31, el apóstol Pablo presenta un círculo vicioso de pecados. Uno detrás de otro. Uno dando origen a otro más grave, en círculo vicioso, una cadena maligna. Dice: “Quítense de vosotros toda amargura, enojo, ira, gritería, maledicencia y toda malicia”. Todo empieza en una amargura, una raíz amarga que se implanta en la mente, en el corazón y va escalando sin parar. La amargura lleva al enojo, el enojo a la ira, la ira a la gritería, la gritería a la maledicencia y ésta a la malicia. ¿Nos damos cuenta?

Es imposible saber cuándo y cómo se originó el pecado, pero sí sabemos por la Escritura que surgió en la mente de aquel ángel perfecto, de aquel querubín de esplendor que era Lucifer. Y también sabemos que el resultado fue una rebelión que se extendió a una incontable cantidad de ángeles que se plegaron a ella. Rebelión fue el pecado de Adán y Eva, transgrediendo, yendo más allá de los límites que Dios les había fijado. Siempre la rebelión es un verdadero desafío a la autoridad y a la soberanía divinas.

Cuando Saúl desobedeció la orden divina de destruir todo lo que estaba relacionado con Amalec y en un acto meramente sentimental se quedó con lo mejor del ganado para dedicarlo en sacrificio a Dios, Dios no lo aceptó, al contrario, lo tomó como una rebelión hacia él. Por eso, en labios del profeta Samuel le dijo: ¿Se complace Jehová tanto en los holocaustos y víctimas, como en que se obedezca a las palabras de Jehová? Ciertamente el obedecer es mejor que los sacrificios, y el prestar atención que la grosura de los carneros. Porque como pecado de adivinación es la rebelión, y como ídolos e idolatría la obstinación”. El pecado de adivinación era abominación para Dios y merecía la muerte, como dice en Deuteronomio 18 y en Levítico 20. Así es también la rebelión. David sabía que no merecía de parte de Dios piedad alguna. Que Dios tenía derecho a abandonarle y darle el castigo que merecía. ¡Se había rebelado contra Él!

Cuando pecamos a conciencia, sabiendo que estamos yendo contra las leyes de Dios, eso se llama “rebelión”.

El segundo término que usa es

 

Maldad: Es una ofensa a la santidad de Dios. Algo torcido, pervertido y hasta depravado, como manifestación o expresión de la naturaleza caída del hombre. Es algo hecho con intencionalidad, a sabiendas, por lo tanto, implica absoluta culpabilidad, y brota de un corazón torcido y perverso. 

José María Martínez dice que esta palabra también incluye el concepto de iniquidad, es decir total injusticia, y –he aquí lo interesante del comentario– también tiene el sentido de vanidad o absurdidad. El pecado es, en realidad un absurdo. Nada hay más ilógico y falto de sentido que el pecado. “No existe fundamento razonable alguno para pecar, para violar la buena y santa voluntad de Dios”. Es tan absurdo el pecado que trae aparejados sentimientos de angustia, frustración y consecuencias muchas veces imprevisibles en esta vida, y por supuesto, en la futura. No nos damos cuenta de lo que realmente significa la santidad de Dios y la malignidad, la pecaminosidad de nuestro pecado. Un pecado que cometemos, muchas veces, sin darnos cuenta, o bien, como algo lamentablemente “natural”, es una ofensa a la santidad y a los propósitos de la perfecta voluntad de Dios.

 

Rebelión, maldad, y también…

Pecado: Corresponde a ese concepto que conocemos bien por su equivalente en el NT del gr. hamartía, “errar al blanco”. O también, errar el camino. Vivir un estilo de vida o cometer una acción que se aparta de aquello que Dios ha fijado, ya sea inconsciente, o como en este caso, conscientemente. Es decir, hacer algo contrario a la voluntad de Dios para nuestras vidas, que es nuestra bendición, no nuestra desgracia; que es vida, no muerte para nosotros. Este concepto, como ya vimos, se repite más de quinientas veces en el AT.

Lewis Chafer define el pecado sencilla y concretamente como “el hecho de la falta de conformidad con el carácter de Dios”.

Pecado no es solo el acto de fallar al propósito divino, sino indica el mismo estado de pecado del cual surgen las acciones pecaminosas.

Hoy en día, la mente del mundo, tan laxa, tan liviana en términos espirituales, en el mejor de los casos considera el adulterio como “un desliz”, “una falla”, “una equivocación”. Pero, no nos confundamos: ¡No fue solo un error! ¡Fue un pecado, y hecho “con premeditación y alevosía”!

 

“Un pecado de debilidad puede admitir algún atenuante; un pecado de ignorancia puede encontrar excusa; pero un pecado de desafío no tiene defensa”, dice Sir Richard Baker.

 

Para esa rebelión, maldad y grave pecado ¿qué pide David?  Pide tres cosas que constituyen una necesidad imperiosa, imposible de postergar: que sean borrados, lavados y limpios.

 

“El versículo 17 sugiere que el corazón de David no sólo se contaminó, sino que también se endureció. Cuando albergamos el pecado, este endurece el corazón. Los ojos de David también quedaron afectados; todo lo que veía eran sus pecados. Por lo general, los que tienen la conciencia sucia están a la defensiva, preguntándose cuánto sabrán los demás. El pecado también afectó sus oídos, porque perdió el sonido del gozo y la alegría. Nada le suena bien a alguien que está fuera de la comunión con Dios. Incluso los labios de David se afectaron, porque ya no podían testificar ni siquiera cantar alabanzas a Dios. Nada cierra la boca del cristiano como el pecado sin confesar. Su mente quedó afectada, porque suplicaba sabiduría. El ser interior (corazón y espíritu, estaba fuera de la comunión con Dios y no había alegría… ¡Nunca olvidemos el alto costo de pecar!”

 

Borra. Borrar implica perdonar o condonar una deuda grande e imposible de pagar. También significa golpear, frotar, y hacerlo con fuerza, una vez y otra vez (note como dice el v. 2:  más y más); como las mujeres lavaban su ropa a orillas del río, frotando, golpeando la ropa contra las rocas, de modo que las manchas fueran removidas. Su rebelión es como una mancha negra en su vida, y David pide a Dios que sea quitada para siempre.

La promesa de Isaías 43.25 aún está vigente: “Yo, yo soy el que borro tus rebeliones por amor de mí mismo, y no me acordaré de tus pecados”, dice el Señor. En Isaías 44.22 se usa el mismo término hebreo traducido como “deshice”: “Yo –dice el Señor– deshice como una nube tus rebeliones, y como niebla tus pecados; vuélvete a mí, porque yo te redimí”. De otra manera: Yo he hecho desaparecer tus faltas y pecados como desaparecen las nubes en el cielo, que en un momento están y en otro se han disipado.

 

Bueno, con este breve análisis del drama de David, camino a su restauración aquí dejamos hoy, para seguir, si Dios permite en nuestro próximo encuentro.

Que el Señor le bendiga ricamente. 

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