Dios restaura lo que pasó: Propósito restaurado (29ª parte)

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Autor: Eduardo Cartea

La caída de uno de nosotros como Cristianos, puede tener un encuentro con la confrontación, el arrepentimiento y la restauración. Pero los pensamientos y el ánimo de nuestras mentes puede cuestionar qué es lo que pasa con el Propósito de Dios para nuestras vidas y cómo continuar.


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PE3198 – Dios restaura lo que pasó: Propósito restaurado (29ª parte)



Propósito restaurado

Una vez más en nuestro salmo 51, para ver una faceta más en esta tarea maravillosa de restauración del gran Alfarero divino en la vida de su siervo David.

Después de su confesión sincera y su restauración, David encuentra nuevamente el rumbo de su vida. Lo vemos en los versículos 13 al 17:

 

Entonces enseñaré a los transgresores tus caminos, y los pecadores se convertirán a ti. Líbrame de homicidios, oh, Dios, Dios de mi salvación; cantará mi lengua tu justicia. Señor, abre mis labios, y publicará mi boca tu alabanza. Porque no quieres sacrificio, que yo lo daría; no quieres holocausto.

Los sacrificios de Dios son el espíritu quebrantado; al corazón contrito y humillado no despreciarás tú, oh, Dios.

 

El coro de nuestra iglesia, que tuve el privilegio de dirigir por muchos años entonaba, sin duda, una de las más hermosas canciones que elevamos como servicio al Señor y que dice en una de sus estrofas:

 

“Sin su gracia en mí, sé dónde estaría hoy:

                   Caminando sin un rumbo, sin encontrar mi salvación;

                   Cómo sería, sé: tendría que sufrir,

siempre corriendo, mas sin llegar,

sin su gracia en mí”.

 

Así era con cada uno de nosotros, que ahora conocemos a Jesús. La inefable gracia de Dios nos permitió hallar un rumbo para nuestra vida.

La oración del salmo 51 brota del corazón de un creyente. Por lo tanto, de una persona que ha sido redimida, a la cual Dios le ha fijado un destino, un camino, una forma de vida. Antes, su vida tenía un rumbo: una eternidad lejos de Dios. Ahora tiene otro: el camino de la vida que conduce eternamente a Dios.

Es cierto que el pecado puede hacernos desviar, pero no “perder” el rumbo. David dice en el salmo 139. 23, 24:

Examíname, oh, Dios, y conoce mi corazón; pruébame y conoce mis pensamientos; y ve si hay en mí camino de perversidad, y guíame en el camino eterno. Cuando el rumbo se extravía, es necesario clamar a Dios, para hallarlo nuevamente. David pidió un corazón limpio y un espíritu recto. Indudablemente, Dios, en su amor y gracia se lo concedió, a pesar de su enorme caída.

 

El versículo 13 comienza con una palabra: “entonces”. Es un punto de inflexión en este salmo, porque, como consecuencia de lo anterior, hay un cambio de rumbo en su vida. Aunque esta palabra no aparece en el original, es un término explicativo, que se repite en el v. 19 dos veces más. Indica que lo que sigue a los versículos anteriores es la consecuencia de haber reconocido el pecado, haberlo confesado, saber que Dios lo ha perdonado y que David está dispuesto a un cambio radical.

No podemos servir a Dios sin una vida limpia, que renueva la comunión con el Señor cada día mediante la confesión de pecados. Pablo lo explica en 2Timoteo 2.20, 21: Pero en una casa grande, no solamente hay utensilios de oro y de plata, sino también de madera y de barro; y unos son para usos honrosos, y otros para usos viles. Así que, si alguno se limpia de estas cosas, será instrumento para honra, santificado, útil al Señor, y dispuesto para toda buena obra”. Se refiere a lo que sucedía en las casas importantes de su tiempo. Los utensilios, tinajas, vasijas, podían ser de diferentes materiales y para diferentes usos. Para limpieza del hogar, para el aseo personal, para contener agua o vino, etc. Y cada uno sería del material adecuado, de madera, de bronce, de barro. La importancia no radicaba en el material, ni en el uso, sino en que todos debían estar limpios.

Era en vano utilizar el agua de una vasija de barro para lavar los pies, o el de un vaso de plata para el uso de la mesa, si ambos no estaban limpios. No cumplirían su función. No servirían.

Necesitamos estar limpios para servir a Dios. No importa el don que tengamos, el que el Señor nos haya dado según su propósito. Tampoco importa la capacidad que nos haya dado para ejercerlo. Eso depende de Él. Lo importante es que estemos limpios para que nos use para Su gloria. ¡Y eso depende de nosotros!

David, entonces, habiendo experimentado el perdón divino en su alma, alza ese rostro, ese semblante que había estado caído, avergonzado, mira hacia el cielo y vuelve a tener propósitos, proyectos para su vida. Necesitamos que el Señor levante nuestra cabeza, alce nuestros ojos para que podamos ver cuál es nuestra tarea, nuestra responsabilidad y con vidas limpias volver al servicio consagrado, a la vida santificada, al sacrificio espiritual que Dios demanda de nosotros.

David renueva sus votos al Señor, que habían quedado postergados todo el tiempo de su silencio pecaminoso. 

La restauración abre nuevos rumbos, nuevos horizontes en la vida del creyente.  Notemos; testimonio (v. 13); gratitud y alabanza (vv. 14, 15); adoración, dedicación de la vida como un sacrificio para Dios (vv. 16, 17).

El salmista, entonces, menciona varios deseos sinceros:

 

“Enseñaré a los transgresores tus caminos” (v. 13).  

El pecado cierra la boca, anula el testimonio; pero toda caída y su restauración para un hombre o una mujer espirituales significan una experiencia, un aprendizaje, y eso les capacita para enseñar a otros, para advertirles, para exhortarles, de modo que no experimenten la misma caída.

Producirá en aquel que ha caído sencillez y humildad al ser consciente de su debilidad y fragilidad, pero también producirá honestidad, al hablar no de lo que puede ocurrir, o lo que le ocurre a los demás, sino de lo que le ha ocurrido a él mismo. Así que, llegará a los transgresores, porque él ha sido un transgresor. 

El Señor le advirtió a Pedro que Satanás los había pedido para zarandearlos como a trigo, y agrega: “Pero yo he rogado por ti, para que tu fe no falte; y tú, una vez vuelto, confirma a tus hermanos”.

No es imprescindible pasar por una experiencia de alejamiento del Señor para saber lo que eso significa. Tampoco para enseñar a otros lo que resulta de ella. Pero, si tristemente se ha pasado, es saludable pedir que el Señor lo use para bendición de otros. Pablo, que había tenido una historia lamentable antes de su encuentro con el Señor Jesús en el camino de Damasco, escribe en 1Timoteo 1.12-13: Doy gracias al que me fortaleció, a Cristo Jesús nuestro Señor, porque me tuvo por fiel, poniéndome en el ministerio, habiendo yo sido antes blasfemo, perseguidor e injuriador; mas fui recibido a misericordia porque lo hice por ignorancia, en incredulidad”.

 

Dice J. M. Martínez:

 

“El creyente que ha sido favorecido con el perdón de Dios, con su acción renovadora y con el gozo de la salvación restaurado no puede menos que anunciar a otros la grandeza de la misericordia divina. La impresión que tal experiencia produce busca expresión… Así el salmista se convertiría en evangelista; el penitente, en predicador. Su testimonio irá dirigido especialmente a los “transgresores”. Él, con su triste pasado de transgresión, podía mejor que otros comprender a los “caídos” e instruirlos guiándolos por el camino del arrepentimiento, la confesión y la fe. Es verdad que la experiencia personal del predicador no debe ser nunca centro y esencia de su predicación. Lo sustancial debe ser siempre la Palabra de Dios, el mensaje de su obra a favor del pecador. Pero la experiencia de quien proclama la Palabra, si es genuina, imparte mayor credibilidad y fuego a la proclamación”.

 

Alguien comentó en este mismo sentido:

“Los cazadores furtivos redimidos son los mejores guardabosques. El haber sido perdonado le será útil, porque ha sido enseñado en la escuela de la experiencia, y su manera va a ser convincente, porque hablará con simpatía, como uno que siente lo que declara. La audiencia que el Salmista escogería es digna de ser notada: instruirá a los transgresores como él mismo; los demás pueden despreciarlos, pero «un compañero de fatigas crea un lazo de simpatía». Si es indigno de edificar a los santos, se arrastrará con los pecadores y les hablará humildemente del amor divino”.

 

Agrega el comentario de Mathew Henry:

“Los pecadores arrepentidos son los más aptos para ser predicadores convencidos”.

Jamás David pensó que su triste experiencia, que Dios dio lugar en su soberana voluntad permisiva, y la escritura de este salmo, podrían ser de luz, guía, consuelo, esperanza y bendición para –sin dudarlo– multitud de creyentes a través de los tiempos.

El resultado será que “los pecadores se convertirán a Ti”.

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